
La realidad de su humanidad

Lección 3

Para el 19 de abril de 2008
Lee: Gálatas 4:4; 1 Timoteo 2:5; 3:16; Hebreos 4:15, 16; 1 Juan 4:1-3.
Descubre: ¿Qué evidencias tenemos de que Jesús es tanto divino como humano? ¿Qué textos de la Biblia nos enseñan acerca de la humanidad de Cristo? ¿Qué herejías modernas atacan la naturaleza y la persona de Cristo? ¿Cuál debiera ser la actitud del cristiano sincero frente semejantes conflictos?
Memoriza y considera: “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros” (Juan 1:14).
Pensamiento clave: “Dios el Hijo Eterno es uno con el Padre. Por medio de él fueron creadas todas las cosas; EI revela el carácter de Dios, lleva a cabo la salvación de la humanidad y juzga al mundo. Aunque es verdaderamente Dios, sempiterno, también llegó a ser verdaderamente hombre, Jesús el Cristo. Fue concebido por el Espíritu Santo y nació de la virgen María. Vivió y experimentó tentaciones como ser humano, pero ejemplificó perfectamente la justicia y el amor de Dios. Mediante sus milagros manifestó el poder de Dios y éstos dieron testimonio de que era el prometido Mesías de Dios. Sufrió y murió voluntariamente en la cruz por nuestros pecados y en nuestro lugar, resucitó de entre los muertos y ascendió al Padre para ministrar en el santuario celestial en nuestro favor. Volverá otra vez con poder y gloria para liberar definitivamente a su pueblo y restaurar todas las cosas” (CAS No. 4)
La fe cristiana tiene su fuente, su centro y su certeza en el Cristo histórico del Nuevo Testamento. Tal como se presenta en, Juan 1: 13, 14 e invariablemente se afirma en todo el Nuevo Testamento, Cristo es Dios en el sentido absoluto y pleno de la palabra y verdaderamente hombre en todo respecto, aunque sin pecado. En la encarnación, la deidad y la humanidad se unieron inseparablemente en la persona de Jesucristo, el Dios-hombre sin igual (Mat. 1: 1).
Pero las Escrituras también declaran que "Jehová nuestro Dios, Jehová uno es" (Deut. 6: 4; Mar. 12: 29). El legado de verdad que heredó la iglesia cristiana incluía, pues, la paradoja de un monoteísmo trino y uno y el misterio de un Dios encarnado. Ambos conceptos van más allá del entendimiento limitado y no permiten el análisis final ni la definición absoluta. Sin embargo, para los fervientes cristianos de los días apostólicos, el hecho dinámico de un Señor crucificado, resucitado y viviente, a quien muchos de ellos habían visto y oído (Juan 1: 14; 2 Ped. 1: 16; 1 Juan 1: 1-3), relegaba a un plano de menor importancia los problemas teológicos de la naturaleza de Cristo.
Sin embargo, cuando pasó esa generación, la visión de un Señor viviente se oscureció y palidecieron la pureza y la devoción prístinas; los hombres se apartaron cada vez más de las realidades prácticas del Evangelio y se ocuparon de sus complicados aspectos teóricos, con la ilusión de que escudriñando con los intrincados razonamientos de la filosofía quizá podrían descubrir a Dios (Job 11: 7; Rom. 11: 33). Entre las diversas herejías que surgieron para turbar a la iglesia, las más graves fueron las que atañían a la naturaleza y persona de Cristo. Durante siglos la iglesia fue sacudida por los conflictos suscitados por estos problemas, que dejaron una larga estela de herejías, concilios y cismas.
