Modelos de discipulado
Lección 13
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La luz que brilla del trono de Dios sobre la cruz del Calvario para siempre pone fina las separaciones hechas por el hombre entre clases y razas. Hombres de todas las clases llegan a ser miembros de una familia, hijos del Rey celestial, no mediante el poder terrenal, sino mediante el amor de Dios que, dio a Jesús para que llevara una vida de pobreza, aflicción y humillación, para que muriera una muerte de vergüenza y agonía, a fin de que él pudiera llevar a. muchos hijos e hijas a la gloria. No es la posición, no es la sabiduría finita, no son las cualidades, no son los dones de una persona los que la colocan en eminencia en la estima de Dios. El intelecto, la razón, los talentos de los hombres son los dones de Dios que han de ser empleados para la gloria divina, para la edificación de su reino eterno. Lo que es de valor a la vista del cielo es el carácter espiritual y moral, y éste es el que sobrevivirá a la tumba y será hecho glorioso con inmortalidad podo s siglos infinitos de la eternidad. La realeza mundanal, tan altamente honrada por los hombres, nunca saldrá del sepulcro en el que entra. Las riquezas, los honores, la sabiduría de los hombres que han servido a los propósitos del enemigo, no pueden proporcionar a sus poseedores una herencia, un honor, o una posición de .confianza en el mundo venidero. Tan sólo los .que-han apreciado la gracia de Cristo, que los ha hecho herederos de Dios y coherederos con Jesús, se levantarán de la tumba-llevando la imagen de su Redentor. Todos los que sean hallados dignos de ser contados como miembros de la familia de Dios en el cielo, se reconocerán mutuamente como hijos e hijas de Dios. Comprenderán que todos ellos reciben su fortaleza y perdón de la misma fuente: de Jesucristo, que fue crucificado por sus pecados. Saben que deben lavar sus mantos de carácter en la sangre de Cristo para ser aceptados por el Padre en su nombre, si desean estar en la brillante asamblea de los santos, revestidos con los blancos mantos de justicia (Mensajes selectos, 1. 1, pp. 302, 303). Domingo 23 de marzo: Compasión y perdón Sin embargo, nos es posible ver todo lo que podemos soportar de la compasión divina. Ésta se -descubre al alma humilde y contrita. Entenderemos la compasión de Dios en la misma proporción en que apreciamos su sacrificio por nosotros. Al estudiar la Palabra de Dios con humildad de corazón, el grandioso tema de la redención se abrirá a nuestra investigación. Aumentará en brillo mientras lo contemplemos, y mientras aspiremos a entenderlo, su altura y profundidad irán continua" mente en aumento (Palabras de vida del Gran Maestro, p. 100). "Mas si no perdonareis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas". Nada puede justificar un espíritu no perdonador. El que no es misericordioso hacia otros, muestra que él mismo no es participante de la gracia perdonadora de Dios. En el perdón de Dios el corazón del que yerra se acerca al gran corazón de amor infinito. La corriente de compasión divina fluye al alma del pecador, y de él hacia las almas de los demás. La ternura y la misericordia que Cristo ha revelado en su propia vida preciosa se verán en los que llegan a ser participantes de su gracia. Pero "si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de él". Está alejado de Dios, listo solamente para la separación eterna de él (Palabras de vida del Gran Maestro, p. 196). El deber de todo cristiano está claramente trazado en las palabras: "No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados. Dad y se os dará; medida buena, apretada, remecida y rebosando". "Como queréis que hagan los hombres con vosotros, así también haced vosotros con ellos" (S. Lucas 6:37, 38, 31). Estos son los principios que haremos bien en fomentar. .. Que no rehúsen perdonar a un pecador arrepentido los que en sí mismos hayan pecado contra Dios. En la misma forma en que traten a sus semejantes que .en espíritu o de hecho los hayan perjudicado y se hayan arrepentido después, Dios los tratará a ellos por sus defectos de carácter. El que no demuestre misericordia con sus semejantes no puede esperar ser amparado por la misericordia de Dios... Si rehúsa cultivar esta gracia divina en sí mismo, sufrirá los resultados de su negligencia (En lugares celestiales, p. 290). Lunes 24 de- marzo: Los desechados y marginados Debido a que los pobres, aunque sean honestos y trabajadores, no pueden vanagloriarse con su escasa riqueza, a menudo son considerados sin valor y deficientes en su juicio. Pero estos pobres sabios son considerados preciosos a la vista de Dios. Aunque no están incrementando sus tesoros sobre la tierra, están haciéndolo con los tesoros celestiales. y al hacerlo manifiestan una sabiduría muy superior a la