Notas de Elena White


El Método celestial de Comunicación

Lección 1

Para el 3 de enero del 2009


 

 

Sábado 27 de diciembre

Debía haber cooperación entre el hombre y Dios. Pero este plan fue echado a perder en gran medida por la transgresión de Adán. Satanás lo indujo a pecar, y el Señor no se iba a comunicar con él después que hubo pecado como lo hacía cuando estaba sin pecado.

Después de la caída Cristo se convirtió en el instructor de Adán.  Actuó en lugar de Dios para con la humanidad, salvando a la raza de la muerte inmediata. Tomó sobre sí el oficio de mediador. A Adán y Eva se les concedió un tiempo de prueba para volver a su lealtad, y en este plan se abarcó a toda su posteridad.

Sin la expiación del Hijo de Dios no podría haber habido comunicación de bendición o salvación de Dios al hombre. Dios estaba celoso por el honor de su ley. La transgresión de la misma había causado una terrible separación entre Dios y el hombre. A Adán, en su inocencia, se le otorgaba comunión directa, libre y feliz con su Hacedor. Después de su transgresión, Dios se comunicaría con el hombre sólo mediante Cristo y los ángeles (Conflicto y valor, p. 20).

Podemos remontar la línea de los grandes maestros del mundo hasta donde alcanzan los anales humanos; pero la Luz estaba antes que ellos. Así como el brillo de la luna y las estrellas del sistema solar es reflejo de la luz del sol, también, en cuanta verdad contenga su enseñanza, reflejan los grandes pensadores del mundo los rayos del Sol de Justicia. Cada gema de pensamiento, cada destello del intelecto, proviene de la Luz del mundo (Obreros evangélicos, p. 51).

La naturaleza está llena de lecciones espirituales para la humanidad. Las flores mueren tan sólo para retoñar a nueva vida y en eso se nos enseña la lección de la resurrección. Todos los que aman a Dios retoñarán nuevamente en el Edén celestial. Pero la naturaleza no puede enseñar la lección del grande y maravilloso amor de Dios. Por lo tanto, después de la caída, la naturaleza no fue el único maestro del hombre. A fin de que el mundo no permaneciera en tinieblas, en eterna noche espiritual, el Dios de la naturaleza se nos unió en Jesucristo. El Hijo de Dios vino al mundo como la revelación del Padre. Él era "aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre" que viene "a este mundo" (S. Juan 1:9). Hemos de contemplar el "conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo" (2 Corintios 4:6) (Mensajes selectos, t. 1, p.343).

 

Domingo 28 de diciembre: En el principio

Por el interés que tenía en sus hijos, nuestro Padre celestial dirigía personalmente su educación. A menudo iban a visitados sus mensajeros los santos ángeles, que les daban consejos e instrucción. Con frecuencia, cuando caminaban por el jardín "al aire del día", oían la voz de Dios y gozaban de comunión personal con el Eterno. Los pensamientos que él tenía para con ellos eran "pensamientos de paz, y no de mal". Sólo deseaba para ellos el mayor bien (La educación, p. 21).

Los de limpio corazón viven como en la presencia de Dios durante los días que él les concede aquí en la tierra y lo verán cara a cara en el estado futuro e inmortal, así como Adán cuando andaba y hablaba con él en el Edén. "Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara" (El discurso maestro de Jesucristo, p. 27).

Es verdad que los hombres de los tiempos modernos tienen el beneficio del conocimiento alcanzado por sus predecesores. Los genios que proyectaron, estudiaron y escribieron, han legado sus trabajos a quienes les han seguido. Pero aun en este respecto, y en lo que concierne meramente a los conocimientos humanos, ¡cuán superiores fueron las ventajas de los hombres de aquella edad antigua! Tuvieron entre ellos durante siglos a aquel que Dios había formado según su propia imagen, a quien el Creador mismo declaró "bueno", el hombre a quien Dios había instruido en toda sabiduría del mundo material. Adán había aprendido del Creador la historia de la creación; él mismo había presenciado los acontecimientos de nueve siglos; y comunicó sus conocimientos a sus descendientes. Los antediluviano s no tenían libros ni anales escritos; pero con su gran vigor mental y físico disponían de una memoria poderosa, que les permitía comprender y retener lo que se les comunicaba, para transmitido después con toda precisión a sus descendientes. Durante varios siglos hubo siete generaciones que vivieron contemporáneamente, y tuvieron la oportunidad de consultarse para aprovechar cada uno los conocimientos y la experiencia de las demás (Patriarcas y profetas, p. 70).