Para cualquiera, con excepción de los estudiantes de historia eclesiástica, un estudio detallado de esta controversia puede parecer desprovisto de interés y de valor práctico. Pero hoy día, no menos que en los tiempos apostólicos, la certeza de la fe cristiana se centra en el Cristo histórico del Nuevo Testamento. También es un hecho que, de una manera u otra, varias herejías antiguas han sobrevivido o han revivido. Mediante un breve repaso del decurso de esa controversia de los primeros días, los cristianos modernos pueden aprender a reconocer -para estar vigilantes contra ellos- los mismos errores que perturbaron a sus consagrados hermanos en siglos pasados (Juan 8: 32; 1 Juan 4: 1).
PROPÓSITOS DE LA LECCIÓN DE ESTA SEMANA
· Saber que Jesús es tanto divino como humano.
· Sentir un deseo de cultivar la victoria sobre el pecado así como lo hizo Jesús.
· Hacer que su vida esté libre de la esclavitud del pecado gracias al poder de Cristo.
I. LA OPORTUNA INTERVENCIÓN
1. ¿En qué momento vino Dios en carne humana?
“Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley” (Gál. 4:4).
El apóstol Pablo escribe, “cuando vino el cumplimiento del tiempo”, evidentemente estaba hablando del tiempo exacto de la venida del Mesías. Dicha profecía había sido predicho por los profetas (Isaías 9:6; Dan. 9: 24-25). En los concilios del cielo, había sido determinado de antemano el tiempo de ese acontecimiento (Hech. 17: 26). El Mesías no sólo vino en el tiempo indicado por la profecía, sino que vino en el momento histórico más favorable de todos.
· El mundo estaba en paz y bajo un solo gobierno.
· Los viajes por tierra y mar eran relativamente seguros y factibles.
· El griego era un idioma ampliamente difundido, sobre todo en el Cercano Oriente.
· Las Escrituras ya estaban en griego -la LXX- desde hacía unos doscientos años. Muchos estaban insatisfechos con sus creencias religiosas y anhelaban conocer la verdad en cuanto a la vida y el destino humano. Los judíos estaban dispersos por dondequiera y, aunque quizá en forma imperfecta, daban testimonio del Dios verdadero. Desde todas partes del mundo acudían para celebrar las festividades en Jerusalén, y a su regreso podían llevar la noticia de la venida del Mesías (DTG 23-28).
· La Providencia no pudo haber escogido otro lugar ni otro tiempo más adecuado para dar comienzo a la predicación del mensaje evangélico al mundo, que la Palestina en ese período de la historia.
· Dios es perfecto en sabiduría y conocimiento, y tenemos razón para creer que, en su gran plan cósmico, todos los sucesos se desarrollarán en orden exacto y en los tiempos señalados (DTG 24).
· Esta precisión es evidente en toda la creación, desde el movimiento de los planetas y las estrellas hasta la estructura del más diminuto átomo. No hay razón válida para dudar de que existe la misma precisión en el gran plan de Dios para salvar a la humanidad.
II. EL VÍNCULO SUPREMO
1. ¿Por qué Jesús es el único mediador entre Dios y los hombres?
“Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Tim. 2:5)
La universidad del cristianismo se amplía con el reconocimiento de la soberanía divina de Dios sobre todo el universo (Hech. 17: 23-28; Rom. 10: 12; 1 Cor. 8: 4; Efe. 4: 6;1 Tim. l: 17).
· El pecador puede ser reconciliado con Dios sólo mediante Jesús (Juan 14: 5-6; Rom. 5: 1-2).
· Dios no necesita ser reconciliado con el hombre, pues su voluntad (1 Tim. 2: 4) fue la que inició el plan de salvación. Además, proporcionó el medio de salvación con la vida y la muerte de Cristo (Rom. 5: 10).
· Pablo excluye claramente la necesidad de mediadores humanos y el supuesto valor que algunos han atribuido a esa supuesta mediación o intercesión.
