La sabiduría de sus enseñanzas
Lección 4
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Cristo anhelaba llenar el mundo con una paz y un gozo que serán similares a los que existen en el mundo celestial... Pronunció con claridad y poder las palabras que debían llegar hasta nuestro tiempo como un tesoro de bondad. Cuán preciosas fueron esas palabras, y cuán animadoras. De sus labios divinos emanaron, con plena y abundante seguridad, las bendiciones que lo señalaban como la fuente de toda bondad, y que tenía la prerrogativa de bendecir a todos los presentes e influir en su mente. Estaba ocupado en la misión sagrada que le incumbía y le era peculiar, y los tesoros de la eternidad estaban a su disposición. Nada le impediría repartidos. No era una usurpación que actuara como Dios. Abarcó en sus bendiciones a los que habían de constituir su reino en este mundo. Había llevado hasta el mundo todas las bendiciones esenciales para la felicidad y el gozo de cada alma, y ante esa vasta asamblea presentó las riquezas de la gracia del cielo, los tesoros acumulados del Padre eterno. En ese momento especificó quiénes serían los súbditos de su reino celestial. No pronunció una palabra que halagara a los hombres de mayor autoridad, a los dignatarios mundanal es; pero presentó ante todos los rasgos de carácter que debe poseer el pueblo peculiar que constituya la familia real en el reino del cielo. Especificó quiénes se convertirán en herederos de Dios y coherederos con él. Proclamó públicamente la elección de sus súbditos y les asignó su lugar en su servicio como unidos con él mismo. Los que posean el carácter especificado, compartirán con él la bendición y la gloria y el honor que él siempre recibirá (Comentario Bíblico Adventista, t. 5, p. 1060).
Domingo 20 de abril: El sermón más grande (Mateo 5-7) El Sermón del Monte es la bendición del cielo para el mundo, una voz que proviene del trono de Dios. Se lo dio a la humanidad para que fuera la ley de su conducta y la luz del cielo, su esperanza y consuelo en las horas de abatimiento; aquí el Príncipe de los predicadores, el Maestro por excelencia, expresa las palabras que el Padre le indicó que pronunciara. Las bienaventuranzas constituyen el saludo de Cristo, no sólo para los creyentes, sino para toda la familia humana. Por un momento pareció olvidar que se hallaba en el mundo, no en el cielo; y utilizó el saludo familiar del mundo de la luz. Las bendiciones brotaron de sus labios como una rica corriente de vida que hubiera estado detenida por largo tiempo. Cristo no nos deja en duda con respecto a los rasgos de carácter que siempre está dispuesto a reconocer y bendecir. Ignorando los ambiciosos favoritos del mundo se vuelve hacia quienes han sido despreciados por ellos, llamando bienaventurados a los que reciben su luz y su vida. Extiende sus brazos de refugio a los pobres en espíritu, mansos, humildes, sufrientes, despreciados y perseguidos, y les dice: "Venid a mí... y yo os haré descansar" (Mateo 11 :28). Cristo puede observar toda la miseria del mundo sin experimentar una sombra de tristeza por haber creado al hombre. Ve que en el corazón humano hay algo más que pecado y miseria. En su sabiduría y amor infinitos observa las posibilidades que hay en cada ser humano y la altura que pueden alcanzar. Sabe que, aunque los seres humanos han abusado de las bendiciones que han recibido y han destruido la dignidad que Dios les ha dado, el Creador todavía será glorificado con la redención de ellos. El Sermón del Monte es un ejemplo de la forma como debemos enseñar. Cuántos esfuerzos no hizo Cristo para lograr que los misterios no fueran más misterios, sino verdades claras y sencillas! No hay nada impreciso en sus instrucciones, nada difícil de comprender. "Y abriendo su boca les enseñaba" (Mateo 5:2). No expresaba sus palabras en susurros, ni su voz era áspera o desagradable. Hablaba con énfasis y claridad, con poder solemne y convincente. "Y cuando terminó Jesús estas palabras, la gente se admiraba de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas" (Mateo 7:28, 29). Un estudio serio del Sermón del Monte, hecho con oración, nos preparará para proclamar la verdad y para llevar a otros la luz que hemos recibido. Pero antes debemos preocupamos por nosotros mismos y recibir los principios de la verdad con corazones humildes, poniéndolos en práctica en obediencia perfecta. Esto nos proporcionará gozo y paz. De este modo comemos la carne y bebemos la sangre del Hijo de Dios y crecemos vigorosos en su fortaleza. Nuestras vidas están integradas a su vida. Nuestro espíritu, nuestras inclinaciones y nuestros hábitos se conforman a la voluntad de aquel de quien Dios declaró: "Éste es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia" (Mateo 3: 17). Las palabras que Cristo pronunció sobre el monte de las bienaventuranzas retendrán su poder a través de todos los tiempos. Cada oración es una joya sacada del palacio del tesoro de la verdad. Los principios enunciados en este discurso son para todas las edades y para todas las clases de seres humanos. Cristo expresó su fe y esperanza con energía divina, mientras declaraba bienaventurada a una clase de personas tras otra porque habían formado caracteres justos. Al vivir la vida del Dador de la vida, mediante la fe en él, cada uno puede alcanzar la norma establecida en sus palabras. ¿No merece el logro de este objetivo el esfuerzo incansable de toda una vida? (Testimonios para la Iglesia, 1. 7, pp. 255-257).
