Notas de Elena White

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La expiación y la iniciativa divina

Lección 4

Para el 25 de Octubre del 2008


 

 

Sábado 18 de octubre

Dios es amor. Dios es vida. Es prerrogativa de Dios el redimir, reconstruir y restaurar. Antes de la creación del mundo, el Hijo de Dios se ofreció para morir. Y la redención es el "misterio que se ha mantenido oculto desde tiempos eternos" (Romanos 16:25). Sin embargo, el pecado es inexplicable y no hay razón que se pueda encontrar para su existencia. Ningún alma conoce a Dios hasta que se ve a sí misma como pecadora, a la luz de la cruz del Calvario. Pero cuando en su gran necesidad clama a un Salvador que perdona el pecado, Dios se le revela como benigno y misericordioso, paciente y rico en benevolencia y verdad. La obra de Cristo es redimir, restaurar, buscar y salvar lo que se había perdido. Si nos relacionamos con Cristo, también somos participantes de la naturaleza divina y debemos ser obreros juntamente con Dios. Debemos restaurar el alma golpeada y herida. Y si un hermano o una hermana se han descarriado, no nos unamos con el enemigo para destruir y arruinar, sino para trabajar con Cristo en restaurar al tal en espíritu de humildad (En lugares celestiales, p. 291).

La encarnación de Cristo es un misterio. La unión de la divinidad con la humanidad ciertamente es un misterio, oculto con Dios, "misterio escondido desde los siglos". Fue guardado en silencio eterno por Jehová, y primero fue revelado en el Edén mediante la profecía de que la Simiente de la mujer aplastaría la cabeza de la serpiente, y que ésta la heriría en el calcañar.

Presentar al mundo este misterio que Dios mantuvo en silencio durante siglos eternos, antes de que el mundo fuera creado, antes de que el hombre fuera creado, era la parte que Cristo debía cumplir en la obra que él emprendió cuando vino a esta tierra. Y este maravilloso misterio, la encarnación de Cristo y la expiación que él hizo, debe ser declarado a cada hijo y a cada hija de Adán ... Los sufrimientos de Cristo satisficieron perfectamente las demandas de la ley de Dios (Comentario bíblico adventista, t. 6, p. 1082).

 

Domingo 19 de octubre: El misterio del amor de Dios

Mediante Cristo, se dan al hombre tanto restauración como reconciliación. El abismo abierto por el pecado ha sido salvado por la cruz del Calvario. Un rescate pleno y completo ha sido pagado por Jesús en virtud del cual es perdonado el pecador y es mantenida la justicia de la ley. Todos los que creen que Cristo es el sacrificio expiatorio pueden ir y recibir el perdón de sus pecados, pues mediante los méritos de Cristo se ha abierto la comunicación entre Dios y el hombre. Dios puede aceptarme como a su hijo y yo puedo tener derecho a él y puedo regocijarme en él como en mi Padre amante. Debemos centralizar nuestras esperanzas del cielo únicamente en Cristo, pues él es nuestro sustituto y garantía.

Hemos transgredido la ley de Dios, y por las obras de la ley ninguna carne será justificada. Los mejores esfuerzos que pueda hacer el hombre con su propio poder son ineficaces para responder ante la ley santa y justa que ha transgredido, pero mediante la fe en Cristo puede demandar la justicia del Hijo de Dios como plenamente suficiente. Cristo satisfizo las demandas de la ley en su naturaleza humana. Llevó la maldición de la ley por el pecador, hizo expiación para él a fin de que cualquiera que cree en él, no se pierda sino tenga vida eterna. La fe genuina se apropia de la justicia de Cristo y el pecador es hecho vencedor con Cristo, pues se lo hace participante de la naturaleza divina, y así se combinan la divinidad y la humanidad.