“Al tomar nuestra naturaleza, el Salvador se vinculó con la humanidad por un vínculo que nunca se ha de romper. A través de las edades eternas, queda ligado con nosotros. Para asegurarnos los beneficios de su inmutable consejo de paz, Dios dio a su Hijo unigénito para que llegase a ser miembro de la familia humana, y retuviese para siempre su naturaleza humana. Tal es la garantía de que Dios cumplirá su promesa. "Un niño nos es nacido, hijo nos es dado; y el principado sobre su hombro". Dios adoptó la naturaleza humana en la persona de su Hijo, y la llevó al más alto cielo. El cielo está incorporado en la humanidad, y la humanidad envuelta en el seno del Amor Infinito. Cristo se postró en humildad incomparable, para que al ser exaltado al trono de Dios, también pudiese exaltar a aquellos que creen en él a un asiento con él sobre su trono” (Dios nos cuida, p.72)
III. ¡UN GRAN MISTERIO! (1 TIM. 3:16).
1. ¿Qué significa el misterio de la piedad?
"E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en gloria" (1 Tim. 3: 16).
· "El misterio de la piedad" es la base de toda esperanza y el origen de todo consuelo.
· El triunfo de la gracia de Dios sobre las fuerzas del mal en la vida de un hombre, será siempre motivo de admiración y gratitud. Claramente se hace referencia a Jesús, en quien y mediante quien ha sido revelado el secreto divino.
· Aunque Jesucristo posee "corporalmente toda la plenitud de la Deidad" (Col. 2:9), se despojó de sus prerrogativas celestiales (Fil. 2:5-8) y vivió en la esfera de los hombres, poseyendo aun un cuerpo humano (1 Tim. 2:5).
· Cristo fue declarado justo porque era intachable (Juan 8:46). Los hombres son declarados justos cuando aceptan la justicia imputada de Cristo (Rom. 4:25).
· El Salvador hizo frente a la vida con un espíritu de completa dedicación a la voluntad de Dios, y esa actitud lo guardó del pecado.
· Cristo vino para ser el sustituto del hombre, y su conducta como ser humano demostró que Dios es completamente justo en sus exigencias y en sus juicios.
· Los ángeles vieron cada fase de la vida terrenal de Cristo, desde su nacimiento hasta su resurrección y ascensión. Fueron testigos de su perfección de carácter y completa abnegación (Mat. 4:11; Luc. 2:9-15; 22:43; Heb. 1:6).
“La encarnación de Cristo es el misterio de todos los misterios. Cristo era uno con el Padre, y sin embargo estuvo dispuesto a descender de la exaltada posición de quien era igual a Dios. Para poder cumplir su plan de amor para la raza caída, él se convirtió en hueso de nuestro hueso y carne de nuestra carne.
Habría sido una humillación casi infinita para el Hijo de Dios revestirse de la naturaleza humana, aun cuando Adán poseía la inocencia del Edén. Pero Jesús aceptó la humanidad cuando la especie se hallaba debilitada por cuatro mil años de pecado. Como cualquier hijo de Adán, aceptó los efectos de la gran ley de la herencia. Y la historia de sus antepasados terrenales demuestra cuáles eran aquellos efectos. Mas él vino con una herencia tal para compartir nuestras penas y tentaciones, y darnos el ejemplo de una vida sin pecado.
Qué tremendo contraste entre la divinidad de Cristo y el impotente niñito nacido en el pesebre de Belén... Y sin embargo, el Creador de los mundos, Aquel en quien habitaba la plenitud de la divinidad corporalmente, se manifestó en el desvalido bebé del pesebre... La divinidad y la humanidad estaban misteriosamente combinadas y el hombre y Dios se fusionaron.
Aquellos que aseveran que no era posible que Cristo pecara, no pueden creer que él verdaderamente tomó sobre sí la naturaleza humana. ¿Pero acaso Cristo no fue tentado, no sólo en el desierto por Satanás, sino a través de toda su vida, desde la niñez hasta su edad adulta?
Nuestro Salvador tornó la humanidad con todos sus riesgos. Se vistió de la naturaleza humana, con la posibilidad de ceder a la tentación. No tenemos que soportar nada que él no haya soportado” (Dios no cuida, p. 73).