de aquellos profesos cristianos que se creen sabios por tener la capacidad de calcular y adquirir propiedades en esta tierra, a las que consideran sus "habitaciones eternas". Lo que Dios valora es la dignidad moral. Un carácter cristiano despojado de avaricia y que muestra humildad y mansedumbre, es más precioso a la vista de Dios que el oro fino; sí, más valioso que el oro de Ofir. El dinero tiene poder e influencia mientras que la excelencia de carácter y la dignidad moral son a menudo considerados sin valor. ¿Acaso Dios se interesa por el dinero y las propiedades? El ganado que pasta sobre mil colinas es suyo, así como el mundo y los que en él habitan. Sus moradores son como langostas delante de él; son como polvo que flota en el ambiente. Él no valora a una persona por lo que tiene... Cristo presenta dos personajes: el rico, vestido de lino fino y púrpura, que hacía espléndidas fiestas cada día, y por el otro lado Lázaro, viviendo en la más profunda pobreza, lleno de llagas y deseando poder comer las migajas que caían de la mesa del rico. Aquí nuestro Salvador muestra cómo valora el cielo a los seres humanos. Aunque Lázaro estaba en una condición deplorable, tenía dignidad moral; ésta fue considerada por Dios de más valor que la posición honorable y exaltada del hombre rico. Sus riquezas no lo hacían digno porque su carácter era indigno; su opulencia no lo recomendaba frente a Dios ni le aseguraba el favor divino. Mediante esta parábola Cristo deseaba enseñar a sus discípulos a no valorar o juzgar a los seres humanos por su riqueza o por el honor que reciben de los demás. Los fariseos, ricos y honrados por todos, eran sin valor a la vista de Dios; por ser corruptos y pecadores, y por no tener dignidad moral, eran abominables a su vista. En cambio el hombre pobre, despreciado y rechazado por todos, tenía cualidades que lo preparaban para participar de la sociedad con los santos ángeles y para ser heredero de Dios y coheredero con Cristo (Signs of the Times, junio 30, 1887). En la parábola del fariseo y el publicano, Cristo enseña una de las más importantes lecciones que debemos aprender: el peligro de la autosuficiencia. En los dos adoradores se representan dos clases de personas. La clase representada por el fariseo es aquella que se considera piadosa y con gran excelencia de carácter. La clase representada por el publicano es mucho menos respetable a los ojos del mundo. Pero, ¿es ésta una valoración correcta? No; es exactamente la opuesta a la que el cielo considera. A los ojos de Dios, la riqueza, los títulos, el talento y la reputación no ganan su favor, "porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón" (Signs of the Times, febrero 19, 1885). Martes 25 de marzo: Diversidad y discriminación Jamás maestro alguno honró de tal manera al hombre como lo hizo nuestro Señor. Se lo conoció como "amigo de publicanos y pecadores". Se mezclaba con todas las clases sociales para que pudieran participar de las bendiciones que venía a otorgar. Se lo encontraba en la sinagoga y en el mercado. Participaba de la sociedad de los campesinos, alegrando con su presencia los hogares de los que lo invitaban. Pero nunca se insinuaba para que lo hicieran. Se esmeraba en aliviar toda clase de miseria humana que se le sometiera con fe, pero no ejercía indiscriminadamente su poder sanador donde se manifestaba independencia de criterio y egoísta exclusividad, que podrían impedir dar expresión al pesar y solicitar la ayuda tan necesaria. Estaba dispuesto a aliviar a todos los que acudían a él con fe. El pesar huía ante su presencia; la injusticia y la opresión desaparecían frente a sus reprensiones; y la muerte, la cruel despojadora de nuestra raza pecaminosa, obedecía sus mandatos. En toda época, desde que Cristo estuvo entre los hombres, ha habido quienes, aunque han profesado creer en su nombre, han manifestado una actitud exclusivista o una preeminencia farisaica. Pero jamás han sido una bendición para sus semejantes. No han encontrado excusa en la vida de Cristo para su fanatismo y su justicia propia, porque su carácter era abierto y benéfico. Hubiera sido excluido de toda orden monástica de la tierra, porque habría traspasado sus reglamentos. En toda iglesia y en cada organización religiosa se pueden encontrar lunáticos que lo habrían acusado por su generosidad y misericordia (Cada día con Dios, p.249). Debemos cuidamos de dar rienda suelta a un espíritu de fanatismo e intolerancia. No debemos permanecer apartados de otros, con un espíritu que parece decir: "No te acerques a mí, porque soy más santo que tú". No debemos encerramos en nosotros mismos, lejos de nuestros semejantes, sino que debemos tratar de impartirles la preciosa verdad que ha santificado nuestros corazones... Pero si somos cristianos y tenemos el espíritu de