Lo étnico y el discipulado
Lección 6
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Las palabras del Salvador "Vosotros sois la luz del mundo" indican que confió a sus seguidores una misión de alcance mundial. En los tiempos de Cristo, el orgullo, el egoísmo y el prejuicio habían levantado una muralla de separación sólida y alta entre los que habían_ sido designados custodios de los oráculos sagrados y las demás naciones del mundo. Cristo vino a cambiar todo esto. Las palabras que el pueblo oía de sus labios eran distintas de cuantas había escuchado de sacerdotes o rabinos. Cristo derribó la muralla de separación, el amor propio, y el prejuicio divisor del nacionalismo 'egoísta; enseñó a amar a toda la familia humana. Elevó al hombre por encima del círculo limitado que les prescribía su propio egoísmo; anuló toda frontera territorial y toda distinción artificial de las capas sociales. Para él no había .diferencia entre vecinos y extranjeros ni entre amigos y enemigos. Nos enseña a considerar a cada alma necesitada como nuestro prójimo y al mundo como nuestro campo. Así como los rayos del sol penetran hasta las partes más remotas del mundo, Dios quiere que el evangelio llegue a toda alma en la tierra (El discurso maestro de Jesucristo, p. 38).
Domingo 3 de febrero: Discípulos entre los samaritanos Aunque judío, Jesús trataba libremente con los samaritanos, y despreciando las costumbres y los prejuicios farisaicos de su nación, aceptaba la hospitalidad de aquel pueblo despreciado. Dormía bajo sus techos, comía en su mesa, compartiendo los manjares preparados y servidos por sus manos, enseñaba en sus calles, y los trataba con la mayor bondad y cortesía. Y al parque se ganaba sus corazones por su humana simpatía, su gracia divina les llevaba la salvación que los judíos rechazaban (El ministerio de curación, p. 17). ¡Cuán vivo interés manifestó Cristo en esta sola mujer! ¡Cuán fervorosas y elocuentes fueron sus palabras! Al oírlas la mujer dejó el cántaro y se fue a la ciudad para decir a sus amigos: "Venid, ved un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho: ¿si quizás es éste el Cristo?" Leemos que "muchos de los samaritanos de aquella ciudad creyeron en él". ¿Quién puede apreciar la influencia que semejantes palabras ejercieron para la salvación de almas desde entonces hasta hoy? Doquiera haya corazones abiertos para recibir la verdad, Cristo está dispuesto a enseñársela, revelándoles al Padre y el servicio que agrada a Aquel que lee en los corazones. Con los tales no se vale de parábolas, sino que, como a la mujer junto al pozo, les dice claramente: "Yo soy, que hablo contigo" (EI ministerio de curación, pp. 17, 18). [Se cita S. Juan 4:35] Él se refirió aquí _al campo de acción del evangelio, a la obra del cristianismo -entre los pobres y despreciados samaritanos. Su mano se extendió para juntarlos en el granero; estaban listos para la cosecha. El Salvador estaba por encima de todo prejuicio de nación o pueblo. Estaba dispuesto a extender los privilegios de los judíos a todos los que aceptaran la luz que con su venida trajo al mundo. Le causaba profundo gozo contemplar aun cuando fuera una sola alma que lo buscara saliendo de la noche de ceguera espiritual. Lo que Jesús no había revelado a los judíos y había ordenado a sus discípulos que guardaran secreto, fue claramente expuesto ante las preguntas de la mujer de Samaria, pues Aquel que sabía todas las cosas se dio cuenta que ella usaría correctamente su conocimiento y sería el medro de llevar a-otros a la verdadera fe (Comentario bíblico adventista, t. 5, p. 1108).
