Roy Adams

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La sabiduría de su enseñanza

Lección 4

Para el 26 de Abril del 2008


 

Con estas palabras resume Mateo la actitud de la gente que componía la audiencia de Jesús mientras pronunciaba el inmortal discurso que ahora conocemos como el Sermón del Monte.

Mientras pensaba en este capítulo sobre la sabiduría de las enseñanzas de Jesús, dejé que mi mente vagara a través de los siglos en busca de los más grandes maestros y filósofos del mundo, preguntándome quién, entre este grupo, podría equipararse con él. Ignorando a los pececillos (Kant, Hegel, Erasmo, Santayana, etc.), consideré a los peces gordos, los pensadores que por su importancia histórica podrían considerarse sus iguales: Hammurabi (1728-1686 a.C.); Zoroastro (c. 1200 a.C.); Confucio (551-479 a.C.); Sócrates (469-399 a.C.); Platón (427-347 a.C.); Aristóteles (384-322 a.C.).

Llegué a la conclusión de que a Jesús hay que colocarlo en un lugar especial, y forma por sí mismo una base aparte. En realidad, incluso el pensamiento de que alguien podría igualársele se siente como una blasfemia.

Ningún otro filósofo podría pretender ser "el camino, la verdad y la vida" como lo hizo Jesús (Juan 14: 6). Ningún otro gurú podría decir: "Yo soy el pan de vida", "Yo soy la luz del mundo" (Juan 6: 35; 8: 12). "Podemos rastrear la ascendencia de los maestros del mundo hasta donde alcanzan los informes humanos: pero antes de ellos estaba la Luz. Así como la Luna y los planetas de nuestro sistema solar brillan por la luz del Sol que reflejan, los grandes pensadores del mundo, en lo que tenga de cierto su enseñanza, reflejan los rayos del Sol de Justicia. Todo rayo del pensamiento, todo destello del intelecto, procede de la luz del mundo".35

Aquel día, en la ladera de la montaña, Jesús se dirigió a aquella multitud de personas humildes en términos asombrosamente sencillos e insondablemente profundos, en sentimientos que han desafiado a los pensadores religiosos y sociales a través de los siglos. "La montaña donde Cristo predicó el Sermón del Monte se ha llamado 'el Sinaí del Nuevo Testamento' pues tiene la misma relación con la iglesia cristiana que tiene el Monte Sinaí con la nación judía. En el Sinaí Dios proclamó la ley divina. En un desconocido monte de Galilea Jesús reafirmó la divina ley, explicó su verdadero sentido con detalles más amplios y aplicó sus preceptos a los problemas de la vida diaria".36

Su mensaje de aquel día fue de proporciones tan abarcantes, que cubrió un amplio panorama teológico y social. Habló acerca de nuestra influencia en la sociedad (Mat. 5: 13-16); de la ley de Dios (Mat. 5: 17-20); del divorcio (Mat. 5: 31, 32); del juramento (Mat. 5: 33-37); de la venganza (Mat. 5: 38-42); de las relaciones (Mat. 5: 43-48); de la oración (Mat. 6: 1-4); del ayuno (Mat. 6: 16-18); del espíritu con que se debe dar (Mat. 6: 19-24); de la ansiedad (Mat. 6: 25-34); del camino angosto (Mat. 7: 13, 14); y la lista se alarga mucho. ¡Y eso es lo que hallamos solo en el Sermón del Monte! Doquiera uno busque en todos los Evangelios halla a Jesús enseñando, y lo que consideramos aquí lo he elegido al azar. He seleccionado únicamente tres aspectos de su enseñanza.

1. Su enseñanza acerca de Dios

Si usted ha tomado tiempo alguna vez para analizar las implicaciones de un Ser Supremo y cómo llegamos al conocimiento de su existencia, comprenderá un poquito acerca de la increíble complejidad de este tema.

¿Cómo llegar a un conocimiento confiable acerca de este insondable misterio? Para los que somos cristianos este conocimiento viene a través de las Santas Escrituras. Quítennos la Biblia y nos dejan en la oscuridad dando palos de ciego. Es en la Biblia donde hallamos respuestas confiables acerca de Dios: su existencia, su poder, su carácter. Al abordar la pregunta, el autor de Hebreos hace notar que en el pasado los profetas hablaron acerca de Dios. Pero ahora, "en estos postreros días", Dios está hablando por medio de su Hijo, "por quien asimismo hizo el universo" (Heb. 1: 1, 2). "A Dios nadie le vio jamás", dice Juan, "el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él lo ha dado a conocer" (Juan 1: 18).

