Género y discipulado

Lección 5

Para el 2 de febrero de 2008
A fines de la década de los 40, en el siglo pasado, Simon de Beauvoir escribió un libro clave, que revolucionó el mundo occidental, “El segundo sexo”. En esa obra, la célebre escritora francesa, pareja de un filósofo igualmente renombrado, Jean Paul Sastre, mostraba las injusticias de las diferencias de género y el trato desigual que las mujeres fueron objeto a lo largo de la historia. Ese texto se convirtió en la base del movimiento feminista, que renovó con nuevas fuerzas un reclamo histórico, siendo una suerte de Biblia en la lucha contra el machismo y la cultura patriarcal que dominó durante siglos.
El siglo XX fue un siglo de revoluciones fallidas. Desde la revolución bolchevique en Rusia a fines de la primer guerra mundial (que sucumbió con la caída del muro de Berlín en 1989) a las revoluciones de los guerrilleros marxistas que intentaron cambios políticos en varios países sudamericanos, pasando por la revolución china de Mao Tse Tung, el nazismo, el fascismo y otros movimientos sociales y culturales, todos fracasaron estrepitosamente, con excepción del movimiento feminista, que sin armas bélicas ni derramamiento de sangre se impuso en prácticamente todos los ámbitos del quehacer humano. El siglo pasado a finaliza con la huida en masa de las mujeres del recinto doméstico, de aquel “gobierno de la esfera privada” para asumir responsabilidades y protagonismo en las empresas, en todos los ramos profesionales, en el deporte, el gobierno y aún ha ingresado en la conducción de la política moderna en diferentes países, como son actualmente Chile y Argentina, que cuentan con sendas presidentas. Así, la revolución de las mujeres ha sido una de la más larga, la menos violenta, la más profunda, la que ha destruido una cultura milenaria, la hegemonía omnímoda del hombre instituida por el patriarcado.
El hecho más llamativo y que nos ha ocupado a todos los adventistas del mundo durante esta semana, es saber que la revolución feminista no la inició Simon de Beavoir a mediados del siglo XX, sino Jesucristo en el siglo I. La lección de la Escuela Sabática de esta semana rescata una serie de incidentes donde muestra la consideración especial que tuvo el Maestro para las damas, oponiéndose a las ideas y costumbres dominantes en su tiempo, reafirmando el principio bíblico que viene del Edén de la igualdad y el respeto mutuo del hombre y la mujer.
MARÍA
Si pensamos a María como un prototipo de mujer, es prototipo de feminidad normal, de una mujer pobre habitando un pueblo pobre, sometida a todas las indigentes condiciones de su época. Si la pensamos como prototipo de madre, fue una madre pobre de un Hijo pobre que sacrificó su vida en la cruz por la causa del Reinado de Dios. Si la pensamos como prototipo de esposa, fue la esposa pobre de un carpintero pobre al que acompañó fielmente a lo largo de su vida de pareja propia de su lugar y su tiempo. Si la queremos como prototipo de cristiana, será la mujer de máxima fe en la divinidad de su Hijo. Como mujer, como esposa y como madre, María en su vida histórica es un modelo de normalidad.
Ella concibió, dio a luz, educó y acompañó a su Hijo divino hasta el momento de su ignominiosa muerte en la cruz. Fue la primera en experimentar su resurrección y seguramente jugó un rol primordial en la primera comunidad cristiana, en los inicios, desarrollo y expansión de la iglesia apostólica. Posteriormente, sobrevalorando en forma excesiva su función y protagonismo, la Iglesia Católica de Roma, la declaró a la Madre de Dios, atribuyéndole el ejercicio de una tarea salvadora, redentora y santificadora que ningún ser humano puede realizar sino Jesucristo y los otros miembros de la Trinidad. Pero más allá de esa exaltación divina de la persona de María, la madre de Jesús ha contribuido a realizar la feminidad a lo largo de la historia en estos dos últimos milenios, además de constituirse en expresión de amor, servicio, entrega, recepción de la verdad con gozoso asombro y soporte de la certeza del impenetrable misterio de la encarnación.
