Preparación para el discipulado
Semana 7

10 al 16 de Febrero
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Domingo 10 de Febrero. La economía del afecto
No todas las culturas tienen un sentido de economía que promueva el ahorro hoy para poder sobrevivir mañana. Los pueblos no sujetos a fluctuaciones estacionales no tenían la costumbre de ahorrar para poder sobrevivir. Esta costumbre de tomar y usar de la naturaleza solo lo que se necesita en el momento ha dado lugar a lo que se conoce como la economía del afecto. Las gentes respetan la naturaleza y no acaparan lo que a otros les pueda servir. La economía del afecto propone y acepta que toda la sociedad es interdependiente, y nos obliga, por ello, a pensar siempre en las necesidades de los demás, trátese de seres queridos, vecinos, amigos o cualquiera que pueda tener influencia sobre uno. Las palabras de Cristo se refieren a quienes han desarrollado la práctica egoísta de tomar y retener solamente para sí sin preocuparse de los demás. Con estas palabras, Jesús nos llama la atención a tantas cosas de la vida que tienen que ver con la forma en que nos relacionamos con los demás:
Acumular tesoros en el cielo no es simplemente abrir una cuenta bancaria en el cielo; es vivir de tal manera aquí que todo lo nuestro agrade al Señor, especialmente en nuestro trato con los demás. Es ser un embajador de Cristo y dejar brillar nuestra luz ante los hombres. «Viviendo una vida de consagración y abnegación al hacer el bien a otros, podríais haber añadido estrellas y gemas a la corona que llevaréis en el cielo y habríais acumulado tesoros eternos, inmarcesibles» (Ms 69, 1912). Levítico 11: 1 - 13: 59; Mateo 6: 1-34
Lunes 11 de Febrero.. Tira la basura
Una señora tenía que salir una mañana de compras. El camión de la basura tenía un punto de recogida en la ruta que esta mujer debía tomar para llegar a la parada del autobús, de modo que ella recogió una bolsita de basura con la intención de dejarla en aquel lugar. Ensimismada en mil asuntos, en vez de dejar la bolsita en el lugar de recogida, la pobre mujer la metió entre las cosas que llevaba y se subió al autobús. Al poco rato, se quedó sorprendida de un olor sumamente desagradable que impregnaba el vehículo. Abrió las ventanillas para dejar entrar el aire fresco, pero de nada sirvió. Al bajarse al llegar a su destino, notó que el mal olor persistía en la calle, y el hedor no se disipaba ni siquiera cuando entraba en las distintas tiendas en las que tenía que hacer sus compras. Según iban pasando las horas, la situación empeoraba y llegó a sentir náuseas, pues todo el mundo olía mal. Solo cuando regresó a casa se dio cuenta de que quien llevaba el mal olor a todas partes había sido ella. ¡Cuántas veces nos dedicamos a ver el mal en los demás, a juzgarlos y criticarlos sin misericordia, siendo que, a menudo, la basura la llevamos encima! Juzgar a los demás, criticarlo todo, nos roba la dicha de disfrutar las bendiciones del cielo y la compañía de los hijos de Dios. Consideremos las siguientes palabras: «El ambiente de criticas egoístas y estrechas ahoga las emociones nobles y generosas, y hace de los hombres espías despreciables y jueces ególatras. A esta clase pertenecían los fariseos. No salían de sus servicios religiosos humillados por la convicción de lo débiles que eran ni agradecidos por los grandes privilegios que Dios les había dado. Salían llenos de orgullo espiritual, para pensar tan solo en sí mismos, en sus sentimientos, su sabiduría, sus caminos. De lo que ellos habían alcanzado hacían normas por las cuales juzgaban a los demás... El pueblo participaba en extenso grado del mismo espíritu, invadía la esfera de la conciencia, y se juzgaban unos a otros en asuntos que tocaban únicamente al alma y a Dios... No hagáis de vuestras opiniones y vuestros conceptos del deber, de vuestras interpretaciones de las Escrituras, un criterio para los demás, ni los condenéis si no alcanzan a vuestro ideal. No censuréis a los demás; no hagáis suposiciones acerca de sus motivos ni los juzguéis» (DMJ 106).
