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Viernes 26 de enero |
Indice |
EN UNA RELACIÓN CORRECTA CON DIOS |
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Respondió Jesús y le dijo: El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él. (Juan 14: 23) |
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| Considerad la relación familiar que Cristo presenta aquí como que existe entre el Padre y sus
hijos. Su presencia y cuidado son permanentes. Mientras confiemos en el poder salvador de
Cristo, todos los artificios y los ardides de la hueste caída no pueden hacer nada para
dañarnos. Los ángeles celestiales están constantemente con nosotros, guiando y
protegiendo. Dios ha ordenado que tengamos su poder salvador con nosotros para capacitarnos para cumplir toda su
voluntad. Aferrémonos de las promesas y acariciémoslas momento tras
momento. Creamos que Dios dice exactamente lo que dice (Review and Herald, 7 de
enero, 1909).
Hay una posibilidad de que el creyente en Cristo obtenga una experiencia que será del todo suficiente para colocarlo en correcta relación con
Dios. Cada promesa que está en el Libro de Dios nos afirma en la creencia de que podemos ser participantes de la naturaleza
divina. Esto podemos hacer: descansar en Dios, creer su Palabra y efectuar sus
obras; podemos hacerlo cuando nos aferramos de la divinidad de Cristo.
Esa posibilidad vale más para nosotros que todas las riquezas del mundo. No hay nada en la tierra que podamos comparar con
ella. Al aferrarnos del poder que es así colocado dentro de nuestro
alcance, recibimos una esperanza tan poderosa que podemos fiarnos plenamente de las promesas de
Dios; y aferrándonos de las posibilidades que hay en Cristo, llegamos a ser hijos de Dios (Id., 14 de
enero, 1909). Al cristiano se le presenta la posibilidad de realizar grandes conquistas. Puede estar siempre ascendiendo hacia mayores adquisiciones. Juan tenía una idea elevada del privilegio de un cristiano. Dice: "Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios" (1 Juan 3: l). A los que han sido exaltados de este modo se les revelan las inescrutables riquezas de Cristo, que tienen mil veces más valor que la opulencia del mundo. Por los méritos de Jesucristo, el hombre finito se eleva a la compañía con Dios y su querido Hijo (La edificación del carácter y la formación de la personalidad, pág. 20) |
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