Al principio se consideró que el jefe de cada familia era el dirigente y sacerdote de su propio conjunto familiar. Más tarde, cuando la especie se multiplicó sobre la tierra, algunos hombres señalados por Dios realizaron la solemne ceremonia de los sacrificios en favor del pueblo. La sangre de los animales debía relacionarse en la mente de los pecadores con la sangre del Hijo de Dios. La muerte de la víctima debía ser una evidencia para todos que el castigo del pecado es la muerte. Mediante el acto del sacrificio el pecador reconocía su culpa y manifestaba su fe, por cuyo intermedio preveía el inmenso y perfecto sacrificio del Hijo de Dios, prefigurado por las ofrendas de animales. Sin la expiación provista por el Hijo de Dios, no podría haber derramamiento de bendiciones o salvación por parte de Dios con respecto al hombre. El Señor es celoso del honor de su ley. Su transgresión produjo una espantosa separación entre el Padre y el hombre. A Adán en su inocencia se le concedió comunión directa, libre y gozosa con su Hacedor. Después de su tu transgresión Dios se comunicaría con él por medio de Cristo y los ángeles (La historia de la redención, pp. 52, 53).

 

Lunes 29 de diciembre: En la naturaleza

Antes de la caída, ni una nube descansaba sobre la mente de nuestros primeros padres, que oscureciera su clara percepción del carácter de Dios. Estaban perfectamente conformes con la voluntad de Dios. Como vestimenta, estaban cubiertos de una bella luz, la luz de Dios. El Señor visitaba a la santa pareja y la instruía en cuanto a las obras de sus manos. La naturaleza era su libro de texto. En el jardín del Edén, la existencia de Dios estaba demostrada en los objetos de la naturaleza que los rodeaban. Cada árbol del jardín les hablaba. Se veían claramente las cosas invisibles de Dios, su eterno poder y divinidad, siendo entendidas por las cosas que eran hechas.

Pero si bien es cierto que Dios podía ser así discernido en la naturaleza, esto no apoya el aserto de que después de la caída un perfecto conocimiento de Dios fue revelado en el mundo natural a Adán y a su posteridad. La naturaleza podía transmitir sus lecciones al hombre en su inocencia, pero la transgresión marchitó la naturaleza y se interpuso entre ella y el Dios de la naturaleza. Si Adán y Eva nunca hubiesen desobedecido a su Creador, si hubiesen permanecido en el sendero de la perfecta rectitud, podrían haber conocido y entendido a Dios. Pero cuando escucharon la voz del tentador y pecaron contra Dios, se apartó de ellos la luz de las vestimentas de inocencia celestial, y al perder las vestimentas de inocencia, se rodearon con los negros mantos de ignorancia con respecto a Dios. La clara y perfecta luz que hasta entonces los había rodeado había alumbrado todo aquello a lo que se acercaban, pero privados de esa luz celestial, la descendencia de Adán no podía ya más discernir el carácter de Dios en sus obras creadas.

Las cosas de la naturaleza que hoy miramos nos dan sólo un débil concepto de la belleza y gloria del Edén. Sin embargo, el mundo natural, con voz inequívoca, proclama la gloria de Dios. En las cosas de la naturaleza, desfiguradas como están por la marchites del pecado, permanece mucho que es bello. Alguien, omnipotente en poder, grande en bondad, en misericordia y en amor, ha creado la tierra, y aun en su estado marchito, inculca verdades en cuanto al hábil Artista Maestro. En este libro de la naturaleza, abierto ante nosotros, en las bellas y perfumadas flores, con sus variados y delicados matices, Dios nos da una expresión inconfundible de su amor. Después de la transgresión de Adán, Dios podría haber destruido cada capullo que se abría y cada flor que crecía, o podría haberles quitado su fragancia, tan grata a los sentidos. En la tierra, marchita y malograda por la maldición, en las zarzas, los cardos, las espinas, los abrojos, podemos leer la ley de la condenación; pero en el delicado color y perfume de las flores, podemos aprender que Dios todavía nos ama, que su misericordia no se ha retirado completamente de la tierra (Mensajes selectos, 1. 1, pp. 341,342).