IV. EN LA CARNE Y EN EL ESPÍRITU
1. ¿Qué herejías modernas atacan la naturaleza y la persona de Cristo? ¿Cuál debiera ser la actitud del cristiano sincero frente semejantes conflictos?
“Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo. En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo, el cual vosotros habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo” (1 Juan 4:1-3).
· El deber de cada creyente es aplicar a todo lo que lee y oye la prueba de los escritos inspirados de los profetas y los apóstoles.
· Sólo así puede la iglesia resistir los asaltos de la falsa doctrina. Sólo así cada creyente puede saber que su fe está basada en Dios y no en, los hombres (1 Ped. 3: 15).
· Las Escrituras proporcionan una norma fidedigna para probar toda enseñanza, pues todo mensaje divinamente inspirado tiene que estar en armonía con lo que el Señor ya ha revelado (2 Ped. 1: 20-21).
· Algunos de los que negaban la humanidad de Cristo aseguraban que el Verbo se había unido con Jesús hombre en el bautismo, y lo había dejado antes de la crucifixión. Esto Juan lo refuta como herejía.
· En cada etapa de la historia del mundo ha habido una verdad presente que debe destacarse; pero esa verdad no ha sido la misma en todo momento. Los judíos que se convertían después de Pentecostés, para hacerse cristianos necesitaban aceptar a Jesús como el Mesías esperado, pues lo esencial era que reconocieran la divinidad de Cristo.
· Pocos años después los gnósticos comenzaron a negar, no la divinidad sino la humanidad del Salvador. Creían que los dioses se manifestaban a los hombres de diversas maneras, pero negaban que el "Verbo fue hecho carne". Por eso el énfasis de Juan en la encarnación tenía un significado peculiar para los días en que él vivió.
· Pero la verdad que él enuncia necesita siempre recibir énfasis, y en nuestros días más que nunca. El hecho de que el Hijo de Dios se hizo hombre para salvar a los seres humanos debe ser enseñado claramente en estos tiempos porque los hombres tratan, más que nunca, de eliminar lo milagroso con explicaciones racionales ( Mat. 1: 23; Luc. 1: 35).
· Necesitamos tener en cuenta personalmente la encarnación, recordarnos a nosotros mismos que el Dios que hizo posible ese milagro bien puede hacer cualquier milagro que sea necesario para nuestra salvación. Nuestra aceptación de sus planes y nuestro sometimiento a su conducción pueden ser el reconocimiento de nuestra creencia de que "Jesucristo ha venido en carne". Un testimonio tal no se puede dar sin la ayuda divina porque "nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo" (1 Cor. 12: 3).
· Juan ahora presenta otra prueba, esta vez en forma negativa, para discernir entre los maestros verdaderos y los falsos. Sólo reconoce dos clases: los que confiesan a Cristo y los que no lo confiesan.
2. Entre los debates o conflictos, ¿Puede haber un terreno neutral acerca la naturaleza y la persona de Cristo?
· No hay terreno neutral en el gran conflicto. Los que oyen la proclamación del mensaje de la divinidad y humanidad de Cristo, y deliberadamente rechazan la enseñanza de la encarnación y se oponen a ella, pertenecen al maligno, y están bajo su dominio no importa cuán libres se sientan (Mat. 12: 30; 1 Juan 3: 10).
· Los falsos maestros siempre pretenden hablar en nombre de Dios tener un mensaje para la iglesia; pero el origen de su inspiración es Satanás y su manera de obrar es típica del gobernante del mundo caído.
· No se trata de que hablen acerca del mundo, sino que el origen de su inspiración es el mundo. Como son una parte del mundo y se han convertido en verdaderos enemigos de Dios, no pueden hablar sino como procedentes del "mundo". Sólo cuando nazcan completamente de nuevo y pertenezcan a la familia de Dios antes que a la familia del mundo, podrá esperarse que hablen de otra manera.
