Viernes 11 de Mayo

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AYUDA PARA LOS DESCARRIADOS

Alza Tus Ojos,  292

Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado. (Gál. 6: 1)

Dios es amor. Dios es vida. Es prerrogativa de Dios el redimir, reconstruir y restaurar. Antes de la creación del mundo, el Hijo de Dios se ofreció para morir. Y la redención es el "misterio que se ha mantenido oculto desde tiempos eternos" (Rom. 16: 25). Sin embargo, el pecado es inexplicable y no hay razón que se pueda encontrar para su existencia. Ningún alma conoce a Dios hasta que se ve a sí misma como pecadora, a la luz de la cruz del Calvario. Pero cuando en su gran necesidad clama a un Salvador que perdona el pecado, Dios se le revela como benigno y misericordioso, paciente y rico en benevolencia y verdad. La obra de Cristo es redimir, restaurar, buscar y salvar lo que se había perdido. Si nos relacionamos con Cristo, también somos participantes de la naturaleza divina y debemos ser obreros juntamente con Dios. Debemos restaurar el alma golpeada y herida. Y si un hermano o una hermana se han descarriado, no nos unamos con el enemigo para destruir arruinar, sino para trabajar con Cristo en restaurar al tal en espíritu de humildad.

El fundamento de nuestra esperanza en Cristo es el hecho de que nos reconozcamos a nosotros mismos como pecadores necesitados de restauración y redención. Porque somos pecadores tenemos ánimo para reclamarlo como nuestro Salvador, Por lo tanto, prestemos atención, no sea que tratemos a los que yerran en tal forma que diga a otros que no tenemos necesidad de redención. No delatemos, condenemos y destruyamos como si nosotros fuéramos perfectos. La obra de Cristo consiste en reparar, curar, restaurar. Dios es amor en sí mismo, en su misma esencia. El. . . no da a Satanás ocasión de triunfo por presentar la peor apariencia o por exponer nuestras debilidades a nuestros enemigos (Review and Herald, 26 de febrero, 1895).

. . . Su gran corazón lleno de amor se conmovió hasta sus profundidades en favor de aquellos cuya condición era más desesperada, de aquellos que más necesitaban su gracia transformadora (Joyas de los testimonios, tomo 2, pág. 246)

 

 

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