Aquel que murió para salvar a los hombres de sus pecados, amaremos las almas de nuestros semejantes de tal manera que no sancionemos sus placeres pecaminosos con nuestra presencia e influencia ... Tal proceder, lejos de beneficiarIos, podría sólo ser causa de que dudaran de la realidad de nuestra religión ... Deberíamos estar firmemente arraigados en la convicción de que en todo lo que en cualquier sentido se desvíe de la verdad y la justicia en nuestra asociación y compañía con los hombres, no nos puede beneficiar y deshonra grandemente a Dios (En lugares celestiales, p. 310). La vida de Cristo fundó una religión sin castas; en la que judíos y gentiles, libres y esclavos, unidos por los lazos de fraternidad, son iguales ante Dios. Nada hubo de artificioso en sus procedimientos. Ninguna diferencia hacía entre vecinos y extraños, amigos y enemigos. Lo que conmovía el corazón de Jesús era el alma sedienta del agua de vida (El ministerio de curación, p. 16). La religión de Cristo eleva al que la recibe a un nivel superior de pensamiento y acción, al mismo tiempo que presenta a toda la especie humana como igual objeto del amor de Dios, habiendo sido comprada por el sacrificio de su Hijo. A los pies de Jesús, los ricos y los pobres, los sabios y los ignorantes, se encuentran, sin diferencia de casta o de preeminencia mundanal. Todas las distinciones terrenas son olvidadas cuando consideramos a Aquel que traspasaron nuestros pecados. La abnegación, la condescendencia, la compasión infinita de Aquel que está muy ensalzado en el cielo, avergüenzan el orgullo de los hombres, su estima propia y sus castas sociales. La religión pura y sin mácula manifiesta sus principios celestiales al unir a todos los que son santificados por la verdad. Todos se reúnen como almas compradas por sangre, igualmente dependientes de Aquel que las redimió para Dios (Obreros evangélicos, p. 345). El Salvador estaba por encima de todo prejuicio de nación o pueblo. Estaba dispuesto a extender los privilegios de los judíos a todos los que aceptaran la luz que con su venida trajo al mundo. Le causaba profundo gozo contemplar aun cuando fuera una sola alma que lo buscara saliendo de la noche de ceguera espiritual. Lo que Jesús no había revelado a los judíos y había ordenado a sus discípulos que guardaran secreto, fue claramente expuesto ante las preguntas de la mujer de Samaria, pues Aquel que sabía todas las cosas se dio cuenta que ella usaría correctamente su conocimiento y sería el medio de llevar a otros a la verdadera fe (Comentario bíblico adventista, 1. 5, p. 1108). Miércoles 26 de marzo: La iglesia "Y él mismo dio unos, ciertamente apóstoles; y otros, profetas; y otros, evangelistas; y otros, pastores y doctores; para perfección de los santos, para la obra del ministerio, para edificación del cuerpo de Cristo; hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la edad de la plenitud de Cristo" (Efesios 4: 11-13). Todos esos dones se deben poner en ejercicio. Cada obrero fiel ministrará para perfección de los santos... Hay una tarea para cada uno. Cada alma que cree la verdad debe afirmarse en su suerte y lugar, diciendo: "Heme aquí; envíame a mí”... Dad a cada uno algo que hacer por los demás. Ayudad a todos a comprender que como receptores de la gracia de Cristo, tienen la obligación de trabajar por él. Y enseñadles a todos cómo trabajar. Sobre todo los recién llegados a la fe deben recibir instrucción para convertirse en obreros juntamente con Dios (Meditaciones Matinales, año 1952, p. 39). Todos los que han sido beneficiados por las labores del siervo de Dios, deben, según su capacidad, unirse con él para trabajar por la salvación de las almas. Tal es la obra de todos los verdaderos creyentes, tanto los ministros como el pueblo. Deben tener siempre presente ese gran objeto, tratando cada uno de ocupar su puesto debido en la iglesia, trabajando todos juntos en orden, armonía y amor. No hay nada egoísta o estrecho en la religión de Cristo. Sus principios son difusivos y agresivos. Cristo la compara a la luz brillante, a la sal salvadora y a la levadura transformadora. Con celo, fervor y devoción, los siervos de Dios tratarán de diseminar, lejos y cerca, el conocimiento de la verdad; sin embargo, no descuidarán el trabajar por la fuerza y unidad de la iglesia. Velarán cuidadosamente, no sea que la diversidad y la división tengan oportunidad de infiltrarse (Joyas de los testimonios, 1. 