· Es muy natural que el mundo escuche con agrado a ellos se han identificado con él y que se complazcan mucho con las palabras de los falsos maestros. Por lo general es muy agradable escuchar filosofías que están de acuerdo con nuestra manera de pensar.
· Al recordar esta verdad a sus lectores, Juan también registra una prueba de que la profesión cristiana es genuina: los que conocen a Dios, escuchan atentamente a sus verdaderos mensajeros,
· Si una persona ha resistido al poder convincente del Espíritu, difícilmente escuchará a un siervo de Dios. Si dicha resistencia es consciente y persistente, tal persona con frecuencia ni siquiera permite que le hablen los siervos de Dios, sino que los rechaza así como ha desechado al Espíritu. Es, pues, poco lo que se puede hacer directamente por esta clase de personas (1 Cor. 2: 14). Pero hay muchos que han sido engañados y por eso se oponen a la verdad sin darse cuenta de cuán grave es lo que están haciendo.
· Los sofismas de Satanás han nublado de tal manera el juicio, que la verdad divina les parece una fábula. Pero se puede hacer mucho a favor de ellos. La demostración de los resultados de las creencias cristianas en las vidas de los que son "de Dios", con frecuencia despierta interés. La tranquila confianza de los que han sido convertidos de veras resulta especialmente atractiva a quienes reconocen que el futuro, según lo presentan los sabios del mundo, carece totalmente de esperanza.
· El Espíritu Santo es el origen del impulso que mueve a los creyentes a buscar la verdad. Los creyentes comparan las verdades que ya les han sido enseñadas por el Espíritu, y pueden reconocer lo que es correcto. La oveja reconoce la voz del Buen Pastor y las palabras de aquellos a quienes el Pastor de verdad ha enviado (Juan 10: 27).
· El Hijo de Dios no trató de salvar al hombre desde lejos. Vino a donde vivía el hombre, pero mantuvo su unión con el cielo (Juan 1: 9-10). Estuvo en el mundo, pero nunca fue "del mundo", así como nosotros tampoco debemos ser "del mundo" (Juan 17: 14; 1 Juan 4: 4-5).
V. ALGUNAS HEREJIAS
El docetismo y el gnosticismo
El primer error de la naturaleza y la persona de Cristo generalmente se conoce como docetismo. Este nombre proviene de una palabra griega que significa "aparecer". El docetismo asumió diversas formas, pero su idea básica era que Cristo sólo parecía tener un cuerpo, que era un fantasma y no un hombre en lo más mínimo. El Verbo se hizo carne sólo en apariencia. Esta herejía surgió en tiempos apostólicos y persistió hasta muy cerca del fin del siglo II.
El docetismo caracterizaba a grupos tales como los ebionitas y los gnósticos. Los primeros eran judíos cristianos que se aferraban estrictamente a los ritos y a las prácticas del judaísmo. Los segundos eran principalmente cristianos gentiles. El gnosticismo fue poco más que una mezcla de varias filosofías paganas ocultas bajo el disfraz de una terminología cristiana.
Una antigua y posiblemente auténtica tradición identifica a Simón el Mago (Hech. 8: 9-24) como el que primero inició el error acerca de la naturaleza y la persona de Cristo y como el primer gnóstico cristiano. Unos pocos años más tarde, surgió en Alejandría un cristiano llamado Cerinto. Este es clasificado por algunos como ebionita y por otros como gnóstico. Negaba que Cristo hubiera venido en carne, y sostenía que su supuesta encarnación sólo fue aparente y no real. Los ebionitas no eran gnósticos, pero sostenían puntos de vista similares acerca de la humanidad de Cristo. Consideraban que Cristo era hijo literal de José, pero elegido por Dios como el Mesías debido a que se distinguió por su piedad y observancia de la ley, y que fue adoptado como el Hijo de Dios en ocasión de su bautismo. Un grupo de ebionitas, los elkesaitas, enseñaban que Cristo había sido literalmente "engendrado" por el Padre en siglos pasados, y que por lo tanto era inferior a él.
