La realidad de su humanidad
Lección 3
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El apóstol Juan dijo: "Y nosotros hemos visto y testificamos que el Padre ha enviado al Hijo, el Salvador del mundo" (1 Juan 4: 14). El Hijo de Dios tomó sobre él la naturaleza humana. "Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros" (S. Juan 1:14). La unión de la divinidad con la humanidad le da un valor a la raza caída que apenas podemos comenzar a comprender. Lo divino y lo humano se unieron en Cristo para que pudiera representar a aquellos que creyesen en él. Tomó nuestra naturaleza y pasó por todas nuestras experiencias para asumir nuestras responsabilidades como nuestro representante. Aunque inocente, cargó con los pecados y sufrió la culpa del mundo para que los que pusieran su fe en él pudieran ser salvos. "Que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados" (2 Corintios 5: 19). ¡Qué amor y qué compasión aquí se revelan! ¡Cómo se exalta la humanidad mediante los méritos de Cristo! Su sacrificio fue amplio y completo; el Santo muriendo por los pecadores; el Ser sin pecado vistiendo nuestras vestimentas viles para que nosotros pudiéramos vestir su impecable manto de justicia tejido en el telar del cielo. Aquel que era sin culpa, cargando nuestra culpa para que su sangre nos limpiara de todo pecado y nos purificara de toda injusticia. Todos los que creemos en él -y sólo en él- como nuestro Salvador personal, obtenemos el perdón de los pecados y en su sangre somos justificados a la vista de Dios (Signs of the Times, mayo 30, 1895). Domingo 13 de abril: En la presencia de un misterio (1 Timoteo 3:16) "Y sin contradicción, grande es el misterio de la piedad: Dios ha sido manifestado en carne; ha sido justificado con el Espíritu; ha sido visto de los ángeles; ha sido predicado a los gentiles; ha sido creído en el mundo; ha sido recibido en gloria" (1 Timoteo 3: 16). La encarnación de Cristo es el misterio de todos los misterios... Cristo era uno con el Padre, y sin embargo estuvo dispuesto a descender de la exaltada posición de quien era igual a Dios. Habría sido una humillación casi infinita para el Hijo de Dios revestirse de la naturaleza humana, aun cuando Adán poseía la inocencia del Edén. Pero Jesús acepta la humanidad cuando la especie se hallaba debilitada por cuatro mil años de pecado. Como cualquier hijo de Adán, aceptó los efectos de la gran ley de la herencia. Y la historia de sus antepasados terrenales demuestra cuáles eran aquellos efectos. Mas él vino con una herencia tal para compartir nuestras penas y tentaciones, y damos el ejemplo de una vida sin pecado. Qué tremendo contraste entre la divinidad de Cristo y el impotente niñito nacido en el pesebre de Belén... Y sin embargo, el Creador de los mundos, Aquel en quien habitaba la plenitud de la divinidad corporalmente, se manifestó en el desvalido bebé del pesebre... La divinidad y la humanidad estaban misteriosamente combinadas y el hombre y Dios se fusionaron. Nuestro Salvador tomó la humanidad con todo su pasivo. Se vistió de la naturaleza humana, con la posibilidad de ceder a la tentación. No tenemos que soportar nada que él no haya soportado (La fe por la cual vivo, p. 50). ¡Qué espectáculo contempló así el cielo! Cristo, que no conocía en lo más mínimo la mancha o contaminación del pecado, tomó nuestra naturaleza en su condición deteriorada. Ésta fue una humillación mayor que la que pueda comprender el hombre finito. Dios fue manifestado en carne. Se humilló a sí mismo. ¡Qué tema para el pensamiento, para una profunda y ferviente contemplación! Aunque era tan infinitamente grande la Majestad del cielo, sin embargo se inclinó tan bajo, sin perder un átomo de su dignidad y gloria. Se inclinó a la pobreza y la más profunda humillación entre los hombres. Por nuestra causa se hizo pobre, para que por su