El nombre María significa la elegida, la
amada de Dios. Es por definición la mujer escogida por Dios y altamente
favorecida que dio a luz a Jesús. Cuando las Escrituras nos la presentan por
primera vez, está prometida para casarse con José, quien también es de la tribu
de Judá y descendiente de David. ¿Qué podemos aprender de lo que está registrado
en la Biblia acerca de María? 1) Una lección sobre estar dispuestos a escuchar
lo que Dios dice mediante sus mensajeros aunque lo que oigamos quizás nos
perturbe al principio, o parezca imposible. (Luc. 1:26-37.); 2) Ánimo para obrar
en armonía con lo que lleguemos a saber que es la voluntad de Dios, con plena
confianza en él. (Véase Lucas 1:38. Como se muestra en Deuteronomio 22:23, 24,
pudiera haber graves consecuencias para una joven judía si se descubría que
estuviera encinta sin estar casada.); 3) Que Dios está dispuesto a utilizar a
alguien sin importar la posición social que ocupe (Compárese Lucas 2:22-24 con
Levítico 12:1-8.) ; 4) Dar prominencia a los intereses espirituales. (Véanse
Lucas 2:41 y Hechos 1:14. No se requería que las esposas judías acompañaran a
sus esposos en el largo viaje todos los años a Jerusalén durante la época de la
Pascua, pero María lo hacía.) ; 5) Aprecio a la pureza moral. (Luc. 1:34.) ; 6)
Diligencia en cuanto a enseñar a los hijos la Palabra de Dios (esto se reflejó
en lo que Jesús estuvo haciendo a los 12 años de edad. Véase Lucas 2:42,
46-49.).
Escuchar, aceptar y obedecer la voluntad de Dios, aunque no la entendamos, dando primacía a los intereses espirituales.
SEGUIDORAS FEMENINAS
El testimonio de Lucas 8:1-3 asegura que Jesús era acompañado de mujeres durante sus giras misioneras. ¿Qué rol cumplían esas damas en esos viajes? ¿Sería que estaban destinadas a las tareas de proveer alimentos y ocuparse en la atención de los hombres? No hay información al respecto, pero podemos pensar que iban con el mismo estatus de los hombres como oyentes, movidas por el interés de conocer la doctrina del Maestro. En aquel tiempo la mujer no tenía participación alguna en la vida pública. Y esto se manifestaba en una serie de costumbres, que resultaban en extremo duras y humillantes. Por ejemplo, cuando la mujer de Jerusalén salía a la calle, tenía que llevar la cara tapada, cubierta con dos velos, de forma que no se pudiera distinguir su rostro. Esta costumbre se observaba con tal severidad que, si una mujer salía a la calle sin cubrirse la cara y la cabeza, el marido tenía el derecho, y hasta el deber, de echarla de su casa y divorciarse, sin pagarle nada.
Se prohibía mirar a una mujer casada e incluso saludarla y más aun encontrarse con ella a solas en la calle. Una mujer que conversara con todo el mundo de la calle, o que se pusiera a coser en la puerta de su casa, podía ser repudiada por el marido y, además, sin recibir el pago acordado en el contrato matrimonial. Más aún, se prefería que la mujer, sobre todo si era joven, no saliese a la calle. Por eso, cuenta Filón, un autor de aquel tiempo, que la vida pública estaba hecha sólo para los hombres, mientras que las mujeres honradas tenían como límite la puerta de su casa. En el caso de las jóvenes el límite era el de sus aposentos o habitaciones, pues se quería que no salieran a donde estaba la gente. Las mujeres tenían prohibido andar solas por los campos. Resultaba sencillamente impensable que un hombre se pusiera a hablar a solas con una mujer en el campo.
También era costumbre en aquel tiempo que las mujeres no aprendieran a leer ni escribir: sólo se les enseñaba a cumplir con sus obligaciones domésticas, porque ése era el papel que se les asignaba en la sociedad y en la familia. Las escuelas eran exclusivamente para los chicos y no para las jóvenes. Ni siquiera se acostumbraba a enseñarles la Torá, o sea, la Ley del Señor. El rabino Eliezer solía decir: "Quien enseña la Torá a su hija le enseña el libertinaje, porque hará mal uso de lo que ha aprendido". Hasta ese punto llegaba el menosprecio que los hombres sentían por la mujer en aquel tiempo. Con esta perspectiva histórica, el comportamiento de Jesús resalta de una manera maravillosa. Lucas nos dice que este grupo de personas iba con Jesús "caminando de pueblo en pueblo y de aldea en aldea" (Lc 8,1). Hasta en nuestros días resultaría chocante y aun sospechoso el que un profeta ambulante llevase consigo a hombres y mujeres, por caminos y pueblos.