Puesto que Dios es la fuente de todo conocimiento verdadero, el principal objeto de la educación es, según hemos visto, dirigir nuestra mente a la revelación que él hace de sí mismo. Adán y Eva recibieron conocimiento comunicándose directamente con Dios, y aprendieron de él por medio de sus obras. Todas las cosas creadas, en su perfección original, eran una expresión del pensamiento de Dios. Para Adán y Eva, la naturaleza rebozaba de sabiduría divina. Pero por la transgresión, el hombre fue privado del conocimiento de Dios mediante una comunión directa, y en extenso grado del que obtenía por medio de sus obras. La tierra, arruinada y contaminada por el pecado, no refleja sino oscuramente la gloria del Creador. Es cierto que sus lecciones objetivas no han desaparecido. En cada página del gran volumen de sus obras creadas se puede notar todavía la escritura de su mano. La naturaleza aún habla de su Creador. Sin embargo, estas revelaciones son parciales e imperfectas. Y en nuestro estado caído, con las facultades debilitadas y la visión limitada, somos incapaces de interpretarlas correctamente. Necesitamos la revelación más plena que Dios nos ha dado de sí en su Palabra escrita (La educación, pp. 16, 17).

 

Martes 30 de diciembre: Por medio de profetas

Dondequiera se llevaba a cabo en Israel el plan educativo de Dios, se veía, por sus resultados, que él era su Autor. Sin embargo, en muchas casas, la educación indicada por el Cielo y los caracteres, según ella desarrollados, eran igualmente raros. Se llevaba a cabo parcial e imperfectamente el plan de Dios. A causa de la incredulidad y el descuido de las instrucciones dadas por el Señor, los israelitas se rodearon de tentaciones que pocos tenían el poder de resistir. Cuando se establecieron en Canaán, "no destruyeron a los pueblos que Jehová les dijo; antes se mezclaron, con las naciones, y aprendieron sus obras, y sirvieron a sus ídolos, los cuales fueron causa de su ruina". Su corazón no era recto con Dios, "ni estuvieron firmes en su pacto. Pero él, misericordioso, perdonaba la maldad, y no los destruía; y apartó muchas veces su irá... Se acordó de que eran carne, soplo que va y no vuelve". Los padres y las madres israelitas llegaron a ser indiferentes a su obligación hacia Dios y sus hijos. A causa de la infidelidad observada en el hogar, y las influencias idólatras del exterior, muchos jóvenes hebreos recibieron una educación que difería grandemente de la que Dios había ideado para ellos, y siguieron los caminos de los paganos.

A fin de contrarrestar este creciente mal, Dios proveyó otros instrumentos que ayudaran a los padres en la obra de la educación. Desde los tiempos más remotos se había considerado a los profetas como maestros divinamente designados. El profeta era, en el sentido más elevado, una persona que hablaba por inspiración directa, y comunicaba al pueblo los mensajes que recibía de Dios. Pero también se daba este nombre a los que, aunque no era tan directamente inspirados, eran divinamente llamados a instruir al pueblo en las obras y los caminos de Dios. Para preparar esa clase de maestros, Samuel fundó, de acuerdo con la instrucción del Señor, las escuelas de los profetas (La educación, pp. 45, 46).

Dios nunca ha dejado a su iglesia sin un testigo. En todas las escenas de prueba, de oposición y persecución, en medio de las tinieblas morales por las cuales pasó la iglesia, Dios ha tenido hombres de oportunidad que han sido preparados para asumir su obra en diferentes etapas, y hacerla avanzar hacia adelante y hacia arriba. Por medio de los patriarcas y de los profetas él reveló su verdad a su pueblo. Cristo era el maestro de su pueblo de antaño tan ciertamente como estaba vestido de los atavíos de la humanidad cuando vino al mundo. Escondiendo su gloria en la forma humana, a menudo apareció a su pueblo y habló con sus hijos "cara a cara, como habla cualquiera a su compañero". Él, el invisible Director, fue envuelto en la columna de fuego y en la columna de nube, y habló a su pueblo por medio de Moisés. La voz de Dios se escuchó por medio de los profetas a quienes señaló para una obra especial y para llevar un mensaje particular. Los envió a repetir las mismas palabras reiteradamente. Tenía un mensaje preparado para ellos que no era según los caminos y la voluntad de los hombres, y lo puso en sus bocas e hizo que lo proclamaran. Les aseguró que el Espíritu Santo les daría palabras y expresión. Aquel que conocía el corazón quería darles palabras con las cuales alcanzar a la gente.

