Roy Adams

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La fascinación de Jesús

Lección 1

Para el 5 de Abril del 2008


 

En el mes de octubre de 1999 un evangelista itinerante llegó al pueblo de Hazelton, del Estado norteamericano de Pennsylvania, donde hay minas de carbón (40.000 habitantes); y cosas inusitadas comenzaron a ocurrir. Escúchelas en las palabras de un reportero:

"Los sacerdotes de ese lugar, que es mayormente católico, dicen que las bancas se llenaron de repente, algunas veces con personas que no se habían visto desde hacía veinte años. Dos médicos locales dicen que sus pacientes sanan más rápidamente después que este profeta itinerante visitó el hospital. 'Nunca me había sentido tan bien' dijo Marieta, una de las centenares de personas que llamaron a un programa de entrevistas de una estación de televisión local para discutir el impacto causado por aquel forastero. 'Me ha dado más que cualquier otra persona en mi vida"'. 1

El trotamundos era Carl J. Joseph, de 39 años de edad, que en los últimos nueve años había vagado por trece países y cuarenta y siete Estados (de la Unión Americana). Por lo general anda descalzo, y de vez en cuando viaja a dedo. No posee nada, sino la ropa que trae puesta y una cobija que lleva en la espalda, y nunca acepta dinero por ninguna razón. Para suplir sus necesidades de comida y hospedaje confía en la buena voluntad de la gente que se encuentra en el camino. "Una mujer lo vio mientras manejaba su automóvil rumbo a su casa, un helado día de fines de octubre, caminando descalzo de Berwick, un pueblo que está a cien kilómetros al oeste de Hazelton, usando 'una ropa tan delgada como una bata de hospital"'.2 Cuando apareció en un programa de entrevistas del canal de cable local, los televidentes bloquearon el teléfono de siete líneas de la estación.

-He dirigido teletones [maratones televisivos] y nunca he visto nada parecido a esto- dijo el productor de televisión Sam Lesante.3 Se había convertido en una celebridad de la noche a la mañana.

y la pregunta es: ¿Por qué? ¿Qué tenía este excéntrico personaje que captó la atención de tanta gente? Yo creo que la respuesta se encuentra en su apariencia; la viva imagen de Jesús tal como se le representa comúnmente en el arte cristiano: "una cara de niño", "una barba rubia", y una "cabeza ladeada siempre en el mismo ángulo". Emanaba calma, y según leí en alguna parte: "Nunca levantaba la voz ni perdía el dominio propio o se reía demasiado alto ".

Dejando a un lado por un momento la credulidad que manifiesta un gran número de personas en la actualidad, así como nuestra predilección por lo sensacionalista; el incidente, incluso deformado por los medios, nos da una clara evidencia de la influencia de Jesús, dos mil años después de su muerte. j Pensar que un imitador que se parecía mucho a él, intencional o inocentemente, podía tener un efecto tan profundo en la gente, tanto educada como del pueblo común!

Es lo que llamo, la fascinación de Jesús. Sea que lo amemos o lo odiemos, importa poco. Él llama la atención. ¿Quién sabe cuántos millones de libros se han escrito acerca de él a través de los siglos? Y desde el mismo amanecer de la industria del cine ha sido un favorito de todos los tiempos. La vida y la pasión de Jesucristo, producción francesa de los años 1902-1905, comenzó la interminable procesión de películas de largo metraje basadas en su vida. Los años subsecuentes habrían de ver Rey de reyes, de Cecil B. DeMille (1927); El manto sagrado, de Henry Kosner (1953); La historia más grande jamás contada, de George Stevens (1965); Godspell (1973); Jesucristo Superstar, de Andrew Lloyd Webber (1973); El Mesías, de Roberto Rossellini (1976); Jesús de Nazaret, de Franco Zeffirelli (1977); y The Miracle Maker (2000).4 El más reciente éxito de taquilla, fue, por supuesto, La pasión de Cristo, de Mel Gibson (2004).

Todo lo que resulta de esto es que en Jesús de Nazaret tenemos a alguien a quien no podemos ignorar o menospreciar. ¿Quién fue Jesús de Nazaret? ¿Cuál es el significado de su vida? ¿Y por qué deberíamos interesamos en él?