Lunes 4 de febrero: Los temerosos de Dios Podemos considerar al centurión que se acercó a Cristo como un ejemplo de fe genuina. Le rogó al Señor, diciéndole: "Señor, mi criado está postrado en casa, paralítico, gravemente atormentado. Y Jesús le dijo: Yo iré y le sanaré. Respondió el centurión y dijo: Señor, no soy digno de que-entres bajo mi techo; solamente di la palabra, y mi criado sanará. Porque también yo soy hombre bajo autoridad, y tengo bajo mis órdenes soldados; y digo a éste: Vé, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace. Al oírlo Jesús, se maravilló, y dijo a los que le seguían: De cierto os digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe" (S. Mateo 8:5-10). ¿Qué clase de poder pensaba el centurión que Jesús tenía? Creía firmemente que era el poder divino... Con el ojo de la fe vio ángeles que rodeaban a Jesús y que él podía comisionar a uno de ellos para visitar al sufriente. Creía que su palabra podía penetrar hasta el cuarto del enfermo y sanarlo. Por eso Cristo se maravilló de su fe y exclamó: "De cierto os digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe". Hay muchos, fuera de nuestro pueblo, que gozan del favor de Dios pues han vivido a la altura de la luz que él les ha dado (Ellen G. White 1888 Materials, pp. 559,560). Jesús se puso inmediatamente en camino hacia la casa del oficial; pero, asediado por la multitud, avanzaba lentamente. Las nuevas de su llegada le precedieron, y el centurión, desconfiando de sí mismo, le envió este mensaje: "Señor, no te incomodes, que no soy digno que entres debajo de mi tejado". Pero el Salvador siguió andando, y el centurión, atreviéndose por fin a acercársele, completó su mensaje diciendo: "Ni aun me tuve por digno de venir a ti; mas di la palabra, y mi siervo será sano. Porque también yo soy hombre puesto en potestad, que tengo debajo de mí soldados; y digo a éste: Vé, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace". Como represento el poder de Roma y mis soldados reconocen mi autoridad como suprema, así tú representas el poder del Dios infinito y todas las cosas creadas obedecen tu palabra. Puedes ordenar a la enfermedad que se aleje, y te obedecerá. Puedes llamar a tus mensajeros celestiales, y ellos impartirán virtud sanadora. Pronuncia tan sólo la palabra, y mi siervo sanará (El Deseado de todas las gentes, pp. 282, 283). El siervo de cierto centurión yacía enfermo de parálisis. Entre los romanos los siervos eran esclavos, comprados y vendidos en los mercados, y muchas veces eran tratados con crueldad; pero este centurión quería entrañablemente a su siervo y anhelaba que se restableciese. Creía que Jesús podía sanarlo... Pero se sentía indigno de acercarse a Jesús y acudió a los ancianos de los judíos para que intercedieran por la curación de su siervo... Los ancianos habían recomendado al centurión a Cristo por causa del favor que él había hecho a la "nación" de ellos. "Es digno", decían, porque "nos edificó una sinagoga". Pero el centurión decía de sí mismo: "No soy digno". Sin embargo, no temió pedir auxilio a Jesús. No confiaba en su propio mérito, sino en la misericordia del Salvador. Su único argumento era su gran necesidad. Asimismo, todo ser humano puede acudir a Cristo. "No por obras de justicia que nosotros habíamos hecho, mas por su misericordia nos salvó" (Tito 3:5). ¿Piensas que, por ser pecador, n0 puedes esperar recibir bendición de Dios? Recuerda que Cristo vino al mundo para salvar a los pecadores. Nada tenemos que nos recomiende a Dios; el alegato que podemos presentar ahora y siempre es nuestro absoluto desamparo, que hace de su poder redentor una necesidad. Renunciando a toda dependencia de nosotros mismos; podemos mirar a la cruz del Calvario y decir: "Ningún otro auxilio hay, indefenso acudo a ti" (El ministerio de curación, pp. 41, 42).
