|
I.
Saber: El llamado
A.
¿Qué sugiere la pesca acerca de la obra que Jesús quiere
que hagan sus discípulos?
B.
¿De qué modo la respuesta de los primeros discípulos
requirió un compromiso completo?
C.
¿Qué seguridad dio Jesús a Pedro en la pesca milagrosa?
D.
¿Por qué Pedro le dijo a Jesús que se apartara, si él tenía la
intención de abandonar todo para seguirlo?
¿De qué era eso un reconocimiento?
II.
Sentir: El llamamiento
A.
¿Cómo nos llama Jesús a abandonar nuestra vida antigua?
¿Qué desafíos podemos afrontar?
B.
¿Qué nos permite a nosotros, que como Pedro hemos caído,
permanecer en la presencia divina?
C.
La red de Pedro era tan pesada que él llamó refuerzos
para evitar hundirse. ¿De qué modo esto ilustra la importancia
del trabajo en equipo, en el evangelio?
III.
Hacer: Responder
A.
Pedro pasó, de no tener ninguna carga en su bote, a tener
una carga de peces tan pesada que comenzó a hundirse. ¿De qué
modo, como discípulos, evitamos hundirnos bajo el peso del
éxito?
B.
¿Por qué le habrá dado Jesús tanto éxito a Pedro solamente para
pedirle que abandonara todo? ¿Por qué es necesaria la
disposición de dejar todo por Jesús?
¿Cuál es el secreto de hacer esto?
|
|
Concepto clave:
El llamado al discipulado involucra un compromiso de toda la
vida a Jesús y el deseo de compartir a Jesús con otros.
¿Has comprometido todo a una causa cuando toda esperanza de un
resultado favorable parecía perdido? Desafiar obstáculos
insalvables requiere un compromiso heroico de fe que pocos
alcanzan. Y, cuando lo hacen, los recordamos.
Corría el año 1570, el 15 de marzo. Dos poderosos ejércitos
chocaron en el campo de Jarnac. El ejército de Catalina de
Médici destruyó los regimientos hugonotes. El comandante
hugonote, el Príncipe de Condé, cayó. Herido y sin caballo,
peleó sobre sus rodillas hasta que fue asesinado. El ejército
hugonote se retiró de la matanza, derrotado en la batalla y en
espíritu.
Poco después, una mujer entró en sus filas. A su lado cabalgaba
su hijo. En el otro lado cabalgaba su sobrino, el hijo del
príncipe caído. Los ojos de todos los soldados observaron en
silencio cómo Jeanne D’Albret, reina de Navarra, cabalgaba entre
sus soldados derrotados. En 1560, ella había profesado
abiertamente la fe protestante. En 1563, ella proclamó un edicto
que abolía los impuestos papales en Bearn. Su esposo la
abandonó. El Papa dictó la excomunión contra ella, mientras los
poderosos reyes de España y de Francia complotaban para arrancar
del mapa de Europa su pequeño reino. Pero ella no abandonó su
fe. Ahora, cabalgando por entre los restos maltrechos de su
ejército, su voz resonó: “Les ofrezco todo lo que puedo
entregar: mis dominios, mis tesoros, mi vida y, lo que es más
querido que todo, mis hijos. Juro defender hasta mi último
suspiro la santa causa que ahora nos une a todos”. En la hora de
la derrota, cuando los corazones de los hombres habían perdido
el valor, el compromiso de ella les dio esperanza”.–Adaptado de
J. A. Wylie, The History of Protestantism, t. 3, p. 1.333.
Considera:
Basado en lo que la reina de Navarra estaba dispuesta a
sacrificar, ¿cómo definirías compromiso? ¿De qué modo el
compromiso de ella a la causa le dio una poderosa verdad que
compartir con esos hombres que parecían haber perdido todo? ¿Qué
nos dice, su disposición a sacrificar todo por la causa de la
Reforma, acerca de lo que significa el discipulado?
|
|
Comentario de la Biblia
I. “Ven y ve”
(Repasa con tu clase Juan 1:35-51.)
Un delegado de los fariseos había ido con toda su
pompa y esplendor a Juan el Bautista, para
preguntarle a quemarropa si él era Moisés que había
vuelto de los muertos. Juan asombró a la multitud
que se había reunido allí anunciando que había Uno,
en medio de la multitud, que era mayor que todos los
profetas muertos o vivientes. Las cabezas debieron
haber girado a un lado y al otro, estirándose por
sobre la multitud, para descubrir a aquel de quien
Juan hablaba. Pero solo vieron a obreros, pescadores
y agricultores como ellos mismos. Algunos habrán
pensado que tal vez Juan estaba sufriendo un golpe
de calor, por todo el tiempo que había estado en el
desierto. O bien que la dieta estricta de langostas
y miel había perjudicado su juicio.