Las evidencias

Todas las generaciones hacen sus propias preguntas, y cada generación debe aceptar o rechazar las respuestas disponibles. Pero sería temerario que tratáramos de manufacturar nuestras propias evidencias o inventar nuestras propias soluciones a los problemas de la identidad y el significado de Jesús. No tenemos otra opción que consultar las mejores fuentes históricas disponibles.

En este contexto recurrí al siguiente resumen:

"En los primeros siglos después de la muerte de Jesús, los primeros cristianos produjeron varios [...] registros escritos del ministerio del Señor, algunos se concentran en su niñez (evangelios de la infancia), otros en sus enseñanzas (evangelios de los dichos), así como registros más amplios de su ministerio, pasión y resurrección. En la actualidad tenemos evidencia de unos treinta de tales' evangelios'. Es posible que hayan existido muchos más que no sobrevivieron".5

La realidad es que la mayoría de los que leemos este capítulo hemos visto solo una fracción de estos documentos, y la pregunta natural es: ¿No estaremos perdiendo una valiosa información que necesitamos para formar un cuadro completo de quién era Jesús? Lo que debemos tener en mente, sin embargo, es que, ciertamente, no somos los primeros que aparecemos en escena con un profundo interés en estas cosas; y tampoco somos los primeros honestos que insisten en la verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad. El hecho es que los primeros cristianos, que vivían en un tiempo de falsas pretensiones y una plétora de documentos de dudoso origen, estaban intensamente preocupados por los charlatanes y las falsificaciones. Y trabajando juntos, bajo la dirección del Espíritu Santo, con el tiempo llegaron a lo que consideraron un cuerpo confiable de escritos que llevaban las marcas de la autenticidad.

Así, el autor de la declaración que acabamos de citar, concluyó: "Cualquiera sea el número total [de 'evangelios'], hacia fines del cuarto siglo, los cuatro Evangelios: Mateo, Marcos, Lucas y Juan, ya habían ganado la confianza de la mayoría de los dirigentes de la iglesia como los registros inspirados y debidamente autorizados de la vida y la muerte de Jesús. En suma, llegaron a formar parte del canon cristiano".6

Cada uno es libre de adoptar su propio enfoque, por supuesto.

Pero a esta distancia, mi inclinación es aceptar la palabra de aquellos que estuvieron más cerca de los hechos. Todas las otras alternativas conducen a una amplia especulación, conjetura y subjetivismo.

¡Qué dicen los Evangelios aceptados acerca de Jesús? ¡Cuál es la naturaleza del testimonio que presentan?

Un embarazo único y un niño singular

Cuando José y María llegaron al templo para presentar a Jesús ante los sacerdotes, aunque normalmente era un acontecimiento común y corriente, comenzaron a ocurrir cosas extraordinarias exactamente delante de sus maravillados ojos. Un anciano habitante de Jerusalén, llamado Simeón, "justo y piadoso", que esperaba ardientemente la venida del Mesías, apareció de repente en la escena "movido por el Espíritu" para visitar el templo exactamente en ese momento (Luc. 2: 25-27).

i Imagine la sensación de expectación que sentía cuando entró al recinto sagrado del templo aquel día! Durante muchos años, quizá décadas, había estado esperando aquel momento. Ahora, después de una larga espera, el momento ha llegado. Imagine lo que sentía mientras una pareja tras otra presentaba a su hijo. Finalmente, como ocurrió cuando Samuel puso los ojos en David, el Espíritu le dijo, mientras María y José traspasaban el umbral llevando a Jesús en brazos: "¡Este es!" Tomando al niño en sus brazos, Simeón, con la voz temblorosa por la emoción, alabó a Dios: "Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, conforme a tu palabra; porque han visto mis ojos tu salvación, la cual has preparado en presencia de todos los pueblos; luz para revelación a los gentiles, y gloria de tu pueblo Israel" (Luc. 2: 28-32).

