Notas de Elena White

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Preparación para el discipulado

Lección 7

Para el 16 de Febrero del 2008


 

 

Sábado 9 de febrero

Dijo Jesús a los discípulos: "Vosotros sois la luz del mundo" (S. Mateo 5: 14). Así como el sol avanza por los cielos, disipando las sombras de la noche y llenando de brillo al mundo, así también los seguidores de Jesús deben brillar para disipar la oscuridad moral de un mundo entregado al pecado. Pero ellos no tienen luz en sí mismos; deben reflejar sobre el mundo la luz del cielo.

"Una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder".  Nuestros pensamientos y propósitos son la fuente secreta de nuestra acción y por ello determinan nuestro carácter. Los propósitos elaborados en el corazón no necesitan expresarse en palabras o hechos para transformarse en pecado y poner al ser bajo condenación. Cada pensamiento, cada sentimiento y cada inclinación, aunque no sean vistos por los hombres, son captados por el ojo de Dios. Pero sólo cuando el mal, que se ha enraizado en el corazón, se exterioriza en una palabra o en un acto impropio puede el carácter del hombre ser juzgado por su prójimo.

El cristiano es un representante de Cristo. Ha de mostrar al mundo el poder transformador de la gracia divina. Es una epístola viva de la verdad de Dios, conocida y leída por todos los hombres. La regla que dio Cristo para determinar quiénes son sus verdaderos seguidores es:

"Por sus frutos los conoceréis"(S. Mateo 7:16, 20)... La vida cristiana piadosa y la santa conversación son un testimonio diario contra el pecado y los pecadores. Pero debe manifestar a Cristo y no al yo. Cristo es el gran remedio para el pecado. Nuestro compasivo Redentor nos ha provisto la ayuda que necesitamos. Él está esperando imputar su justicia al penitente sincero, y encender en su corazón el amor divino que sólo nuestro gracioso Redentor puede inspirar. Los que profesamos ser sus testigos en la tierra, sus embajadores de la corte del cielo, hemos de glorificar a Aquel que representamos siendo fieles portaluces en el mundo (Reflejemos a Jesús, p. 371).

 

Domingo 10 de febrero: La designación de los apóstoles

Al ordenar a los doce, se dio el primer paso en la organización de la iglesia que después de la partida de Cristo habría de continuar su obra en la tierra...

Contemplemos la impresionante escena. Miremos a la Majestad del cielo rodeada por los doce que había escogido. Está por apartados para su trabajo. Por estos débiles agentes, mediante su Palabra, y Espíritu, se propone 'poner la salvación al alcance de todos: Con alegría y regocijo, Dios y los ángeles contemplaron esa escena.

El Padre sabía que la luz del cielo habría de irradiar de estos hombres; que las palabras habladas por ellos como testigos de su Hijo repercutirían de generación en generación hasta el fin del tiempo.

Los discípulos estaban por salir como testigos de Cristo, para declarar al mundo lo que habían visto y oído de él. Su cargo era el más importante al cual los seres humanos habían sido llamados alguna vez, siendo superado únicamente por el de Cristo mismo. Habían de ser colaboradores con Dios para la salvación de los hombres. Como en' el Antiguo Testamento los doce patriarcas eran 'los representantes de Israel, así los doce apóstoles son los representantes de la iglesia evangélica (Los hechos de los apóstoles, p. 16).

