Notas de Elena White

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La experiencia del discipulado

Lección 8

Para el 23 de Febrero del 2008


 

 

Sábado 16 de febrero

"Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece, la cual el Hijo del hombre os dará; porque a éste señaló Dios el Padre" (S. Juan 6:27).

No podemos decir al ambicioso que debe dejar de serlo si quiere ser cristiano. Dios coloca delante de él los más elevados objetos de ambición: un manto blanco inmaculado, una corona tachonada de joyas, un cetro, un trono de gloria, un honor que es tan duradero como el trono de Jehová. Todos los elementos de carácter que ayudan al hombre a tener éxito y ser honrado en el mundo: el deseo irrefrenable de hacer algún bien mayor, la voluntad indómita, el esfuerzo tenaz, la perseverancia incansable, no han de ser desechados. Han de permanecer, y mediante la gracia de Dios recibida en el corazón, han de cambiar de dirección. Esos valiosos rasgos de carácter han de aplicarse a objetos tanto más elevados y nobles que los propósitos mundanos, como los cielos son más altos que la tierra...

Dios se agrada si apuntan alto los que se esfuerzan por la vida eterna. Habrá poderosas tentaciones para complacer los rasgos naturales del carácter. .. Pero cada tentación resistida es una victoria de valor inapreciable ganada al someter el yo; ella doblega las facultades al servicio de Jesús, y aumenta la fe, esperanza, paciencia y tolerancia ... Al ser instados a luchar por la victoria, con la fortaleza de Jesús apuntemos hacia la corona celestial con estrellas (A fin de conocerle, p. 93).

 

Domingo 17 de febrero: El pan de vida

La oración por el pan cotidiano incluye no solamente el alimento para sostener el cuerpo, sino también el pan espiritual que nutrirá el alma para vida eterna. Nos dice Jesús: "Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece". "Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre". Nuestro Salvador es el pan de vida; cuando miramos su amor y lo recibimos en el alma, comemos el pan que desciende del cielo.

Recibimos a Cristo por su Palabra, y se nos da el Espíritu Santo para abrir la Palabra de Dios a nuestro entendimiento y hacer penetrar sus verdades en nuestro corazón. Hemos de orar día tras día para que, mientras leemos su Palabra, Dios nos envíe su Espíritu con el fin de revelamos la verdad que fortalecerá nuestras almas para las necesidades del día.

Al enseñamos a pedir cada día lo que necesitamos, tanto las bendiciones temporales como las espirituales, Dios desea alcanzar un propósito para beneficio nuestro. Quiere que sintamos cuánto dependemos de su cuidado constante, porque procura atraemos a una comunión íntima con él. En esta comunión con Cristo, mediante la oración y el estudio de las verdades grandes y preciosas de su Palabra, seremos alimentados como almas con hambre; como almas sedientas seremos refrescados en la fuente de la vida (El discurso maestro de Jesucristo, p. 96).

La vida eterna consiste en recibir los principios vivientes de las Sagradas Escrituras y en hacer la voluntad de Dios. Esto es comer la carne y beber la sangre del Hijo de Dios. A los que hacen esto les son reveladas la vida y la inmortalidad mediante el evangelio, porque la Palabra es verdad, espíritu y vida. Todos los que creen en Jesucristo como su Salvador personal tienen el privilegio de alimentarse de la Palabra de Dios. La influencia del Espíritu Santo convierte a esa Palabra, la Biblia, en una verdad inmortal, que proporciona fibra y músculo espirituales a quien investiga con espíritu de oración (Mensajes selectos, 1. 2, p. 44).

El pan no nos puede beneficiar a menos que lo comamos, a menos que se convierta en parte de nuestro ser. Un conocimiento de Cristo no servirá de nada a menos que lleguemos a ser como él en carácter, a la misma semejanza y representando su espíritu al mundo. Cristo no tiene valor para nosotros a menos que sea formado dentro de nosotros: la esperanza de gloria. Si no lo conocemos como a nuestro Salvador personal, no nos hará bien un conocimiento teórico. El agua no apagará nuestra sed, a menos que la bebamos. El pan no satisfará nuestra hambre, a menos que lo comamos. Si nos alimentamos espiritualmente de Cristo, somos participantes de su naturaleza, estamos comiendo- de su carne y bebiendo de su sangre (A fin de conocerle, p. 109).

Cuando las cosas temporales absorben la mente y ocupan la atención, toda la fuerza del individuo se empeña en el servicio del hombre, y las personas consideran la adoración que se le debe a Dios como un asunto trivial. Los intereses religiosos quedan supeditados al mundo. Pero Jesús, que ha pagado el rescate por las almas de la familia humana, requiere que los seres humanos subordinen los intereses temporales a los intereses eternos. Él quisiera que cesaran de acumular tesoros terrenales, de gastar dinero en lujos, y de rodearse de las cosas que no necesitan. No desea que se destruyan las facultades espirituales, pero dirige su atención a las cosas celestiales.

