Notas de Elena White

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Siguiendo al Maestro: El discipulado en acción

Lección 9

Para el 1 de Marzo del 2008


 

 

Sábado 23 de febrero

Todo aquel que acepte a Cristo como a su Salvador personal anhelará tener el privilegio de servir a Dios. Al considerar lo que el cielo ha hecho por él, su corazón se sentirá conmovido de un amor sin límites y de agradecida adoración. Ansiará manifestar su gratitud dedicando sus capacidades al servicio de Dios. Anhelará demostrar su amor por Cristo y por los hombres a quienes Cristo compró. Deseará pasar por pruebas, penalidades y sacrificios.

El verdadero obrero de Dios trabajará lo mejor que pueda, porque así podrá glorificar a su Maestro. Obrará bien para satisfacer las exigencias de Dios. Se esforzará por perfeccionar todas sus facultades. Cumplirá todos sus deberes como para con Dios. Su único deseo será que Cristo reciba homenaje y servicio perfecto (El ministerio de curación, p. 402).

La paz que Cristo denomina su paz y la que él legó a sus discípulos no es la que evita todas las divisiones, sino es la paz que se brinda y se disfruta en medio de las disensiones. La paz que siente el fiel defensor de la causa de Cristo es el conocimiento de que está haciendo la voluntad de Dios y reflejando su gloria por medio de las buenas obras. Es una paz interna, más bien que externa. Afuera hay guerras y luchas por la oposición de enemigos declarados, y aun la frialdad y desconfianza de los que afirman ser amigos (Alza tus ojos, p. 218).

 

Domingo 24 de febrero: Servicio y discipulado

Cristo realizó un milagro de sanamiento sobre la suegra de Simón Pedro, quien estaba sufriendo con una alta fiebre. Cuando ésta desapareció, se levantó de su cama agradecida al Señor por sus misericordias, e inmediatamente preparó alimentos para Cristo y sus discípulos quienes estaban cansados y hambrientos. De esa forma sirvió a quien le había dado un valioso servicio. La misma reacción se producía en todos los que eran sanados de diversas enfermedades y dolencias que eran llevados a Cristo por sus familiares o amigos. El Señor tenía piedad de ellos; colocaba sus manos sobre los dolientes y éstos eran sanados. Lo mismo ocurría con los poseídos por los demonios, los que eran liberados por su divino poder. Cuando los agentes diabólicos eran expulsados, declaraban a gran voz: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios". Mientras su propio pueblo lo desconocía y rechazaba, los demonios reconocían su autoridad. Todos los que eran restaurados volvían a sus hogares y compartían con sus cansados familiares y amigos que cuidaban de ellos la gran obra que había sido hecha por el poder de Jesús (Folleto: Redemption: or the First Advent of Christ With His Life and Ministry, pp. 70, 71).

Después de haber realizado tal milagro en la sinagoga, la gente estaba admirada y maravillada. Al retirarse de ese lugar, Cristo realizaría otro extraordinario sanamiento. Habían llegado a la casa de Pedro para descansar un poco, pero no había descanso para el Hijo del Hombre. Cuando se le informó que la madre de la esposa de Pedro estaba sufriendo de una fuerte fiebre, su compasivo corazón lo llevó a aliviar a la sufriente mujer. Ésta inmediatamente se sintió liberada de la enfermedad. Con gozo y gratitud se levantó de su cama y con manos dispuestas atendió las necesidades del Maestro y sus discípulos (Folleto: Redemptions: or the Miracles of Christ, the Mighty One, pp. 43, 44).

Pablo tenía vivísimos deseos de que se viese y comprendiese la humillación de Cristo. Estaba convencido de que, con tal que se lograse que los hombres considerasen el asombroso sacrificio realizado por la Majestad del cielo, el egoísmo sería desterrado de sus corazones. El apóstol se detiene en un detalle tras otro para que de algún modo alcancemos a damos cuenta de la admirable condescendencia del Salvador para con los pecadores. Dirige primero el pensamiento a la contemplación del puesto que Cristo ocupaba en el cielo, en el seno de su Padre. Después lo presenta abdicando de su gloria, sometiéndose voluntariamente a las humillantes condiciones de la vida humana, asumiendo las responsabilidades de un siervo, y haciéndose obediente hasta la muerte más ignominiosa, repulsiva y dolorosa: la muerte en la cruz. ¿Podemos contemplar tan admirable manifestación del amor de Dios sin agradecimiento ni amor, y sin un sentimiento profundo de que ya no somos nuestros? A un Maestro como Cristo no debe servírsele impulsado por móviles forzados y egoístas (El ministerio de curación, p. 401).