Dos días más tarde, Juan vio otra vez entre la
multitud a aquel mayor que todos. Esta vez lo señaló
directamente: “Miren, allí está el Cordero de Dios”.
Seguramente el tiempo estaba maduro para que llegara
el prometido Libertador para sacar a Israel de la
esclavitud, de modo que el anuncio de Juan no
debería haber sacudido a la gente. Después de todo,
¿no estaban a punto de terminar las setenta semanas
de Daniel? Pero, mientras los que estaban en la
multitud movieron los ojos en la dirección que
señalaba el Bautista, probablemente las esperanzas
despertadas se transformaron en incredulidad. ¿Sería
ese hombre el que quebraría el yugo de los romanos?
¿Él? Tal vez, ellos tenían en mente a alguien que se
pareciera un poco más a un rey como Herodes o a
alguien con músculos como los de un gladiador
romano. Tal vez, eso explica por qué nadie fue
corriendo adonde estaba Jesús como lo hicieron los
magos o los pastores, y cubriéndolo de regalos o
inclinádose ante él, aun cuando Dios mismo descendió
sobre él como una paloma y declaró, con voz de
trueno, que era su Hijo. Es una maravilla que solo
dos de toda esa multitud lo hayan seguido.
Jesús no se dirigió a ellos al principio. Los dejó
seguirlo por un trecho, tal vez para probar su
resolución. Y, cuando se volvió a ellos, les
preguntó algo muy sencillo: “¿Qué buscáis?” Era una
pregunta que requería que explicaran lo que había en
sus corazones. Pero, como era una pregunta, también
permitía que Andrés y Juan se volvieran, si así lo
deseaban. De modo que siempre es así con los que van
a Jesús. Él nunca fuerza a los que atrae. Pero, en
algún momento se vuelve a quienes lo siguen y pide
una respuesta a su atracción: una respuesta a la
pregunta: ¿Qué buscáis?
Considera:
¿Qué revela la respuesta de Andrés y Juan, a la
pregunta de Jesús, acerca de lo que había en sus
corazones? ¿Por qué eran tan buenos candidatos para
ser discípulos?
La respuesta de Jesús a la pregunta de ellos, acerca
de dónde moraba, fue contestada con la invitación:
“Venid y ved”. ¿De qué modo Jesús todavía nos invita
hoy a “venir y ver” donde él mora? ¿Dónde están los
lugares en los que mora Jesús y qué significa
“permanecer” en él?
III. Leví Mateo
(Repasa con tu clase Luc. 5:27, 28.)
Cuando Mateo se levantó y se vistió para trabajar en
la oficina de rentas en Capernaum, pareció ser otro
día típico haciendo el trabajo más despreciado y
odiado en Judea. Felizmente para él, finalmente
había alguien más odiado en el pueblo que él mismo:
ese nuevo Maestro llamado Jesús, de quien se hablaba
mucho. Pero ¿qué era lo que hacía que los cobradores
de impuestos fueran tan universalmente despreciados?
Primero, había un impuesto de censo y un impuesto de
tierra. El impuesto de censo debía ser pagado por
los varones (de 14 a 65 años) y las mujeres (de 12 a
65 años) sencillamente por el privilegio de
respirar. Les recordaba a los judíos que eran
esclavos del gobierno romano. El impuesto
territorial era una abominación para los judíos, que
veían a Dios como el propietario de la tierra. Y, no
olviden que había también un impuesto a los
ingresos.
Pero el dinero que extraían los romanos de los
judíos no terminaba allí. También había que pagar
aduanas. ¿Necesitaban usar el camino principal? No
podían hacerlo hasta haber pagado el impuesto al
camino. ¿Viajar por el puerto? También había un
impuesto para esto. Y uno para el mercado. Los
carros debían pagar impuestos. Y había un impuesto
por cada rueda, y por el animal que tiraba del
carro. Estos impuestos dejaban mucho espacio para
abusos y extorsiones.
Un cobrador de impuestos podía detener a un viajero,
hacerle desempacar sus bienes y cobrarle lo que le
pareciera bien. El resultado era revueltas contra
los romanos, tales como la que el gobernador romano
Quirinius sofocó ferozmente. Los romanos vendían el
derecho de cobrar impuestos a los contratistas.
