Introducción
La vida está
compuesta de relaciones humanas. Algunas son profundas, y otras
superficiales; algunas son de corta duración, otras duran toda
la vida. Algunas son puramente funcionales, otras intensamente
personales.
Nos relacionamos con toda clase de personas: con un compañero,
con niños, con parientes, con amigos y vecinos, pero también con
el empleado de la estación de servicio, con la persona con la
que compartimos un turno en el trabajo y con el oficial de
policía que nos detiene por exceso de velocidad. Y nos
relacionamos con nuestro pastor, con el director de la escuela
donde hemos matriculado a nuestros niños, con nuestro empleador
y, sí, también, con el cobrador de impuestos.
Todo esto es cierto para los cristianos así como para los que no
lo son. La diferencia entre nosotros y nuestras contrapartes no
cristianas no es que vivimos en una relación múltiple, sino que
hay una dimensión adicional, muy importante, en nuestras
relaciones: nuestra religión.
Como adventistas del séptimo día, creemos en un conjunto de
doctrinas. Algunas las compartimos con otros cristianos, algunas
son distintivas y ayudan a identificar-nos como un pueblo
“especial”, con un mensaje y una misión singulares. Las
doctrinas no son optativas, si es que nuestra fe ha de ser algo
más que un sentimiento superficial o una vaga percepción de un
poder más grande o fuerza trascendente que de algún modo se
relaciona con nosotros. Las doctrinas presentadas en palabras
—de la mejor manera que nos es posible dentro de las
limitaciones del len-guaje humano— revelan de qué modo
entendemos la auto-revelación divina. Nos ayudan a obtener un
sentido más claro de quién es Dios y qué es Él (como el Padre,
el Hijo, y el Espíritu Santo), y que ha hecho por nosotros como
individuos y como raza humana. Necesitamos doctrinas para captar
cuáles son las implicaciones de nuestra creencia en Dios y su
plan de salvación para nuestra perspectiva de la vida y nuestra
conducta diaria.
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