En el mes de diciembre de 1989 los
dirigentes de las dos super-potencias mundiales, Mijaíl Gorbachov de
la (entonces) Unión Soviética y George W. Bush de los Estados
Unidos, se reunieron en la Isla de Malta, en el Mar Mediterráneo,
para tratar asuntos bilaterales. Informando acerca del evento,, un
reportero de una cadena nacional de televisión captó mi atención y
me dejó radiante de gozo.
Como algunos lectores quizá
recordarán, una horrenda tormenta, con olas de tres metros de
altura, atacó aquella región, y ninguna de las superpotencias pudo
detener los vientos y la lluvia. Como dijo el anunciador de la CBS,
que yo cito casi literalmente: "Fue una de aquellas tormentas
mediterráneas que atacaron el barco donde viajaba el apóstol Pablo
en el primer siglo cerca de la Isla de Malta, lo cual condujo al
establecimiento del cristianismo en la isla". Expresada en el estilo
de los reporteros de noticias, aquella frase sonó como música a mis
oídos.
Yo soy un fan de Jesús: lo admito,
y me emociono cada vez que algo ocurre, especialmente en un contexto
secular, para rendirle alabanzas. ¿Quién hubiera imaginado una
mención del cristianismo en un programa noticioso de ese tipo? Lo
que más me deleitó, creo yo, fue lo que aquella frase implicaba.
Dado el contexto, fue un reconocimiento tácito de que en la Biblia
tratamos, no con fábulas y ficciones, sino con eventos reales, gente
de verdad e historia auténtica.
Y es en el mismo espíritu con que
nosotros también deberíamos aproximarnos a la obra de Jesús en los
Evangelios, marcada a cada paso con milagros y maravillas; ninguna
realizada por su propio bien, sino por el bien de otros.
Abajo en el valle
Tendemos a asociar las montañas con
la planificación y los sueños, y los valles con el trabajo y la
actividad: el lugar donde el sueño se encuentra con la realidad,
como se dice. Y a juzgar por la forma como Mateo arregla los
primeros capítulos de su libro, parece tener esa distinción en su
mente. Porque en los capítulos 5-7 encontramos a Jesús en la ladera
de la montaña hablando y enseñando, en un sentido, soñando acerca
del reino. Pero abruptamente, cuando llegamos al capítulo 8, llega
al valle, cavando en el surco de las necesidades del mundo.
Cuando descendía de la montaña,
dice Mateo (8: 1), grandes multitudes lo siguieron; y en esa
multitud estaba alguien más necesitado que todos los demás. Un
hombre leproso vino y se arrodilló delante de él para suplicarle:
"Señor, si quieres, puedes limpiarme". Desafiando las normas
aceptadas, Jesús se inclinó, lo tocó, y lo sanó (vers. 2, 3).
Un centurión se aproximó. Su siervo
estaba enfermo. ¿Podría Jesús ayudarlo? Él pudo. Y lo ayudó. Y el
centurión volvió a su casa y encontró a su siervo sano (vers. 5-13).
Luego llegan a la casa de Pedro, y
encuentran que su suegra estaba enferma. Jesús la sanó. Ella preparó
la cena. Era sábado de noche, ¡pero no había descanso para él! Sin
dejarlo descansar, la gente se reunió después de la puesta del sol:
"Trajeron a él muchos endemoniados". Echó a los demonios con la
palabra y sanó a todos los que estaban enfermos (vers. 14-16).
Y así continúa en los capítulos 8 y
9, los acontecimientos se suceden unos a otros a velocidad máxima y
Jesús está en el centro de control: calma la tempestad (8: 23-27);
el sanamiento de los endemoniados (8: 28-34); la curación del
paralítico (9: 1-8); la restauración de una mujer con hemorragia (9:
20-22); la resurrección de una niña que había muerto (9: 18, 19,
23-26); la sanidad de dos ciegos y de un ciego sordomudo (9: 27-33).