En otras palabras, a través de Jesús tenemos la revelación última y final del Ser Supremo.En los párrafos iniciales del Sermón del Monte él nos proporciona información, aunque sea indirecta, del tipo de Dios que tenemos. Es un Dios que otorga el reino a "los pobres en espíritu", un Dios que consuela a los que sufren, que reserva un lugar eterno para los humildes, que satisface nuestra hambre y sed de justicia, que se deleita en la misericordia, la pureza y la paz; y quien, al final, dará el reino a quienes hayan sido perseguidos y vituperados por su causa. Todo eso está en Mateo 5: 3-11. Si bien Jesús estaba aquí amonestando a la gente con referencia a lo que debían llegar a ser, pintaba, al mismo tiempo, indirectamente, un cuadro del carácter de Dios. Decía, en efecto: así es Dios.

Durante el resto de su ministerio también dio algunas vislumbres con respecto a la naturaleza y el carácter de este misterioso ser llamado Dios. Hemos descubierto que es un Dios de bondad y compasión, preocupado por revelar su equidad y justicia; un Dios que se preocupa por los pobres y los marginados de la sociedad; un Dios que no hace acepción de personas, un Dios al cual podemos acercarnos confiadamente, porque está lleno de amor y gracia. En otras palabras, un Dios como Jesús.

Jesús nos revela a un Dios que comisiona a los ángeles para que vigilen a los niños pequeñitos (Mat. 18: 10). Y cuando sus discípulos trataron de deshacerse de los niños para proteger a un Jesús muy ocupado contra lo que consideraban una interrupción innecesaria, Jesús intervino, diciendo: "Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de los cielos" (Mat. 19: 13, 14).

Tenemos un Dios, enseñó Jesús, que no se deja engañar por nuestras simulaciones, ni por la ostentación de nuestra adoración. "No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos" (Mat. 7: 21). Podemos profetizar en su nombre, podemos realizar milagros y echar fuera demonios; pero solo una obediencia que procede del corazón importa al final. Ese fue el mensaje que Jesús le dio a la mujer samaritana en su emocionante diálogo acerca de la adoración. Dijo que carece de importancia el lugar donde adoramos, porque "la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en Espíritu y en verdad: porque también el Padre, tales adoradores busca que le adoren" (Juan 4: 21-23).

Una de las revelaciones más poderosas acerca de Dios que Jesús les hizo a sus excesivamente celosos (y a veces, fanáticos) compatriotas, la dio en sus intentos por recuperar el verdadero significado y espíritu del sábado de las distorsiones a las cuales lo habían sometido. Jesús realizó sus milagros en sábado con el propósito de corregir la crasa desfiguración del amante carácter de Dios.

El relato que encontramos en Lucas 13: 10-17 es un buen ejemplo.  Era sábado, y una mujer enferma "que desde hacía dieciocho años tenía espíritu de enfermedad" estaba presente, dice Lucas. Ella "andaba encorvada, y en ninguna manera se podía enderezar". "Cuando Jesús la vio, la llamó, y le dijo: "Mujer, eres libre de tu enfermedad". Inmediatamente la mujer se enderezó, y comenzó a alabar a Dios (vers. 10-13). Pero el jefe de la sinagoga, "indignado de que Jesús hubiese sanado en el día de reposo", hizo una clara advertencia: "Seis días hay en que se debe trabajar; en estos, pues, venid y sed sanados, y no en el día de reposo" (vers. 14).

¡Imagine la dureza, la frialdad, de aquel dirigente de la sinagoga! En vez de prorrumpir en alabanzas y aleluyas e invitar a la gente a entonar una doxología, hace el cruel y duro anuncio: "¡No queremos nada de esto en el futuro!"

Creo que si tuviéramos un registro audiovisual de la respuesta de Jesús, veríamos el fuego en sus ojos, y escucharíamos en sus palabras la expresión de su más profunda ira por causa de esta grosera distorsión del significado del sábado y del carácter de Dios. Trabajamos para rescatar a un buey o un asno durante el sábado, ¿o no? Él dijo: "Y a esta hija de Abraham, que Satanás había atado durante dieciocho años, ¿no se le debía desatar de esta ligadura en el día de reposo?" (vers. 15, 16).

