Preparación para el discipulado
Semana 8

17 al 23 de Febrero
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Domingo 17 de Febrero. Ni la apariencia del mal
El pecado es muy sutil, y es fácil verse entrampado por él. El cristiano debe vivir asido de la mano del Señor a toda hora para evitar caer bajo los embrujas del pecado. Se debe reconocer que el pecado tiene muchos matices, que el inicio de un acto pecaminoso puede estar muy cerca de lo lícito, pero que el fin llevará a la pérdida de la salvación. Jesús amonestó sobre este peligro al indicar que el mirar, el desear, el anhelar ya es considerado pecado, porque a tal fin se encamina. Quienes reconocen la santidad del cuerpo como templo del Espíritu Santo y se abstienen de comer o beber las cosas que puedan causar daño, incluyendo las bebidas alcohólicas en todas sus formas, no ven el comer una buena porción de uvas como pecado. Sin embargo, para el nazareo hasta esto estaba prohibido. No es que el Señor no quisiera que disfrutasen de lo alimenticio de las uvas o del placer de comerlas, sino que, para estar seguros de que ni siquiera se iniciarán en la senda de la borrachera, se les instó a ni siquiera tocar el fruto de la vid. El principio era no tocar lo que puede llegar a ser malo, todo cuanto suponga apariencia del mal. He aquí la gran amonestación para el pueblo de Dios en nuestros tiempos. Para nosotros no es la práctica literal el abstenemos de tocar las hojas de la vid, sino el principio de no dar inicio a nada que pueda acabar transformándose en pecado. Debemos estar siempre vigilantes, dependiendo de la gracia divina para abstenemos hasta de la apariencia del mal, de los actos aparentemente inocentes que tienen la tendencia de llevar al mal. Durante este día el enemigo de las almas pondrá muchas buenas cosas en nuestro camino cuyo fin llevará al mal. Jesús nos enseñó a orar pidiendo «no nos dejes caer en la tentación» y se ha argumentado que la tentación no es pecado. Pero nuestro Señor sabía que necesitamos gracia y fuerza desde la primera etapa de la tentación porque las etapas subsiguientes pueden llevar al mismo pecado. Nuestra oración debiera ser, por lo tanto: «Señor, esta te conmigo en todo momento. Ayúdame a discernir el fin desde el principio y a no tomar el camino que puede llevar al pecado mismo». Números 3: 1 - 6: 27; Mateo 13: 1-58
Lunes 18 de febrero 18. ¡Sálvame, oh mi Señor!
En tiempos de crisis, las oraciones cambian y nuestra forma de percibir las cosas toma un giro brusco. Tal fue el caso de Pedro. Dos formas de orar se manifestaron en un lapso más bien corto. La oración inicial no era una oración de fe, sino más bien de poner a prueba al Señor. «Entonces le respondió Pedro y dijo: "Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas"» (Mar. 14: 28). No podía aceptar lo que presenciaba como prueba suficiente de que era el Señor quien llegaba andando sobre las aguas. «Si eres tú, haz lo que yo quiero». ¿No es así como tantas veces oramos? «Yo quiero; yo necesito; yo...yo...» ¡Claro que tenemos necesidades! El Señor nos invita a llevarle todas nuestras penas y cuitas. Nunca se cansa de recibir nuestras peticiones y súplicas. El caso de Pedro no fue una necesidad. Lo suyo era un deseo de confirmación para cerciorarse de que era el Señor y no el fantasma que pensaron. A veces las cosas del Señor no se entienden, y la tendencia del hombre es darle interpretaciones que con frecuencia tienden a lo peor: no un ángel, sino un fantasma. El fenómeno de caminar sobre las aguas era para todos: todos lo vieron y lo experimentaron. Facilitarle a Pedro caminar sobre las aguas era satisfacer la petición de su corazón, algo que no necesitaba pero quería. Y el Señor se lo concedió. El Señor nos da a veces cosas para que aprendamos que no todo lo que queramos es lo que necesitamos o nos conviene. La