Notas de Elena White

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La naturaleza de Dios: La base de la expiación

Lección 1

Para el 4 de Octubre del 2008


 

 

Sábado 27 de septiembre

Es imposible para las mentes finitas de los hombres comprender plenamente el carácter o las obras del Infinito. Aun para el intelecto más aguzado, para la mente más poderosa y altamente educada, este Ser santo debe permanecer siempre vestido de misterio.

El apóstol Pablo exclama: "jOh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán incomprensibles son sus juicios, e inescrutables sus caminos!" Pero aunque "nubes y tinieblas están alrededor de él", "justicia y juicio son el asiento de su trono" (Romanos 11:33; Salmo 97:2; 89:14, V.M.). Podemos comprender su trato con nosotros, y los motivos que le impulsan, hasta el punto de discernir el amor ilimitado y la misericordia unidos al poder infinito. Podemos comprender sus propósitos en la medida en que nos resulta benéfico conocerlos; y fuera de esto debemos seguir confiando en el poder del Omnipotente, el amor y la sabiduría del Padre y Soberano de todos.

Como el carácter de su Autor divino, la Palabra de Dios presenta misterios que no podrán nunca ser plenamente comprendidos por los seres finitos. Dirige nuestra mente al Creador, "que habita en luz inaccesible" (l Timoteo 6:16). Nos presenta sus propósitos, que abarcan todas las edades de la historia humana, y cuyo cumplimiento se alcanzará únicamente en los siglos sin fin de la eternidad. Llama nuestra atención a temas de infinita profundidad e importancia concernientes al gobierno de Dios y el destino del hombre.

La entrada del pecado en el mundo, la encarnación de Cristo, la regeneración, la resurrección y muchos otros temas presentados en la Biblia, son misterios demasiado profundos para que los explique la mente humana, o siquiera los comprenda plenamente. Pero Dios nos ha dado en las Escrituras suficientes evidencias de su carácter divino, y no debemos dudar su Palabra porque no podamos comprender todos los misterios de su providencia (Joyas de los testimonios, 1. 2, pp. 303, 304).

 

Domingo 28 de septiembre: Dios eterno

Dios ha existido siempre. Es el gran "YO SOY". El salmista declara: "Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, y desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios" (Salmo 90:2). Él es el alto y sublime que habita en la eternidad. Él mismo afirma: "Yo Jehová, no me mudo". Con él no hay cambio ni sombra de variación. Él es "el mismo ayer, y hoy, y por los siglos". Es infinito y omnipresente. Ningún lenguaje humano puede describir su grandeza y majestad.

Por encima de las confusiones de la tierra Dios está en su trono; todas las cosas están abiertas a su divina mirada; y desde su grande y serena eternidad ordena lo que a su providencia le parece mejor.

Dios no se propone rendir cuenta de sus caminos y de sus hechos. Para su propia gloria, oculta sus propósitos ahora; pero muy pronto serán revelados en su verdadera importancia. Pero no ha ocultado su gran amor, que es el fundamento de todo su trato con sus criaturas (La fe por la cual vivo, p. 44).

"Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios" (Salmo 90:2). La Palabra de Dios y sus obras contienen el conocimiento acerca de Aquel que vio apropiado revelársenos. Así podemos entender la revelación que él nos dio de sí mismo. Pero debemos estudiar esto con temor y temblor, y con el sentido de nuestra pecaminosidad, no con el deseo de explicar a Dios, sino con el deseo de obtener el conocimiento que nos permitirá servido más aceptablemente.

Nadie se aventure a tratar de explicar a Dios. Los seres humanos ni siquiera se pueden explicar a sí mismos, y ¿cómo, entonces se atreverán a explicar al Omnisciente? Satanás está listo para darles concepciones falsas acerca de Dios.

Para los curiosos traigo el mensaje de que Dios me ha instruido acerca de no dar respuesta a las preguntas de los que inquieren con respecto a cosas que no han sido reveladas. Las cosas reveladas nos pertenecen a nosotros y a nuestros hijos. Los seres humanos no deben intentar ir más allá de esto. No debemos tratar de explicar aquello que Dios no ha revelado. Debemos estudiar la revelación que Cristo, el gran Maestro, ha dado del carácter de Dios, para que en espíritu, en palabra y en actos lo representemos ante los que no lo conocen.

Con respecto a la personalidad y las prerrogativas de Dios, dónde se encuentra y quién es, son temas que no debemos atrevemos a tocar. Acerca de esto, el silencio es elocuencia. Los que no tienen un conocimiento experimental de Dios son los que se aventuran a especular con respecto a él. Si lo conocieran más, tendrían menos que decir en cuanto a lo que él es. La persona que en la vida diaria tiene una comunión más estrecha con Dios y un conocimiento más profundo acerca de él, es quien se da cuenta más profundamente de la total imposibilidad de que los seres humanos expliquen al Creador (Alza tus ojos, p. 324).