pobreza pudiéramos ser hechos ricos. Dijo: "Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del hombre no tiene dónde recostar su cabeza" (S. Mateo 8:20). Cristo se sometió al insulto y la burla, al desprecio y al ridículo. Oyó cómo se falseaba y aplicaba mal su mensaje, que estaba lleno de amor, bondad y misericordia. Oyó que a él lo llamaban el príncipe de los demonios porque testificaba que era Hijo de Dios. Su nacimiento fue sobrenatural, pero para su propia nación, para los que tenían cegados los ojos a las cosas espirituales, fue considerado como un borrón y una mancha. No hubo una gota de nuestra amarga pena que él no probara, ninguna parte de nuestra maldición que él no soportara para que pudiera llevar hasta Dios a muchos hijos e hijas. El hecho de que Jesús fue en esta tierra como un varón de dolores, experimentado en quebranto, el hecho de que dejara su hogar celestial a fin de salvar al hombre caído de la ruina eterna, debiera pulverizar todo nuestro orgullo, avergonzar nuestra vanidad y debiera revelamos el pecado de la suficiencia propia. Contempladlo haciendo suyas las necesidades, las pruebas, los dolores y los sufrimientos de los hombres pecaminosos. ¿No podemos asimilar la enseñanza de que Dios soportó esos sufrimientos y heridas del alma como consecuencia del pecado? (Mensajes selectos, 1. 1, pp. 296,297). Lunes 14 de abril: Entonces hubo conflicto La unión de la naturaleza divina con la humana es una de las verdades más preciosas y más misteriosas del plan de redención. De ella habla el apóstol Pablo cuando dice: "Sin contradicción, grande es el misterio de la piedad: Dios ha sido manifestado en carne" (1 Timoteo 3:16). Esta verdad ha sido para muchos una causa de duda e incredulidad. Cuando Cristo vino al mundo como Hijo de Dios e Hijo del hombre no fue comprendido por la gente de su tiempo. Cristo se rebajó hasta revestirse de la naturaleza humana, a fin de alcanzar a la especie caída y elevada. Pero la mente de los hombres había sido obscurecida por el pecado, sus facultades estaban embotadas y sus percepciones enturbiadas, de manera que no podían discernir su carácter divino debajo del manto de la humanidad. Esta falta de aprecio de parte de los hombres obstaculizó la obra que él deseaba realizar por ellos; y a fin de dar fuerza a su enseñanza se vio con frecuencia en la necesidad de definir y defender su posición. Refiriéndose a su carácter misterioso y divino, trató de encauzar su mente hacia pensamientos que fuesen favorables al poder transformador de la verdad. Además, empleó las cosas de la naturaleza con las cuales estaban familiarizados, para ilustrar las verdades divinas. El terreno del corazón quedó así preparado para recibir la buena semilla. Hizo sentir a sus oyentes que sus intereses se identificaban con los suyos, que su corazón simpatizaba con ellos en sus goces y aflicciones. Al mismo tiempo vieron en él la manifestación de un poder y una excelencia que superaban en mucho a los que poseían los rabinos más alabados. Las enseñanzas de Cristo se caracterizaban por una sencillez, una dignidad y un poder hasta entonces desconocidos para ellos, y exclamaron involuntariamente: "Nunca ha hablado hombre así como este hombre" (S. Juan 7:46). El pueblo le escuchaba gustosamente; pero los sacerdotes y príncipes quienes eran infieles a su cometido como guardianes de la verdad aborrecían a Cristo por la misma gracia que revelaba, que había apartado las multitudes de ellos atrayéndolas hacia la luz de la vida. Por su influencia, la nación judaica no pudo discernir el carácter divino del Redentor y le rechazó (Joyas de los testimonios, 1. 