segunda petición de Pedro, «Señor, sálvame», fue un grito de angustia. «Solo tú lo puedes hacer; confío en tu capacidad para hacerla. Esta es mi necesidad más apremiante y solo tú la puedes colmar». «Señor, sálvame» fue la oración de verdadera fe. No tenía otra alternativa: solo el Señor podía actuar para salvarlo. Ya no había duda, sino confianza absoluta en el poder del Señor. Cuando las oraciones no son contestadas como nosotros queremos, no tiene sentido dejar de confiar en Dios. Lo que debemos hacer es buscar la voluntad del Señor o descubrir qué lecciones nos quiere enseñar con la respuesta o el silencio recibidos. Oremos sin cesar, pero siempre buscando la voluntad de Dios y no nuestros propios caprichos. Números 7: 1 - 8: 26; Mateo 14: 1-36
Martes 19 de Febrero. Venid a mi casa con gozo
La música siempre ha desempeñado un papel importante en el culto a Dios. En la Biblia hay numerosas referencias al papel de la música y, especialmente, de los instrumentos musicales en la adoración. A lo largo de la historia, y dependiendo de los gustos de ciertos dirigentes eclesiásticos, los instrumentos han llegado a estar prohibidos. Así, el papa Gregario Magno (590-604) prohibió el uso de instrumentos, lo que causó el desarrollo del canto gregoriano, que es siempre a cappella. La lectura de la Biblia para hoy da indicación de un instrumento que se usaba en diferentes ocasiones por orden de Dios. Las trompetas de plata ocupaban un lugar muy importante en la vida religiosa, migratoria, de gobierno y militar de los hijos de Israel. De los muchos usos que se daba a las trompetas, se denota que el uso para la santa convocación era especial. Se tocaban dos trompetas: «Cuando se toque con ambas, se reunirá ante ti toda la congregación a la entrada del tabernáculo de reunión» (Núm. 10: 3). Se tocaban con armonía y no con estrépito. La adoración a Dios, sea en privado o en público, debería ser de tal naturaleza que se diferencie de cualquiera otra forma de congregarse. También es importante recordar que cuando los hijos de Dios se reúnen para adorar, debería ser con el propósito de buscar y mantener la armonía que Dios requiere de sus hijos. Cuando nos relacionamos, sea dentro o fuera de la casa de DIOS, no debiéramos permitir que el enemigo venga a perturbar la paz y la tranquilidad que la adoración de Dios requiere y busca. Todo lo que tenga que ver con el servicio a Dios, de acuerdo a sus indicaciones, debería ser armonioso, pacífico, y lleno de dulzura. Dios es un Dios de orden, y solamente lo ordenado, sin ira ni enojo, ni nada que cause perturbación, debería permitirse. Todas estas cosas son elementos de lo que pidió Jesús cuando oró por la unidad de sus seguidores. La unidad, la armonía, la tranquilidad, todos son sentimientos y condiciones indispensables para la verdadera adoración. Que podamos escuchar las dos trompetas en armonía cuando lleguemos a la casa de nuestro Dios para la adoración. Números 9: 1 - 10: 36; Mateo 15: 1-39
Miércoles 20 de Febrero. Resistamos el mal con firmeza
Los celos y las envidias pueden cegar a la persona, al punto de perder de vista las motivaciones de sus actos y los resultados de los mismos. María y Aarón estaban cuestionando el liderazgo de Moisés, no porque no fuese eficaz, sino por los celos de que el Señor lo hubiese escogido a él para ser su portavoz oficial. En su murmuración y descontento, no podían encontrar falta alguna en el escogido de Dios salvo su matrimonio. Elena G. de White explica que «aunque se la llama "mujer cusita" (VM) o "etíope", la esposa de Moisés era de origen madíanita, y por lo tanto, descendiente de Abrahán. En su aspecto personal difería de los hebreos en que era un tanto más morena. Aunque no era israelita, Séfora adoraba al Dios verdadero» (PP 403). Las insinuaciones y falsas acusaciones procedieron de María, pero