 

Lunes 25 de febrero: Jesús y el paralítico

[El paralítico] conjuró a sus amigos a que lo llevasen en su cama a Jesús, cosa que ellos se dispusieron a hacer de buen grado. Pero era tanta la muchedumbre que se había juntado dentro y fuera de la casa en la cual se hallaba el Salvador, que era imposible para el enfermo y sus amigos llegar hasta él, o ponerse siquiera al alcance de su voz. Jesús estaba enseñando en la casa de Pedro. Según su costumbre, los discípulos estaban junto a él, y "los fariseos y doctores de la ley estaban sentados, los cuales habían venido de todas las aldeas de Galilea, y de Judea y Jerusalén" (S. Lucas 5: 17).

Muchos habían venido como espías, buscando motivos para acusar a Jesús. Más allá se apiñaba la promiscua multitud de los interesados, los curiosos, los respetuosos y los incrédulos. Estaban representadas varias nacionalidades y todas las clases de la sociedad. "Y la virtud del Señor estaba allí para sanarlos". El Espíritu de vida se cernía sobre la asamblea, pero ni los fariseos ni los doctores discernían su presencia. No sentían necesidad alguna, y la curación no era para ellos. "A los hambrientos hinchió de bienes; y a los ricos envió vacíos" (S. Lucas 1:53).

Una y otra vez los que llevaban al paralítico procuraron abrirse paso por entre la muchedumbre, pero en vano. El enfermo miraba en tomo suyo con angustia indecible. ¿Cómo podía abandonar toda esperanza, cuando el tan anhelado auxilio estaba ya tan cerca? Por indicación suya, sus amigos lo subieron al tejado de la casa, y haciendo un boquete en él, le bajaron hasta los pies de Jesús.

El discurso quedó interrumpido. El Salvador miró el rostro entristecido del enfermo, y vio sus ojos implorantes fijos en él. Bien conocía el deseo de aquella alma agobiada. Era Cristo el que había llevado la convicción a la conciencia del enfermo, cuando estaba aún en casa. Cuando se arrepintió de sus pecados y creyó en el poder de Jesús para sanarle, la misericordia del Salvador bendijo su corazón. Jesús había visto el primer rayo de fe convertirse en la convicción de que él era el único auxiliador del pecador, y había visto crecer esa convicción con cada esfuerzo del paralítico por llegar a su presencia. Cristo era quien había atraído a sí mismo al que sufría. Y ahora, con palabras que eran como música para los oídos a los cuales eran destinadas, el Salvador dijo: "Confía, hijo; tus pecados te son perdonados" (S. Mateo 9:2).

La carga de culpa se desprende del alma del enfermo. Ya no puede dudar. Las palabras del Cristo manifiestan su poder para leer en el corazón. ¿Quién puede negar su poder de perdonar los pecados? La esperanza sucede a la desesperación, y el gozo a la tristeza deprimente. Ya desapareció el dolor físico, y todo el ser del enfermo está transformado. Sin pedir más, reposa silencioso y tranquilo, demasiado feliz para hablar (El ministerio de curación, pp. 49-51).

Se me ha mostrado que la mayor razón por la cual los hijos de Dios se encuentran ahora en este estado de ceguera espiritual, es que no quieren recibir la corrección. Muchos han despreciado los reproches y amonestaciones que se les dirigieron. El Testigo Fiel condena la tibieza de los hijos de Dios, que confiere a Satanás gran poder sobre ellos en este tiempo de espera y vigilancia. Los egoístas, los orgullosos y los amantes del pecado se ven siempre asaltados por dudas. Satanás sabe sugerir dudas e idear objeciones contra el testimonio directo que Dios envía, y muchos piensan que es una virtud, un indicio de inteligencia ser incrédulos, dudar y argüir. Los que desean dudar tendrán bastante oportunidad de hacerlo. Dios no se propone suprimir todo motivo de incredulidad. Él da evidencias que deben ser investigadas cuidadosamente con mente humilde y espíritu dispuesto a recibir enseñanza; y todos deben decidir por el peso de las evidencias (Joyas de los testimonios, t. 1, pp. 329-330)

 

Martes 26 de febrero.  "Fuego vine a echar a la tierra"

Cuán diferente es el caso de aquel que rechaza recibir la salvación comprada para él por un precio infinito: no quiere reconocer la humillación y el amor de Jesús, ni desea que él controle su vida. A todos los que tienen esa actitud, el Señor les dice: "No he venido a traer paz, sino espada". Para todos aquellos que rechazan su amor infinito, el cristianismo es una espada que interfiere en su tranquilidad, porque la luz de Cristo quieta las tinieblas que cubren sus malas acciones, su corrupción, su fraude y su crueldad. El cristianismo revela las hipocresías de Satanás y esto agita su odio y amargura contra Cristo y sus seguidores.