Martes 12 de Febrero. No hagas el bien para no perjudicar lo mejor
La tendencia humana es proclamar voz en cuello cuanto bueno nos ocurre. Como cristianos se nos insta siempre a decir lo que Cristo ha hecho en nuestras-vidas para que otros lleguen al conocimiento de la gracia salvadora. Sin embargo, hay veces que la vida vivida es preferible a la palabra hablada. Una vida en acuerdo con la voluntad de Dios es un testimonio mucho más poderoso que un sermón predicado. «Jesús encargó al hombre que no diese a conocer la obra en él realizada, sino que se presentase inmediatamente con una ofrenda al templo. Semejante ofrenda no podía ser aceptada hasta que los sacerdotes le hubiesen examinado y declarado completamente sano de la enfermedad. Por poca voluntad que tuviesen para cumplir este servicio, no podían eludir el examen y la decisión del caso. »Las palabras de la Escritura demuestran con qué urgencia Cristo recomendó a este hombre la necesidad de callar y obrar prontamente. "Entonces le apercibió, y despidióle luego. Y le dice: Mira, no digas a nadie nada; sino ve, muéstrate al sacerdote, y ofrece por tu limpieza lo que Moisés mandó, para testimonio a ellos." Si los sacerdotes hubiesen conocido los hechos relacionados con la curación del leproso, su odio hacia Cristo podría haberlos inducido a dar un fallo falto de honradez. Jesús deseaba que el hombre se presentase en el templo antes de que les llegase rumor alguno concerniente al milagro. Así se podría obtener una decisión imparcial, y el leproso sanado tendría permiso para volver a reunirse con su familia y sus amigos. »Jesús tenía otros objetos en vista al recomendar silencio al hombre. Sabía que sus enemigos procuraban siempre limitar su obra, y apartar a la gente de él. Sabía que si se divulgaba la curación del leproso, otros aquejados por esta terrible enfermedad se agolparían en derredor de él y se harta correr la voz de que su contacto iba a contaminar a la gente. Muchos de los leprosos no emplearían el don de la salud en forma que fuese una bendición para sí mismos y para otros. Y al atraer a los leprosos en derredor suyo, daña ocasión de que se le acusase de violar las restricciones de la ley ritual. Así quedaría estorbada su obra de predicar el evangelio» (DTG 229-30).
Levítico 16:1 - 17:16: Mateo 8:1-34 Miércoles 13 de Febrero. Pesas Exactas
Medir con medida justa y pesar en balanza justa denota la forma como tratamos a nuestros semejantes. Dios espera una estricta relación de honestidad, no abusando del inocente ni de la ignorancia del prójimo. «Se me mostró que es en esto donde muchos no soportan la prueba. Desarrollan su verdadero carácter en el manejo de las preocupaciones temporales. Son infieles, maquinadores y deshonestos en su trato con sus semejantes. No consideran que su derecho a la vida futura e inmortal depende de cómo se conducen en los asuntos de la presente, y que la más estricta integridad es indispensable para la formación de un carácter justo...» (1JT 509-10). Esto tiene que ver con todo nuestro trato con los demás, trato que va más allá de las transacciones comerciales. Lo importante en esto es la honestidad en el trato con nuestros semejantes, y esto va más allá de las pesas y balanzas. Cuando la justicia de Cristo nos cubre y su gracia nos obliga y su amor nos constriñe, entonces no podemos sino tratar honestamente a nuestros semejantes. Jesús enseñó que debiéramos medir y tratar a los demás con la misma vara que nos medimos. Esto, sin embargo, es lo mínimo que deberíamos aplicar en nuestro trato con los demás. Nuestras relaciones mutuas deberían llevarnos a tratar a los demás mejor de lo que desearíamos ser tratados. ¿No es esto lo que Jesús quiso decir cuando habló de «poner la otra mejilla» y de ir dos millas en vez de una, o de dejar la capa y la túnica? Juzgar el carácter de otros con más severidad que el propio es medir con pesa falsa. Esperar bondades de otros sin estar dispuesto a ser más bondadoso es pesar con pesa falsa. ¡Hay tantas cosas que afectan las relaciones interpersonales en las que podemos valorar al prójimo comparativamente sin darnos cuenta que estamos juzgando y pesando con pesas falsas! Por esto el Señor nos enseñó el mejor camino cuando nos dijo que lo mejor es no juzgar. En todas nuestras relaciones con los demás, si tenemos que opinar, usemos pesas correctas.