¡Estaban María y José sorprendidos por estas palabras proféticas? Probablemente no mucho. Después de todo, el ángel les había dado información acerca de la identidad del niño que llevaban en sus brazos ese día. "El Espíritu Santo vendrá sobre ti", le había dicho Gabriel a María, "por lo cual también el santo ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios" (véase Luc. 1: 26-35). Y José, por su parte, que tenía planes de dejar a María discretamente cuando descubrió que estaba embarazada, había recibido la divina indicación de que el embarazo de María era sobrenatural, y que su hijo salvaría "a su pueblo de sus pecados" (Mat. 1: 18-21).

Aun así, "estaban maravillados de todo lo que se decía de él [del niño]", comprendiendo ahora con más claridad el significado de las indicaciones divinas que habían recibido antes.

y tampoco fue Simeón el único extraño que confirmó la naturaleza especial del niño. Inmediatamente después de él llegó la profetisa Ana, de 84 años, quien "no se apartaba del templo, sirviendo de noche y de día, con ayunos y oraciones". Al aparecer en la escena elevó su voz en alabanza a Dios en frente de "todos los que esperaban la redención en Jerusalén" (véase Luc. 2: 36-38).

Lo que siempre me ha llamado la atención es lo claro y práctico de todos estos registros evangélicos y la total ausencia de ampulosidad.

¡Qué perplejos han de haber quedado todos aquellos que escucharon las palabras inusitadas de aquellos dos venerables ancianos! Sin embargo, no se nos dice nada en cuanto a sus reacciones, ni de los sacerdotes oficiantes, ni de los espectadores. Más bien, el capítulo termina sencillamente diciendo que la pareja volvió a su hogar. Y con respecto a Jesús, sencillamente dice que "el niño crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios era sobre él" (Luc. 2: 39,40). ¡Eso es todo!

Lucas vuelve a la niñez de Jesús solo una vez más, en conexión con su visita al templo cuando ya tenía doce años. Aparte de estas dos menciones, todo lo que tenemos acerca de los primeros años de su vida es silencio. Nada que satisfaga nuestra insaciable curiosidad; nada que alimente nuestro perenne apetito por lo sensacional; nada que se parezca a las fantásticas invenciones que encontramos en los así llamados 'evangelios de la infancia', en los cuales el niño Jesús hace que los pájaros de arcilla vuelen y resucita a un niño que había muerto al caer del techo de una casa, solo para que el muchacho pudiera refutar el cargo de que Jesús lo había empujado.

Lo que vemos en los registros de los Evangelios canónicos es una total ausencia de cualquier sensacionalismo o adornos especiales de la historia; es una sencilla presentación de lo esencial.

 El sabía quién era

Aunque en los Evangelios se pone de manifiesto cierta reticencia de su parte para tratar el asunto de su propia identidad, Jesús afrontó el problema directamente varias veces durante su ministerio. Cuando la mujer samaritana habló de la venida del Mesías, él respondió cándidamente: "Yo soy, el que habla contigo" (Juan 4: 26). Cuando encontró al hombre ciego que había sanado, Jesús le preguntó: "¿Crees tú en el Hijo de Dios?" Cuando el hombre preguntó quién era, Jesús le dijo: "Pues le has visto, y el que habla contigo, él es" (Juan 9: 3-37). En su extenso discurso registrado en Juan 6, reiteró una y otra vez que había descendido del cielo (Juan 6: 38, 41, 49-51). Y mientras viajaba con los discípulos por la región de Cesarea de Filipo, confirmó la declaración de Pedro, de que él era: "El Cristo, el Hijo del Dios viviente" (Mat. 16: 15-17).

Incluso cuando era un muchacho de doce años, sabía quién era. "¿Por qué me buscabais?", les dijo a sus padres cuando finalmente lo encontraron en el templo, entre los eruditos y maestros, "¿no sabíais que en los negocios de mi Padre me conviene estar?" (Luc. 2: 49). "De cierto, de cierto os digo: Antes de que Abraham fuese, yo soy" (Juan 8: 58). Y en un conmovedor lamento por causa de la intransigencia de los judíos, justo antes de su pasión, usó la primera persona singular: "i Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste" (Mat. 23: 37). El "Yo" en ese clamor identifica a Jesús con la Persona que había estado suplicando a Jerusalén durante muchos siglos.

Él sabía exactamente quién era.