En contraste con los ebionitas, que consideraban a Cristo como esencialmente un tipo de ser humano superior, los gnósticos -en términos generales- negaban que fuera un ser humano. Concebían a Cristo como un fantasma, o "eón" (inteligencia eterna emanada de la divinidad suprema, según las enseñanzas gnósticas), que transitoriamente tomó posesión de Jesús, que para ellos era un ser humano común. La divinidad no se había encarnado realmente. Acerca del tremendo impacto del gnosticismo sobre el cristianismo, el historiador eclesiástico Latourette sugiere la posibilidad de que "por un tiempo la mayoría de los que se consideraban a sí mismos como cristianos se adhirieron a una u otra de sus muchas formas".
Ireneo, que vivió durante la segunda mitad del siglo II, hace resaltar que Juan escribió su Evangelio con el propósito específico de refutar los puntos de vista docetistas de Cerinto (Ireneo, Contra herejías xi. 1; ver Juan 1: 1-3, 14; 20: 30-31). En las epístolas, Juan aún más claramente advierte contra la herejía del docetismo, a cuyos paladines los tilda como "anticristo" (1 Juan 2: 18-26; 4: 1-3, 9, 14; 2 Juan 7, 10). Durante su primer encarcelamiento en Roma ( 62 d. C.), Pablo prevenía a los creyentes de Colosas contra el error del docetismo (Col. 2: 4, 8-9, 18), y más o menos por el mismo tiempo Pedro proclama una advertencia aun más vigorosa (2 Ped. 2: 1-3). Judas (vers. 4) se refiere a la herejía del docetismo. Los "nicolaítas" de Apoc. 2: 6 eran gnósticos, aunque no necesariamente docetistas.
Durante la primera mitad del siglo 11 surgieron varios maestros gnósticos que infestaron la iglesia con sus nocivas herejías. Sobresalieron entre ellos Basílides y Valentín, ambos de Alejandría. Pero quizá el más influyente paladín de las ideas del docetismo -y el de más éxito- fue Marción, durante la segunda mitad del mismo siglo. De ninguna manera era gnóstico, pero sus opiniones en cuanto a Cristo se parecían muchísimo a las de los gnósticos. Sostenía que el nacimiento, la vida física y la muerte de Jesús no fueron reales, sino que meramente dieron la apariencia de realidad.
La iglesia luchó valientemente contra los crasos errores del docetismo. Durante la segunda mitad del siglo II, Ireneo se destacó osadamente como el gran paladín de la ortodoxia contra la herejía. Su obra de polémica Contra herejías, específicamente contra la herejía gnóstica, ha sobrevivido hasta el día de hoy. Ireneo puso énfasis en la unidad de Dios (CBA 891).
El arrianismo
A comienzos del siglo IV Arrio, un presbítero de la Iglesia de Alejandría, aceptó la teoría de Orígenes en cuanto al Logos, con la excepción de que no reconoció ninguna sustancia intermedia entre Dios y los seres creados. Por eso dedujo que el Hijo no es divino en ningún sentido de la palabra sino estrictamente una criatura, aunque la más excelsa y primera de todas, y que por lo tanto "hubo [un tiempo] cuando no existía". Enseñaba que sólo hay un ser -el Padre- a quien se le puede atribuir una existencia atemporal, que el Padre creó al Hijo de la nada y que antes de haber sido engendrado por un acto de la voluntad del Padre, el Hijo no existía. Para Arrio, Cristo tampoco era verdaderamente humano porque no tenía un alma humana, ni era verdaderamente divino, porque le faltaba la esencia y los atributos de Dios. Sencillamente era el más excelso de todos los seres creados. El ser humano, Jesús, fue elegido para ser el Cristo en virtud de su triunfo, que Dios conocía mediante su presciencia.