El que está intentando alcanzar el cielo por sus propias obras al guardar la ley, está intentando un imposible. El hombre no puede ser salvado sin la obediencia, pero sus obras no deben ser propias. Cristo debe efectuar en él tanto el querer como el hacer la buena voluntad de Dios. Si el hombre pudiera salvarse por sus propias obras, podría tener algo en sí mismo por lo cual regocijarse. El esfuerzo que el hombre pueda hacer con su propia fuerza para obtener la salvación está representado por la ofrenda de Caín. Todo lo que el hombre pueda hacer sin Cristo está contaminado con egoísmo y pecado, pero lo que se efectúa mediante la fe es aceptable ante Dios. El alma hace progresos cuando procuramos ganar el cielo mediante los méritos de Cristo. Contemplando a Jesús, el autor y consumador de nuestra fe, podemos proseguir de fortaleza en fortaleza, de victoria en victoria, pues mediante Cristo la gracia de Dios ha obrado nuestra completa salvación (Mensajes selectos, 1. 1, pp. 426, 427).

La verdad en Cristo y por medio de Cristo es inconmensurable. El que estudia las Escrituras, mira, por así decirlo, dentro de una fuente que se profundiza y se amplia a medida que más se contemplan sus profundidades. No comprenderemos en esta vida el misterio del amor de Dios al dar a su Hijo en propiciación por nuestros pecados. La obra de nuestro Redentor sobre esta tierra es y siempre será un tema que requerirá nuestro más elevado esfuerzo de imaginación. El hombre puede utilizar toda facultad mental en un esfuerzo por sondear este misterio, pero su mente desfallecerá y se abatirá. El investigador más diligente verá delante de él un mar ilimitado y sin orillas.

La verdad, tal como se halla en Cristo, puede ser experimentada, pero nunca explicada. Su altura, anchura y profundidad sobrepujan nuestro conocimiento. Podemos esforzar hasta lo sumo nuestra imaginación para ver sólo turbiamente la vislumbre de un amor inexplicable, tan alto como los cielos, pero que ha descendido hasta la tierra a estampar la imagen de Dios en todo el género humano.

Sin embargo, nos es posible ver todo lo que podemos soportar de la compasión divina. Ésta se descubre al alma humilde y contrita. Entenderemos la compasión de Dios en la misma proporción en que apreciamos su sacrificio por nosotros. Al estudiar la Palabra de Dios con humildad de corazón, el grandioso tema de la redención se abrirá a nuestra investigación. Aumentará en brillo mientras lo contemplemos, y mientras aspiremos a entenderlo, su altura y profundidad irán continuamente en aumento (Palabras de vida del Gran Maestro, pp. 99, 100).

 

Lunes 20 de octubre: El misterio de la gracia de Dios

En el concilio del cielo se dispuso que los hombres, aunque transgresores, no debían perecer en su desobediencia, sino que por medio de la fe en Cristo como su sustituto y fiador pudieran convertirse en los elegidos de Dios, predestinados para la adopción de hijos por Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad. Dios desea que todos los hombres sean salvos, pues ha dispuesto un amplio recurso al dar a su Hijo unigénito para pagar el rescate del hombre. Los que perezcan, perecerán porque se niegan a ser adoptados como hijos de Dios por medio de Cristo Jesús. Su orgullo no les permite aceptar las provisiones para su salvación. Pero el mérito humano no llevará a ningún alma a la presencia de Dios, porque lo que la hace aceptable delante de él es la gracia impartida de Cristo mediante la fe en su nombre. Ni las obras, ni el vuelo feliz de sentimientos son evidencia de que alguien haya sido elegido de Dios. Los únicos elegidos son los que llegan mediante Cristo.

Cristo dice: "Al que a mí viene, no le echo fuera". Cuando el pecador arrepentido viene a Cristo, consciente de su culpa e indignidad y del castigo que merece, pero confiando en el amor y la misericordia del Señor, no será echado fuera. Por el contrario, recibirá el amoroso perdón divino, y una gozosa gratitud brotará en su corazón por la infinita compasión y el amor de su Salvador. Esta decisión que fue hecha en los concilios del cielo antes de la creación del mundo, llena de asombro al pecador y llena sus labios de gratitud y canciones de adoración (Signs of the Times, enero 2, 1893; parcialmente en Comentario bíblico adventista, 1. 7 A, p. 336).