Ellos se escandalizaron

Mateo 13: 53-58 contiene el registro del retorno de Jesús al pueblo donde vivía. Asombrados por las palabras que había pronunciado mientras enseñaba en la sinagoga local, la gente reaccionó en la forma típica como reaccionan aquellos que conocen el fondo histórico de una persona. "¿De dónde tiene este esta sabiduría y estos milagros? ¿No es este el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Jacobo, José, Simón y Judas? ¿No están todas sus hermanas con nosotros? ¿De dónde, pues, tiene este todas estas cosas?"

Es lo que yo llamo el escándalo de lo particular. La creencia de que las personas verdaderamente grandes e importantes no pueden ser locales, no pueden ser de mi pueblo natal. Tienen que ser de cualquier otro lugar. No se supone que la gente importante pueda ser conocida por gente ordinaria como yo. Es lo que estaba ocurriendo en Nazaret. La gente del pueblo donde vivía, conocía a Jesús, conocía a sus padres, sus hermanos, su casa. Así que "se escandalizaban en él" (vers. 57).

Antes de pronunciar juicio apresuradamente contra estos aldeanos, haríamos bien en considerar las extraordinarias realidades que confrontaban. j Habían sido desafiados a creer en que esta persona, que habían conocido desde su niñez, esta persona que habían visto crecer, con quien ellos, o sus hijos, habían jugado, o ido a nadar juntos, era el Hijo del Dios viviente, Dios en carne humana! ¿Le parece que es un desafío que usted saltaría al frente para aceptar?

Sin embargo, esos son los hechos reales. Él apareció en un momento particular de la historia. Nació en un pueblo definido. Creció en una familia judía particular, parecida en muchas formas a otras familias judías del primer siglo. Tenía un oficio común: era carpintero. Comía lo mismo e igual que los demás; probablemente lo mandaban a la tienda de la esquina, como cualquier otro niño, a comprar provisiones para sus padres. ¿Se sometería el Hijo de Dios a circunstancias y actividades tan comunes?

Las circunstancias que rodearon el nacimiento de Jesús también constituyeron piedras de tropiezo para sus paisanos. Lo percibimos en la burla que le lanzaron sus oponentes: "Nosotros no somos nacidos de fornicación" (Juan 8: 41). Uno solo puede imaginar los sarcásticos comentarios, las risas sardónicas y las satíricas insinuaciones, complicando más los esfuerzos de la gente sencilla del pueblo que quería aceptar la identidad de Jesús.

La gente estaba dividida. Y lo mismo ocurría con los dirigentes. Cuando Nicodemo objetó más tarde los sentimientos enconados contra Jesús, la respuesta reflejó un prejuicio muy extendido: "¿Eres tú también galileo? Escudriña y ve que de Galilea nunca se ha levantado profeta" (Juan 7: 52).

Continúa el escándalo

Lo que los historiadores encuentran mientras examinan cuidadosamente las fuentes y documentos del tiempo de Jesús son muchos de aquellos mismos elementos que tanto escandalizaron a sus paisanos que lo conocían: pueblo pequeño; pobreza; oscuridad; en los márgenes de la sociedad sofisticada; predicador itinerante que no tenía educación formal; una aparición fugaz en la escena, como un meteoro; luego la ignominiosa ejecución perpetrada por aquellos que detentaban el poder.

¿Qué hacer con un Salvador así?

El Nuevo Testamento no especula acerca de Jesús. Sencillamente lo presenta como el Hijo divino de Dios. Y tampoco responde a los numerosos cuestionamientos relativos a su ser y persona que habrían de preocupar a las sucesivas generaciones de cristianos. Los cristianos del primer siglo discutieron esos problemas, por supuesto. Nada más que para damos cuenta de cuán agudamente sentía Pablo el problema en su tiempo, leamos las palabras que dirigió a los sofisticados miembros de la iglesia de Corinto: "Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios" (1 Coro 1: 18).