contaron con la complicidad de Aarón, que no tuvo el coraje de resistir el mal. No habló mucho, pero el refrán de que «el que calla otorga» se puede aplicar en este caso también. No reprendió a su hermana, no defendió el bien, no luchó contra el mal, y así permitió, por su silencio y actitud pasiva, que el mal progresara. «Si Aarón se hubiese mantenido firme de parte de lo recto, habría impedido el mal; pero en vez de mostrarle a María lo pecaminoso de su conducta, simpatizó con ella, prestó oídos a sus quejas, y así llegó a participar de sus celos» (PP 403-4). No es suficiente no hacer el mal: el cristiano debe ser un activista para el bien. No se trata de salir a las calles a protestar contra cualquier injusticia social o que vayamos a unimos a causas que nos parezcan justas, sino de que hagamos todo lo posible para que donde estemos el mal no pueda progresar. Con su silencio, Aarón dio alas al mal de la sublevación contra el elegido por Dios. No supo expresar su desaprobación de la crítica mordaz de su hermana. Que Moisés se hubiese casado con una extranjera no justifica el gran pecado de la sublevación contra él. Aunque puedan aducirse argumentos en apoyo de un cierto proceder, cuando se comete pecado con ello, pecado es. Aarón era débil para resistir el mal. Seamos nosotros fuertes para promover el bien. Números 11: 1 - 12: 16; Mateo 16: 1-28
Jueves 21 de Febrero. No des rienda suelta a la duda y la murmuración
En la mayoría de los bulos, cada boca que los repite añade un poquito más de exageración. Las mentiras y las falsedades son como una onda que se expande mientras son repetidas de boca en boca. Las dudas en cuanto a las verdaderas intenciones de Moisés y Aarón se extendieron como un reguero de pólvora en el campamento. Al principio era solamente el último chisme, pero pronto llegó a ser la "verdad presente. Cuando las noticias que los espías habían traído llegaron a la última tienda, la verdad estaba tan distorsionada no había forma de corregirla. La incredulidad y el descontento subieron a tal nivel que Dios tuvo que intervenir y pronunciarse con amenazas tan fuertes que, de no mediar Moisés, habrían acabado de forma muy distinta. Todo empezó porque alguien no creyó; alguien dio riendas sueltas a sus dudas y quejas. Una persona tuvo la osadía de levantar su voz en secreto contra el dirigente elegido por Dios mismo y pronto la situación resultó incontenible. La incredulidad es contagiosa, pero es también una de las cosas más seguras para promover la separación de Dios y su pueblo. Todo pecado empieza con una duda. Es verdad que la Biblia enseña que la raíz de todos los males es el amor al dinero. También queda bien claro que la mínima duda acerca de los planes, intenciones y la voluntad de Dios lleva a un rechazo de todo lo que se ha dicho en cuanto al Salvador y Señor. El plan de Dios es actuar de manera que se genere fe y confianza en su pueblo. En cambio, el enemigo usa sus mejores armas cuando logra sembrar duda y descontento. «No es necesario caer bajo la tentación, porque la tentación nos sobreviene pare probar nuestra fe. Y la prueba de nuestra fe obra paciencia, y no mal humor ni murmuración. Si ponemos nuestra confianza en Jesús, él nos protegerá en todo tiempo y será nuestro baluarte y escudo» (AFC 282). Números 13: 1 - 14: 45; Mateo 17: 1-27
Viernes 22 de Febrero. Confiad, yo he vencido
