
Preparación para el discipulado

Lección 7

Para el 16 de febrero de 2008
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Ser discípulo de Cristo ya es una honra para el ser humano. Pero, ser escogido como apóstol, enviado para una misión especial con las credenciales divinas, no es poca cosa. Un privilegio que puede quitar la persona de la normalidad llevándola a hacerse orgullosa. Si usted recibe un llamado para servir Dios, cualquiera sea el área, acuérdese de lo que Jesús dijo al respeto de aquellos que son comisionados por el cielo para misiones especiales: “Jesús los llamó y les dijo: - Como ustedes saben, los gobernantes de las naciones oprimen a los súbditos, y los altos oficiales abusan de su autoridad. Pero entre ustedes no debe ser así. Al contrario, el que quiera hacerse grande entre ustedes deberá ser su servidor, y el que quiera ser el primero deberá ser esclavo de los demás; así como el Hijo del hombre no vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.” (Mateo 20:25-28 NVI). Las palabras de Cristo colocadas al lado de las de Pablo, son un buen antídoto contra la sobre-valoración de uno mismo: “Por la gracia que se me ha dado, les digo a todos ustedes: Nadie tenga un concepto de sí más alto que el que debe tener, sino más bien piense de sí mismo con moderación, según la medida de fe que Dios le haya dado. (Romanos 12:3 NVI) Vale acordarse de que la misión es especial y no el ser humano que la desempeña. Es correcto que admiramos ciertos dones y habilidades demostradas por algunos discípulos modernos. Pero, en la práctica, eso sólo trae grandes responsabilidades a aquellos que los poseen. Al fin y la cabo, todo discípulo, sea ese comisionado para un trabajo de dimensiones globales o pase la vida en el anonimato, tiene ciertas responsabilidades básicas a observar: a) Debe ser la sal de la tierra y la luz del mundo. Quiere decir, obligatoriamente necesitan tener algo diferente, que alteren el ambiente donde son insertados. La sal templa lo que antes era sin sabor. La luz invade los lugares donde sólo había oscuridad. Y si no fuera así, si el discípulo no fuera algo diferente, no hay utilidad para él; así como la sal sin sabor y la bombilla escondida bajo una vasija, no sirven para nada. b) Debe tener el hábito de hablar con El Maestro. Según la Biblia, el recurso dejado por el cielo para que eso sea posible es la oración. Es lo que conecta el hombre a Dios de manera misteriosa, espiritual; c) Debe tener conciencia de que los tesoros verdaderos serán repartidos en la vida porvenir. En ese caso, aunque nuestra tendencia sea interpretar el texto enfatizando las ventajas financieras, tal vez sea que mejor pensáramos en términos de antojo de recompensas. Quiere decir, para algunos el tesoro que anhelan mientras discípulos puede ser reconocimiento, fama u otras ventajas y oportunidades que estén en conflicto con el propósito del discipulado. d) No debe Juzgar los otros. El acto de juzgar es compuesto de tres actitudes mentales casi simultáneas: 1. Comparar el individuo con algún patrón de conducta; 2. Evaluar si él es o no delincuente; 3. Condenar o Absolver. Puede parecer exageración, pero piense bien: Cuando juzgamos los otros nosotros casi nunca lo hacemos para acentuar sus buenas calidades o intenciones, sólo las malas. De manera consciente o no colocamos la otra persona en el grupo de los perdidos. Es decir, “si él o que ella no cambien, si no se hicieran como nosotros, irán hacia un lugar bien caliente” — pensamos. Entonces, cuando todas las evidencias que nos autoricen a saber las razones pelas cuáles determinada persona está actuando de esa o de aquella manera, se acuerde de que tal tipo de adivinaciones no es permitida a que nosotros seas humanos. Deje el juicio con Dios que lee los pensamientos; e) Debe producir buenos frutos. Ser un discípulo por encima de todo es tener la vida transformada por el discurso y ejemplo de vida del Maestro. Si eso no ocurra, el discipulado se hace sospechoso. Finalmente, que objetivo habría en seguir, oír y convivir con Jesús Cristo si esa práctica no operar modificaciones en mi comportamiento? Somos salvos por la fe y no por las cosas buenas que hacemos como discípulos. Pero, acuérdese que Pedro creía en Jesús cuando lo negó tres veces. Esa fe, sin embargo, no sirvió para absolutamente nada en el momento en que dijo no conocerlo. He ahí la razón pela cual Santiago afirma que: …como el cuerpo sin el espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta. (Santiago 2:26 NVI); f) Debe estar consciente de que el llamado de Cristo y la presencia de Espíritu Santo no garantizan inmunidad contra la oposición. El éxito del discípulo es limitado porque las personas tienen libertad para escoger el mal. Y, dígase de pasada, en la mayoría de las veces lo hacen. Las palabras de Jesús dispensan explicaciones adicionales: El discípulo no es superior a su maestro, ni el siervo superior a su amo. Basta con que el discípulo sea como su maestro, y el siervo como su amo. Si al jefe de la casa lo han llamado Beelzebú, ¡cuánto más a los de su familia! (Mateo 10:24-25 NVI) g) Debe preparar el camino para que las personas reciban Jesús. Juan el Batista desempeñó ese papel. Los setenta enviados por Cristo también. Nosotros no deberíamos ser diferentes. Y se en que ese proceso experimentemos la alegría del éxito, si pudiéramos ver algo sobrenatural o que presenciemos milagros, es bueno tener en mente que nada de eso habrá valido que la pena se perdamos el cielo. Ser discípulo es saber que, a finales de las cuentas, el mayor objetivo de su vida es pasar la eternidad con su Maestro.
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