2, pp. 344, 345). Martes 15 de abril: Él tomo nuestra naturaleza (Gálatas 4:4) La naturaleza humana del Hijo de María, ¿fue cambiada en la naturaleza divina del Hijo de Dios? No. Las dos naturalezas se mezclaron misteriosamente en una sola persona: el hombre Cristo Jesús. En él moraba toda la plenitud de la Deidad corporalmente. Cuando Cristo fue crucificado, su naturaleza humana fue la que murió. La Deidad no disminuyó y murió; esto habría sido imposible. Cristo, el inmaculado, salvará a cada hijo e hija de Adán que acepte la salvación que se le ofrece, que consienta en convertirse en hijo o hija de Dios. El Salvador ha comprado a la raza caída con su propia sangre. Éste es un gran misterio, un misterio que no será comprendido plena y completamente, en toda su grandeza, hasta que los redimidos sean trasladados. Entonces se comprenderán el poder, la grandeza y la eficacia de la dádiva de Dios para el hombre. Pero el enemigo ha decidido que esta dádiva sea oscurecida hasta el punto de que quede reducida a nada (Comentario bíblico adventista, t. 5, p. 1088). Cristo conoce las pruebas del pecador, conoce sus tentaciones. Tomó sobre sí nuestra naturaleza y fue tentado en todo como nosotros. Pasó por nuestros sufrimientos y tristezas y lloró como nosotros; por eso puede socorrer a los que son tentados y ser su refugio contra los vientos y la tempestad. Los que piensan que no era posible que Cristo pecara, no pueden creer que realmente tomó sobre sí la naturaleza humana. ¿Acaso no fue Cristo realmente tentado por Satanás no sólo en el desierto sino a través de toda su vida, desde la niñez hasta la virilidad? En todas las cosas fue tentado como lo somos nosotros, y como resistió con éxito toda clase de tentaciones, dio un perfecto ejemplo al hombre, y por medio de la amplia provisión que Cristo ha hecho podemos llegar a ser "participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia" (Manuscript Releases, t. 17, p. 336; parcialmente en, Comentario bíblico adventista, t. 7, p. 941). La naturaleza de Cristo fue una combinación de 10 divino y lo humano. Tenía todos los atributos de Dios y lo más excelente de la humanidad. Mostró a todos los que lo aceptan como su Salvador personal que pueden perfeccionar un carácter a su semejanza y estar calificados para ser obreros juntamente con Dios. Por precepto y por ejemplo eleva al caído para que llegue a ser un hijo de Dios, para que viva y obre como él vivió y obró, y para no fracasar ni desanimarse porque es revitalizado por el Espíritu y por el poder de Jesucristo (Manuscript Releases, t. 14, p. 83). Miércoles 16 de abril: Sentir nuestro dolor (Hebreos 4:15, 16) Habiéndose humanado, Cristo vino al mundo para ser uno con la humanidad, y al mismo tiempo revelar a nuestro Padre celestial a los hombres pecadores. Aquel que había estado en la presencia del Padre desde el principio, Aquel que era la imagen expresa del Dios invisible, era el único capaz de revelar a la humanidad el carácter de la Deidad. En todo fue hecho Cristo semejante a sus hermanos. Fue hecho carne, como lo somos nosotros. Sintió el hambre, la sed y el cansancio. Fue reconfortado y sostenido por el alimento y el sueño. Compartió la suerte de los hombres; y no obstante fue el Hijo de Dios sin mancha. Fue extranjero y advenedizo en la tierra; estuvo en el mundo, mas no fue del mundo; tentado y probado como lo son hoy hombres y mujeres, llevó no obstante una vida libre de pecado. Tierno, compasivo, lleno de simpatía, considerado para con los demás, Cristo representó el carácter de Dios y se consagró siempre al servicio de Dios y del hombre (El ministerio de curación, pp. 329, 330). Cristo vino a este mundo habiendo revestido su divinidad con humanidad para pasar por todas las experiencias humanas y andar por el mismo camino en el que Adán había caído. Lo hizo para redimir al ser humano de su fracaso y vencer al adversario de Dios y del hombre; lo hizo para que, mediante su gracia, el ser humano pudiera ser un vencedor y llegara a tener un lugar junto a su trono. En este átomo del universo que es