Cuando Dios guía, no deja lugar a la duda. El Señor no habla de posibilidades, sino de certezas. Al hablar de la futura posesión de la tierra de Canaán por parte de los israelitas, Dios no dijo «si llegáis a entrar>, sino «cuando hayáis entrado». No había duda de que iban a entrar. Nuestro Dios habla con confianza, porque sabe que sus palabras siempre se cumplen. Él no ha perdido una sola batalla, nunca ha defraudado a sus hijos que confían en él. Cuando él promete, cumple. Para darles más confianza en la certeza de que iban a entrar a la Tierra Prometida, Dios les dio muchas instrucciones. No habría escasez de alimentos; podían confiar que siempre habría. Tanto era así que podían permitirse el lujo de no sembrar la tierra cada séptimo año. Tendrían lo suficiente. Ni siquiera necesitarían sus esclavos después de siete años, y podrían darse el lujo de soltarlos cada siete años, recompensándolos adecuadamente por sus servicios. Las instrucciones no eran para un pueblo dubitativo, sino para un pueblo que confiaba en la promesa de Dios, un pueblo que fue animado con certezas acerca de «cuando hayáis entrado en la tierra que vais a habitar y que yo os doy». Las cosas acerca de las que Dios estaba instruyendo a Moisés nunca las habían experimentado. Abundancia de alimento regular, no maná, y un país para desarrollarse en libertad; ganado en abundancia para suplir sus necesidades y para ofrecer holocaustos; espacio suficiente y confianza y seguridad de tal naturaleza que podían permitir a extranjeros vivir entre ellos. Dios no hablaba de posibilidades, sino de certezas. Ese Dios poderoso es el mismo hoy: Como ayer. No nos habla de posibilidades, sino de certezas. Porque es nuestro Dios podemos confiar en él plenamente. La historia de su intervención en los asuntos de los hombres nos ayuda a reconocer la seguridad que podemos tener en sus promesas. Confiemos hoy en nuestro Dios. Números 15: 1 -16: 50; Mateo 18: 1-35
Sábado 23 de Febrero. El perdón es la primera opción
La costumbre era que si un hombre se quería deshacer de su esposa, todo lo que tenía que hacer era decirle en público: «Me divorcio de ti». ¡A tal punto había degenerado la dispensación mosaica! La pregunta de los fariseos se proponía sondear la enseñanza de Jesús acerca del perdón. Si hay una relación en la que muchas veces hay poca disposición a perdonar ofensas, es en el matrimonio. Se cree que, por la confianza que se desarrolla en el matrimonio, por el amor que se profesa, la herida de una traición es de tal grado que resulta difícil perdonar. Al presentar el asunto del divorcio a Jesús después de que él hablase del perdón incondicional, los fariseos le estaban presentado el peor ejemplo, en el que perdonar parecía imposible y la "venganza" del divorcio rápido parecía perfectamente justificada. La respuesta de Jesús desarmó el argumento de los fariseos: No hay divorcio "fácil"; no hay ofensa matrimonial lo suficientemente grande que no puede ser perdonada. Ni siquiera en el peor de los casos, cuando hay adulterio, y, por lo tanto, se justifica el divorcio, es esta la única solución. No era un mandato que Jesús dio, sino el último recurso al que se puede recurrir. El primer deber del cristiano es perdonar, hasta en el peor de los casos. Quien puede perdonar una falta en el matrimonio, hasta la traición del adulterio, puede perdonar cualquier otra ofensa. Esta es la base de la enseñanza de Jesús. Si Dios está dispuesto a perdonar cualquier cosa, ¿por qué nosotros no queremos aprender este principio? Lo que la Biblia denomina pecado imperdonable no es ni más ni menos que el que no se quiere confesar ni abandonar. Por eso, aunque haya ofensa contra uno, hasta la cruel ofensa de la traición matrimonial, si la parte que ofende está dispuesta a dejar el pecado y buscar la reconciliación, la primera responsabilidad del ofendido es pedir gracia al Señor para perdonar. Al defender el matrimonio, Jesús estaba diciendo: «Traten de perdonarse antes de divorciarse». Que el Señor nos ayude con la gracia de poder perdonar, perdonar hasta la cruel ofensa de la traición matrimonial. Solo la gracia de Cristo nos puede ayudar a lograr este grado de aceptación del perdón de Dios para extenderlo a otros. Números 17: 1 - 19: 22; Mateo 19: 1-30
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