Levítico18:1-20:27; Mateo9:1-38 Jueves 14 de Febrero. Si me amas, demuéstramelo
Es imposible pretender amar a Dios y no tener en cuenta las necesidades de los menos afortunados. La Palabra de Dios nos insta vez tras vez a no olvidamos de los pobres. Al acordamos de los necesitados, reconocemos que toda buena dádiva proviene del Padre. Cuando uno se preocupa de los pobres y necesitados, manifiesta que el corazón ha sido enternecido por la presencia del Espíritu Santo. Comúnmente, a las personas que tienen mucho no les gusta compartir con los demás, por el temor de quedarse sin nada Sin embargo, la persona en cuyo corazón habitan la bondad y la gracia de Dios reconocerá que, no importa cuánto dé, el Señor del cielo siempre suplirá sus necesidades. Cuando vemos una persona tirada por las calles, tendemos a juzgar y pensar que es drogadicta, o que es alguien incapaz de gestionar sus cosas y que por eso está en la situación en que está. Pero el Señor nos insta a no juzgar. Demos a conocer al mundo que nos observa que creemos que una persona así también ha sido comprada por la sangre de nuestro Salvador. Demostremos que creemos que Dios tiene misericordia de ella. Despreciar al pobre es juzgarlo y esto no es lo que nuestro Señor espera de nosotros. Cuando veamos a los pobres en los cruces o en los semáforos mendigando, o a madres desesperadas que andan con su bebé en brazos suplicando ayuda, que Dios nos ayude a no juzgar y pensar que están pidiendo para ir a comprar más droga. Abramos nuestros corazones para que el Espíritu de Dios nos use para ser una bendición para un necesitado. Claro está que no queremos apoyar la vagancia ni los malos hábitos, pero, ¿quiénes somos para juzgar? ¿Quién sabe si esta persona rogó a su Señor, que es nuestro Dios también, pidiéndole que ponga a una persona en el camino para socorrerle? Puede que nosotros seamos la respuesta a la oración de un pobre. Nunca debemos cansamos de hacer el bien y demostrar bondad a los demás. Si abusan de nuestra bondad, que los juzgue Dios, pero yo y mi casa serviremos a nuestro Dios con una demostración de compasión para los menos afortunados. Levítico 21: 1-23: 44; Mateo 10: 1-42
Viernes 15 de Febrero. Soluciones inmediatas
No siempre nuestras expectativas se cumplen a la primera. Una de las virtudes del cristiano es saber esperar sin perder la fe. Cuando nuestros pioneros sufrieron el gran chasco de 1844, los fieles se mantuvieron firmes hasta que llegaron a la conclusión de que, aunque no era lo que habían esperado inicialmente, algo grande aconteció el 22 de octubre de aquel año. Cuando Juan el Bautista quedó encarcelado, no dudó de la realidad que «un niño nos es nacido», ni del hecho que un Mesías vendría, ni que Dios tuviese un plan de salvación. Ni siquiera dudó que su primo fuese ese Mesías. Él solamente quería confirmación de su fe. Estaba listo para morir, pero quería morir con la bendita esperanza viva en su mente. Quería bajar a la tumba sabiendo que sus ojos habían visto al Mesías. Quería la confirmación de que su predicación no había sido en vano, y que el que era mayor que él ya estaba aquí. La pregunta de Juan no era tanto para él como para sus discípulos. Ellos habían aprendido de él que Cristo era el Mesías, pero ahora que estaba encarcelado se preguntaban si todo esto no era una pesadilla. Necesitaban la confirmación de que, aunque a Juan lo iban a matar, el Mesías estaba