Por la información que nos suministra Lucas, en el grupo ambulante de Jesús iba una tal Juana, que estaba casada con un político conocido. Y había otras que ayudaban con sus bienes, lo que indica que tenían autonomía económica, cosa que sólo podía darse en el caso de que aquellas mujeres fueran viudas. O sea, Jesús estaba acompañado por viudas y casadas, mujeres tan entusiasmadas con él que hasta habían abandonado sus casas. Además, el mismo Evangelio de Lucas nos dice que había algunas mujeres a las que Jesús "había curado de malos espíritus". Eso significa que eran mujeres que habían estado dominadas por las fuerzas del mal, o sea, gente sospechosa.
Jesús no hace acepción de personas, ni de género. Dignificó a las mujeres en su trato con ellas.
MUJER ENFERMA
El informe que presenta Marcos 5:25-34 sobre la mujer con hemorragias que fuera curada por Jesús, es un símbolo o un paradigma de lo femenino, que Jesús no dejó pasar por alto, a pesar del carácter íntimo de la enfermedad y el deseo de la dama de pasar desapercibida. El flujo de sangre es una característica de la fisiología femenina que cada mes, durante sus años fecundos, tiene que padecer y que generalmente suele llevar con recato, en forma reservada o en secreto. Muchas mujeres viven sus períodos con diferentes malestares y un importante afán de bienestar. Por eso, el caso del evangelio, que presenta alguien que sufre hemorragias, no durante dos, tres o cuatro días, sino durante 12 años, hace pensar en una forma de feminidad exacerbada y en un tipo de sufrimiento atroz y sumamente cruel.
¿Por qué Jesús no la curó en secreto y no respetó el carácter confidencial de la enfermedad? ¿Cuál fue el motivo que aquel día se haya parado en el camino y preguntó delante de toda la multitud por esta dama sufriente, haciendo que todos los presentes y a lo largo de toda la historia su caso haya cobrado notoriedad? Hemos de suponer que la mujer habría ido más de una vez al médico. Pero no había conseguido ningún resultado. No cabe duda que había hecho lo debido al ir al médico, pero la medicina dista mucho de ser perfecta. No había recibido ayuda alguna. Por otra parte, sus medios de vida probablemente no serían abundantes, y la pobre mujer necesitaba todo lo que tenía para su sustento. Cansada y decepcionada, podría haberse resignado a sufrir su enfermedad en silencio. Pero, la fe le impidió llegar a la desesperación. Fue a Jesús sin pedir nada. Sólo esperaba tocar el borde de su manto, porque tenía la absoluta convicción que si lo hacía quedaría sana. La fe puede mover montañas y curar enfermedad sin remedio. Jesús no pudo pasar por alto esa certeza tan intensa en el poder de Dios. Le dijo: "Tu fe te ha salvado; vete en paz y queda sana de tu aflicción." Es cierto, que aun cuando hemos de ponernos en manos del médico al estar enfermos, no siempre es la voluntad de Dios que recibamos la curación por este medio, o por ningún medio. Aunque eso no ocurra, podemos estar seguros que Dios siempre nos sostendrá y aliviará el sufrimiento, aunque no nos cure. Él da a los que sufren una visión de su compasión y amor. Pero, seguramente la lección más importante que extraemos de esta historia conmovedora es que el discípulo debe tener una fe tan grande e intensa como tuvo aquella mujer que buscó a Jesús con todas las energías de su cuerpo agotado y su alma ansiosa de sanidad.
Es necesario confiar en todas las circunstancias, no sólo en la enfermedad sino también en la salud, no sólo si la sanidad llega como si la enfermedad se empecina en hacernos sufrir.
MARTA
El Señor corrige a Marta, penetra en su corazón afanado y dividido y establece prioridades: «Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada.» (Lucas 10: 41-42). Esa única cosa de la que hay necesidad es de poner todo el corazón en amar a Dios, atender a Jesús que nos habla, que quiere levantarnos de nuestra miseria. San Agustín lo expuso en estos términos: "Marta, tú no has escogido el mal; pero María ha escogido mejor que tú".