Lunes 21 de abril: Lo que él enseñó acerca de Dios Revestido de la humanidad, Cristo llegó a ser uno con la humanidad y al mismo tiempo reveló a los seres pecaminosos el carácter de su Padre Celestial. Fue en todo semejante a sus hermanos. Llegó a ser carne como cualquiera de nosotros. Sufrió hambre, cansancio y sed. Necesitó alimentarse y dormir. Compartió la suerte del hombre aunque era el inmaculado de Dios... Tierno, compasivo, lleno de simpatía hacia los demás, representó el carácter de Dios y estuvo constantemente ocupado en el servicio para Dios y el hombre (La Fe por la cual Vivo, p. 19). Este Maestro venido del cielo era nada menos que el Hijo de Dios, y había llegado a la tierra para revelar el carácter del Padre a los seres humanos para que éstos pudieran adorarle en espíritu y en verdad. Tenía las llaves para abrir los tesoros de la sabiduría y de la ciencia y podía revelarles todo el conocimiento que era esencial para la salvación. Les declaró que una estricta adherencia a las formas y ceremonias no los salvaría, porque el reino de Dios era de naturaleza espiritual. Como el enemigo había tratado de representar el carácter divino de manera equivocada, Cristo buscó impresionarlos con el amor paternal de Aquel que "de tal manera amó... al mundo, que ha dado a su hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna" (S. Juan 3:16). Les mostró la necesidad de orar, de arrepentirse, de confesar y abandonar el pecado. Les enseñó a ser honestos, misericordiosos y compasivos, no amando solamente a los que los amaban sino también a los que los odiaban y despreciaban. Con eso estaba revelando el carácter del Padre quien es misericordioso y piadoso, tardo para la ira y grande en misericordia y verdad. Aquellos que aceptaban sus enseñanzas quedaban bajo el cuidado de los ángeles quienes podían fortalecerlos e iluminarlos para que la verdad renovara y santificara el alma (Fundamentals of Christian Education, p. 117). En todos los actos llenos de gracia que Jesús realizó, trató de imprimir en los hombres los atributos paternales y benévolos de Dios ... Jesús quiere que comprendamos el amor del Padre, y trata de acercarnos a él presentándonos su gracia 'Paterna. Quiere que todo el campo de nuestra visión esté lleno de la perfección del carácter de Dios... Solamente al vivir entre los hombres podía revelar la misericordia, la compasión y el amor de su Padre celestial; porque sólo mediante actos de bondad podía manifestar la gracia de Dios (La MaravillosaGracia de Dios, p. 99).