En el Primer Concilio de Nicea, reunido en 325 d. C. para resolver la controversia arriana, Atanasio se presentó como "el padre de la ortodoxia", sosteniendo que Cristo siempre existió y que no provino de la nada previa sino que era de la misma esencia del Padre. Aplicando a Cristo el término homobusios, "una sustancia", el concilio afirmó su creencia de que él es de la única y misma esencia como el Padre. Homoóusios no podría haberse entendido de otra forma. El concilio anatematizó al arrianismo y al sabelianismo como las dos principales desviaciones de la verdad exacta, y declaró que no negaba la unidad de la Deidad cuando defendía la Trinidad, ni negaba la Trinidad cuando defendía la unidad. Por eso el Credo Niceno afirma que el Hijo es "engendrado del Padre [... la sustancia del Padre, Dios de Dios], Luz de Luz, Dios verdadero del Dios verdadero, engendrado, no hecho, consustancial al Padre" (citado en Enrique Denzinger, El magisterio de la iglesia, p. 23). Este credo se convirtió en la prueba crucial de la ortodoxia trinitaria.
Los arrianos rechazaron la decisión del concilio, recurrieron al cisma y durante varios siglos el arrianismo demostró ser el enemigo más formidable de la Iglesia Católica Romana (Dan. 7:8). Después del Primer Concilio de Nicea, un grupo, a veces llamado de semiarrianos, también hostigó a la iglesia. Su palabra clave era homoióusios, con la cual describía al Hijo como de una "sustancia parecida" a la del Padre, en contraste con homoóusios ("misma sustancia"), del Credo Niceno. Apolinar y Marcelo se destacaron entre los opositores a la ortodoxia después del Concilio de Nicea. Ambos afirmaban la verdadera unidad de lo divino y lo humano en Cristo, pero negaban su verdadera humanidad, afirmando que la voluntad divina hizo de la naturaleza humana de Jesús un instrumento pasivo. Estos diversos problemas resultaron en otro concilio, celebrado en Constantinopla en 381. Este concilio reafirmó el Credo Niceno, aclaró su significado, y declaró la presencia de las dos verdaderas naturalezas en Cristo (CBA 891)
VI. PARA USTED: ¿QUIÉN ES JESÚS?
La idea de que Jesús era meramente un hombre bueno, un gran hombre, quizá el mejor que alguna vez vivió, pero nada más que eso, es tan absurda como increíble. El mismo dijo que era el Hijo de Dios y esperaba que sus seguidores aceptaran también esta posición. O fue lo que afirmó ser, o fue autor u objeto del mayor engaño, del mayor fraude de toda la historia. Uno que pretendiera ser Hijo de Dios y animara a otros a considerarle como Salvador del mundo, cuando no lo era, difícilmente podía ser digno de admiración, mucho menos de adoración. Jesús de Nazaret fue el Cristo, el Hijo del Dios vivo, o fue el más colosal impostor de todos los tiempos.
1. Para usted, ¿Quién es Jesús? ¿Estás de acuerdo con las siguientes afirmaciones? ¿Sí? ¿No? ¿Por qué?
“Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios” (1 Cor. 1:18).
1. Es divino. Por lo tanto Jesús es Dios
La Divinidad o Trinidad consiste de tres personas: el Padre eterno, el Señor Jesucristo, Hijo del Padre eterno y el Espíritu Santo (Mat. 28: 19; Juan 1: 1-2; 6: 27; 14: 16-17, 26; Hech. 5: 3-4; Efe. 4: 4-6; Heb. 1: 1-3, 8; Juan 1: 1-3, 14).
· Hay tres personas vivientes en el trío celestial: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, Cristo y el Padre son uno solo en naturaleza, en carácter y en propósitos, pero no en persona. El Espíritu Santo es una persona así como Dios es persona.