Martes 5 de febrero: La cananea El Salvador anhelaba exponer a sus discípulos la verdad concerniente al derribamiento de la "pared intermedia de separación" entre Israel y las otras naciones, -la verdad de que "los gentiles sean juntamente herederos" con los judíos, y "consortes de su promesa en Cristo por el evangelio" (Efesios 2:14; 3:6). Esta verdad fue revelada en parte cuando recompensó la fe del centurión de Capernaún, y también cuando predicó el evangelio a los habitantes de Sicar. Fue revelada todavía más claramente en ocasión de su visita a Fenicia, cuando sanó a la hija de la mujer cananea. Estos incidentes ayudaron a sus discípulos a comprender que entre aquellos a quienes muchos consideraban indignos de la salvación, había almas ansiosas de la luz de la verdad. Así Cristo trataba de enseñar a sus discípulos la verdad de que en el reino de Dios no hay fronteras nacionales, ni castas, ni aristocracia; que ellos debían ir a todas las naciones, llevándoles el mensaje del amor del Salvador. Pero sólo más tarde comprendieron ellos en toda su plenitud que Dios "de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habitasen sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos, y los términos de la habitación de ellos; para que buscasen a Dios, si en alguna manera, palpando, le hallen; aunque cierto no está lejos de cada uno de nosotros"(Hechos 17:26, 27) (Los hechos de los apóstoles, pp. 16, 17). De la abundancia de la que goza una familia en su fiesta, caen las migajas que son devoradas por los menos que esperan la oportunidad debajo de la mesa. La mujer sirofenisa reconocía que ella ocupaba una posición similar a la de ellos, que aceptaban agradecidos lo que caía de las manos de su amo. Aunque él favorecía al pueblo de Dios brindándole ricas y abundantes bendiciones, ¿no le concedería a ella una de esas muchas bendiciones que había ofrecido tan abundantemente a otros? Mientras confesaba que no era digna de pedir nada, al mismo tiempo rogaba por una migaja que sobrara de su abundancia. Tal fe y perseverancia no tenían comparación. Muy pocos entre el pueblo de Dios tenían tal aprecio por la benevolencia y poder del Redentor. Jesús había salido de Jerusalén porque los escribas y fariseos estaban buscando la forma de quitarle la vida. Ahora, Cristo se encuentra con un miembro de una raza desafortunada y despreciada, que no había sido favorecida por la luz de la Palabra de Dios; y sin embargo esa persona se entrega a la divina influencia de Cristo y tiene fe implícita en su capacidad de concederle el favor pedido. Ruega que se le den las migajas que caen de la mesa del Maestro. No tiene prejuicio nacional ni religioso, ni orgullo alguno que influya en su conducta, y reconoce inmediatamente a Jesús como el Redentor y como capaz de hacer todo lo que ella le pide. El Salvador está satisfecho. Ha probado su fe en él. Por su trato con ella, ha demostrado que aquella que Israel había considerado como paria, no es ya extranjera sino hija en la familia de Dios. Y como hija, es su privilegio participar de los dones del Padre. Cristo le concede ahora lo que le pedía, y concluye la lección para los discípulos. Volviéndose hacia ella con una mirada de compasión y amor, dice: "Oh mujer, grande es tu fe; sea hecho contigo como quieres". Desde aquella hora su hija quedó sana. El demonio no la atormentó más. La mujer se fue, reconociendo a su Salvador, y feliz por haber obtenido lo que pidiera. Éste fue el único milagro que Jesús realizó durante este viaje. Para ejecutar este acto había ido a los confines de Tiro y Sidón. Deseaba socorrer a la mujer afligida y al mismo tiempo dar un ejemplo de su obra de misericordia hacia un miembro de un pueblo despreciado, para beneficio de sus discípulos cuando no estuviese más con ellos. Deseaba sacarlos de su exclusividad judaica e interesarlos en el trabajo por los que no fuesen de su propio pueblo. Este acto de Cristo abrió sus mentes más plenamente para comprender la tarea que deberían realizar entre los gentiles. Más adelante, cuando los judíos persistentemente los rechazaran porque declaraban que él era el Salvador del mundo, y cuando la muralla de separación entre judíos y gentiles fuera derribada por la muerte de Cristo, esta lección, y otras similares que mostraban que el evangelio no estaba restringido por diferencias de raza o nacionalidad, tendrían una poderosa influencia en las labores de los representantes de Cristo (Folleto: Redemption: or the Miracles of Christ, the Mighty One, pp. 79, 80; parcialmente en, El Deseado de todas las gentes, pp. 367, 368).