¡Imagine el impacto de estas palabras, pronunciadas, quizá, mientras la mujer todavía estaba de pie, a su lado, rebosante de gozo; una gloriosa exhibición del amor y el poder de Dios! Cuando Jesús terminó, dice Lucas, "se avergonzaban todos sus adversarios" (vers. 17).

La intención de Jesús era representar a un Dios que trabaja perpetuamente para restaurarnos física y espiritualmente; quien nunca se detiene, ni de día ni de noche, ni durante los días de la semana ni durante el sábado. "Mi Padre hasta ahora trabaja", dijo, durante otro encuentro en sábado, "y yo trabajo" (Juan 5: 16, 17).  Jesús reveló a un Dios que nunca se detiene en su obra de amor en favor de nosotros.

2. Su enseñanza acerca del pecado imperdonable

"Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada. A cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del hombre, le será perdonada; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero" (Mat. 12: 31, 32). Esa persona "no tiene jamás perdón, sino que es reo de juicio eterno" (Mar. 3: 29).

La dificultad en esta declaración en particular procede del hecho de que parece improbable que Jesús la hiciera, pues su misión, como él mismo la había definido, era, "buscar y salvar lo que se había perdido" (Luc. 19: 10). Y aquí aparece esta misma persona declarando que es posible que algunos lleguen más allá del alcance de su gracia y su misericordia. ¡Eso es aterrador!

Es posible que todos los pastores hayan encontrado al menos una persona que sentía que había cometido el pecado imperdonable. Tal sentimiento puede surgir de una conciencia excesivamente sensible o de una persona que ha incurrido en un comportamiento inmoral voluntario durante mucho tiempo: al grado que se convierte en un comportamiento crónico y fuera de control. Sintiéndose impotentes para librarse de un vicio (o vicios) en particular, llegan a la conclusión de que han sido abandonados al dominio del pecado, que Dios los ha desechado, que han cometido el pecado imperdonable.

Tales actitudes se fortalecen por las descuidadas declaraciones que a veces hacemos sobre el tema. La siguiente, por ejemplo: "Cuando alguien se niega a responder a la bondad de Dios, la cual nos guía a arrepentimiento (Rom. 2: 4), la persistente negativa a aceptar las manifestaciones de la gracia de Dios resultará finalmente en la comisión del pecado imperdonable". "El pecado imperdonable es el rechazo persistente de la luz, el rechazo contumaz de lo que Cristo ha hecho por nosotros".37

Luego siguen las sugerencias (totalmente carentes de apoyo bíblico): "Alguien que teme haber cometido el pecado imperdonable, es claro que no lo ha cometido".38 El hecho es que hay millones de personas (cristianos incluidos) que han rehusado responder, durante largos períodos de su vida, a la bondad de Dios. La declaración citada arriba, por lo tanto, tomada literalmente, dejaría a millones de personas temerosas de haber cometido (o estar en peligro de cometer), este terrible pecado; pero consolándose porque no lo han cometido.

Pero si nos atenemos al debido contexto escriturístico, emerge un cuadro totalmente distinto, uno que ni causa ansiedad indebida, ni compromete la fundamental misión de Jesús que es perdonar y salvar. En el conciso y apretado Evangelio de Marcos, la referencia a este pecado aparece en el capítulo 3, versos 28, 29. Pero la hebra contextual comienza desde el capítulo 1, y Marcos quiere que veamos todo este contexto antes de llegar al incidente particular que colmó la medida de los intransigentes dirigentes eclesiásticos a quienes Jesús les dirigió la aterradora declaración.

Siga los eventos usted mismo, comenzando con la demostración sobrenatural que acompañó al bautismo de Jesús (en el capítulo 1) y terminando (capítulo 3) con el incidente que llenó la medida de los dirigentes y que condujo al pronunciamiento de Jesús. El marco histórico de ese último incidente se encuentra en la sinagoga, un día sábado. "Y había allí un hombre que tenía una mano seca", dice Marcos. Los fariseos conocían su condición; lo habían visto sufrir. Sin embargo, en este día en particular Jesús lo encuentra y lo sana ante los asombrados ojos de los fariseos. Pero en vez de compartir el gozo, estos dirigentes judíos "tomaron consejo con los herodianos contra él para destruirle" (Mar. 3: 1-6). Y con el propósito de satanizarlo, estos maestros de la ley venidos de Jerusalén ofrecieron su juicio autorizado y erudito: "¡Tiene a Beelzebú!", dijeron, "por el príncipe de los demonios echa fuera los demonios" (Mar. 3: 22).