No porque le hayamos amado primero nos amó Cristo a nosotros; sino que "siendo aún pecadores", él murió por nosotros. No nos trata conforme a nuestros méritos. Por más que nuestros pecados hayan merecido condenación no nos condena. Año tras año ha soportado nuestra flaqueza e ignorancia, nuestra ingratitud y malignidad. A pesar de nuestros extravíos, de la dureza de nuestro corazón, de nuestro descuido de su Santa Palabra, nos alarga aún la mano.

La gracia es un atributo de Dios puesto al servicio de los seres humanos indignos. Nosotros no la buscamos, sino que fue enviada en busca nuestra. Dios se complace en concedemos su gracia, no porque seamos dignos de ella, sino porque somos rematadamente indignos. Lo único que nos da derecho a ella es nuestra gran necesidad.

Por medio de Jesucristo, el Señor Dios tiende siempre su mano en señal de invitación a los pecadores y caídos. A todos los quiere recibir. A todos les da la bienvenida. Se gloría en perdonar a los mayores pecadores. Arrebatará la presa al poderoso, libertará al cautivo, sacará el tizón del fuego. Extenderá la cadena de oro de su gracia hasta las simas más hondas de la miseria humana, y elevará al alma más envilecida por el pecado (El ministerio de curación, p. 119).

Si la mente humana pudiera comprender -aunque sea en forma limitada- la condescendencia de Cristo al tomar sobre sí mismo nuestra naturaleza, el corazón de hombres y mujeres se llenaría de gratitud al pensar en el gran amor de Dios, y le adorarían humildemente por la divina sabiduría manifestada al idear el misterio de la gracia (Signs of the Times, diciembre 13, 1905).

 

Martes 21 de octubre: Un plan eterno

La encarnación de Cristo es un misterio. La unión de la divinidad con la humanidad ciertamente es un misterio, oculto con Dios, "misterio escondido desde los siglos". Fue guardado en silencio eterno por Jehová, y primero fue revelado en el Edén mediante la profecía de que la Simiente de la mujer aplastaría la cabeza de la serpiente, y que ésta la heriría en el calcañar.

Presentar al mundo este misterio que Dios mantuvo en silencio durante siglos eternos, antes de que el mundo fuera creado, antes de que el hombre fuera creado, era la parte que Cristo debía cumplir en la obra que él emprendió cuando vino a esta tierra. Y este maravilloso misterio, la encarnación de Cristo y la expiación que él hizo, debe ser declarado a cada hijo y a cada hija de Adán ... Los sufrimientos de Cristo satisficieron perfectamente las demandas de la ley de Dios (Comentario bíblico adventista, 1. 6, p. 1082).

Desde el principio Dios y Cristo sabían acerca de la apostasía de Satanás y de la caída de Adán que se produciría como resultado del engañoso poder del apóstata. El plan de salvación se concibió con el fin de redimir a la raza caída, y darle una nueva oportunidad. Cristo fue destinado como un Mediador de la creación de Dios, establecido desde los tiempos eternos para ser nuestro sustituto y nuestra garantía. Desde antes que el mundo fuera creado se decidió que la divinidad de Cristo debía ser velada con la humanidad. Cristo dijo: "Me has preparado un cuerpo". Pero no vino en forma humana sino hasta que el tiempo se hubo cumplido. Entonces vino a nuestro mundo, como un bebé en Belén (Exaltad a Jesús, p. 68).