nuestro mundo se planteó la controversia entre Cristo, el Príncipe de la vida y Satanás, el príncipe de las tinieblas. Por su transgresión el ser humano había llegado a ser un hijo de ira y cautivo de Satanás, el enemigo de Dios, quien representó equivocadamente el carácter divino, logró desdibujar la imagen divina en el hombre, hacerlo dudar de su amor, desconfiar de su palabra y rebelarse contra sus requerimientos (The Bible Echo, noviembre 1, 1892). Cristo es nuestro ejemplo, y todo aquel que es colocado en una posición de confianza necesita someter su corazón cada día a la influencia del Espíritu de Dios. Cristo lloró con los que lloraban, se afligió con los afligidos y sintió pesar por los sufrientes. Es un misericordioso y fiel Pontífice. Considera los casos de los que son probados y tentados como si fueran suyos y está listo a socorred os. Los más débiles del rebaño deben ser alimentados del maná que Cristo ofrece; deben ser enseñados a no mirar ni confiar en otro ser humano como su auxilio (The Paulson Collection 01 Ellen G. White Letters, p. 399). Cristo es el único que experimentó todas las penas y tentaciones que sobrevienen a los seres humanos. Nunca fue tan fieramente perseguido por la tentación otro ser nacido de mujer; nunca llevó otro la carga tan pesada de los pecados y dolores del mundo. Nunca hubo otro cuya simpatía fuera tan abarcante y tierna. Habiendo participado de todo lo que experimenta la especie humana, no sólo podía condolerse de todo el que estuviera abrumado y tentado en la lucha, sino que sentía con él (La educación, p. 78). Jueves 17 de abril: Una solidaridad eterna (1 Timoteo 2:5) El Redentor del mundo poseía el poder de atraer a los hombres hacia él, de aquietar sus temores, de disipar su lobreguez, de inspirados con esperanza y valor, de capacitados para creer en la buena voluntad de Dios de recibidos mediante los méritos del Sustituto divino. Como objetos del amor de Dios, siempre debiéramos estar agradecidos porque tenemos un mediador, un abogado, un intercesor en las cortes celestiales, que suplica por nosotros ante el Padre. Tenemos todo lo que pudiéramos pedir para inspiramos fe y confianza en Dios. En las cortes terrenales, cuando un rey quiere dar la máxima garantía que asegure su veracidad, da a su hijo como rehén, para ser rescatado cuando se cumpla la promesa del rey. Y he aquí, qué prenda de la fidelidad del Padre, porque cuando quiso asegurar a los hombres de la inmutabilidad de su consejo, dio a su unigénito Hijo para que viniera a la tierra y tomara la naturaleza humana, no sólo por los cortos años de vida, sino para retener esa naturaleza en las cortes celestiales como garantía eterna de la fidelidad de Dios. ¡Oh, la profundidad de las riquezas tanto de la sabiduría como del amor de Dios! "Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios" (1 Juan 3: 1). Mediante la fe en Cristo, llegamos a ser hijos de la familia real, herederos 'de Dios y coherederos con Jesucristo. Somos uno en Cristo. Al mirar el Calvario y ver al Doliente regio que en la naturaleza del hombre, y para él, llevó la maldición de la ley, son raídas todas las distinciones nacionales, todas las diferencias sectarias; se pierden todo el honor de las jerarquías, todo el orgullo de castas. La luz que brilla del trono de Dios sobre la cruz del Calvario para siempre pone fin a las separaciones hechas por el hombre entre clases y razas. Hombres de todas las clases llegan a ser miembros de una familia, hijos del Rey celestial, no mediante el poder terrenal, sino mediante el amor de Dios que dio a Jesús para que llevara una vida de pobreza, aflicción y humillación, para que muriera una muerte de vergüenza y agonía, a fin de que él pudiera llevar a muchos hijos e hijas a la gloria (Mensajes selectos, t. 1, pp. 302, 303)
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