Miércoles 6 de febrero: Felipe y el oficial etíope "Y he aquí un Etíope, eunuco, gobernador de Candace, reina de los Etíopes, el cual era puesto sobre todos sus tesoros, y había venido a adorar a Jerusalén, se volvía sentado en su carro, y leyendo el profeta Isaías". Este etíope era hombre de buena posición y amplia influencia. Dios vio que, una vez convertido, comunicaría a otros la luz recibida, y ejercería poderoso influjo en favor del evangelio. Los ángeles del Señor asistían a este hombre que buscaba luz, y le atraían al Salvador. Por el ministerio del Espíritu Santo, el Señor lo puso en relación con quien podía conducirlo a la luz... El corazón del etíope se conmovió de interés cuando Felipe le explicó las Escrituras, y al terminar el discípulo, el hombre se mostró dispuesto a aceptar la luz que se le daba. No alegó su alta posición mundana como excusa para rechazar el evangelio. "Y yendo por el camino, llegaron a cierta agua; y dijo el eunuco: He aquí agua; ¿qué impide que yo sea bautizado? Y Felipe dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes. Y respondiendo, dijo: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios. Y mandó parar el carro: y descendieron ambos al agua, Felipe y el eunuco; y bautizole" (Los hechos de los apóstoles, pp. 88, 89). Cristo había pedido a sus discípulos ir a todas las naciones, pero las enseñanzas recibidas previamente de parte de los judíos les hacían difícil comprender plenamente las palabras de su Maestro y actuar de acuerdo a ellas. Se consideraban hijos de Abrahán y herederos de las promesas divinas. No fue hasta varios años después de la ascensión de Cristo que sus mentes pudieron entender claramente que debían trabajar por la conversión de los gentiles además de hacerla por los judíos. Y fueron los mismos gentiles, muchos de los cuales aceptaban la doctrina cristiana, los que abrieron sus mentes para iniciar la obra entre ellos. Después de la muerte de Esteban y la persecución que esparció a los creyentes a través de Palestina, Samaria fue el lugar donde la predicación produjo grandes resultados ya que los creyentes fueron recibidos con afecto, y muchos estuvieron dispuestos a escuchar acerca de Jesús, quien en sus primeras labores públicas los había visitado y les había predicado con gran poder. La animosidad entre judíos y samaritanos había disminuido y ya no se podía decir que no se trataban entre ellos. Felipe salió de Jerusalén y comenzó a predicar en Samaria acerca del Salvador resucitado. Su predicación resultó en gran éxito ya que muchos eran bautizados y se unían al redil de Cristo. Tantos eran los que entraban a la iglesia que Felipe tuvo que pedir ayuda a los que habían quedado en Jerusalén. Ahora los apóstoles podían comprender las palabras de Cristo cuando les dijo: "Y me seréis testigos en Jerusalén en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra". Los eventos que siguieron, como la conversión del eunuco etíope como resultado de la enseñanza de Felipe, la visión de Pedro en Jope y el derramamiento del Espíritu Santo sobre Camelia y su familia, convencieron a los apóstoles y a los líderes en Jerusalén que Dios había concedido también a los gentiles arrepentimiento para vida. Todo esto preparó el camino para la misión encomendada a Pablo (Sketches From the Life of Paul, pp. 38, 39).