2, p. 79). Está claramente establecido que cada miembro de la iglesia debe estar activo y usar al máximo sus capacidades para construir el reino de Cristo en la tierra. Todos tenemos nuestra individualidad en la obra pero no debemos separamos o aislamos de nuestros hermanos. Un vínculo viviente debe unir a los miembros del pueblo de Dios y hacerlos uno en espíritu, conocimiento y amor hacia Dios y hacia sus semejantes. Todos son pámpanos de la Vid viviente y participantes de su savia y de su nutrición. Se espera que cada pámpano lleve fruto. Jesús dijo: "En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos" (S. Juan 15:8). No es la voluntad de Dios que ninguno perezca sino que todos lleguen al conocimiento de la verdad y sean salvos. Si los hombres y mujeres hacen responsablemente la obra que Dios les ha asignado, el evangelio será puesto al alcance de todos. Que nadie se contente con beber de la fuente de agua viva para sí mismo, sino que extienda la invitación: "El que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de vida gratuitamente" (Apocalipsis 22: 17). Cristo dejo su trono real y su puesto de Comandante en el cielo y vino a este mundo a salvar pecadores. ¿Acaso mis hermanos ministros dejarán de mostrar el mismo amor por las almas que Jesús demostró por ellos? Dios utiliza instrumentos sencillos. Cuando Jesús habita en el alma por la fe y ésta es santificada por la verdad, se revelará en la vida. Queridos hermanos, si trabajáis con fervor y abnegación, aunque vuestro trabajo parezca imperfecto, el Maestro 10 aceptará y cumplirá su propósito. En cambio si los motivos son egoístas o la sabiduría desplegada es humana, la obra no tendrá el sello divino y seréis avergonzados. La predicación desde el púlpito es sólo el comienzo del trabajo para Jesús. Los discursos deben ser seguidos por una vida santa; seguidos por la decisión de llevar cargas en el causa de Dios; seguidos por una enseñanza práctica que lleve a los miembros a hacer el mejor uso de los talentos confiados a ellos por el Señor (Review and Herald, noviembre 18,1884). Jueves 27 de marzo: El factor de oración En el futuro, el Espíritu del Señor inspirará a personas que realizan actividades comunes a dejar sus tareas habituales para ir a proclamar el último mensaje de gracia. Tan rápido como sea posible, serán preparados para una labor que será coronada con el éxito. Cooperarán con las agencias celestiales, por cuanto están dispuestos a gastar y ser consumidos en el servicio al Maestro. Nadie está autorizado a estorbar a estos obreros. Serán bienvenidos cuando vayan a cumplir el gran cometido. No deberán ser vituperados cuando siembren la semilla del evangelio en los lugares escabrosos de la tierra. Las mejores cosas de la vida -la sencillez, la honestidad, la veracidad, la pureza, la inusual integridad- no pueden ser compradas ni vendidas; gratuitamente están al alcance de los ignorantes como de los educados, para la gente de color como para los blancos, para el modesto campesino como para el rey sentado sobre su trono, para los humildes que no confían en su propia fortaleza sino que trabajan con simplicidad confiando siempre en Dios. Ellos son los que compartirán el gozo del Salvador. Sus oraciones perseverantes atraerán creyentes a la cruz. Al cooperar con su esfuerzo y renunciamiento propio, Jesús impulsará los corazones y producirá milagrosas conversiones. Hombres y mujeres se unirán a la confraternidad de la iglesia. Se construirán lugares de reunión y se fundarán escuelas. El corazón de los obreros se henchirá de gozo al ver la salvación de Dios (Recibiréis poder, p. 24). Si hemos de cumplir la gran obra que está delante de nosotros, es esencial que presentemos ante Dios oraciones fervorosas, eficaces y perseverantes. Ésta es la clase de oración que se necesita para este tiempo; no oraciones inciertas o espasmódicas, ni dudosas como las ondas del mar. Si varios hermanos se reunieran para orar fervientemente, unánimes entre ellos, con corazones sobrecargados por las almas que perecen, tales oraciones serían eficaces. Hermanos, ¿por qué no orar con más fe, con la simplicidad de un niño, ya que tenemos la oportunidad de acercamos confiadamente a los pies del Señor? Allí el yo no será exaltado sino que se perderá de vista; allí reconoceremos nuestra completa dependencia de Dios, y le rendiremos el homenaje que su gran nombre merece como nos enseña la oración del Señor: "Santificado sea tu nombre". Si este sentimiento y esta verdad son llevados a la vida práctica, el alma se mantendrá en comunión con Dios que es la fuente de toda gracia y poder. En todas nuestras reuniones, en todos nuestros planes para el avance de su causa y la expansión de su reino, debemos confiar plenamente en su poder porque sabemos que es indispensable para el éxito. No podremos honrar a Dios y vindicar su palabra a menos que le roguemos en oración que manifieste su poder en favor de los que perecen (Review and Herald, agosto 23, 1892). Viernes 28 de marzo: Para estudiar y meditar El Deseado de todas las gentes, pp. 326-331; 340-342; 379; 388¬390; 637-643; La educación, pp. 80,259.
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