Dios tenía un conocimiento de los sucesos del futuro aun antes de la creación del mundo. No hizo que sus propósitos se amoldaran a las circunstancias, sino que permitió que las cosas se desarrollaran y produjeran su resultado. No actuó para causar un cierto estado de cosas, sino que sabía que existiría una condición tal. El plan que debía llevarse a cabo al producirse la defección de cualquiera de las elevadas inteligencias del cielo ... es el secreto, el misterio que ha estado oculto desde hace siglos. Y según los propósitos eternos se preparó una ofrenda para que hiciera precisamente la obra que Dios ha hecho a favor de la humanidad caída (Comentario bíblico adventista, 1. 6, pp. 1081, 1082).

 

Miércoles 22 de octubre: El camino de la cruz

Jesucristo se dio a sí mismo como una ofrenda completa en favor de cada hijo e hija caído de Adán. ¡Qué humillación soportó! Descendió paso a paso, más y más profundamente en la senda de la humillación, pero nunca degradó su alma con el pecado. Sufrió para que pudiera elevamos, limpiamos, refinamos y ennoblecemos, y hacemos herederos juntamente con él en su trono. ¿Cómo podemos hacer nuestro llamado y nuestra elección seguras? ¿Cuál es el camino de salvación? Cristo dice:

"Yo soy el camino, y la verdad, y la vida". Por más que hayamos sido pecadores y culpables, somos llamados y somos elegidos. "Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros". Pero nadie será forzado a acercarse a Cristo contra su voluntad. La Majestad del cielo, el unigénito Hijo del Dios viviente, abrió el camino para acercamos a él al dar su vida en sacrificio sobre la cruz del Calvario. Y aunque es demasiado puro y demasiado justo para excusar la iniquidad, eso no significa que se apartará de los que somos pecadores. Por el contrario, él dice: "No he venido a llamar a justos, sino pecadores, al arrepentimiento". Que las almas que perecen vengan a él tal como están, rogando por la sangre expiatoria de Cristo, y serán aceptadas por Aquel que mora en la gloria rodeado de querubines. La sangre de Jesucristo es un pasaporte que nunca falla; mediante ella todas nuestras peticiones pueden encontrar acceso al trono de Dios (Fundamentals of Christian Education, pp. 251, 252).

La cruz de Cristo será la ciencia y el canto de los redimidos durante toda la eternidad. En el Cristo glorificado, contemplarán al Cristo crucificado. Nunca olvidarán que Aquel cuyo poder creó los mundos innumerables y los sostiene a través de la inmensidad del espacio, el Amado de Dios, la Majestad del cielo, Aquel a quien los querubines y los serafines resplandecientes se deleitan en adorar -se humilló para levantar al hombre caído; que llevó la culpa y el oprobio del pecado, y sintió el ocultamiento del rostro de su Padre, hasta que la maldición de un mundo perdido quebrantó su corazón y le arrancó la vida en la cruz del Calvario. El hecho de que el Hacedor de todos los mundos, el Árbitro de todos los destinos, dejase su gloria y se humillase por amor al hombre, despertará eternamente la admiración y adoración del universo.

Cuando las naciones de los salvos miren a su Redentor y vean la gloria eterna del Padre brillar en su rostro; cuando contemplen su trono, que es desde la eternidad hasta la eternidad, y sepan que su reino no tendrá fin, entonces prorrumpirán en un cántico de júbilo: "¡Digno, digno es el Cordero que fue inmolado, y nos ha redimido para Dios con su propia preciosísima sangre!" (El conflicto de los siglos, pp. 709, 710).

La muerte de Cristo demuestra el gran amor de Dios por el hombre. Es nuestra garantía de salvación. Quitarle al cristiano la cruz sería como borrar del cielo el sol. La cruz nos acerca a Dios, y nos reconcilia con él. Con la perdonadora compasión del amor de un padre, Jehová contempla los sufrimientos que su Hijo soportó con el fin de salvar de la muerte eterna a la familia humana, y nos acepta en el Amado.

