Pr Walther Ruiz

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Preparación para el discipulado

Lección 7

Para el 16 de febrero de 2008


 

Para memorizar: “Vosotros sois la luz del mundo, una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen al Padre que está en los cielos.” Mat 5: 14-16.

El diccionario define al discípulo o discípula como una “persona que aprende una doctrina, ciencia o arte bajo la dirección de un maestro.” También como una “persona que sigue la opinión de una escuela, aun cuando viva en tiempos muy posteriores a los maestros que la establecieron.” Persona que aprende, que sigue la opinión de una escuela de pensamiento. Estas acciones implican preparación ardua e intensa de parte del candidato a discípulo. En el caso del discipulado cristiano, esto también es así. El discípulo cristiano es llamado para ser enviado. Esta semana veremos lo esencial de una preparación adecuada y constante para ser un seguidor de Cristo.

La designación de los apóstoles: Marcos 3:13-18.

Jesús escoge a sus doce discípulos. Los constituye en un grupo especial dentro de sus seguidores, llamándolos apóstoles. El texto dice que los eligió “para que estuvieran con él”. Si tú quieres ser enviado, ser un misionero, o ser un discípulo cristiano de éxito tienes que entender que lo primero que Jesús quiere no es que salgas a predicar 24 horas al día, abandonando a tu familia. El Señor te elige y te llama para que aprendas a estar con él cada día de tu vida. Es triste ver a predicadores o discípulos con terribles problemas familiares, ocasionados por su supuesto “celo” por la obra del Señor. Este texto nos dice que el verdadero discípulo tiene que aprender cuáles son sus prioridades. Y la prioridad máxima es estar al lado del Maestro. Esto por dos razones. En primer lugar, buscar cada día estar cerca de Jesús, va a fortalecer nuestra fe. La fe es el combustible que hace que el discípulo pueda cumplir su misión. Toda aquella persona que abandona la iglesia lo hace porque su fe se apagó. En segundo lugar, la fe es el vehículo del cambio de carácter del cristiano. No podemos entrar al cielo tal como somos. Tenemos que ser transformados con el poder de lo alto, cada día. Pablo dirá que este milagro sólo es posible “mirando a cara descubierta, como en un espejo, la gloria del Señor.”

Pero el Señor no escogió a los doce sólo para estar a su lado. Ellos debían predicar, enviados por Jesús. Si quieres predicar debes ser enviado por el Señor. Esto se logra con oración. La predicación de los discípulos tendría tres características. Tendría poder, autoridad y sanidad. Poder para predicar eficientemente la Palabra, autoridad sobre toda trampa del maligno, y sanidad para ser una bendición para muchas personas enfermas física o emocionalmente. ¿Sabes? Para todo esto te escogió el Señor.

El Sermón del Monte. Mateo 5-7.

Poco después Jesús se sentó en un pequeño monte, a las orillas del Mar de Galilea. Había pasado toda la noche orando, como en el pasaje anterior. Ningún cristiano va a lograr grandes cambios positivos en la iglesia si no aprende a orar intensamente. Jesús aquella mañana predicó un sermón de dedicación para sus discípulos. Mateo dice que Jesús vio a la multitud y entonces llamó discípulos. Los discípulos le debemos nuestra existencia a la multitud necesitada del Señor.

Jesús comenzó el Sermón enunciando la condición básica del discípulo: ¡Bienaventurado, feliz, afortunado! ¿Y por qué? Porque tenemos a Cristo Jesús en nuestro corazón, trabajando en nuestra vida y carácter, cambiando nuestra forma de ser.
En medio del sermón, Jesús les habló a sus seguidores llamándolos la sal de la tierra, y luego la luz del mundo. La sal tiene valor mientras tiene sabor. Y sirve sólo si es aplicada, utilizada. No debemos apenarnos si se consume sirviendo. La luz ilumina el sendero. Y sirve si está encendida y alumbra a los demás. En ambas ocasiones el símbolo de la fe es aludido.

Jesús enfatizó luego un punto vital. La fortaleza y la existencia misma del discípulo se mantienen a través de la comunicación y la dependencia sincera del Padre. Jesús les enseñó a sus discípulos a orar. Pero si un cristiano quiere ser feliz orando tiene que aprender a perdonar. Y a pedir perdón.

También es importante no juzgar equivocadamente a los demás. El juicio es una prerrogativa divina. El juicio y el prejuicio malsano le quitan el sabor y la luz al cristiano. Amargan los frutos de su vida. Una persona puede pretender ser un discípulo de Cristo, pero la principal característica que lo identifica como tal, son los frutos del Espíritu (Gal 5) en su vida. La única forma de tener buenos frutos en la vida es transformando el árbol moribundo y carnal en un árbol lleno de vida eterna. Este milagro es posible si edificamos nuestra casa en la roca espiritual que es Cristo Jesús. No edifiquemos nuestra fe, pues la casa es la fe, fuera de Cristo. Y si Cristo tiene una iglesia, no edifiquemos en otro lugar. Edificar nuestra fe en Cristo, no significa que no habrá tormentas terribles, inundaciones temibles o huracanes despiadados que enfrentar. Pero sabes, en esos momentos vale la pena estar en el lugar seguro, en el lugar correcto. Es sólo por eso.

Anunciando el Reino. Mateo 10-11; Lucas 10.

Mateo 10 nos muestra la primera ocasión en que los doce discípulos fueron enviados por el Señor. Lucas 10 nos relata la misión de los setenta. En ambos relatos hay una gran verdad: El discípulo tiene que predicar. Tiene que desempeñar un papel activo en la predicación del evangelio. Es más, el verdadero discípulo NECESITA predicar el evangelio (1 Cor 9:16). ¿Cómo hacerlo? Empezando por “las ovejas perdidas de la casa de Israel” (Mat 10:6). Anunciando que “el Reino de los cielos se ha acercado” (Mat 10:7).

Recibiendo autoridad y PODER de lo alto (Mat 10:8; Juan 3:14-17). Siendo mensajeros de la Paz (Mat 10:13). Hablando siendo guiados enteramente por el Espíritu Santo (Mat 10:20). Enfrentando las situaciones difíciles siendo mansos como palomas y astutos como serpientes (Mat 10:16). Siendo perseverantes hasta el fin (Mat 10:22). En medio de las aflicciones que sufre el predicador de la palabra, debemos recordar que somos muy valiosos para el Señor (Mat 10:29-31). Debemos apoyarnos unos a otros en la predicación del evangelio, salir de dos en dos, orando unos por otros sosteniéndonos, ayudándonos, haciendo la labor del Evangelio de la mejor forma posible. Debemos acudir a él con nuestras cargas y angustias, para recibir de Jesús el descanso para nuestras almas (Mat 11:28-30). El premio más grande del predicador serán no los milagros realizados, ni el número de almas alcanzado, el premio es mucho más grande: La alegría de tener tu nombre en el libro de los cielos (Luc 10:20). Sólo por la gracia de Cristo.
 

Loma Linda, Febrero de 2008
 

 

 

 

 

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