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Jueves 2 de Enero |
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LA LECCIÓN DE BELÉN |
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Maranata, 8 |
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"Así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan. " (Heb. 9: 28) |
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| Cuando se produjo el primer
advenimiento de Cristo, los sacerdotes y los fariseos de la ciudad santa, a
quienes fueran confiados los oráculos de Dios, habrían podido discernir las
señales de los tiempos y proclamar la venida del Mesías prometido. La
profecía de Miqueas señalaba el lugar de su nacimiento. (Miq. 5: 2.) Daniel
especificaba el tiempo de su advenimiento. (Dan. 9: 25.) Dios había
encomendado estas profecías a los caudillos de Israel; no tenían pues excusa
por no saber que el Mesías estaba a punto de llegar y por no habérselo dicho
al pueblo. Su ignorancia era resultado de culpable descuido. . . Todo el
pueblo debería haber estado velando y esperando para hallarse entre los
primeros en saludar al Redentor del mundo. En vez de todo esto, vemos, en
Belén, a dos caminantes cansados que vienen de los collados de Nazaret, y
que recorren toda la longitud de la angosta calle del pueblo hasta el
extremo este de la ciudad, buscando en vano lugar de descanso y abrigo para
la noche. Ninguna puerta se abre para recibirlos. En un miserable cobertizo
para el ganado, encuentran al fin un refugio, y allí fue donde nació el
Salvador del mundo. . . No hay señales de que se espere a Cristo ni preparativos para recibir al Príncipe de la vida. Asombrado, el mensajero celestial está a punto de volverse al cielo con la vergonzosa noticia, cuando descubre un grupo de pastores que están cuidando sus rebaños durante la noche, y que al contemplar el cielo estrellado, meditan en la profecía de un Mesías que debe venir a la tierra y anhelan el advenimiento del Redentor del mundo. Aquí tenemos un grupo de seres humanos preparados para recibir el mensaje celestial. Y de pronto aparece el ángel del Señor proclamando las buenas nuevas de gran gozo... ¡Oh! ¡Qué lección encierra esta maravillosa historia de Belén! ¡Qué reconvención para nuestra incredulidad, nuestro orgullo y amor propio! ¡Cómo nos amonesta a que tengamos cuidado, no sea que por nuestra criminal indiferencia, nosotros también dejemos de discernir las señales de los tiempos, y no conozcamos el día de nuestra visitación!*
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