Mientras el contratista reunía la cantidad estimada
al final del año, y la entregaba al gobierno romano,
él estaba libre para guardar todo lo que había
extorsionado más allá de lo que entregaba. Y, por
cuanto esto ocurría con demasiada frecuencia, los
cobradores de impuestos eran detestados
universalmente. Eran desechados, “leprosos”
sociales. Lo único peor que un cobrador de impuestos
era un cobrador de impuestos que fuera judío. Ser
miembro de esta profesión era considerado como la
mayor traición a la nación judía. No solo un
cobrador de impuestos era desechado, se lo
consideraba un apóstata, alguien que estaba separado
de Dios, sin esperanza de salvación.
Así que, cuando consideramos el llamamiento que le
hizo Jesús a Mateo, comprendemos la furia y el enojo
de muchos del pueblo, no solo de los escribas, sino
también del común del pueblo. ¿Estaba Jesús fuera de
sí? No solo le pide a Mateo que se una con él; Jesús
va y come alimentos pagados con el dinero de los que
pagaban impuestos en la casa de Mateo. Jesús no
necesitaba resucitar muertos para que las lenguas se
agitaran; sencillamente tenía que aceptar
invitaciones a comer con los “intocables” que vivían
como Mateo.
Considera:
Mateo había estado observando a Jesús. Podemos
suponer esto por la respuesta de Mateo a Jesús.
Inmediatamente dejó un negocio muy lucrativo para
seguirlo. Él no lo habría hecho si Jesús hubiera
sido un desconocido para él, o un extraño. Pero
Jesús también había estado observando a Mateo. La
Biblia dice que Jesús “vio” a Mateo. La palabra
“vio” significa más que poner la mirada sobre
alguien. Viene de la palabra griega théaomai,
“contemplar” o “mirar con atención”. Jesús estaba
mirando, por debajo de la etiqueta “extorsionador”,
el corazón del hombre mismo. ¿Qué nos enseña esto
acerca de la forma en que Jesús nos ve?
¿De qué modo el llamamiento de Leví Mateo revela
cuán abarcante es el evangelio? ¿Qué nos enseña esto
acerca de no juzgar a otros?
|
|
Preguntas para reflexionar:
1.
Lo primero que hizo Andrés, después de pasar un tiempo
con Jesús, fue buscar a su hermano y contarle que había
encontrado a Jesús. ¿Qué principio hay aquí para nosotros acerca
del discipulado? ¿Por qué contar a otros es una de las primeras
cosas que hace un discípulo?
2.
Jesús estaba en la multitud, pero ninguno lo vio sino Juan. ¿Qué
nos indica esto acerca de los lugares en los que habita Jesús?
¿Por qué nadie lo discernió?
3.
Andrés trajo a su hermano a Jesús, y Jesús lo “miró”.
Juan, discerniendo el verdadero carácter de Cristo, dijo lo
mismo que había dicho de Jesús antes: “He aquí el Cordero de
Dios”. ¿Por qué es esto más que meramente mirar a alguien; una
mirada dentro del alma? ¿Qué vio Jesús allí? ¿Tres cantos del
gallo y tres negaciones? Y, no obstante, todavía le dijo a Pedro
que lo siguiera. ¿Qué nos enseña esto acerca de la aceptación
que Jesús hace de cada uno de nosotros?
Preguntas de aplicación:
1.
Pedro le dijo a Jesús que se apartara de él porque era pecador.
No obstante, se aferró a los pies de Jesús.
¿Por qué las palabras de Pedro a Jesús demuestran un sentido de
su propia pecaminosidad y no un deseo de separarse de Jesús?
2.
Nota lo primero que Jesús le dice a Pedro después de que
este se arrojó a los pies de Jesús. No fue: “Te haré un pescador
de hombres”, sino más bien fue “No temas”. ¿Por qué diría Jesús
primero esto? ¿De qué tenía miedo Pedro?
3.
Antes de pedirles que dejaran sus redes, Jesús les dio la
seguridad de que Dios supliría todas sus necesidades. ¿Qué
promesa hay aquí para nosotros al comprometernos a la causa de
Jesús como sus discípulos?
4.
Pedro le proporcionó a Jesús el uso de su barca, para
predicar el evangelio. Jesús le devolvió el regalo llenándola
con peces. ¿Qué nos dice esto acerca de cómo recompensa Jesús
cualquier sacrificio hecho por el evangelio?
|