Jehová, el eterno, el que posee existencia propia, el no creado, el que es la fuente de todo y el que lo sustenta todo, es el único que tiene derecho a la veneración y adoración supremas. Se prohíbe al hombre dar a cualquier otro objeto el primer lugar en sus afectos o en su servicio.

Cualquier cosa que nos atraiga y que tienda a disminuir nuestro amor a Dios o que impida que le rindamos el debido servicio es para nosotros un dios (patriarcas y profetas, p. 313).

Dios es la fuente eterna e increada de todo bien, Todos los que confíen descubrirán que efectivamente lo es. A todos los que le sirven, considerándo10 su Padre celestial, les da seguridad de que cumplirá sus promesas. Su gozo estará en el corazón de ellos, y será cumplido (Hijos e hijas de Dios, p. 201).

 

Lunes 29 de septiembre: Un Dios amante

"Dios es amor". Su naturaleza y su ley son amor. Lo han sido siempre, y lo serán para siempre. "El Alto y Sublime, el que habita la eternidad", cuyos "caminos son eternos", no cambia. En él "no hay mudanza, ni sombra de variación".

Cada manifestación del poder creador es una expresión del amor infinito. La soberanía de Dios encierra plenitud de bendiciones para todos los seres creados (Patriarcas y profetas, p. 11).

Dios es un Dios de verdad. La justicia y la misericordia son los atributos de su trono. Es un Dios de amor, de bondad y de tierna compasión. Así está representado por su Hijo, nuestro Salvador. Es un Dios de paciencia y longanimidad. Si así es el Ser a quien adoramos y cuyo carácter procuramos imitar, entonces estamos adorando al verdadero Dios (La fe por la cual vivo, p. 61).

Cristo ama a los seres celestiales que rodean su trono; pero ¿qué explicará el gran amor con que nos amó a nosotros? No lo podemos comprender, pero en nuestra propia experiencia podemos saber que existe en verdad. Y si sostenemos un vínculo de parentesco con él, ¡con qué ternura debemos considerar a los que son hermanos y hermanas de nuestro Señor! ¿No debiéramos estar listos para reconocer los derechos de nuestra relación divina? Adoptados en la familia de Dios, ¿no honraremos a nuestro Padre y a nuestra parentela? (El Deseado de todas las gentes, p. 294).

Presentad a Dios vuestras necesidades, gozos, tristezas, cuidados y temores. No podéis agobiado ni cansado. El que tiene contados los cabellos de vuestra cabeza, no es indiferente a las necesidades de sus hijos. "Porque el Señor es muy misericordioso y compasivo"(Santiago 5: 11). Su amoroso corazón se conmueve por nuestras tristezas y aún por nuestra presentación de ellas. Llevadle todo lo que confunda vuestra mente. Ninguna cosa es demasiado grande para que él no la pueda soportar; él sostiene los mundos y gobierna todos los asuntos del universo. Ninguna cosa que de alguna manera afecte nuestra paz es tan pequeña que él no la note. No hay en nuestra experiencia ningún pasaje tan oscuro que él no pueda leer, ni perplejidad tan grande que él no pueda desenredar. Ninguna calamidad puede acaecer al más pequeño de sus hijos, ninguna ansiedad puede asaltar el alma, ningún gozo alegrar, ninguna oración sincera escaparse de los labios, sin que el Padre celestial esté al tanto de ello, sin que tome en ello un interés inmediato. Él "sana a los quebrantados de corazón, y venda sus heridas" (Salmo 147:3). Las relaciones entre Dios y cada una de las almas son tan claras y plenas como si no hubiese otra alma por la cual hubiera dado a su Hijo amado (El camino a Cristo, pp. 100, 101).

 

Martes 30 de septiembre: Dios como Creador

El Señor Dios manda que las cosas existan. Fue el primer diseñador. No depende del hombre, pero generosamente atrae su atención y coopera con él para lograr diseños más elevados y más perfectos. Entonces los hombres se adjudican toda la gloria a sí mismos, y sus congéneres los exaltan como si fueran genios notables. No miran más allá de los hombres. Olvidan la única Causa primera...

Temo que tengamos ideas demasiado comunes y corrientes, "He aquí que los cielos, los cielos de los cielos, no te pueden contener" (1 Reyes 8:27). Nadie se aventure a limitar el poder del Santo de Israel. Existen conjeturas e incógnitas con respecto a la obra de Dios. "Quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es" (Éxodo 3:5) ...