El Salvador conocía el carácter de los hombres a quienes había elegido; todas sus debilidades y errores estaban- abiertos' delante de él; conocía los peligros que tendrían que arrostrar, la responsabilidad que recaería sobre ellos; y su corazón amaba tiernamente a estos elegidos. A solas sobre una montaña, .cerca del mar de Galilea, pasó toda la noche en oración por ellos, mientras ellos dormían al pie de la montaña. Al amanecer, los llamó a sí porque tenía algo importante que comunicarles. Estos discípulos habían estado durante algún tiempo asociados con Jesús en su labor activa. Juan y Santiago, Andrés y Pedro, con Felipe, Natanael y Mateo, habían estado más íntimamente relacionados con él que los demás, y habían presenciado mayor número de sus milagros. Pedro, Santiago y Juan tenían una relación más estrecha con él. Estaban casi constantemente con él, presenciando sus milagros y oyendo sus palabras. Juan había penetrado en una intimidad aun mayor con Jesús, de tal manera que se le distingue como aquel a quien Jesús amaba. El Salvador los amaba a todos, pero Juan era, el espíritu más receptivo. Era más joven que los demás, y con mayor confianza infantil abría su corazón a Jesús. Así llegó a simpatizar más con el Salvador, y por su medio fueron comunicadas a su pueblo las enseñanzas espirituales más profundas del Salvador (El Deseado de todas. las gentes, pp. 258, 259).

 

Lunes 11 de febrero: El Sermón del Monte

Si estamos conectados con la Luz, seremos conductos de luz y reflejaremos la luz al mundo en nuestras palabras y obras. Los que son verdaderamente cristianos están unidos con la cadena de amor que une a la tierra con el cielo, que une al hombre finito con el Dios infinito. La luz que brilla en el rostro de Jesús brilla en el corazón de sus seguidores para la gloria de Dios (Reflejemos a Jesús, p. 96).

"Vosotros sois la sal de la tierra" (S. Mateo 5:13). Por medio de estas palabras de Cristo logramos tener una idea de lo que significa el valor de la influencia humana. Ha de obrar juntamente con la influencia de Cristo, para elevar donde Cristo eleva, para impartir principios correctos y para detener el progreso de la corrupción del mundo. Debe difundir la gracia que sólo Cristo puede impartir. Debe elevar y endulzar las vidas y los caracteres de los demás, mediante el poder de un ejemplo puro unido a una fe ferviente y al amor. El pueblo de Dios ha de ejercer un poder reformador y preservador en el mundo. Debe contrarrestar la influencia corruptora y destructora del mal...

La obra del pueblo de Dios en el mundo consiste' en refrenar el mal, en elevar, ennoblecer y purificar a la humanidad. Los principios del amor, de la bondad y la benevolencia deben- desarraigar cada fibra de egoísmo que ha impregnado toda la sociedad y corrompido-a la iglesia... Si los hombres y las mujeres quieren abrir sus corazones a la influencia celestial de la verdad y del amor, estos principios fluirán de nuevo, como corrientes en el desierto, refrigerándolo todo, y produciendo frescura donde ahora hay sólo esterilidad y hambre. La influencia de los que siguen el camino del Señor será tan abarcante como la eternidad. Llevarán consigo la alegría de la paz celestial como un poder permanente, refrigerante e iluminador.

Debe haber otra vez una influencia abierta. Cristo dice: "Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos" (S. Mateo 5:16)...

La luz que emana de los que reciben a Jesucristo no se origina en ellos. Toda ella procede de la Luz y de la Vida del mundo; Cristo es la luz, la vida, la santidad y la santificación de todo aquel que cree, y su luz debe ser recibida e impartida en toda clase de buenas obras...

La fuente de gracia y conocimiento siempre está fluyendo. Es inagotable. De esta abundante plenitud somos provistos (La maravillosa gracia de Dios, p. 124).

 

Martes 12 de febrero: El Sermón del Monte (cont.)

La obra de salvar almas debe avanzar en medio de la oposición, el peligro, las pérdidas y el sufrimiento; requiere negarse...a sí mismo y llevar la cruz. Cristo no prometió un camino fácil hacia el cielo; por el contrario, dijo a sus seguidores: "Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me aborreció antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; mas porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso os aborrece el mundo". Y él es nuestro ejemplo. Cuando lo maldecían, no respondía con maldiciones; cuando la crueldad de los hombres le producía dolor y heridas, "no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente". "Haya, pues, en vosotros -dice Pablo- este sentir que hubo también en Cristo Jesús". Nuestros intereses deben estar tan identificados con Cristo que podamos decir: "Y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí".