Nadie puede llegar a ser un verdadero seguidor de Jesucristo sin diferenciarse de los incrédulos mundanos. Si todo el mundo aceptase a Jesús no existiría la espada de disensión, porque todos serían discípulos de Cristo en plena comunión unos con otros y su unidad no sería quebrantada. Pero ese no es el caso. A menudo un solo individuo en una familia o en una iglesia se convence de la verdad, y por la forma en que es tratado debe separarse de sus allegados. De esta forma se hace una línea de separación. El que está convencido de la verdad sigue la Palabra de Dios; los demás siguen los dichos y las tradiciones humanas.

En una de sus últimas declaraciones antes de su crucifixión, Jesús les ofreció a sus seguidores un legado paz: "La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo" (S. Juan 14:27). La paz que Cristo dejó a sus discípulos y por la cual oramos, es la paz que proviene de la verdad, que no se puede apagar a causa de las divisiones. Afuera puede haber guerras y rencillas, envidias, celos, odio y revueltas; pero la paz de Cristo no es la que el mundo da o quita. Puede permanecer en medio de la persecución de los espías y la más enconada oposición de los enemigos de Dios... Cristo no trató nunca de conseguir la paz traicionando sagrados cometidos. No se podría lograr la paz transigiendo con los principios... Es un grave error el que cometen los hijos de Dios cuando pretenden salvar el abismo que separa a los hijos de la luz de los hijos de las tinieblas, apartándose de los principios y transigiendo con la verdad. Eso sería perder la paz de Cristo para hacer la paz o fraternizar con el mundo. Hacer la paz con el mundo abandonando los principios de la verdad es un sacrificio demasiado caro para los hijos de Dios... Los seguidores de Cristo deben afirmar en su mente la decisión de que nunca transigirán, ni cederán en un ápice sus principios para atraerse el favor del mundo. Tienen que aferrarse a la paz de Cristo (Review and Herald, julio 24, 1894; parcialmente en Dios nos cuida, p. 45).
 

Miércoles 27 de febrero.  El Valor de nuestras almas

¡Qué escena de sufrimiento fue ese ayuno de casi seis semanas seguido de un asalto con las mas fieras tentaciones! ¡Cuán pocos comprenden ese amor de Dios por la raza caída que permitió que su divino Hijo cargara con la culpa y la humillación de la humanidad! Lo dio para que sufriera la agonía y la vergüenza a fin de traer muchos hijos e hijas a su gloria.

Cuando los pecadores discernimos ese inexpresable amor de Dios al dar a su Hijo para que muriese en la cruz, estamos en mejores condiciones de entender cuán infinitamente importante es vencer como Cristo venció, y cuán grande es la pérdida eterna si ganamos el mundo con todas sus glorias y placeres, y perdemos nuestra alma. No hay costo que sea demasiado alto si queremos ganar el cielo (Confrontation, pp. 77, 78).

Cristo apareció en medio del ocupado mundo, lleno del ruido del comercio y las discusiones de los negocios, donde los hombres trataban egoístamente de obtener todo lo que podían para sí mismos, y por encima de la confusión se oyó su voz que resonaba como la trompeta de Dios: "Porque ¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?" (S. Marcos 8:36, 37).

Cristo induce a los hombres a mirar hacia el mundo más noble que ellos han perdido de vista, y declara que la única ciudad que perdurará es la ciudad cuyo constructor y hacedor es Dios. Él muestra el umbral del cielo inundado con la gloria viviente de Dios, y les asegura que los tesoros celestiales son para los vencedores. Les pide que se esfuercen con ambición santificada para asegurarse la herencia inmortal. Los insta a colocar su tesoro junto al trono de Dios. Luego, en vez de recargarse más allá de la capacidad de soportar para obtener riquezas terrenales, trabajarán por Cristo con todas las facultades del cuerpo y de la mente. Utilizando sus recursos para ganar almas para él, llevarán a cabo una obra de más importancia que cualquier otra obra del mundo (El evangelismo, p. 407).

La enfermedad y la muerte campean en el mundo, y cuán poco sabemos acerca del momento cuando terminará nuestro tiempo de gracia...Cuántas personas, si fueran llamadas en este momento a rendir cuentas, lo harían con pesar, remordimiento y aflicción, porque el tiempo de gracia que Dios les había dado lo emplearon abundantemente en complacer al yo. Los intereses eternos del alma han sido descuidados temerariamente para realizar cosas sin importancia. La mente se mantiene ocupada, tal como Satanás se propone que esté, con intereses egoístas, mientras el tiempo se desliza hacia la eternidad sin que se realice ninguna preparación para el cielo.