Fue en esta coyuntura particular (y podemos trazar un contexto similar de la misma declaración en Mateo 9: 34) que Jesús expresó su famosa declaración acerca de la blasfemia contra el Espíritu Santo. Dijo esto "porque ellos habían dicho: Tiene espíritu inmundo" (Mar. 3: 23-30). Al acusar a Jesús de estar poseído por un demonio y atribuir voluntaria y maliciosamente la obra del Espíritu de Dios a Satanás, estos dirigentes judíos cruzaron finalmente la línea; habían cometido lo que Jesús llamó el pecado contra el Espíritu Santo.
Lo que vemos aquí, entonces, es que hay una clara especificación acerca de este pecado particular, con dos importantes elementos que van juntos: tener grandes privilegios espirituales y renunciar a ellos, por una parte, y la negación pública y sacrílega de las claras manifestaciones del Espíritu de Dios, por la otra. Estas son las condiciones del pecado imperdonable. Lo que yo encuentro en los Evangelios es que el pecado contra el Espíritu Santo se comete cuando la respuesta de alguien es tan radical como la de los dirigentes judíos, y precedida por eventos sobrenaturales similarmente convincentes. "Ignorar al Espíritu de Dios, acusarlo de que era el espíritu del diablo, los colocaba en una posición en donde Dios no tenía poder para llegar a su alma".39 "El pecado de la blasfemia contra el Espíritu Santo no radica en cualquier palabra o hecho súbito, sino en la firme y determinada resistencia contra la verdad y la evidencia".40

Con frecuencia me queda la impresión de que mucho de lo que decimos acerca del pecado imperdonable son como tácticas intimidatorias que se han desviado terriblemente, distorsionando el mensaje de la gracia y la paciencia de Dios.

3. Sus enseñanzas acerca de la gracia

"Porque por gracia sois salvos, por medio de la fe". "El justo por la fe vivirá". ¡Maravillosas declaraciones! Pero usted no escucha estas expresiones de labios de Jesús, lo cual hace que algunos se pregunten, a veces inconscientemente, si Jesús creía o no en la justificación por la fe, ese principio central de la cristiandad, proclamado en su nombre. ¿Creía Jesús que somos salvos por la gracia?

No existe ninguna duda de que creía en la justificación por la gracia. Pero su enfoque fue totalmente diferente. En él vemos la gracia en acción y en parábolas, no en proposiciones doctrinales. Jesús vino como el epítome de la gracia. "¡Y vimos su gloria", escribió Juan, "gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad" (Juan 1: 14).

De los muchos incidentes de la vida de Jesús que hablan de su gracia, quiero analizar aquí brevemente solamente cuatro.

1) La parábola de los obreros de la viña hace que aflore el "no es justo" que está en todos nosotros; y ese es, precisamente, el punto. Los obreros que llegaron al trabajo a la hora undécima recibieron el mismo salario que aquellos que habían llevado el calor y la carga del día (véase Mat. 20: 1-15). Es un acuerdo calculado para que los sindicalistas y otros teóricos del trabajo griten de rabia, que precisamente fue lo que ocurrió en la historia. Enojados por este extraño método de cálculo, los primeros obreros contratados "murmuraban contra el padre de familia". No es justo, dijeron, pagarles lo mismo a estos que a nosotros "que hemos soportado la carga y el calor del día". Como si tuviera el propósito de tocar el punto sensible, el padre de familia dijo en respuesta: "Quiero dar a este postrero como a ti. ¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío? ¿O tienes tú envidia, porque yo soy bueno?"

La recompensa por aceptar a Jesús es la vida eterna; y eso es lo que recibe cada uno, ya sea que haya trabajado en la viña toda su vida, o aceptado a Jesús en la hora undécima. Es lo que llamaríamos "escandalosa gracia", una gracia que sobrepasa la lógica y las normas humanas.

2) "Una mujer que había sido pecadora en la ciudad" se presentó sin ser invitada en la fiesta celebrada en la casa de Simón, con un frasco de perfume en sus manos; y algunos (incluyendo a Simón) objetaron el hecho cuando ella abrió su lujoso regalo y lo derramó en la cabeza y los pies del Salvador (Mat. 26: 6-16). Pero aquella ofrenda procedía de un corazón que rebosaba de amor y gratitud por lo que Jesús había hecho para salvarla. Y fue en respuesta a aquellas objeciones que Jesús contó su breve pero reveladora parábola, de la cual solo dos líneas se necesitan aquí para aclarar este punto: "Un acreedor tenía dos deudores [...]. Y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos".