Cristo vino desde su hogar celestial a. fin de preparar obreros para que fueran sus mensajeros, para cooperar con él en presentar su mensaje de misericordia al mundo. Serán ministros de su gracia, cuyos corazones latirán al unísono con el corazón de Cristo. Hacer la voluntad de Aquel que los llamó a su servicio será su comida y su bebida. Si Cristo mora en ellos, serán traídos en cautividad a él y ya no vivirán una vida marcada por el egoísmo. Su carácter se reproducirá en ellos y cualquier raíz venenosa de amargura será desarraigada. En el hombre o la mujer que ha caído sobre la Roca y se ha quebrantado, aparecerán sentimientos de afecto y simpatía por los que yerran (Review and Herald, febrero 7, 1899).

"No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido" (S. Mateo 7:1, 2). Estas palabras fueron pronunciadas por el divino Maestro, nuestro Señor Jesucristo, para que las escuchemos y obedezcamos. Dios no le ha dado al ser humano la capacidad de leer los corazones; no lo ha sentado en la silla del juez para dar sentencia sobre sus prójimos; el juicio se lo ha dado a su Hijo. ¿Por qué, entonces, no somos más cuidadosos en juzgar a los demás? Cuando comprendamos plenamente nuestra ignorancia no hablaremos mal de nuestros hermanos.

Dios nos prohíbe pensar o hablar mal de otros: "Hermanos, no murmuréis los unos de los otros. El que murmura del hermano y juzga a su hermano, murmura de la ley y juzga a la ley; pero si tú juzgas a la ley, no eres hacedor de la ley, sino juez. Uno solo es el dador de la ley, que puede salvar y perder; pero tú, ¿quién eres para que juzgues a otro?" (Santiago 4: 11, 12). Aquellos que actúan contra sus prójimos sin misericordia, se encontrarán un día en necesidad de misericordia.

Es de gran importancia que declaremos la palabra de Dios con fidelidad; pero es algo muy diferente estar constantemente censurando, pensando el mal y provocando división. Exhortar y juzgar son dos cosas completamente diferentes. Sus siervos deben exhortar con amor a quienes estén en el error, pero el Señor se desagrada y denuncia a quienes juzgan rápidamente a sus hermanos. Y esto es muy común entre los profesas creyentes (Review and Herald, octubre 29, 1901).

Por lo que Cristo declaró, podemos ver que el Señor nos evalúa de acuerdo con la clase de frutos que manifestamos y las obras que realizamos, porque son una indicación de la forma en que nosotros respondemos a Cristo. "El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él. El que no me ama, no guarda mis palabras; y la palabra que habéis oído no es mía, sino del Padre que me envió" (S. Juan 14:23,24). Éstas fueron las declaraciones de Cristo en su último encuentro con los discípulos antes de su muerte. Los frutos en la vida muestran el estado del corazón. "Por sus frutos los conoceréis -dijo Cristo- ¿Cógense uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol lleva buenos frutos; mas el árbol maleado lleva malos frutos. No puede el buen árbol llevar malos, frutos, ni el árbol maleado llevar frutos buenos. Todo árbol que no lleva buen fruto, cortase y echase en el fuego. Así que, por sus frutos los conoceréis" (S. Mateo 7:15-20) (Review and Herald, enero 29, 1895).