Sin la cruz, el hombre no podría unirse con el Padre. De ella depende toda nuestra esperanza. De ella emana la luz del amor del Salvador; y cuando al pie de la cruz el pecador mira al que murió para salvarle, puede regocijarse con pleno gozo; porque sus pecados son perdonados. Al postrarse con fe junto a la cruz, alcanza el más alto lugar que pueda alcanzar el hombre.

Mediante la cruz podemos saber que el Padre celestial nos ama con un amor infinito. ¿Debemos maravillamos de que Pablo exclamara: "Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo"? (Gálatas 6:14). Es también nuestro privilegio gloriamos en la cruz, entregamos completamente a Aquel que se entregó por nosotros. Entonces, con la luz que irradia del Calvario brillando en nuestros rostros, podemos salir para revelar esta luz a los que están en tinieblas (Los hechos de los apóstoles, pp. 170, 171).

 

Jueves 23 de octubre: El plan de Dios revelado en Jesús

El plan de redención fue preparado en las deliberaciones entre el Padre y el Hijo. Entonces Cristo se comprometió a responder por el hombre si éste resultaba desleal. Se comprometió a efectuar una expiación que uniera a toda alma creyente con Dios. El que coloca sus pecados sobre el sustituto y garantía ... puede unirse con el apóstol al decir: "Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo". "Para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús" (Efesios 1 :3; 2:7).

En su infinito amor Cristo ideó el plan de salvación. Está listo para cumplir ese plan en favor de todos los que cooperen con él. Intercediendo por ellos, dice al Padre: No les imputes a ellos sus pecados, sino colócalos sobre mí. Sé misericordioso con sus injusticias y no recuerdes más sus pecados e iniquidades (En lugares celestiales, p. 12).

Todos los deseos de Cristo se subordinaban a su misión. La gloria de su vida era disponer todas las cosas de acuerdo a la voluntad de su Padre (Signs of the Times, abril 29, 1903).

Lo principal de nuestro mensaje debe consistir en la misión y la vida de Jesucristo. Espaciémonos en la humillación, la abnegación, la humildad y la mansedumbre de Cristo, para que los corazones orgullosos y egoístas vean la diferencia entre ellos y el Modelo, y se humillen. Mostremos a los que escuchen la condescendencia de Jesús por salvar al ser humano caído; mostrémosles que por nuestra seguridad él tuvo que asumir la naturaleza humana y pasar a través de las tinieblas y aun de la ira de su Padre contra el pecado, porque nuestro Salvador estaba llevando en sí mismo la transgresión de la raza.

Describamos, en la medida en que el lenguaje humano puede hacerlo, la humillación del Hijo de Dios, comenzando con su decisión de cambiar el trono de luz y gloria que compartía con su Padre para venir a compartir las miserias de la humanidad. Nadie lo obligó a hacerlo. Él eligió soportar la ira de Dios en la que había incurrido el hombre por su desobediencia a la ley divina. Eligió soportar las crueles burlas, los escarnios, los azotes y la crucifixión, "haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz"; una muerte que sorprendió y maravilló a todo el universo.

Cristo no fue insensible a la ignominia y la desgracia; experimentó toda la angustia; la sintió más profunda y agudamente que lo que nosotros podemos sentir el sufrimiento, porque su naturaleza era más exaltada, pura y santa que la de la humanidad pecadora por quien sufría. Era la Majestad del cielo, era igual al Padre, era el Comandante de las huestes angélicas, y, sin embargo, murió por el hombre sufriendo una muerte que más que ninguna otra era considerada ignominiosa. Ojalá que los enaltecidos corazones de los hombres comprendieran esto. Ojalá que comprendieran el significado de la redención, y procuraran aprender la humildad y mansedumbre de Jesús (Review and Herald, septiembre 11, 1888; parcialmente en A fin de conocerle, p. 1).

Viernes 24 de octubre: Para estudiar y meditar

La historia de la redención, pp. 43-51.

 

 

 

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