Todo el registro presenta a Jesús como el mencionado en los
registros antiguos, quien tomaría sobre sí nuestras enfermedades (8:
17; cf. Isa. 53: 4). Al final de esta rápida descripción de las
escenas introductorias del ministerio de Jesús, en un pasaje que
siempre me conmueve, Mateo nos da este emocionante resumen:
"Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando en las
sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando
toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. Y al ver las
multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y
dispersas como ovejas que no tienen pastor" (Mat. 9: 35, 36).
Compasión e intensidad: estos dos
elementos gemelos caracterizaron la misión de Jesús. Viajar con él
era una experiencia con una serie de maravillas sin fin. La
siguiente selección es solo un ejemplo:
1. Cuando rompieron el techo
Usted está sentado en la última
fila de asientos. El avión aterriza... tarde. Usted tiene una
conexión muy pronto. Pero todos los que están frente a usted también
están de pie y también tienen prisa por salir. Cuerpos, cuerpos en
el pasillo: impenetrable como una pared. Frustración.
Así se sentían los amigos del
paralítico que querían acercarse a Jesús. Entrar por la puerta era
imposible: había muchos cuerpos en el pasillo, todos tratando de
acercarse más. Así que subieron al techo y bajaron al enfermo a la
presencia de Jesús ¡Asombroso! "Al ver Jesús la fe de ellos, dice al
paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados" (Mar. 2: 5).
Pero ellos no habían traído al
hombre en busca de perdón, ¡por bueno y maravilloso que eso fuera!
Salud física era lo que habían venido a buscar: ¡Por eso se habían
tomado la molestia de abrir el techo! ¡Qué desilusión escucharle
ofreciendo perdón en lugar de lo que habían venido a buscar!
Pero Jesús, Maestro por excelencia
como era, tenía importantes lecciones que transmitir a una audiencia
que incluía algunos "escribas de la ley" (Mar. 2: 6). Y lo logró.
"¿Por qué habla este así?", se preguntaron. "Blasfemias dice. ¿Quién
puede perdonar pecados, sino solo Dios?" (Mar. 2: 7).
Debemos admitir que era una
excelente observación la que hicieron, y una excelente pregunta.
Pero el punto que Jesús quería dejar aclarado era que, por
escandaloso que pudiera parecer, el Mesías ciertamente había
llegado, y el Dios eterno estaba entre ellos. Y Jesús respondió a la
pregunta que no habían expresado: aquí está la prueba que buscan:
"¿Qué es más fácil, decir al paralítico: Tus pecados te son
perdonados, o decirle: Levántate, toma tu lecho y anda?"
Hasta un niño habría contestado
correctamente esta pregunta. Hablar es fácil, les dijo. Cualquiera
que hable arameo podría haber pronunciado las palabras que acabo de
pronunciar. Pero como evidencia de que mis palabras no son un hablar
ocioso o blasfemo, y como prueba de que "el Hijo del hombre tiene
potestad en la tierra para perdonar pecados", fíjense en lo que voy
a hacer... Y en ese momento, después de una breve pausa, dijo al
paralítico: "A ti te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu
casa" (Mar. 2: 8-11).
Aquello dejó a todos mudos y
asombrados. "Nunca hemos visto tal cosa", dijeron (Mar. 6: 12).
2. Cuando le hizo frente a una pesadilla humana
"Entonces fue traído a él un
endemoniado, ciego y mudo; y le sanó, de tal manera que el ciego y
mudo veía y hablaba" (Mat. 12: 22).
El hombre que vino a Jesús aquel
día tenía tres problemas: no podía ver, no podía hablar, y estaba
poseído por un demonio. Quizá sea difícil para nosotros imaginar lo
que significaba estar poseído por un demonio. Pero cierre sus ojos y
ponga un sello sobre sus labios; luego trate de imaginarse lo que es
no poder ver ni hablar. ¡Es, algo tan terrible, como una pesadilla!