Jueves 7 de febrero: La iglesia de Antioquia Entre los lugares mencionados donde el evangelio fue recibido con regocijo, está Antioquia, entonces capital de Siria. El extenso comercio de aquel populoso centro atraía mucha gente de diversas nacionalidades. Al mismo tiempo, Antioquia era favorablemente conocida como punto de reunión para los amantes de la comodidad y el placer, por causa de su situación saludable, de hermosos alrededores y de la riqueza, la cultura y el refinamiento que allí se hallaban. En los días de los apóstoles, había llegado a ser una ciudad de lujo y vicio. El evangelio fue públicamente enseñado en Antioquia por ciertos discípulos de Chipre y Cirene, quienes entraron "anunciando el evangelio del Señor Jesús". "Y la mano del Señor era con ellos"; su fervorosa labor producía fruto, pues "creyendo, gran número se convirtió al Señor". "Y llegó la fama de estas cosas a oídos de la iglesia que estaba en Jerusalén; y enviaron a Bemabé que fuese hasta Antioquia". Al llegar a su nuevo campo de labor, Bernabé vio la obra hecha allí por la gracia divina, y "regocijase; y exhortó a todos a que permaneciesen en el propósito del corazón en el Señor". La obra de Bernabé en Antioquia fue copiosamente bendecida y aumentó allí muchísimo el número de fieles. Al prosperar la obra, sintió Bernabé la necesidad de ayuda conveniente a fin de avanzar por las puertas abiertas por la providencia de Dios; y así se fue a Tarso en busca de Pablo quien, después de salir de Jerusalén algún tiempo antes, había estado trabajando en las comarcas de "Siria y de Cilicia", anunciando "la fe que en otro tiempo destruía" (Gálatas 1:21,23). Bernabé encontró a Pablo y le persuadió a que volviese con él como su compañero en el ministerio. En la populosa ciudad de Antioquia, halló. Pablo un excelente campo de labor. Su erudición, sabiduría y celo influyeron poderosamente en los vecinos y forasteros de aquella culta ciudad, de manera que Pablo proporcionó precisamente la ayuda que Bernabé necesitaba. Durante un año trabajaron ambos discípulos unidos en fiel ministerio, comunicando a muchos el salvador conocimiento de Jesús de Nazaret, el Redentor del mundo. Fue en Antioquia donde los discípulos fueron llamados por primera vez cristianos. El nombre les fue dado porque Cristo era el tema principal de su predicación, su enseñanza y su conversación. Continuamente volvían a contar los incidentes que habían ocurrido durante los días de su ministerio terrenal, cuando los discípulos eran bendecidos con su presencia personal. Se explayaban incansablemente en sus enseñanzas y en sus milagros de sanidad. Con labios temblorosos y ojos llenos de lágrimas hablaban de su agonía en el jardín, su traición, su juicio, y su ejecución; de la paciencia y humildad con que había soportado el ultraje y la tortura que le habían impuesto sus enemigos, y la piedad divina con que había orado por aquellos que lo perseguían. Su resurrección y ascensión, su obra en el cielo como el mediador del hombre caído, eran temas en los cuales se gozaban en explayarse. Bien podían los paganos llamados cristianos, siendo que predicaban a Cristo, y dirigían sus oraciones al Padre por medio de él. .. Los creyentes de Antioquia comprendían que Dios estaba dispuesto a obrar en sus vidas "el querer como el hacer, por su buena voluntad" (Filipenses 2:13). Mientras vivían en medio de un pueblo que parecía preocuparse poco por las cosas de valor eterno, trataban de dirigir la atención de los de corazón sincero, y dar testimonio positivo de Aquel a quien amaban y servían. En su humilde ministerio, aprendieron a depender del poder del Espíritu Santo para hacer eficaz la palabra de vida. Y así, en las diversas ocupaciones de la vida, daban testimonio diariamente de su fe en Cristo. El ejemplo de los seguidores de Cristo en Antioquia debería constituir una inspiración para todo creyente que vive en las grandes ciudades del mundo hoy. Aunque es plan de Dios que escogidos y consagrados obreros de talento se establezcan en los centros importantes de población para dirigir esfuerzos públicos, es también su propósito que los miembros de la iglesia que viven en esas ciudades usen los talentos que Dios les ha dado trabajando por las almas. Hay en reserva ricas bendiciones para los que se entreguen plenamente al llamamiento de Dios. Mientras esos obreros se esfuercen por ganar almas para Jesús, hallarán que muchos que nunca hubieran sido alcanzados de otra manera están listos para responder al esfuerzo personal inteligente (Los hechos de los apóstoles, pp. 126-128).
Viernes 8 de febrero: Para estudiar y meditar El Deseado de todas las gentes, pp. 282-285; 365-379; 574-576.
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