Anima a los hombres a buscar con más fervor y continuamente el pan de vida que el pan que perece. Él dice: "Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece, la cual el Hijo del Hombre os dará; porque a éste señaló el Padre”... La Palabra de .Dios es el elemento esencial de nuestro crecimiento espiritual. "El Espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida" (S. Juan 6:63, 67). Los que sean hacedores de las palabras de Cristo traerán el cielo a sus vidas (Exaltad a Jesús, p. 122).

 

Lunes 18 de febrero: Los niños y el discipulado

Por los registros de Marcos y Lucas sabemos que los discípulos habían estado disputando entre ellos acerca .de quién era el mayor. No entendían la naturaleza del reino-que Cristo deseaba establecer y pensaban que sería un reino terrenal con gobernantes humanos. Esto despertó su ambición y su ansiedad por definir quién de ellos debía ocupar el primer lugar. Cristo conocía sus sentimientos y pensamientos; conocía el tema de su conversación mientras iban por el camino pensando que estaban solos; sabía que les faltaba la gracia de la humildad y que debían aprender una lección esencial. Por eso, llamando a "un niño, les dijo: "De cierto os digo, que si no os volvéis, y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos" (S. Mateo 18:3) (Signs of the Times, enero 6, 1'887).

Vuelve a ser niño. Deposita todas tus cargas y pesares en Aquel que solamente puede dar descanso al fatigado corazón -y paz al alma perturbada. Si quieres aprender de nuevo el precioso secreto de la felicidad en esta vida, y cómo lograr la vida futura e inmortal, ten la seguridad de que tienes que volver a ser niño en lo que se refiere a la confianza, la obediencia y el amor. Si quieres cumplir tu deber con valentía y sin embargo con regocijo, como un feliz hijo de Dios, derramarás' rayos de luz sobre los demás (Cada día con Dios, p. 310).

No estima Dios a los .hombres por su fortuna, su educación o su posición social. Los aprecia por la pureza de sus móviles y la belleza de su carácter. Se fija en qué medida poseen el Espíritu Santo, y en el grado de semejanza de su vida con la divina. Ser grande en el reino de Dios es ser como un niño en humildad, en fe sencilla y en pureza de amor (El ministerio de curación, p. 379).

Todos tenemos que aprender lecciones en la escuela de Cristo a fin de perfeccionar caracteres cristianos y mantener unidad con Jesús. El Señor le dijo a sus discípulos: "Si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos" (S. Mateo 18:3). Les explicó el significado de esto. No quería que fueran como niños en cuanto a la comprensión, sino a la malicia. Los niñitos no manifiestan sentimientos de superioridad ni se sienten aristócratas. Son sencillos y naturales en su aspecto. Cristo quiere que sus seguidores cultiven modales carentes s de afectación, para que todo su comportamiento sea humilde y semejante al de él. Nos ha asignado el deber de vivir en favor de los demás. Vino a este mundo desde las reales cortes del cielo para manifestar el gran interés que tenía por el hombre, y el precio infinito pagado por la redención de éste revela que es de tan gran valor que Cristo pudo sacrificar sus riquezas, su honor y las cortes reales, para librarlo de la degradación del pecado.

Si la majestad del cielo pudo hacer tanto para poner en evidencia su amor por el hombre, ¿qué no debería éste estar dispuesto a hacer por los demás, para ayudarles a salir del pozo del sufrimiento y las tinieblas? (Cada día con Dios, p. 182).

 

Martes 19 de febrero: La transfiguración y un fracaso

Jesús deseaba que sus discípulos comprendieran la importancia de la posición que ocupaban al acompañarlo en sus viajes, presenciar sus maravillosas obras y escuchar sus palabras de-sabiduría. Les dijo: "Y vosotros daréis testimonio también, porque habéis estado conmigo desde el principio" (S. Juan 15:27). Estos fieles testigos de Cristo debían realizar su misión con sabiduría y energía similares a la importancia de la verdad que testificarían. Su historia y sus registros serían tema de estudio para los creyentes a través de los siglos. Las palabras de Cristo a estos humildes discípulos producirían tremendos resultados.