Martes 22 de abril: Lo que enseñó acerca del perdón (S. Mateo 6:12-14) Pedimos que la misericordia de Dios hacia nosotros sea medida por la misericordia que manifestamos a los demás. Cristo declara que ésta es la regla mediante la cual Dios tratará con nosotros: "Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas" (Mateo 6: 14, 15). ¡Maravillosos términos! Pero cuán poco comprendidos y practicados son. Uno de los pecados más comunes y que produce los resultados más perniciosos es el sometimiento a un espíritu no perdonador. Cuántos albergan animosidad o deseos de venganza y acto seguido se inclinan delante de Dios para pedirle que los perdone como ellos perdonan. Ciertamente no pueden tener una verdadera comprensión de la importancia de esta oración, pues si así no fuera no se atreverían a pronunciarla. Dependemos de la misericordia perdonadora de Dios cada día y a cada hora. ¿Cómo podemos, entonces, albergar amargura y malignidad hacia nuestros semejantes pecadores? El hecho de que nos encontremos bajo una obligación tan grande hacia Cristo nos enfrenta con la más sagrada obligación hacia aquellos por quienes murió para redimirlos. Debemos manifestar hacia ellos la misma simpatía, la misma tierna compasión y el amor abnegado que Cristo manifestó hacia nosotros. El que no perdona suprime el único conducto por el cual puede recibir la misericordia de Dios. No debemos pensar que a menos que confiesen su culpa los que no han hecho daño, tenemos razón para no perdonarlos. Sin duda, es su deber humillar sus corazones por el arrepentimiento y la confesión; pero hemos de tener un espíritu compasivo hacia los que han pecado contra nosotros, confiesen o no sus faltas. Por mucho que nos hayan ofendido, no debemos pensar de continuo en los agravios que hemos sufrido ni compadecernos de nosotros mismos por los daños. Así como esperamos que Dios nos perdone nuestras ofensas, debemos perdonar a todos los que nos han hecho mal (La Maravillosa Gracia de Dios, p. 328). El divino Autor de la salvación no dejó nada incompleto en el plan; cada una de sus fases es perfecta. El pecado de todo el mundo fue colocado sobre Jesús y la Divinidad prodigó en Jesús su más alto valor a la humanidad doliente, para que todo el mundo pudiera ser perdonado por fe en el Sustituto. El más culpable no necesita tener temor de que Dios no lo perdone, porque será remitido el castigo de la ley debido a la eficacia del sacrificio divino. Mediante Cristo, puede volver a su obediencia a Dios. ¡Cuán maravilloso es el plan de la redención en su sencillez y plenitud! No sólo proporciona el perdón pleno al pecador, sino también la restauración del transgresor, preparando un camino por el cual puede ser aceptado como hijo de Dios. Por medio de la obediencia puede poseer amor, paz y gozo. Su fe puede unirlo en su debilidad con Cristo, la Fuente de fortaleza divina; y mediante los méritos de Cristo puede hallar la aprobación de Dios porque Cristo ha satisfecho las demandas de la ley, e imputa su justicia al alma penitente que cree (A fin de Conocerle, p. 98). Lo que debiera causar el gozo más profundo es el hecho de que Dios perdona el pecado. Si aceptamos su promesa y abandonamos nuestros pecados, está listo y dispuesto a limpiarnos de toda injusticia. Nos dará un corazón puro y la presencia permanente de su Espíritu pues Jesús vive para interceder por nosotros. Pero ... las cosas espirituales se disciernen espiritualmente. Una fe vivaz, activa y permanente es la que discierne la voluntad de Dios, la que se apropia de las promesas y se beneficia con las verdades de su Palabra. No es porque somos justos, sino porque somos necesitados, imperfectos, descarriados e impotentes por nosotros mismos por lo que debemos depender de la justicia de Cristo y no de la nuestra. Cuando recibáis las palabras de Cristo como si os fueran dirigidas personalmente, cuando os apliquéis la verdad individualmente como si fuerais el único pecador sobre la faz de la tierra por el cual murió Cristo, aprenderíais a reclamar por fe los méritos de la sangre de un Salvador crucificado y resucitado (En lugares celestiales, p. 23).
Miércoles 23 de abril: Lo que enseñó acerca de la humildad (S. Mateo 20:25-28) Vi que la fuerza de los hijos de Dios está en su humildad. Cuando son pequeños en sus propios ojos, Jesús será para ellos su fuerza y su justicia, y Dios prosperará sus labores. (Testimonios para la iglesia, t. 3, p. 338). Todos los que responden a la invitación de Cristo mediante la soberana misericordia de Dios son elegidos para ser salvos como hijos obedientes. La gracia de Dios y el amor con que los ha amado se manifiesta sobre ellos. Son su pueblo elegido porque han aceptado la redención que Cristo ha comprado para ellos con su preciosa sangre. Todo aquel que se humilla a sí mismo como un niño y recibe y obedece la palabra de Dios con la sencillez de un niño, estará entre los elegidos de Dios (Messenger, abril 12, 1893). La ambición y el deseo de supremacía entre los discípulos de Cristo los hace asemejarse al mundo. Si dejan al Señor fuera de sus corazones sólo encontrarán frustraciones y chascos. Muchos en el mundo que ahora reciben los mayores privilegios y se consideran en muchos aspectos por encima de los demás, cuando en el futuro llegue la gran prueba se encontrarán por debajo de los mansos y humildes de corazón. Lo que el hombre mira es engañoso; lo que Dios mira es verdadero. La humildad y la disposición a servir a Dios en la persona de nuestro prójimo son las verdaderas muestras de un carácter como el de Cristo. Los tales serán honrados en el reino de Dios (Manuscript Releases, t. 17, p. 168). La humildad, la abnegación, la dadivosidad y la devolución fiel de los diezmos demuestran que la gracia de Dios está obrando en el corazón. El mayor Maestro Médico que el mundo ha conocido, dejó numerosas lecciones que muestran la necesidad de humildad. Esas lecciones deben ser puestas en práctica por sus seguidores. Deben vivir con abnegación y sacrificio. Para muchos esto será una experiencia nueva, pero de ella depende su salvación. Cristo dijo: "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame" (S. Marcos 8:34). El acto de seguir a Cristo produce las virtudes del carácter de Cristo. La humildad es una gracia valiosa que particularmente agrada a Dios. Cristo dijo: "Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas" (S. Mateo 11:29). Los que siguen a Cristo vencerán la tentación y recibirán la gloriosa recompensa de la vida eterna. Y darán toda la alabanza y la gloria a Cristo (Consejos sobre la salud, p. 592).