Por supuesto, él podía hacer algo: podía escuchar, caminar, usar sus
manos, etc. Pero no podía ver nada, y no tenía voz para describir
nada que escuchara. Y cualquier cosa que lograra hacer sería
tergiversada inmediatamente por el demonio que lo poseía.
Pero ahora que había conocido a
Jesús podía ver y hablar. ¡Y el demonio había salido de él! Ahora
podía decir las cosas que había estado escuchando en silencio toda
su vida; ahora podía ver a las personas que le hablaban. Ahora podía
ver los rostros de aquellos que habían sido bondadosos con él
durante su vida triste y miserable. Ahora podía ver los pájaros
cuyos cantos lo habían deleitado. Las flores, las colinas, la lluvia
y las nubes le sonreían ahora, en toda su maravillosa belleza.
¡Estamos hablando de una nueva vida! Era un símbolo de todo lo que
Jesús quiere hacer por cada uno de nosotros, ciegos e incapacitados
por la tragedia del pecado.
3. El día que curó una mano seca
"Y mirándolos a todos alrededor,
dijo al hombre: Extiende tu mano. Y él lo hizo así, y su mano fue
restaurada" (Luc. 6:10).
Recuerdo bien el marco de aquel
incidente: Muy temprano por la mañana en el Hotel Hilton del centro
de Toronto, Canadá. Yo había estado leyendo Lucas 6, llegué al
versículo 11, y la historia que termina en ese punto no me permitió
seguir adelante (véanse vers. 6-11). Lo que me impresionó aquel día
fue la profundidad de la malicia manifestada por los fariseos y los
maestros de la ley.
Allí estaba aquel hombre en la
sinagoga con una mano seca. ¿Durante cuánto tiempo había estado
sufriendo a causa de aquel problema? No se nos informa nada al
respecto en los Evangelios. Pero era claro que los fariseos no solo
no podían curarlo (algo que seguramente jamás había pasado por sus
mentes), sino que no les importaba absolutamente nada el sufrimiento
de aquel hombre. Aquella mañana lo único que les importaba era
usarlo como anzuelo o como carnada. Habían estado reuniendo
evidencias contra Jesús, y este inválido les ayudaría en su
propósito. "Así que le acechaban los escribas y los fariseos [a
Jesús], para ver si en el día de reposo lo sanaría" (Luc 6: 7).
Pienso que lo que me impresionó
aquel día en Toronto fue la absoluta falta de compasión, la completa
ausencia de misericordia, de aquellos dirigentes religiosos. No se
avergonzaban (ni al menos sintieron un poco de pena) de que ellos no
habían podido sanar a aquella alma infortunada durante los años,
quizá décadas, que la habían conocido; no sentían ningún rubor al
encontrarlo sufriendo año tras año. Lo único que les importaba
aquella mañana era entrampar a Jesús.
¡Cuan bien conocían a Jesús:
compasivo Salvador! ¡Cuan bien comprendían que él no soportaba ver
sufrir a la gente! Estando Jesús y el enfermo en el mismo lugar,
sabían que lo pescarían en el mismo acto: ¡de misericordia!
Pero aunque esa hubiera sido la
intención original, ¿no era posible que experimentaran un cambio de
corazón ante aquel portentoso milagro en el momento en que
ocurriera? De acuerdo con el texto, cuando el hombre extendió su
mano, la vieron "restaurada". Y en vez de expresar "aleluyas" y
"gritos de alabanza", más bien "se llenaron de furor, y hablaban
entre sí qué podrían hacer contra Jesús" (Luc 6: 11). Mateo dice que
"salidos los fariseos tuvieron consejo contra Jesús para destruirle"
(Mat. 12: 14).
¡Esto muestra lo que ocurre cuando
estamos completamente cegados por nuestros prejuicios cultivados!
¿Cómo podríamos ser culpables hoy de esta misma malicia voluntaria?