Esa es la situación de toda la familia humana. Todos tenemos una gran deuda con el Señor y ninguno tiene con que pagarla. Por tanto, Dios canceló la deuda de todos: ¡Todos los que lo aceptan! Eso es gracia, gracia perdonadora. Nuestra deuda ha sido pagada por la cruz de Cristo.

3) Jesús presentó una provocativa parábola acerca de la gracia "a unos que confiaban en sí mismos como justos" (Luc. 18: 9). En la historia, un fariseo y un publicano (cobrador de impuestos) fueron al templo a orar. El fariseo agradeció a Dios porque era diferente de los otros hombres: no era ladrón, malhechor, ni adúltero; ni siquiera como el recaudador de impuestos, a quien seguramente estaba viendo con el rabillo de su orgulloso ojo. "Ayuno dos veces a la semana", dijo, remitiéndose a las pruebas, "doy diezmos de todo lo que gano" (Lúe. 18: 10-12). Se sentía muy bien consigo mismo, y algo muy grave debía estar ocurriendo si el cielo no compartía la misma opinión.

Mientras tanto, el pobre cobrador de impuestos, "estando lejos", se sentía completamente indigno de acercarse. "No quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí pecador" (Luc. 18: 13).
Pero ahora llega la asombrosa declaración: "Os digo que este descendió a su casa justificado antes que el otro" (Luc. 18: 14).
Conclusión: Es nuestro corazón contrito y humillado lo que cuenta delante de Dios. "Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios" (Sal. 51: 17).

4) La parábola del hijo pródigo, aunque algunos la llamarían de "los hijos pródigos" (Luc. 15: 11-31), se destaca como un inmortal monumento a la gracia. Se refiere a un muchacho, quien después de pedir que se le diera su herencia por adelantado, malgastó todo "viviendo perdidamente". Pobre y sucio ahora, sin ninguna posesión, excepto los harapos que vestían su macilenta humanidad, se dirige hacia su casa, donde espera ser recibido fríamente.

Pero su padre, cuyo corazón estaba quebrantado desde el día en que su inquieto hijo había abandonado su hogar, había anhelado continuamente su retorno. Durante muchos meses, quizá años, había vigilado el solitario sendero que conducía a la casa, y cada día había terminado completamente chasqueado. Hasta que un día, la figura de un harapiento vagabundo apareció a la distancia. Y "cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó" (Luc. 15: 20). Mataron un novillo engordado, y se celebró la fiesta más grande del año. ¡Su hijo extraviado había vuelto al hogar!

Esa es gracia perdonadora, gracia que es mayor que todos nuestros pecados.  Y tampoco deberíamos olvidar la forma como el Padre trató a su otro hijo: la forma sensible y llena de gracia con que trató a este hijo mayor que había llevado el calor y la carga de todo el día (como los primeros obreros contratados en la parábola de Jesús), y que también se sintió muy ofendido por la gozosa fiesta que estaba en todo su apogeo. La historia termina abruptamente con el padre y el hijo mayor todavía afuera del festivo salón, en una angustiosa situación a la vista de todo el universo: "¡Continuará... en el cielo!" "¡Maravillosa gracia de un amante Dios,

Gracia que excede a nuestros pecados y nuestra culpa!"  No hay otro como él.  La esperanza que yo tenía en este breve tratamiento era demostrar algo de la sabiduría que está detrás de las enseñanzas de Jesús. Pero no sabiduría en el sentido mundanal, sino espiritual, una sabiduría diferente de la llamada sabiduría de los maestros humanos a través
de los siglos.

Ninguno la expresó mejor que aquellos alguaciles que fueron enviados a aprehenderlo, que sintieron atadas sus manos y sus corazones extrañamente cálidos. Todo lo que pudieron ofrecer a sus superiores por el inadmisible incumplimiento de su deber fue esta declaración inmortal: "¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!" (Juan 7: 46).
 


Referencias

35. Elena G. de White, La educación, pp. 11, 12.

36. Comentario bíblico adventista, t. 5, p. 314.

37. Guía de estudio de la Biblia, edición para maestros, abril-junio de 2006, p. 142.

38. Ibíd., p.146.

39. Comentario bíblico adventista, t. 5, p. 1068.

40. Ibíd., p. 1068, itálicas añadidas.


Compilador: Dr. Pedro Martínez

 


 

 
 

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