En la formación de nuestro mundo Dios no estuvo sujeto a sustancia o materia preexistentes. "De modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía" (Hebreos 11 :3). Por el contrario, todas las cosas, materiales o espirituales, aparecieron por la voz del Señor Jehová, y fueron creadas para cumplir los propósitos de él. Los cielos y toda su hueste, la tierra y todas las cosas que en ella hay, no son sólo obra de su mano; llegaron a la existencia por el aliento de su boca.

El Señor había dado evidencia de que por su poder podía disolver en un momento toda la estructura de la naturaleza. Puede dar vuelta las cosas y destruir lo que el hombre ha construido de la manera más firme y sólida... En los incendios, en las inundaciones, en los terremotos, en la furia del profundo abismo, en las calamidades del mar y de la tierra, el Espíritu advierte que Dios no siempre contenderá con el hombre (Alza tus ojos, p. 338).

Si tan sólo queremos escuchar, las obras que Dios ha hecho nos enseñarán lecciones preciosas de obediencia y confianza. Desde las estrellas que en su carrera por el espacio sin huellas siguen de siglo en siglo sus sendas asignadas, hasta el átomo más pequeño, las cosas de la naturaleza obedecen a la voluntad del Creador. Y Dios cuida y sostiene todas las cosas que ha creado. El que sustenta los innumerables mundos diseminados por la inmensidad, también tiene cuidado del gorrioncillo que entona sin temor su humilde canto. Cuando los hombres van a su trabajo o están orando; cuando descansan o se levantan por la mañana; cuando el rico se sacia en el palacio, o cuando el pobre reúne a sus hijos alrededor de su escasa mesa, el Padre celestial vigila tiernamente a todos. No se derraman lágrimas sin que él lo note. No hay sonrisa que para él pase inadvertida.

Si creyéramos plenamente esto, toda ansiedad indebida desaparecería. Nuestras vidas no estarían tan llenas de desengaños como ahora; porque cada cosa, grande o pequeña, debe dejarse en las manos de Dios, quien no se confunde por la multiplicidad de los cuidados, ni se abruma por su peso. Gozaríamos entonces del reposo del alma al cual muchos han sido por largo tiempo extraños (El camino a Cristo, p. 85).

 

Miércoles 1 de octubre: Un Dios santo

En el año en que murió el rey Uzías se le permitió a Isaías que mirara en visión dentro del lugar santo y dentro del lugar santísimo del Santuario celestial. Fueron abiertas las cortinas del compartimiento interior del Santuario, y pudo contemplar la revelación de un trono alto y sublime que se alzaba, por así decido, hasta los mismos cielos. Una gloria indescriptible emanaba de un personaje que ocupaba el trono, y sus faldas llenaban el templo así como su gloria finalmente llenará la tierra. Había querubines a cada lado del propiciatorio, como guardianes alrededor del gran Rey, y resplandecían con la gloria que los envolvía procedente de la presencia de Dios. A medida que sus cantos de alabanza resonaban con profundas y fervientes notas de adoración, se estremecieron los quiciales de las puertas como si hubieran sido sacudidos por un terremoto. De estos seres santos brotaban la alabanza y la gloria a Dios con labios sin contaminación de pecado. El contraste entre la débil alabanza que había estado acostumbrado a elevar al Creador y las fervientes alabanzas de los serafines, asombró y humilló al profeta. En ese momento tenía el sublime privilegio de apreciar la inmaculada pureza del excelso carácter de Jehová.

Mientras escuchaba el canto de los ángeles que clamaban "Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos, toda la tierra está llena de su gloria", la gloria, el poder infinito y la insuperable majestad del Señor pasaron ante su visión, y su alma fue impresionada. A la luz de ese resplandor sin par que puso de manifiesto todo lo que podía soportar de la revelación del carácter divino, se destacó ante él con asombrosa claridad su propia contaminación interior. Sus propias palabras le parecieron viles.