Lo que encontramos en el registro, sin embargo, es que durante los primeros siglos de la era cristiana y ya entrada la Edad Media, siempre hubo una aceptación básica de la identidad fundamental de Jesús, tal como la presentan los Evangelios. Pero el llamado Siglo de las Luces (c. 1650-1780) cambiaría todo eso, introduciendo nuevos métodos y criterios para el estudio de los documentos antiguos, incluyendo la Biblia. En lo sucesivo toda suposición debía sujetarse a la crítica y al análisis racional. El supernaturalismo, presuposición fundamental de la fe bíblica, fue rechazado completamente; y el tradicional punto de vista bíblico de una raza humana caída en pecado y necesitada de la intervención de un Salvador fue reemplazada por la nueva creencia en el progreso humano: una valoración optimista de la condición humana, más tarde conocido en la filosofía occidental como "positivismo".

El ataque contra la fe fue tan fuerte, tan sofisticado, que ante muchos ojos apareció como el fin del cristianismo. La religión fue considerada obsoleta, y la razón, una vez la criada de la teología, se convirtió en su reconocida patrona. El enfoque cambió ahora, del Jesús descrito en los Evangelios (una creación ficticia de la piedad cristiana posterior, según lo describía la nueva tendencia) a lo que fue considerado el "Jesús histórico", el Jesús real como existió en la Palestina del primer siglo, sin los adornos y arreos introducidos por la piedad cristiana posterior.

De este modo, el así llamado movimiento "Vida de Jesús" llegó a la existencia bajo la creencia de que a pesar de las maniobras teológicas de la iglesia primitiva, todavía podemos encontrar en los Evangelios suficiente información para reconstruir el retrato de Jesús como una figura histórica.

Sin embargo, todos estos esfuerzos (y muchas variaciones que les siguieron) fracasaron, como demostró Albert Schweitzer (1875¬1965) tan brillantemente en su clásico teológico de 1906, The Quest of the Historical Jesus. 7

Pero nada podría apagar el perenne interés en Jesús. y hoy, ya sea con propósitos positivos (La pasión de Cristo) 8, o negativo (El código Da Vinci)9, la fascinación continúa imbatible.

Nuestro objetivo personal debería ser obtener una fe sólida, probaba, inteligente; que no se deje conmover por el sensacionalismo de muestra época tan inquieta. Nada es nuevo en este terreno. Esto lo he visto durante el corto lapso de mi vida. Es posible que en la estela de la (así llamada) alta crítica de la Biblia, muchos estudiantes de teología de fines de los sesenta y de toda la década de los setenta, pensaron que toda la estructura de la teología cristiana estaba a punto de derrumbarse. Y a veces se necesita la perspectiva de los años para saber que no se ha derrumbado. Los fundadores de la iglesia cristiana y los creyentes primitivos pueden haber sido iletrados, pero estaban muy lejos de ser crédulos.

Vayamos tras las cosas más importantes

Jesús sigue siendo hoy el campeón sin rival de los siglos. Y la escandalosa proclamación de la cristiandad es que no hay otro como él. Confucio, Buda, Mahoma, no son más que necesitados seres humanos, sujetos a su gracia, que le deben a él su propia existencia. En las palabras de Isaías, su nombre es "Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz" (Isa. 9: 6).

La designación "Dios fuerte" sitúa a Jesús en una posición única e inigualable. Con eso en mente, Pedro podía hacer aquella categórica declaración: "y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos" (Hech. 4: 12).

¡Eso sí es emocionante! ¡Estamos hablando aquí de un hombre que es Dios! Dijo Elena G. de White: "Por medio de Cristo había sido transmitido cada rayo de luz divina que llegara a nuestro mundo caído. El había sido quien habló por medio de todo aquel que en el transcurso de los siglos declaró la Palabra de Dios al hombre". Todas las cualidades mentales o espirituales que manifestamos, no son más que "reflejos suyoS".10 En las palabras de Rowan Williams, Arzobispo de Canterbury: "Es como si todas las enormes fuerzas, el viento cósmico, la energía formadora de la Biblia hebrea, se hubieran reunido en un punto en la vida de Jesús".11

La tentación perenne que afrontamos es la de trivial izar a Jesús y a los eventos que lo rodearon. En algún momento del año 2006 recibí la siguiente nota de Carole Sargent, de la Universidad Georgetown de Washington, D. c.: "Querido Roy Adams, no sé si esto es para sus lectores, pero le dejo a usted la decisión. El padre Ron Murphy de la Universidad Georgetown tiene un nuevo libro que saldrá a la luz el próximo mes de la imprenta de la Universidad de Oxford. Él cree que ha encontrado el Santo Grial. Por favor, tenga la bondad de ponerse en contacto conmigo si desea analizar esto un poco más”