4. La noche que le curó la oreja a un hombre
Enviados por los principales
sacerdotes y los ancianos, llegaron aquella noche al Getsemaní
armado con espadas y palos. Pero cuando arrestaron a Jesús, Pedro,
cegado por la ira, intentó cortarle el cuello a un siervo del sumo
sacerdote, pero falló el tajo, y únicamente logró cortarle una oreja
(véase Luc 22: 49-51).
El comentario de Lucas referente a
la respuesta de Jesús a aquel incidente es breve y al punto:
"Tocando su oreja, le sanó".
Trato de imaginarme el dolor y el
shock que se debe sentir si le cortan a uno la oreja; el grito de
sorpresa de los que estaban cerca; la sangre que comenzó a correr;
la conmoción; la confusión. Pero Jesús, viniendo al rescate,
simplemente se soltó las manos que ya estaban atadas, recogió la
oreja del suelo (imagínelo), y la puso en su lugar otra vez; tan
fácil, como cuando uno pone un libro caído en el librero otra vez.
¡Imagínese!
¿Qué ideas pasaron por la mente de
aquel siervo? ¿Qué emociones? ¿Qué pensaba de Jesús ahora? ¿Siguió
pensando que era su trabajo aprehender a Jesús? ¿Siguió participando
en el arresto de esta persona de quien había recibido un favor y una
ayuda tan grandes? ¿Y cuál fue el efecto en aquellos que lo
rodeaban? ¿Por qué no se detuvieron inmediatamente? ¿Por qué no fue
este milagro una razón para detener su misión y abandonar el
propósito por el cual habían venido? ¿Por qué no quedaron mudos y
petrificados de asombro?
Y el hombre aquel, ¿qué historia
contó cuando volvió a su casa después de este extraordinario
acontecimiento? ¿Cómo le explicó a su esposa su nuevo interés en sus
orejas? ¿Qué efecto duradero tuvo este incidente sobre él? ¿Llegó a
ser con el tiempo seguidor de Jesús?
¿Qué historias revelará la
eternidad de la influencia final y definitiva que tuvo este acto de
Jesús?
5. La ocasión en que resucitó a un hombre que ya tenía cuatro días
muerto y sepultado
Quizá la resurrección de Lázaro
(Juan 11) fue el milagro cumbre del ministerio público de Jesús, y
ocurrió en Betania, a la misma sombra de Jerusalén (que estaba a
solo tres kilómetros de distancia), la cuna de la oposición al
Salvador. Jesús recibió noticias de la enfermedad de Lázaro y
voluntariamente retardó su arribo, llegando finalmente a la escena
cuatro días después de la muerte de su amigo. Marta, la hermana de
Lázaro, protestó, cuando Jesús ordenó quitar la piedra que cubría la
entrada del sepulcro. ¡No, dijo Marta, para esta hora ya hiede,
después de todo, ya han pasado cuatro días!
Pero Jesús insistió. Y la piedra
fue removida. Y luego el dramático llamamiento: "¡Lázaro, ven
fuera!" (vers. 43). "Y el que había muerto salió, atadas las manos y
los pies con vendas, y el rostro envuelto en un sudario" (vers. 44).
Luego vienen las palabras finales de Jesús: "Desatadle y dejadle ir"
(vers. 44).
Ideemos el relato de este evento y
la familiaridad ya ha hecho su obra. Nuestro pulso no se acelera,
nuestros corazones no laten más aprisa, no altera la emoción nuestra
voz. Pero en aquellos raros momentos en que tomamos tiempo para
reflexionar profundamente reconocemos que aquel fue un hecho
verdaderamente asombroso, sin precedentes en el registro bíblico.
¡Imagine el rumor que suscitó este fantástico acontecimiento!