Como testigos presénciales habían sido elegidos como representantes de la verdad. Habían escuchado, en el bautismo, la voz del Padre declarando que Jesús era su Hijo: "Éste es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia". En el monte de la transfiguración habían presenciado la extraordinaria gloria que vestía al Salvador con 'el brillo del sol, habían visto a los mensajeros celestiales conversar con él, y habían oído nuevamente la voz de Dios declarando: "Éste es mi Hijo amado... a él oíd". Y unas pocas horas antes, en el templo, habían escuchado al Padre exaltar y glorificar a su Hijo. Todo lo que estos favorecidos discípulos habían visto, presenciado y escuchado con relación al Redentor, debían ahora testificarlo para beneficio de la humanidad en todas las edades. Los seres humanos que viven ahora, mediante una fe viviente, deben aceptar a Cristo a través de la evidencia que estos testigos, divinamente elegidos, nos han dejado como poder para salvación (Signs of the Times, enero 24, 1878).

Dios nunca nos exige que creamos sin damos suficiente evidencia sobre la cual fundar nuestra fe. Su existencia, su carácter, la veracidad de su Palabra, todas estas cosas están establecidas por abundantes testimonios que excitan nuestra razón. Sin embargo, Dios no ha quitado nunca toda posibilidad de duda. Nuestra fe debe reposar sobre evidencias, no sobre demostraciones. Los que quieran dudar tendrán oportunidad; al paso que los que realmente deseen conocer la verdad, encontrarán abundante evidencia sobre la cual basar su fe.

Es imposible para el espíritu finito del hombre comprender plenamente el carácter o las obras del Infinito. Para la inteligencia mas perspicaz, para el espíritu más ilustrado, aquel santo Ser debe siempre permanecer envuelto en el misterio. "¿Puedes tú descubrir las cosas recónditas de Dios? ¿Puedes hasta lo sumo llegar a conocer al Todopoderoso? Ello es alto como el cielo, ¿qué podrás hacer? más hondo es que el infierno, ¿que podrás saber?' (Job 11:7,8) (El camino a Cristo, pp. 106, 107).

Muchos no quieren aceptar a Cristo antes que todo el misterio del plan de la redención les resulte claro. Se niegan a mirar con fe, a pesar de que ven que miles han mirado a la cruz de Cristo y sentido la eficacia de esa mirada. Muchos andan errantes, por los intrincados laberintos de la filosofía, en busca de razones y evidencias que jamás encontrarán, mientras que rechazan la evidencia que Dios ha tenido a brindarles. Se niegan a caminar en la luz del Sol de Justicia, hasta que se les explique la razón de su resplandor. Todos los que insistan en seguir este camino dejarán de llegar al conocimiento de la verdad. Jamás eliminará Dios todos los motivos de duda. Da suficiente evidencia en que basar la fe, y si esta evidencia no se acepta, la mente es dejada en tinieblas (Patriarcas y profetas, pp. 459, 460).

 

Miércoles 20 de febrero: El discurso del Monte de los Olivos

El fin está cercano. Los hijos de la luz deben trabajar con celo fervoroso y perseverante para hacer que otros se preparen para el gran acontecimiento que se cierne sobre nosotros, a fin de que puedan resistir al enemigo por haber permitido que el Espíritu Santo trabajara en sus corazones. Continuamente surgirán cosas nuevas y extrañas para inducir al pueblo de Dios a una agitación espuria, a reavivamientos religiosos falsos y acontecimientos extraños. Que sigan avanzando, con sus ojos fijos solamente en la Luz y la Vida del mundo. Sabed que todo lo que es llamado luz y verdad en la Palabra de Dios es luz y verdad que emanan de la sabiduría divina, y no es una imitación de las artes sutiles de Satanás. La luz de la sabiduría de Dios será una lámpara para los pies de toda alma fiel, firme y contrita (Mensajes selectos, t. 2, pp. 17, 18).

Se me ha mostrado que Satanás no ha sido necio ni descuidado durante todos los años que han pasado desde su caída; ha estado aprendiendo y se ha tomado más artero, haciendo planes más inteligentes, cubriéndolos con un ropaje religioso para cubrir su deformidad. El poder de Satanás para tentar y engañar es diez veces más grande que en los días apostólicos, y continuará acrecentándose en la medida en que su odio y su ira también crezcan por estar acercándonos al fin.

Los ángeles de Dios no forzarán la voluntad de ningún ser humano; sólo lo reprenderán gentilmente, lo amonestarán y lo guardarán en la medida que éste lo permita. Satanás no puede echar a los ángeles santos de su lado; sólo el mismo ser humano puede hacerlo. Si constantemente rechaza sus consejos y advertencias; si elige seguir sus propios caminos, los ángeles finalmente se apartarán de él. En cambio si somete su voluntad a la de ellos, lo colocarán en el canal que lleva hacia el cielo, vigilarán sus intereses, lo librarán de millares de peligros, no permitirán que Satanás controle su vida, y si lo tienta a ir por un camino equivocado, se pondrán delante de él para evitar su ruina (Spiritual Gifts, t. 2, pp. 277,278).