 

Miércoles 13 de febrero: Instrucciones para una jira misionera

Mientras Jesús estuvo con sus discípulos, los instruyó acerca de cómo avanzar y juntar gavillas para el granero celestial. Escuchaban sus predicaciones y enseñanzas, caminaban y hablaban con Aquel que es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, y aprendían diariamente del Maestro cómo trabajar para elevar a la humanidad. Al mirar los campos les decía: "La mies a la verdad es mucha, mas los obreros pocos; por tanto, rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su mies" (S. Lucas 10:2). "Entonces llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad sobre los espíritus inmundos, para que los echasen fuera, y para sanar toda enfermedad y toda dolencia... A estos doce envió Jesús, y les dio instrucciones diciendo: Por caminos de gentiles no vayáis, y en ciudad de samaritanos no entréis, sino id antes a las ovejas perdidas de la casa de Israel" (S. Mateo 10:1, 5-6). Debían ir a las ciudades de Judea que Cristo había visitado y donde había hechos amigos. Por primera vez estaban solos, sin la compañía del Maestro. ¡Cuántas veces desearon hablar con Jesús! ¡Cuántas veces hubieran querido recibir su consejo y simpatía frente a los casos que les eran presentados! Les había dado poder para sanar a los enfermos, echar fuera demonios y predicar a los pobres las alegres nuevas de salvación, pero sólo debían ir a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Todavía no había llegado el tiempo de ir a los samaritanos o a los gentiles; debían primero predicar a los israelitas porque si lo hacían a los demás perderían su influencia entre los judíos que debían escuchar el mensaje de Dios antes que las otras naciones (Review and Herald, abril 19, 1892).

Los seguidores de Cristo han de trabajar como él obró. Hemos de alimentar a los hambrientos, vestir a los desnudos y consolar a los dolientes y afligidos. Hemos de ministrar a los que desesperan e inspirar esperanza a los descorazonados. Y para nosotros se cumplirá también la promesa: "Irá tu justicia delante de ti, y la gloria de Jehová será tu retaguardia". El amor de Cristo, manifestado en un ministerio abnegado, será más eficaz para reformar al que yerra que la espada o el tribunal. Estas cosas son necesarias para infundir terror al violador de la ley, pero el amante misionero puede hacer más que esto. Con frecuencia, el corazón se endurecerá bajo la reprensión; pero se enternecerá bajo el amor de Cristo. El misionero puede no sólo aliviar las enfermedades físicas, sino que puede conducir al pecador al gran Médico, quien es capaz de limpiar el alma de la lepra del pecado. Por medio de sus siervos, Dios quiere que los enfermos, los infortunados, los poseídos de espíritus malos, oigan su voz. Mediante sus agentes humanos, desea ser un "Consolador" cuyo igual el mundo no conoce...

Ahora el ojo del Salvador penetra lo futuro; contempla los campos más amplios en los cuales, después de su muerte, los discípulos van a ser sus testigos. Su mirada profética abarca lo que experimentarán sus siervos a través de todos los siglos hasta que vuelva por segunda vez. Muestra a sus seguidores los conflictos que tendrán que arrostrar; revela el carácter y el plan de la batalla. Les presenta los peligros que deberán afrontar, la abnegación que necesitarán. Desea que cuenten el costo, a fin de no ser sorprendidos inadvertidamente por el enemigo. Su lucha no habrá de reñirse contra la carne y la sangre, sino "contra los principados, contra las potestades, contra los gobernantes de las tinieblas de este mundo, contra las huestes espirituales de iniquidad en las regiones celestiales". Habrán de contender con fuerzas sobrenaturales, pero se les asegura una ayuda sobrenatural. Todos los seres celestiales están en este ejército. Y hay más que ángeles en las filas. El Espíritu Santo, el representante del Capitán de la hueste del Señor, baja a dirigir la batalla. Nuestras flaquezas pueden ser muchas, y graves nuestros pecados y errores; pero la gracia de Dios es para todos los que, contritos, la pidan. El poder de la Omnipotencia está listo para obrar en favor de los que confían en Dios (El Deseado de todas las gentes, pp. 316-319).

 

Jueves 14 de febrero: La misión de los setenta

Llamando a los doce en derredor de sí, Jesús les ordenó que fueran de dos en dos por los pueblos y aldeas. Ninguno fue enviado solo, sino que el hermano iba asociado con el hermano, el amigo con el amigo. Así podían ayudarse y animarse mutuamente, consultando y orando juntos, supliendo cada uno la debilidad del otro. De la misma manera, envió más tarde a los setenta. Era el propósito del Salvador que los mensajeros del evangelio se asociaran de esta manera. En nuestro propio tiempo la obra de evangelización tendría mucho más éxito si se siguiera fielmente este ejemplo...