El principio que se extrae de ese episodio del evangelio es que la vida de todo discípulo debe surgir de la escucha, la reflexión y la puesta en acción de la palabra de Cristo. San Basilio y San Gregorio Magno, han considerado a María como modelo evangélico de las almas contemplativas, asegurando que se trata de una mujer santa, a pesar de ello, la Iglesia Católica presenta una curiosa contradicción, tiene solamente a Marta en el santoral, no incluye ni a María ni a Lázaro. ¿Será que solamente es digna de intercesión y por tanto de mérito suplementario la acción de Marta y no la de María?
Siguiendo el evangelio, el célebre episodio entre las dos hermanas, además de ver el interés de Jesús por las damas, exhibe principios de la relación del Maestro con el discípulo. Uno de los peligros que asecha al discípulo es el activismo, perderse en hacer cosas buenas, dejando de hacer lo mejor, esto es, nutrirse de la palabra del Maestro y crecer en el conocimiento y en la relación con Cristo. La vida del discípulo sin estudio de la palabra de Cristo lleva el alma a dispersarse, a perder de vista el objetivo de la vida cristiana, que es la salvación eterna, algo que no se obtiene por las obras sino por la fe. La vida del discípulo debe concentrarse en Dios y unirse a El por medio de la adoración y el amor. Asimismo, escuchar la palabra a los pies del Maestro es una especie de ejercicio de la eternidad, ya que será la ocupación principal de los bienaventurados en el paraíso. Por ello, Cristo alabó la elección de María y afirmó: "sólo una cosa es necesaria". Eso significa que la salvación eterna debe ser nuestra única o principal preocupación. Es relativamente fácil hacer cosas por Jesús, pero quizás a muchos les cuesta más esfuerzo estar en silencio ante su Presencia, escuchando su palabra.
Jesús encontró más digna de alabanza la actitud de María. Cuanto quisiera El Señor que todos, como María, nos sentáramos ante el para escucharle. Ella se consagraba a la única cosa realmente importante, que es la atención del alma en Dios. También el Padre nos pide que, ante todo, escuchemos a Su Hijo (Mt 17-5). Entonces, ¿no es necesario trabajar? Claro que sí lo es. Pero para que el trabajo de fruto debe hacerse después de haber orado. El servicio de Marta es necesario, pero debe estar subordinado al tiempo del Señor. Hay que saber el momento de dejar las cosas, por importantes que parezcan, y sentarse a escuchar al Señor. Esto requiere aceptar que somos criaturas limitadas. No podemos hacerlo todo. No podemos siquiera hacer nada bien sin el Señor
Para ser discípulo se requiere escuchar al Maestro, sentarse a sus pies y asimilar su palabra para luego ponerla por práctica
MUJER SAMARITANA
De la lectura del capítulo 4 de Juan surge espontáneamente el perfil de aquella mujer, en forma claro y transparente, como aquel diáfano día del mediodía oriental cuando tuvo el memorable encuentro con el Maestro. Podríamos describirla como expresiva, emotiva, prejuiciosa, impresionable, curiosa, simpática, sensible, inquieta, activa, dinámica, práctica, sincera, franca, reactiva, espiritual, sociable y muy comunicativa. Manifestaba una gama muy amplia de actitudes y emociones: sorpresa, dudas, interrogantes, insatisfacción, ansias, vergüenza, temor, esperanza, alegría y euforia, carisma o influencia social. Quizá su carácter extrovertido y dúctil, sociable y emotivo, y especialmente cambiante, como el fluido del agua que adopta la forma del cubil que lo contiene, sean los rasgos más relevantes. Así, por ejemplo, su concepto de Jesús y su correlativa actitud hacia él fue sufriendo una llamativa metamorfosis. Desde la idea de "judío" despreciable que tuvo en su primera reacción (Juan 4:9), pasó a considerarlo "Señor" (vers. 11), para luego ser capaz de reconocerlo como "profeta" (vers. 19; es la primera que lo reconoce), y finalmente descubrir que era "el Mesías, el llamado Cristo" (vers. 25). Asimismo, del gesto de repulsión y rechazo que mostró al principio ante el hombre y el extranjero enemigo que tenía el atrevimiento de hablarle, fue adoptando una expresión de interés progresivo en el diálogo, hasta quedar tan absorbida por él que olvidó el cántaro de agua y la razón que la condujo al pozo. Finalmente quedó impresionada por las revelaciones de Jesús, como ante un prodigio sobrehumano. No es difícil imaginar los gestos de su rostro, los movimientos de sus brazos y manos, gesticulando y hablando con todo su cuerpo. Así son las personalidades demostrativas, extrovertidas, abiertas.