2. Era igual a Dios, infinito y omnipotente.
Cristo es Dios en el sentido supremo y absoluto del término: en naturaleza, en sabiduría, en autoridad y en poder (Isa. 9: 6; Miq. 5: 2; Juan 1: 1-3; 8: 58; 14: 8-11; Col. 1: 15-17; 2: 9; Heb. 1: 8; Miq. 5: 2; Mat. 1: 1, 23; Luc. 1: 35; Juan 1: 1-3; 16: 28; Fil. 2: 6-8; Col. 2: 9).
· Cristo es el Hijo de Dios preexistente y existente por sí mismo. Nunca hubo un tiempo cuando él no haya estado en estrecha relación con el Dios eterno. .
· Cristo era esencialmente Dios, y en el sentido más excelso. Estuvo con Dios desde toda la eternidad; Dios sobre todo, bendito para siempre.
· El Señor Jesucristo, el divino Hijo de Dios, existió desde la eternidad, como persona diferente, y sin embargo una con el Padre.
3. Fue plenamente humano.
El Señor Jesucristo fue un ser humano verdadero y completo, en todo respecto como los otros hombres, excepto que "no conoció pecado" (2 Cor. 5: 21;Luc. 24: 39; Juan 1: 14; Rom. 1: 3-4; 5: 15; Gál. 4: 4; Fil. 2: 7; 1 Tim. 2: 5; Heb. 2: 14, 17; 1 Juan 1: 1; 4: 2; 2 Juan 7; Mat. 1: 23; Juan 1: 14; Fil. 2: 6-8).
· Cristo fue un verdadero hombre, plenamente humano, participante de nuestra naturaleza. Vino como un nene desvalido revestido de la humanidad de que nosotros estamos revestidos, y como miembro de la familia humana, era mortal.
· Oraba por sus discípulos y por sí mismo, identificándose así con nuestras necesidades, nuestras debilidades y nuestras flaquezas.
4. Es tanto Dios como hombre.
La encarnación fue una unión verdadera, completa e indisoluble de las naturalezas divina y humana en una sola persona, Jesucristo. Sin embargo, cada naturaleza fue preservada intacta y diferente de la otra (Mat. 1: 20; Luc. 1: 35; Juan 1: 14; Fil. 2: 5-8; 1 Tim. 3: 16; 1 Juan 4: 2-3; com. Mat. 1: 18; Juan 1: 14; 16: 28; Fil. 2: 6-8).
· Cristo era un verdadero hombre. Sin embargo, era Dios en la carne.
· Su divinidad fue cubierta de humanidad, la gloria invisible tomó forma humana visible.
· El tiene una naturaleza doble, al mismo tiempo humana y divina.
· La naturaleza humana del Hijo de María, ¿Se cambió con la naturaleza divina del Hijo de Dios? No; las dos naturalezas se combinaron misteriosamente en una persona: El Hombre Cristo Jesús. Lo humano no ocupó el lugar de lo divino, ni lo divino de lo humano.
· La divinidad no fue degradada en humanidad; la divinidad mantuvo su lugar. "Presentaba una perfecta humanidad, combinada con deidad; preservando cada naturaleza distinta.
· La humanidad de Cristo no podía ser separada de su divinidad.
5. Voluntariamente asumió la naturaleza humana.
Asumiendo voluntariamente las limitaciones de la naturaleza humana en la encarnación, el Señor Jesucristo así se subordinó al Padre durante su ministerio terrenal (Sal. 40: 8; Mat. 26: 39; Juan 3: 16; 4: 34; 5: 19, 30; 12: 49; 14: 10; 17: 4, 8; 2 Cor. 8: 9; Fil. 2: 7-8; Heb. 2: 9; Luc. 1: 35; 2: 49; Juan 3: 16; 4: 34; Fil. 2: 7-8).
· Despojándose de su vestido y corona reales, el Hijo de Dios prefirió devolver el cetro a las manos del Padre, y bajar del trono del universo.
· Lo hizo por sí mismo y por su propio consentimiento.
· Jesús condescendió en humillarse para tomar la natu