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Comentario de la Biblia
Solo para los maestros: Los dichos de Jesús son
provocativos porque esperan un cambio radical en
nosotros. El púlpito de Jesús no masajeaba el alma;
era un mensaje que exigía una transformación y a
menudo la muerte al pasado. Mientras tu clase repasa
algunos de los dichos difíciles, concéntrate en lo
que realmente Jesús estaba tratando de decir y no si
su enseñanza es realista en el contexto de hoy.
Comentario de la Biblia
Dos mil años después de que el pronunció su mensaje,
los dichos de Jesús siguen consolando, dejando
perplejos y desconcertando a las personas. “Si no
coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su
sangre [...]”, dijo Cristo a sus discípulos. Y la
reacción de ellos fue la misma que la nuestra hoy:
Esto es un dicho difícil. “Bienaventurados los
pobres”, dijo él, pero nuestro mundo desprecia a los
pobres y procura alcanzar su felicidad con la
abundancia material. Así que, ¿cómo debemos
relacionarnos con estos dichos difíciles? Considera
unos pocos de ellos que corresponden al discipulado,
al estilo de vida y a las relaciones.
I. El desafío del discipulado
El discipulado comienza con la muerte y la negación.
“Os es necesario nacer de nuevo”, dijo Jesús (Juan
3:7). Nicodemo respondió en nombre del mundo: “¿Cómo
puede hacerse esto?” (vers. 9). El llamado a un
nuevo nacimiento es un llamado a la muerte del viejo
yo. Sin abandonar el viejo yo, no tenemos la
posibilidad de abrazar al nuevo. La muerte precede
al discipulado, y de allí el ultimátum de Jesús: “Y
el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no
puede ser mi discípulo” (Luc. 14:27). ¿Por qué esta
demanda es tan dura de aceptar? ¿Estaba Jesús
esperando demasiado? ¿No hay otra alternativa que
llevar la cruz?
El discipulado involucra poner a Jesús por encima de
todos los intereses, incluyendo a la familia de la
persona. Jesús define a la familia no en términos de
sangre, sino en términos de hacer la voluntad de
Dios (Luc. 8:19-21). Si este es un dicho difícil,
considera el siguiente: “Si alguno viene a mí, y no
aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y
hermanos y hermanas, y aun también su propia vida,
no puede ser mi discípulo” (Luc. 14:26). ¿Significa
esto que Jesús quiere que nosotros activamente
odiemos a nuestra familia? Lejos de esto. ¿No
proveyó Jesús para su madre, aun mientras colgaba de
la cruz (Juan 19:25-27)? ¿Y no ordenó él que amemos
a todos? ¿Qué significa, entonces, este pasaje?
Cristo demanda nuestra lealtad absoluta e
incondicional a él como el Señor de nuestras vidas.
Nada -ni padres, ni hijos, ni el yo- puede tomar el
lugar de Cristo en la vida de un discípulo. Él es la
primera prioridad de la vida.
II. El desafío de un estilo cristiano de vida
“Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre
que está en los cielos es perfecto” (Mat. 5:48). En
el centro del Sermón del Monte está este mandato.
¿Espera nuestro Señor que estemos sin pecado, que
seamos moral y éticamente perfectos? ¿Puede alguno
ser perfecto como Dios? Si nadie lo puede, ¿por qué
dijo Jesús lo que dijo? Tomando este pasaje, algunos
alegan que debe vivirse una vida sin pecado aquí
sobre la tierra. Para ellos, la ausencia total de
pecado es un objetivo alcanzable. Un llamado así a
la perfección moral puede realmente ser un dicho
duro. No obstante, el contexto (Mat. 5:43 en
adelante) declara a lo que Jesús apuntaba: Ser como
el Padre. Amar a todos como él ama. Ser
misericordiosos como él (Luc. 6:36). La vida no es
una batalla de ingenio; es una relación para ser
vivida. Considerado de este modo, el dicho no es tan
difícil después de todo; pero, practicarlo
ciertamente no es fácil.
El perdón es otro desafío en el discipulado. No
obstante, el perdón es lo que hace posible la vida
cristiana. El evangelio es el mensaje de perdón de
Dios, y el perdón desempeña una parte importante en
la enseñanza de Cristo. Lo dispuso como una parte
esencial de la vida de oración (Mat. 6:12). De
hecho, allí y en Mateo 18:35 Jesús vinculó el perdón
de Dios hacia nosotros con nuestro perdón hacia
otros. El evangelio no deja lugar para el desquite.
A la pregunta de Pedro de que si siete veces es un
límite razonable para perdonar a alguien, Jesús
respondió: “No te digo que hasta siete veces, sino
hasta setenta y siete veces” (Mat. 18:22, NVI).
Tanto esta declaración como la anterior, de poner la
otra mejilla (Mat. 5:39), hacen que la vida
cristiana no sea específicamente fácil. No obstante,
en estos dichos, ¿está Jesús bosquejando lo
imposible como una guía para la conducta cristiana?
¿O está diciendo que si el amor de Dios habita en el
corazón de una persona, ese amor puede hacer lo que
humanamente es imposible? ¿Son sus dichos una medida
para ver la capacidad humana o es la disposición
divina de darle poder?
III. El desafío de las relaciones: el matrimonio
El matrimonio y el divorcio. El dicho de Jesús
acerca del matrimonio y el divorcio (Mat. 19:3-9) es
cada vez más difícil en un tiempo cuando el divorcio
es tan común dentro de la comunidad de la fe. Más
que la legalidad del divorcio, Jesús estaba
interesado en la divina santidad del matrimonio.
Encontramos, en la Palabra inspirada, que a) Dios
estableció el matrimonio; b) el matrimonio crea una
unidad indivisible de dos personas; c) lo que Dios
unió nadie tiene el derecho de separar; y d) la
infidelidad es el único motivo para el divorcio. Lo
que Jesús dijo era tan duro aun para sus discípulos
que ellos respondieron con desesperación, diciendo:
“Es mejor no casarse” (Mat. 19:10, NVI).
Esta es una razón por la que encontramos difíciles
los dichos de Jesús: son inconvenientes sostienen lo
que las Escrituras consideran como el ideal y van en
contra de lo que percibimos como una conducta
aceptable. Las normas sociales, las leyes actuales o
los acuerdos de las partes parecen justificar el
divorcio. Dicen: ¿No es mejor que las dos personas
se separen en paz en lugar de continuar viviendo en
una relación que daña a ambos? El dilema produce una
tensión entre lo ideal y lo real, y se necesita la
sabiduría y la justicia de Dios para sostener el
ideal y soportar la realidad (Mat. 19:8).
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