¿Qué puede compararse con la perdida del alma humana? Es algo que cada uno debe decidir por su cuenta: si ganar los tesoros de la vida eterna o perderlo todo a causa de su descuido de hacer que Dios y su justicia ocupen el primer lugar en su vida. Jesús, el Redentor del mundo, que dio su vida preciosa para que cada hijo e hija de Adán pudieran vivir, vivir eternamente en el reino de Dios, observa con pesar al gran número de cristianos profesos que no le sirven a él sino a sí mismos. Difícilmente piensen en las realidades eternas, a pesar de que él les llama la atención a la preciosa recompensa que aguarda a los fieles que quieran servirle con sus afectos indivisos. Les muestra las realidades eternas. Les ruega que calculen el costo de ser un seguidor obediente y fiel de Cristo, y dice: "No podéis servir a Dios y a las riquezas" (S. Mateo 6:24) (A fin de conocerle, p. 323).

Nuestro Señor dice: Bajo la convicción del pecado, recordad que yo morí por vosotros. Cuando seáis oprimidos, perseguidos y afligidos por mi causa y la del evangelio, recordad mi amor, el cual fue tan grande que di mi vida por vosotros. Cuando vuestros deberes parezcan austeros y severos, y vuestras cargas demasiado pesadas, recordad que por vuestra causa soporté la cruz, menospreciando la vergüenza. Cuando vuestro corazón se atemoriza ante la penosa prueba, recordad que vuestro Redentor vive para interceder por vosotros (El Deseado de todas las gentes, p. 614).

... Por cierto no podemos esperar escapar a las pruebas y a la persecución al seguir a nuestro Salvador; pues ésta es la paga de los que lo siguen. El Señor declara con claridad que sufriremos persecución. Nuestros intereses mundanal es deben subordinarse a los eternos (Testimonios para la iglesia, t. 2, p. 440).

 

Jueves 28 de febrero: "Por tanto, id, y haced discípulos"

Ésta fue la única entrevista que Jesús tuvo con muchos de los creyentes después de su resurrección. Vino y les habló diciendo: "Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra". Los discípulos le habían adorado antes que hablase, pero sus palabras, al caer de labios que habían sido cerrados por la muerte, los conmovían con un poder singular. Era ahora el Salvador resucitado. Muchos de ellos le habían visto ejercer su poder sanando a los enfermos y dominando a los agentes satánicos. Creían que poseía poder para establecer su reino en Jerusalén, poder para apagar toda oposición, poder sobre los elementos de la naturaleza. Había calmado las airadas aguas; había andado sobre las ondas coronadas de espuma; había resucitado a los muertos. Ahora declaró que "toda potestad" le era dada. Sus palabras elevaron los espíritus de sus oyentes por encima de las cosas terrenales y temporales hasta las celestiales y eternas. Les infundieron el más alto concepto de su dignidad y gloria.

Las palabras que pronunciara Cristo en la ladera de la montaña eran el anuncio de que su sacrificio en favor del hombre era definitivo y completo. Las condiciones de la expiación habían sido cumplidas; la obra para la cual había venido a este mundo se había realizado. Se dirigía al trono de Dios, para ser honrado por los ángeles, principados y potestades. Había iniciado su obra de mediación. Revestido de autoridad ilimitada, dio su mandato a los discípulos: "Id, pues, y haced discípulos entre todas las naciones" (Exaltad a Jesús, p. 316).

La comisión que Cristo dio a sus discípulos precisamente antes de su ascensión es la magna carta misionera de su reino. Al darla a los discípulos el Salvador los hizo embajadores suyos y les dio sus credenciales. Si, más tarde, se les lanzaba un desafío y se les preguntaba con qué autoridad ellos, pescadores sin letras, salían como maestros y senadores, podrían contestar: "Aquel a quien los judíos crucificaron, pero que resucitó de los muertos, nos designó para el ministerio de su Palabra, declarando: 'Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra".

Cristo dio esta comisión a sus discípulos como sus ministros principales, los arquitectos que habían de echar el fundamento de su iglesia. Les impuso a ellos, y a todos los que habrían de sucederles como sus ministros, el encargo de comunicar este evangelio de generación en generación, de era en era.

Los discípulos no habían de aguardar que la gente acudiese a ellos. Ellos debían ir a la gente y buscar a los pecadores como el pastor busca a la oveja perdida. Cristo les presentó el mundo como su campo de labor. Debían ir "por todo el mundo" y predicar "el evangelio a toda criatura" (S. Marcos 16: 15). Habían de predicar acerca del Salvador, acerca de su vida de amor abnegado, su muerte ignominiosa, su amor sin parangón e inmutable. Su nombre había de ser su consigna, su vínculo de unión. En su nombre habían de subyugar las fortalezas del pecado. La fe en su nombre había de señalarlos como cristianos (Joyas de los testimonios, t. 3, pp. 205, 206).

 

Viernes 29 de febrero: Para estudiar y meditar

El Deseado de todas las gentes, pp. 315-325; 400-403.

 

 

 

 

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