Durante su ministerio, Jesús dedicó más tiempo a sanar a los enfermos que a predicar. Sus milagros atestiguaban la verdad de sus palabras de que no había venido para destruir, sino para salvar. Su justicia iba delante de él y la gloria del Señor era su retaguardia. Dondequiera que fuera, le precedían las nuevas de su misericordia. Donde había pasado, los objetos de su compasión se regocijaban en su salud y en el ejercicio de sus facultades recobradas. Se congregaban muchedumbres en derredor de ellos, para oír de sus labios las obras que el Señor había hecho. Su voz era el primer sonido que muchos habían oído, su nombre la primera palabra que hubiesen pronunciado, su rostro el primero que hubiesen mirado. ¿Por qué no habrían de amar a Jesús y cantar sus alabanzas? Mientras él pasaba por los pueblos y ciudades, era como una corriente vital que difundía vida y gozo por dondequiera que fuera...

En su primera jira misionera, los discípulos debían ir solamente a "las ovejas perdidas de la casa de Israel." Si entonces hubiesen predicado el evangelio a los gentiles o a los samaritanos, habrían perdido su influencia sobre los judíos. Excitando el prejuicio de los fariseos, se habrían metido en una controversia que los habría desanimado en el mismo comienzo de sus labores. Aun los apóstoles fueron lentos en comprender que el evangelio debía darse a todas las naciones. Mientras ellos mismos no comprendieron esta verdad, no estuvieron preparados para trabajar por los gentiles. Si los judíos querían recibir el evangelio, Dios se proponía hacerlos sus mensajeros a los gentiles. Por lo tanto, eran los primeros que debían oír el mensaje (El Deseado de todas las gentes, pp. 316, 317).

Jesús añadió: "Mas no os gocéis de esto, que los espíritus se os sujetan; antes gozaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos". No os gocéis por el hecho de que poseéis poder, no sea que perdáis de vista vuestra dependencia de Dios. Tened cuidado, no sea que os creáis suficientes y obréis por vuestra propia fuerza, en lugar de hacerlo por el Espíritu y la fuerza de vuestro Señor. El yo está siempre listo para atribuirse el mérito por cualquier éxito alcanzado. Se lisonjea y exalta al yo, y no se graba en otras mentes la verdad de que Dios es todo y en todos. El apóstol Pablo dice: "Porque cuando soy flaco, entonces soy poderoso". Cuando nos percatamos de nuestra debilidad, aprendemos a no depender de un poder inherente. Nada puede posesionarse tan fuertemente del corazón como el sentimiento permanente de nuestra responsabilidad ante Dios. Nada alcanza tan plenamente a los motivos más profundos de la conducta como la sensación del amor perdonador de Cristo. Debemos ponemos en comunión con Dios; entonces seremos dotados de su Espíritu Santo, el cual nos capacita para relacionamos con nuestros semejantes. Por lo tanto, gozaos de que mediante Cristo habéis sido puestos en comunión con Dios, como miembros de la familia celestial. Mientras miréis más arriba que vosotros mismos, tendréis un sentimiento continuo de la flaqueza de la humanidad. Cuanto menos apreciéis el yo, más clara y plena será vuestra comprensión de la excelencia de vuestro Salvador. Cuanto más estrechamente os relacionéis con la fuente de luz y poder, mayor luz brillará sobre vosotros y mayor poder tendréis para trabajar por Dios. Gozaos porque sois uno con Dios, uno con Cristo y con toda la familia del cielo (El Deseado de todas las gentes, p. 456).

 

Viernes 15 de febrero: Para estudiar y meditar

El Deseado de todas las gentes, pp. 278-281; 315-325; La educación, pp. 79, 80.

 

 

 

 

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