Cuando al siervo de Dios se le permite que contemple la gloria del Dios del cielo, cuando el Eterno se quita su velo ante la humanidad, y el hombre comprende aunque sólo sea en pequeñísima medida la pureza del Santo de Israel, hará también sorprendentes confesiones de la contaminación de su alma antes que jactarse con altivez de su propia santidad. Isaías exclamó con profunda humillación: "¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios ... han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos". Esta no es esa humildad voluntaria y ese servil remordimiento de conciencia que tantos parecen manifestar como si fuera una virtud. Ese vago remedo de humildad brota de corazones llenos de orgullo y autoestimación. Hay muchos que se rebajan a sí mismos con palabras, pero al mismo tiempo se sentirían chasqueados si este proceder suyo no produjera expresiones de alabanza y aprecio de otros. Pero la contrición del profeta era genuina. Se sintió completamente insuficiente e indigno cuando la humanidad, con sus debilidades y deformidades, fue puesta en contraste con la perfección de la santidad, de la luz y la gloria divinas. ¿Cómo podía ir y presentar al pueblo los santos requerimientos de Jehová, que era alto y sublime y cuyas faldas llenaban el templo? Mientras Isaías estaba temblando y su conciencia lo acusaba debido a su impureza en la presencia de esa gloria insuperable, dijo: "Y voló hacia mí uno de los serafines, teniendo en su mano un carbón encendido, tomado del altar con unas tenazas; y tocando con él sobre mi boca, dijo: He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado. Después oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí" (Comentario bíblico adventista, 1. 4, pp. 1161, 1162).

 

Jueves 2 de octubre: El Dios omnisapiente

El salmista describe la presencia del Ser infinito como si llenara el universo. "Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí estás tú" (Salmo 139:8). Nunca podremos encontrar un lugar solitario donde no esté Dios. El ojo siempre vigilante del Omnisciente está por encima de todas nuestras obras, y aunque puede movilizar a todos los ejércitos del cielo para hacer su voluntad divina, condesciende hasta aceptar los servicios de los frágiles y falibles mortales.

Debido al orgullo y la ambición de los hijos de los hombres, Dios ha preferido realizar sus grandiosas obras por medio de los instrumentos más sencillos y humildes. Dios no elige a los hombres a quienes el mundo honra como grandes, talentoso s o brillantes. Elige a los que desean trabajar en humildad y sencillez, reconociéndolo como su guía y la fuente de su fortaleza. Él anhela que lo convirtamos en nuestro protector y dirigente en todos los deberes y asuntos de la vida.

Su cuidado por las obras de su creación es incesante e incansable. Cuando los seres humanos van a su trabajo o están orando; cuando descansan en la noche o se levantan por la mañana; cuando el rico hace fiesta en el palacio, o cuando el pobre reúne a sus hijos alrededor de su escasa mesa, el Padre celestial vigila tiernamente a todos. No se derraman lágrimas sin que él lo note. No hay sonrisa que para él pase inadvertida. Y a los que ha confiado importantes asuntos, también los vigila para saber si sus acciones y sus más secretos motivos soportan su escrutinio. Les ha dado talentos y habilidades y deben dar cuenta de la forma en que han multiplicado sus dones. Si han obtenido éxito es porque han confiado en el Dios de toda sabiduría (Signs of the Times, julio 14, 1881).

Si el Señor Jesús abriera los ojos de los mortales pecadores y les permitiera inspeccionar los misterios de su providencia, verían que ninguna actividad o negocio que hace cada ser humano escapa del conocimiento de Dios (Manuscript Releases, 1. 3, p. 350).

En tiempo pasado el Señor Dios del cielo reveló sus secretos a sus profetas, y lo sigue haciendo todavía. El presente y el futuro son igualmente claros para él, y muestra a sus siervos la historia futura de lo que habrá de ser. El Omnisciente miró a través de las edades y predijo mediante sus profetas el levantamiento y la caída de reinos, centenares de años antes de que ocurrieran los eventos preanunciados. El eco de la voz de Dios se deja escuchar a través de las edades, diciéndole al hombre lo que ha de ocurrir. Reyes y príncipes ocupan sus lugares en el tiempo designado. Ellos piensan que están llevando adelante sus propios propósitos, pero en realidad están cumpliendo la palabra que Dios dio por medio de sus profetas. Desempeñan su parte en el desarrollo de los grandes propósitos de Dios. Se suceden los eventos, y así se cumple la palabra que Dios ha hablado.

Los incrédulos e impíos no disciernen las señales de los tiempos. En su ignorancia pueden rehusarse a aceptar el registro inspirado. Pero cuando los cristianos profesos hablan despectivamente de las formas y medios empleados por el gran YO SOY para hacer conocer sus caminos y propósitos, se manifiestan ignorantes tanto de las Escrituras como del poder de Dios.

El Creador conoce exactamente con qué elementos tiene que tratar en la naturaleza humana. Sabe qué medios debe emplear para obtener el fin deseado. El cristiano que acepta la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, observará la historia bíblica en su verdadera orientación. El pasado -la historia de la dispensación judaica desde el principio hasta el fin- en vez de ser calificado despectiva y burlonamente como la "edad oscura", revelará luz y más luz a medida que se lo estudie (Alza tus ojos, p. 94).

 

 

 

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