con ellos para guiarlos. Quizás ahora entenderían plenamente lo que él les había dicho mucho antes: que vendría uno las correas de cuyas sandalias él no era digno de desatar. Las vicisitudes de Juan debían ser la confirmación de la fe de sus discípulos. Juan nos enseñó que la peor circunstancia no debía ser motivo de perder lo mejor que tenemos. Nada debiera interponerse entre nuestro Dios y nuestra fe en él, porque, a su debido momento, el que ha de venir vendrá y no tardará. «Perturbaba a Juan el ver que por amor a él sus propios discípulos albergaban incredulidad para con Jesús... Pero el Bautista no renunció a su fe en Cristo. El recuerdo de la voz del cielo y de la paloma que había descendido sobre él, la inmaculada pureza de Jesús, el poder del Espíritu Santo que había descansado sobre Juan cuando estuvo en la presencia del Salvador, y el testimonio de las escrituras proféticas, todo atestiguaba que Jesús de Nazaret era el Prometido» (DTG 187). Levítico 24: 1-27: 34; Mateo 11: 1-30 Sábado 16 de Febrero. Definiendo prioridades
Las palabras de Jesús pueden sonar fuera de lugar, pero un análisis de la situación en los contextos de tiempo, lugar y ocasión nos revelará que no es así. No era la primera vez que alguien buscaba crear una confrontación con Jesús. Ya era conocido que algunos intentaban entramparlo por referencia a sus familiares. Lo cierto es que Jesús siempre fue muy atento con sus familiares, pero no hasta el extremo de permitir que eso entorpeciera la misión por la cual había venido. La presencia de sus familiares ha sido interpretada por algunos como un intento de interferir en la labor que él estaba realizando. No estaba rechazando a sus parientes al indicar que, para él, sus familiares eran los que hacían la voluntad del Padre. Hay una profundidad inmensa para nosotros en estas palabras, porque la iglesia no es un edificio, ni una persona, ni un grupo particular de personas. Se dice que la iglesia es una familia. Tan cercanas, tan íntimas, tan variadas como la familia: así debieran ser las relaciones dentro de la iglesia. El amor fraternal, el respeto, la preocupación por el prójimo y, sí, hasta el deseo de darlo todo por la familia debieran ser los sentimientos entre nosotros. Cuando a Jesús le dijeron que sus parientes estaban fuera, se dio cuenta de que intentaban distraerlo de su labor. Por importantes que fueran los que estaban fuera, para él la prioridad era los que estaban con él. Los más importantes eran los que estaban dispuestos a hacer la voluntad del Padre sin cuestionamientos. Estar dispuesto a hacer la voluntad del Padre es el rasgo distintivo más grande que se puede conocer: es lo que define a la familia. La familia de la iglesia, por lo tanto, no se debe tomar livianamente. Ser hijos de un mismo Padre, ser hermanos los unos de los otros; todo esto es ser de la familia de Dios. La gran esperanza del cristiano es estar un día con su verdadera familia allá en el cielo azul. Si en el cielo vamos a ser familia, es importante que nos amemos como hermanos ahora. Si en el cielo vamos a tener un solo Padre, es importante que le reconozcamos ahora y estar dispuestos a hacer su voluntad ahora. La esperanza más fiel del cristiano es estar algún día, pronto, con Cristo, disfrutando de los beneficios de la familia de Dios en la casa de Dios. Números 1: 1- 2: 34; Mateo 12: 1-50
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