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Viernes 14 de Marzo |
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LA SALUD FÍSICA Y EL PENSAMIENTO NOBLE |
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Maranata, 79 |
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"Amados, yo os ruego como a extranjeros y peregrinos, que os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma. " (1 Ped. 2: 11) |
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| Muchos consideran que este versículo es sólo una amonestación contra la conducta
licenciosa; pero tiene un sentido más amplio. Prohíbe toda complacencia
perjudicial del apetito o la pasión. Todo apetito pervertido se transforma en
una concupiscencia agresiva. Recibimos el apetito con un buen propósito, no para
que se convirtiera en ministro de muerte al pervertirse, y degenerar de ese modo
en "deseos carnales que batallan contra el alma". La amonestación de Pedro es
una advertencia bien directa y enérgica contra el empleo de estimulantes y
narcóticos. Estas complacencias se pueden clasificar muy bien entre las
concupiscencias que ejercen una influencia perniciosa sobre el carácter moral. Los que profesan piedad no consideren con indiferencia la salud del cuerpo, ni se engañen con la idea de que la intemperancia no es pecado y que no ha de afectar a su espiritualidad. Existe una íntima relación entre la naturaleza física y la moral. La norma de la virtud se eleva o se degrada según sean los hábitos físicos. El consumo excesivo de los mejores alimentos producirá morbosidad en los sentimientos morales. Y si los alimentos no son de los más saludables, los efectos serán más perjudiciales todavía. Todo hábito que no promueva el funcionamiento saludable del organismo humano, degrada las facultades más elevadas y nobles. Los hábitos equivocados referentes a la bebida y la comida, inducen a error en el pensamiento y la acción. La complacencia del apetito fortalece las inclinaciones animales, dándoles la supremacía sobre las facultades mentales y espirituales. La fuerza de la tentación a complacer el apetito puede ser comprendida sólo cuando se recuerda la inexpresable angustia de nuestro Redentor durante su largo ayuno en el desierto. El sabía que la complacencia del apetito pervertido amortecería tanto las percepciones del hombre, que éste no podría discernir las cosas sagradas. Adán cayó por la satisfacción del apetito; Cristo venció por la negación del apetito, y nuestra única esperanza de recuperar el Edén es por medio de un firme dominio propio (La Cursiva es nuestra)
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