Habrá falsos sueños y falsas visiones que contendrán algo de verdad, pero que descarriarán de la fe original. El Señor ha dado a los hombres una regla para detectar esos engaños: "¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido". Si menosprecian la ley de Dios, si no prestan atención a su voluntad tal como está revelada en los testimonios de su Espíritu, son engañadores. Son dirigidos por impulsos e impresiones que creen que proceden del Espíritu Santo y consideran más dignos de fe que la Palabra inspirada. Pretenden que cada pensamiento y sentimiento es una impresión del Espíritu, y cuando se les demuestra algo por medio de las Escrituras, declaran que tienen algo más digno de ser creído. Pero aunque piensan que son guiados por el Espíritu de Dios, en realidad están siguiendo una imaginación producida por Satanás (Comentario bíblico adventista, t. 7, p. 963).

 

Jueves 21 de febrero: Llevar la cruz

Después de la confesión de Pedro, Jesús encargó a los discípulos que a nadie dijeran que él era el Cristo. Este encargo fue hecho por causa de la resuelta oposición de los escribas y fariseos. Aun más, la gente y los discípulos mismos tenían un concepto tan falso del Mesías, que el anunciar públicamente su venida no les daría una verdadera idea de su carácter o de su obra. Pero día tras día, se estaba revelando a ellos como el Salvador, y así deseaba darles un verdadero concepto de sí como el Mesías (El Deseado de todas las gentes, p. 383).

Así variaba el apóstol [Pablo] su manera de trabajar, y adaptaba el mensaje a las circunstancias en que se veía colocado. Después de trabajar pacientemente, obtenía gran éxito; aunque eran muchos los que no querían ser convencidos. Algunos hay hoy día que no serán convencidos por ningún método de presentar la verdad; y el que trabaja para Dios debe estudiar cuidadosamente los mejores métodos, a fin de no despertar prejuicios ni espíritu combativo. En esto han fracasado algunos. Siguiendo sus inclinaciones naturales, cerraron puertas por las cuales podrían, con un diferente método de obrar, haber hallado acceso a ciertos corazones, y por éstos a otros (Obreros evangélicos, pp. 124, 125).

Cuando su hora de humillación, rechazo y crucifixión se acercaba, Cristo sintió que debía compartir con sus discípulos la prueba que estaba delante de él. Pedro amaba a su Señor y no podía soportar la idea de su muerte; por eso exclamó: "Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca". ¿Lo alabó Jesús a Pedro por manifestar su amor por él y desear que no sufriera? Aquel que nos amó y se dio a sí mismo por nosotros sabía que Satanás estaba tratando de sugerir dudas e incredulidad en la mente de Pedro, por eso respondió: "¡Quítate de delante de mí, Satanás!". Satanás estaba hablando mediante Pedro y le hacía desempeñar la parte del tentador. Pedro no sospechaba de la presencia de Satanás, pero Cristo podía detectar la presencia del engañador, y al reprochar a Pedro se dirigía a su verdadero enemigo.

De una manera muy solemne Cristo había declarado repetidamente: "Mi reino no es de este mundo". En presencia de Dios y sus ángeles, y en presencia del ejército invisible del mal que se había levantado en armas contra él, Cristo había establecido el fundamento de su iglesia: debía fundarse sobre la Roca, sobre su cuerpo quebrantado y traspasado. Su sacrificio era la única estrella de esperanza que podía iluminar las tinieblas de un mundo caído. Y las puertas del infierno no prevalecerían contra una iglesia que tuviera semejante fundamento.

Cristo vino a este mundo y rescató a sus discípulos del imperio del pecado, pero a cada paso tuvo que enfrentar las estratagemas y engaños del príncipe de las tinieblas. La obra principal de Satanás era desanimar a Jesús mientras trataba de salvar a la raza caída, y las palabras de Pedro eran justamente las que el enemigo quería oír; eran opuestas al plan divino y eran una ofensa a Dios; habían sido instigadas por Satanás porque se oponían al único camino que Dios podía seguir para preservar su ley, controlar a sus súbditos, y al mismo tiempo salvar al hombre caído. Satanás esperaba de esa manera desanimar y descorazonar a Cristo, pero éste se dirigió al autor de semejante pensamiento, diciéndole: "¡Quítate de delante de mí, Satanás!" (Review and Herald, abril 6, 1897).

 

Viernes 22 de febrero: Para estudiar y meditar

El Deseado de todas las gentes, pp. 347-359; 378-388; 389-393; 394-399; 400-410; 472-476.

 

 

 

 

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