Es sumamente significativo para mí que los primeros discípulos (a quienes muchos de nuestros contemporáneos consideran crédulos) nunca tuvieron predilección por ninguno de los incidentes del ministerio de Jesús. No hay ninguna discusión relacionada con el lugar donde se celebró la Última Cena, por ejemplo; y ninguno de los vasos utilizados en el evento aquella noche mereció un comentario ni siquiera de una palabra después. Yo me arriesgaría a decir que en el reino, los discípulos que se reunieron aquella noche en el aposento alto moverán sus cabezas, asombrados, cuando sepan acerca de la antiquísima "búsqueda del Santo Grial". Pensarán: ¡Que increíble superficialidad!

La fascinación que produce Jesús y todo lo relacionado con él nunca termina. La gente quiere hallar reliquias de su vida, quizá reliquias que tengan poderes milagrosos. Pero la reacción de Jesús en frente del inmoral e increíblemente superficial Herodes (Luc. 23: 6-12) debiera decimos algo. Lucas dice que Herodes había esperado "vede [a Jesús] hacer alguna señal". La respuesta de Jesús, sin embargo, fue un total y completo silencio. Y para aquellos que todavía lo consideran en la actualidad como una figura de circo que realiza actos mágicos, Jesús ya dio la noticia: Él no "realiza" milagros. Debemos ir tras las cosas que son más importantes.

En algún lugar leí que el cuadro del rostro de Cristo, pintado en 1941 por Wamer Sallman ha sido reproducido quinientos millones de veces, y se ha convertido en "una de las imágenes más reconocibles del siglo XX". Era esa imagen que nuestro evangelista de Hazelton, Pennsylvania, procuraba imitar, ataviándose con ropa del primer siglo de nuestra era, evocando psicológicamente el recuerdo y la influencia de Jesús. Pero Jesús, cuando vino, vistió al estilo de su tiempo. No se distinguía entre sus discípulos, tuvo que ser besado por Judas para identificarlo.

Todavía sin ser reconocido, camina entre nosotros, vistiendo el atuendo del siglo XXI. "Viene a nosotros como desconocido, sin nombre, como antaño a la orilla del lago. Se acercó a aquellos hombres que no lo conocían. Él nos dirige hoy la misma palabra: "¡Sígueme!", y nos envía a realizar la tarea que debe cumplir en nuestro tiempo. Él ordena. Y a aquellos que le obedecen, sean sabios o sencillos, se les revelará en el trabajo agotador, en los conflictos, los sufrimientos a través de los cuales pasarán en compañerismo con él, y, como un inefable misterio, ellos aprenderán en su propia experiencia, quién es él".12


Referencias

1.    Hanna Rosin, "Penniless 'Prophet' Lifts Hearts in Depressed Coal Town,” Washington Post Online edition, http://www.post-gazette.com/regionstate/ 20000208nomad5.asp, 8 de febrero de 2000.

2.    Ibíd.

3.    Fred Mogul, "Appalachian Apostle," Time. Online Edition, 14 de febrero de 2000, http:j jwww.time.comjtime(magazinejprintoutj08816.996065.00.html) .

4.    Ver http://www.christianitytoday.com/movies/commentaries/top 1 Ojesusmovies.html.

5.    F. Scott Spencer, What Did Jesus Do? (Harrisburg, Londres, Nueva York: Trinity

Press International, 2003), p. 5.

6.    Ibíd., pp. 5, 6.

7.    Albert Schweitzer, The Quest of the Historical Jesus (Nueva York: Macmillan, 1968).

8.    La película del año 2004 dirigida por Mel Gibson.

9.    El libro escrito por el novelista norteamericano, Dan Brown y la película basada en él.

10.   Elena G. de White, La educación, p. 69.

11.   Citado en Rupert Short, Rowan Williams: An Introduction (Harrisburg, Pennsylvania: Morehouse Publishing, 2003), p. 87.

12.   Schweitzer, op. cit., p. 403.


 

Compilador: Dr. Pedro Martínez


 

 
 

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