¡Imagine el asombro en la región circundante! La gente vino,
seguramente, de cerca y de lejos, para ver al hombre maravilla: ¡El
que había estado muerto y ahora vivía otra vez! De acuerdo con el
texto, "muchos de los judíos que habían venido para acompañar a
María, y vieron lo que hizo Jesús, creyeron en él". Pero también
dice que "algunos de ellos fueron a los fariseos y les dijeron lo
que Jesús había hecho" (Juan 11: 45, 46).
¿De modo que, cuál sería la
reacción de estos dirigentes judíos? ¿Asombro? ¿Maravillados por el
gran poder de Dios? En lo absoluto. Lejos de llenarse de asombro,
"reunieron el concilio". "¿Qué haremos?", dijeron, "porque este
hombre hace muchas señales. Si le dejamos así todos creerán en él; y
vendrán los romanos, y destruirán nuestro lugar santo y nuestra
nación" (Juan 11: 47, 48).
¡Increíble! ¿Qué otro ejemplo nos
da la historia de una dureza de corazón tan grande? ¿Qué palabra
existe en el idioma español que pueda describir adecuadamente tal
dureza de corazón? Es una intransigencia crónica. Es prejuicio del
más elevado calibre: ciego y fuera de control.
Luego, cuando uno pensaba que ya no
podía ocurrir nada peor, ocurrió. Jesús fue a Betania a participar
en una comida que hicieron en su honor. Muchas personas,
aprovechando la ocasión, se presentaron en la aldea: "No solamente
por causa de Jesús, sino también para ver a Lázaro, a quien había
resucitado de los muertos" (Juan 12: 9). Y entonces aquí se produce
lo increíble: "Pero los principales sacerdotes acordaron dar muerte
también a Lázaro, porque a causa de él muchos de los judíos se
apartaban y creían en Jesús" (Juan 12: 10, 11).
¡Ya no podemos asombrarnos más,
nuestras bocas quedan mudas de asombro!
El hombre maravilla
Toda una serie de otros actos
espectaculares de Jesús merecería ser analizada aquí, pero el
espacio no lo permite. ¡La merienda de un muchacho se multiplica
misteriosamente en las manos de Jesús y alcanza para alimentar una
hambrienta multitud! (Juan 6: 5-13). Como se había quedado en la
otra orilla del lago, Jesús se reúne con sus seguidores a medianoche
¡caminando sobre el agua! (Juan 6: 16-20). Cuando un recaudador de
impuestos lo visita, un Salvador empobrecido financieramente envía a
Pedro a pescar para recibir ayuda: "Ve al mar, y echa el anzuelo, y
el primer pez que saques, tómalo, y al abrirle la boca, hallarás un
estatero; tómalo, y dáselo por mí y por ti" (Mat. 17: 27).
Las palabras humanas no pueden
captar la majestad y el poder de este ministerio asombroso. Al
describir el tropel de gente que vino a escuchar el Sermón del Monte
que pronunció Jesús, Lucas nos da algo de la composición y
motivación de aquella multitud que se reunió para escuchar al
Salvador: "Una gran multitud de gente de toda Judea, de Jerusalén y
de la costa de Tiro y de Sidón" (Luc. 6: 17; cf. vers. 12-16). ¿Y
por qué habían venido? "Para oírle, y para ser sanados de sus
enfermedades [...]. Porque poder salía de él y sanaba a todos" (Luc
6:19).
Cuando Mateo describió una escena
similar, dijo: "Y se le acercó mucha gente que traía consigo a
cojos, ciegos, mudos, mancos, y otros muchos enfermos; y los
pusieron a los pies de Jesús, y los sanó. De manera que la multitud
se maravillaba, viendo a los mudos hablar, a los mancos sanados, a
los cojos andar, y los ciegos ver; y glorificaban al Dios de Israel"
(Mat. 15: 30, 31).
¡Eso es poder!
Dijo Elena G. de White: "Había
aldeas enteras donde no se oía un solo gemido de dolor en casa
alguna, porque él había pasado por ellas y sanado a todos sus
enfermos".41
Lo que deberíamos aprender
¿Es suficiente que nos deleitemos
hablando de lo que Jesús hizo, sin referirnos a nuestra propia obra,
nuestra propia misión?