El mensaje podría no agradar a aquellos a quienes era enviado.  Ellos podrían no querer nada nuevo, sino desear continuar haciendo lo que hasta entonces habían hecho; pero el Señor los conmovió con reprensiones; reprochó su conducta. Infundió nueva vida en los que estaban durmiendo en su puesto de deber, en los que no eran centinelas fieles. Les mostró su responsabilidad, y que se los tendría por responsables de la seguridad del pueblo. Eran centinelas que no habían de dormir ni de día ni de noche. Habían de discernir al enemigo, y dar la alarma al pueblo, para que cada uno estuviera en su puesto, a fin de que el enemigo vigilante no lograra obtener la menor ventaja (Testimonios para los ministros, pp. 411,412).

 

Miércoles 31 de diciembre: Por medio de la Palabra

"Los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo" (2 Pedro 1:21).

Antes que el pecado entrara en el mundo, Adán gozaba de libre trato con su Creador; pero desde que el hombre se separó de Dios por causa del pecado, aquel gran privilegio le ha sido negado a la raza humana. No obstante, el plan de redención abrió el camino para que los habitantes de la tierra volvieran a relacionarse con el Cielo. Dios se comunicó con los hombres mediante su Espíritu y, mediante las revelaciones hechas a sus siervos escogidos, la luz divina se esparció por el mundo. "Los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados del Espíritu Santo" (2 Pedro 1:21).

Durante los veinticinco primeros siglos de la historia humana no hubo revelación escrita. Los que eran enseñados por Dios comunicaban sus conocimientos a otros, y estos conocimientos eran así legados de padres a hijos a través de varias generaciones. La redacción de la palabra escrita empezó en tiempo de Moisés. Los conocimientos inspirados fueron entonces compilados en un libro inspirado. Esa labor continuó durante el largo período de dieciséis siglos, desde Moisés, el historiador de la creación y el legislador, hasta Juan, el narrador de las verdades más sublimes del evangelio.

La Biblia nos muestra a Dios como autor de ella; y sin embargo fue escrita por manos humanas, y la diversidad de estilo de sus diferentes libros muestra la individualidad de cada uno de sus escritores. Las verdades reveladas son todas inspiradas por Dios (2 Timoteo 3:16); y con todo están expresadas en palabras humanas. Y es que el Ser supremo e infinito iluminó con su Espíritu la inteligencia y el corazón de sus siervos. Les daba sueños y visiones y les mostraba símbolos y figuras; y aquellos a quienes la verdad fuera así revelada, revestían el pensamiento divino con palabras humanas.

Los Diez Mandamientos fueron enunciados por el mismo Dios y escritos con su propia mano. Su redacción es divina y no humana. Pero la Biblia, con sus verdades de origen divino expresadas en el idioma de los hombres, es una unión de lo divino y lo humano. Esta unión existía en la naturaleza de Cristo, quien era Hijo de Dios e Hijo del hombre. Se puede pues decir de la Biblia, lo que fue dicho de Cristo: "Aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros" (S. Juan 1: 14).

Escritos en épocas diferentes y por hombres que diferían notablemente en posición social y económica y en facultades intelectuales y espirituales, los libros de la Biblia presentan contrastes en su estilo, como también diversidad en la naturaleza de los asuntos que desarrollan. Sus diversos escritores se valen de expresiones diferentes; a menudo la misma verdad está presentada por uno de ellos de modo más patente que por otro... y las verdades así reveladas se unen en perfecto conjunto, adecuado para satisfacer las necesidades de los hombres en todas las circunstancias de la vida (Exaltad a Jesús, p. 111).