Jueves 24 de abril: Lo que enseñó acerca de la gracia - y la fe Al desobedecer los mandamientos de Dios, el hombre cayó bajo la condenación de su ley. Para hacer frente a esta caída debió manifestarse la gracia de Dios en favor de los pecadores. Nunca hubiéramos aprendido el significado de esta palabra "gracia" si no hubiéramos caído. Dios ama a los inmaculados ángeles, que están a su servicio y son obedientes a todos sus mandamientos, pero no les otorga su gracia. Esos seres celestiales no tienen el más mínimo conocimiento de la gracia, nunca la han necesitado, porque nunca han pecado. La gracia es un atributo de Dios manifestado en favor de seres humanos indignos. No la buscamos; fue enviada para que nos buscara. Dios se goza en conceder su gracia a todo aquel que la anhela intensamente. Se allega a todos en términos de misericordia, no porque seamos dignos, sino porque somos totalmente indignos. Nuestra necesidad es el requisito que nos asegura que recibiremos este don (La MaravillosaGracia de Dios, p. 10). Cuando confesáis vuestros pecados, cuando os arrepentís de vuestras iniquidades, Cristo toma vuestra culpabilidad sobre sí mismo y os imputa su propia justicia y poder. Para los contritos de espíritu, da el áureo aceite del amor y los ricos tesoros de su gracia. Entonces es cuando podéis ver que el sacrificio del yo ante Dios, mediante los méritos de Cristo, os hace de infinito valor, pues revestidos con el manto de la justicia de Cristo, os convertís en hijos e hijas de Dios. Los que se acercan al Padre, reconociendo el arco iris de la promesa, y piden perdón en el nombre de Jesús, recibirán lo que piden. Con la primera expresión de arrepentimiento, Cristo presenta la petición del humilde suplicante delante del trono como si fuera su propio deseo en favor del pecador. Dice: "Yo rogaré al Padre por vosotros" (San Juan 16:26) (A fin de Conocerle, p. 79). "Gracia... a vosotros". Todo lo debemos a la gratuita gracia de Dios. En el pacto, la gracia ordenó nuestra adopción. En el Salvador, la gracia efectuó nuestra redención, nuestra regeneración y nuestra exaltación a la posición de herederos con Cristo. No porque primero lo amáramos a él, Dios nos amó a nosotros sino que "cuando aún éramos débiles" Cristo murió por nosotros e hizo así una abundante provisión para nuestra redención. Aunque por nuestra desobediencia merecíamos el desagrado y la condenación de Dios, sin embargo no nos ha abandonado dejándonos luchar con el poder del enemigo. Ángeles celestiales riñen nuestras batallas por nosotros, y si cooperamos con ellos podemos ser victoriosos sobre los poderes del mal (En lugares Celestiales, p. 34). El Señor tiene una obra especial que hacer por nosotros individualmente. Al ver la maldad del mundo puesta de manifiesto en los tribunales de justicia y publicada en los diarios, acerquémonos a Dios y, por medio de una fe viva, echemos mano de sus promesas, para que la gracia de Cristo se manifieste en nosotros. Podemos ejercer una influencia, una influencia poderosa en el mundo... Debemos tener por único blanco la gloria de Dios. Debemos trabajar con toda la inteligencia que Dios nos ha dado, colocándonos donde fluye la luz, para que la gracia de Dios pueda derramarse sobre nosotros para amoldamos y conformamos a la semejanza divina. El cielo está esperando otorgarles sus más ricas bendiciones a aquellos que quieran consagrarse para hacer la obra de Dios en estos últimos días de la historia del mundo (La Maravillosa Gracia de Dios, p. 272). La gracia de Dios y la ley de su reino están en perfecta armonía; marchan de la mano. Su gracia nos permite acercamos a él por fe. Al recibirla y dejar que obre en nuestras vidas, damos testimonio de la validez de la ley; la exaltamos y engrandecemos al poner en práctica sus vitales principios (Meditaciones Matinales, año 1952, p. 103).
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