Jesús dijo que esperaba que su
iglesia hiciera mayores cosas: "De cierto, de cierto os digo", dice
en Juan 14: 12: "El que en mí cree, las obras que yo hago, él las
hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre". Y en
realidad, cuando envió a sus discípulos a cumplir la misión, sus
órdenes de marcha se relacionaban con las cosas que él mismo había
estado haciendo: "Y yendo, predicad, diciendo: El reino de los
cielos se ha acercado. Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad
muertos, echad fuera demonios; de gracia recibisteis, dad de gracia"
(Mat. 10: 7, 8).
Y lo que vemos en todo el libro de
los Hechos es la continuación de las maravillosas obras de Jesús,
comenzando con el sana-miento del cojo de nacimiento realizado por
Pedro y Juan en el templo (Hech. 3: 1-10). "Mientras extiendes tu
mano para que se hagan sanidades y señales y prodigios", suplicó
Pedro, "mediante el nombre de tu santo Hijo Jesús" (Hech. 4: 30). Y
Dios hizo exactamente eso. Lucas informa que "por la mano de los
apóstoles se hacían muchas señales y prodigios en el pueblo [...].
Tanto que sacaban los enfermos a las calles, y los ponían en camas y
lechos, para que al pasar Pedro, a lo menos su sombra cayese sobre
alguno de ellos. Y aun de las ciudades vecinas muchos venían a
Jerusalén, trayendo enfermos y atormentados de espíritus inmundos; y
todos eran sanados" (Hech. 5: 12, 15, 16).
¿Estamos contentos de predicar
acerca de estos eventos diciendo que señalan el poder de Dios hace
mucho tiempo, pero que no tienen ninguna relación con la iglesia en
la actualidad? Como todos ustedes, yo sé que nuestra fe no debe
basarse en milagros. Juan el Bautista, a quien Jesús describió como
el mayor de todos los profetas, "ninguna señal hizo" (Juan 10: 41).
También sabemos que Pablo, que tuvo el privilegio de ver "milagros
extraordinarios" realizados por medio de él, cuando algunos paños o
delantales de su cuerpo, tocaban a los enfermos (Hech. 19: 11, 12);
sin embargo, dejó a Trófimo "enfermo en Mileto" (2 Tim. 4: 20).
Estas excepciones disminuyen el
contraste de nuestra comparativa falta de poder en la actualidad.
Sin embargo, persiste la
mortificadora impresión que se niega a dejarnos totalmente: la
sensación de que Dios espera más de nosotros. Yo siento esto en
forma más aguda cuando afronto situaciones de enfermedades y traumas
que casi literalmente me rompen el corazón. "Es la voluntad de
Dios", decimos, como último recurso, a pesar de que Jesús tuvo un
ciento por ciento de éxito en sus oraciones pidiendo sanidad para
otros. ¿Cómo explicamos que él nunca tuvo necesidad de invocar "la
voluntad de Dios" para explicar por qué cierta sanidad no se había
producido? ¿Cómo explicamos que todos y cada uno de los casos que
atendió tuvieron éxito? Yo pienso mucho en todo esto.
Tengo la sensación de que Dios ha
prometido poder a sus seguidores hasta el fin del tiempo. Dijo Elena
G. de White: "La gran obra de evangelización no terminará con menor
manifestación del poder divino que la que señaló el principio de
ella [...]. Miles de voces predicarán el mensaje por toda la tierra.
Se realizarán milagros, los enfermos sanarán y signos y prodigios
seguirán a los creyentes".42
¡Ansío ardientemente verlo!
Referencias
41. Elena G. de White, El camino a
Cristo, p. 17.
42. Elena G. de White, El conflicto
de los siglos, pp. 669, 670.
Compilador: Dr. Pedro Martínez