Dios se ha dignado comunicar la verdad al mundo por medio de instrumentos humanos, y él mismo, por su Santo Espíritu, habilitó a hombres y los hizo capaces de realizar esta obra. Guió la inteligencia de ellos en la elección de lo que debían decir y escribir. El tesoro fue confiado a vasos de barro, pero no por eso deja de ser del Cielo, Aunque llevado a todo viento en el vehículo imperfecto del idioma humano, no por eso deja de ser el testimonio de Dios; y el hijo de Dios, obediente y creyente, contempla en ello la gloria de un poder divino, lleno de gracia y de verdad.

En su Palabra, Dios comunicó a los hombres el conocimiento necesario para la salvación. Las Santas Escrituras deben ser aceptadas como dotadas de autoridad absoluta y como revelación infalible de su voluntad. Constituyen la regla del carácter; nos revelan doctrinas, y son la piedra de toque de la experiencia religiosa. "Toda la Escritura es inspirada por Dios; y es útil para enseñanza, para reprensión, para corrección, para instrucción en justicia; a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, estando cumplidamente instruido para toda obra buena." (2 Timoteo 3:16,17, V.M.) (El conflicto de los siglos, p. 9).

 

Jueves 1 de enero: Por medio de Cristo

"Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad" (S. Juan 1:14).

Jesús es llamado el Verbo de Dios. Aceptó la ley de su Padre, desarrolló sus principios en su vida, manifestó su espíritu y demostró su poder benéfico en el corazón.

Dice Juan: "Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad".

Todo lo que el hombre necesita o puede saber acerca de Dios, ha sido revelado en la vida y el carácter de su Hijo...

Revestido de la humanidad, Cristo llegó a ser uno con la humanidad y al mismo tiempo reveló a los seres pecaminosos el carácter de su Padre Celestial. Fue en todo semejante a sus hermanos. Llegó a ser carne como cualquiera de nosotros. Sufrió hambre, cansancio y sed. Necesitó alimentarse y dormir. Compartió la suerte del hombre aunque era el inmaculado de Dios...

Tierno, compasivo, lleno de simpatía hacia los demás, representó el carácter de Dios y estuvo constantemente ocupado en el servicio para Dios y el hombre (La fe por la cual vivo, p. 17).

Cristo se allegaba a la gente dondequiera que ésta se hallara.  Presentaba la clara verdad a sus mentes de la manera más fuerte y con el lenguaje más sencillo. Los humildes pobres, los más ignorantes, podían comprender, por fe en él, las verdades más sublimes. Nadie necesitaba consultar a los sabios doctores acerca de lo que quería decir. No dejaba perplejos a los ignorantes con inferencias misteriosas, ni empleaba palabras inusitadas y sabias, que ellos no conociesen. El mayor Maestro que el mundo haya conocido, fue el más explícito, claro y práctico en su instrucción.

"Aquél era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo". El mundo había tenido sus grandes maestros, hombres de intelecto gigantesco y admirables investigaciones, hombres cuyas declaraciones habían estimulado el pensamiento y abierto a la vista vastos campos de saber; y estos hombres habían sido honrados como guías y benefactores de su raza. Pero hay Uno que se destaca por encima de todos ellos. "A todos los que le recibieron, dióles potestad de ser hechos hijos de Dios". "A Dios nadie le vio jamás: el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le declaró" (Obreros evangélicos, p. 51).

Cristo estuvo con Dios en la obra de la creación. Era uno con Dios, igual al Eterno... Sólo él, el Creador del hombre, podía ser su Salvador…Nadie sino Cristo podía redimir al hombre de la maldición de la ley Cristo se propuso llegar hasta los abismos de la degradación y del dolor del hombre y restaurar al alma arrepentida y creyente a la armonía con Dios. Cristo, el Cordero muerto desde la fundación del mundo, se ofreció como sacrificio y sustituto para los caídos hijos de Adán.

Por medio de la creación y de la redención, por medio de la naturaleza y de Cristo, se revelan las glorias del carácter divino. Por el maravilloso despliegue de su amor al dar a "su Hijo unigénito" se revela el carácter de Dios a las inteligencias del universo. Por medio de Cristo, nuestro Padre celestial es conocido como el Dios de amor (A fin de conocerle, p. 20).

 

Viernes 2 de enero: Para estudiar y meditar

El ministerio de curación, pp. 318-333; La educación, pp. 99-101.

 

 

 

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