¿Cuál fue el sentido profundo de su alma, la razón última y explicativa de su existir? En ese mundo de cielo límpido y traslúcido, nada parece quedar oculto. Aún las cosas más íntimas salen a luz. La imagen de la mujer acudiendo al pozo en la hora ardiente del mediodía, buscando ansiosamente saciar su sed con el agua fresca y cristalina de las profundidades, más que un cuadro dibujado por tantos artistas cristianos parece ser un símbolo de su vida: un retrato de insatisfacciones y frustraciones. Era mujer de mediodía. Las mujeres "nobles" de Israel iban a buscar agua a los pozos de madrugada, apenas despuntaba el sol, "para no ser vistas por los hombres". Esta mujer, en cambio, de no muy buena reputación, rechazada por las otras mujeres de su pueblo, no se regía por los convencionalismos vigentes de su sociedad.
Cinco veces había corrido tras la quimera de la felicidad para descubrir, el mismo número de veces, que todo fue una cruel pesadilla. Sin embargo, no había claudicado, persistía en una sexta relación de pareja ilegítima. Todavía seguía esperándo todo de los hombres. ¡Es la triste historia de muchas mujeres cuyo reclamo se expresa en términos tan auténticos como crueles: ¡Todos los hombres son iguales!¡Te usan y tiran como envase desechable! Es el caso de las mujeres insatisfechas, que nunca encuentran la profunda felicidad en el hombre, pero que jamás renuncian a sus deseos. No es que sus deseos sean ilegítimos ni que sus propósitos no sean auténticos. ¡Qué más puede esperar una mujer que ser bien amada por un buen hombre! Pero la vida las conduce a ser víctimas de su propia soledad e insatisfacción, equivocando el camino de la búsqueda y sufriendo sus consecuencias.
Pero, ¿cuál fue el mensaje de Jesucristo para aquella mujer y para todas las mujeres decepcionadas? Conociendo que toda persona, por el simple hecho de ser humano, padece una insatisfacción profunda y crónica, el Maestro puso su énfasis en la fe en Dios, quien puede hacer surgir de la napa más profunda del alma el agua que sacia en forma definitiva. ¿Acaso la soledad del alma de aquella mujer no podía encontrar abrigo en la fe? Sin pretender presentar la fe como un sucedáneo del abrazo humano ausente, Cristo dirigió la mente de la samaritana hacia quien podía hacerla sentir digna de sí. Jesús bien sabía que esa mujer necesitaba incrementar su autoestima como condición para prodigarse abrigo, antes de buscarlo en otro la satisfacción. Si operaba en ella el milagro de la fe, estaría mejor preparada para soportar su soledad y las frustraciones de la vida, entre los que se encontraban los desencuentros amorosos.
¿Acaso todos, aun los hombres, no tenemos algo de la vulnerabilidad de esta mujer, de sus frustraciones y soledades? ¿No es ella un símbolo perenne que a todos nos alcanza? ¿Acaso la vida no se parece a un camino oscuro por el que avanzamos a tientas, inquietos? ¿No es como transitar en una noche neblinosa, cuyo ritmo de claroscuros a veces abren destellos luminosos de Luna llena, que luego se nubla para continuar a tientas? Muchas veces transitamos infelices por algo, sin siquiera saber bien por qué, hasta que finalmente encontramos esa satisfacción interior de plenitud que ofreciera el Hijo de Dios aquel mediodía en tierra de Samaria. Bien lo expresó San Agustín, cuando confesó: "Nuestros corazones están inquietos hasta que descansan en ti, oh Dios" (Bentancur, 2003).
Jesús cambia el corazón, tanto de hombres como de las mujeres, como aquella mujer que se detuvo ante el pozo de Jacob a dialogar con el Maestro, convirtiéndola primero en discípula y luego en evangelista, trayendo otros discípulos.
Referencias
Bentancur, R. (2003). Contra viento y marea. Asociación Casa Editora Sudamericana, Bs.As.
CBA= Comentario bíblico adventista (Buenos Aires: ACES, 1995)
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