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Comentario de la Biblia
El Génesis registra, por lo menos, ocho
conversaciones que Dios tuvo con Abraham. Aunque
solo una de ellas involucraba a Sara, ambos esposos
estaban unidos en el peregrinaje de fe. Tres partes
de este peregrinaje merecen nuestra atención: el
llamado, el pacto y el triunfo.
I. Respondieron al llamado
Dios dijo: “Vete de tu tierra”, y Abraham tomó a
Sara y salió (ver Gén. 12:1-5). Exitoso, respetado y
bendecido con riquezas, Abraham no era un nómade
indigente. La riqueza o la pobreza, la elocuencia o
la timidez, no preparan a una persona para ser
observada por Dios. El llamado de Dios es su acción
soberana. Él sabe el fin desde el principio. Un
pastor en Tecoa, un príncipe en Egipto, un pescador
junto al mar de Galilea, un fariseo apurado por
llegar a Damasco: no importa. Dios elige. Dios
llama. El que acepta el llamado de Dios, debe
“salir” y “unirse”.
¿Salir de dónde? Salir de tu familia, tu comunidad.
Salirse de sí mismo, y unirse a la peregrinación a
la Tierra Prometida. Abraham y Sara fueron pioneros
en esa peregrinación. Aun cuando su destino estaba
velado en una neblina, ellos conocían a aquel que lo
prometió. Conocían la realidad de la Ciudad
prometida, “cuyo arquitecto y constructor es Dios”
(Heb. 11:10). Un verdadero discípulo se pone el
manto de viaje, toma el telescopio de la fe, ve la
realidad a la distancia y camina firmemente sin la
distracción del tiempo o la distancia.
Considera:
Dios le dijo a Abraham: “Vete”. Jesús ordenó a sus
discípulos: “Sígueme”. Ambas órdenes exigen un
“abandonar” y un “tomar”. Esas órdenes ¿son
prácticas y realizables?
II. Llegar a ser hijos del pacto
La relación del pacto. Aunque la idea de un pacto
aparece en el caso de Adán (Gén. 3:15) y de Noé (ver
Gén. 9:12, 15, 16), la primera expresión formal de
un pacto como la base de una relación divino-humana
se expresa en el caso de Abraham, por lo menos ocho
veces (ver Gén. 12:1-3, 7; 13:14-16; 15:1-6; 16:10;
17:1-7, 21; 22:17). Además, Dios estableció la
circuncisión (ver Gén. 17:9, 10) como una señal del
lazo personal e íntimo involucrado en el pacto. El
apóstol Pablo universaliza esta relación íntima al
redefinir la circuncisión ya no como un acto en la
carne sino como el acto de un corazón renovado (ver
Rom. 2:29; Gál. 6:15; Col. 2:11, 12).
Los medios del pacto. Vital para el pacto era el
nacimiento de un heredero, pero Abraham no tenía
hijos. Él considera si su siervo Eliezer debería ser
adoptado como su heredero (ver Gén. 15:1-3). Dios
dice: No, el heredero saldrá de la carne de Abraham.
Sara interpreta la carne de Abraham en términos
biológicos. Ella quiere ayudar a Dios –y en ello hay
gran peligro–, y procura un heredero por medio de
Agar. Nace Ismael (Gén. 16), pero 13 años más tarde
Dios dice No otra vez. El heredero nacerá de Sara
(Gén. 17:6; 18:10). Aunque “a Sara le había cesado
ya la costumbre de las mujeres” (Gén. 18:11), Dios
le asegura a la anciana pareja: “¿Hay para Dios
alguna cosa difícil?” (Gén. 18:14). Sara, a los 90
años, muerta en lo que respecta a tener hijos,
siente una perturbación divina dentro de sí. Los
tejidos marchitos de su vientre florecen y preparan
el camino para el hijo del pacto. La fe fue
vindicada.
Considera:
Tanto Abraham como Sara sabían que Dios tenía un
futuro para ellos. Y, sin embargo, dos veces (Gén.
12:10-20; 20) vacilaron y mintieron acerca de su
relación matrimonial, y dos veces quisieron ayudar a
Dios a cumplir el pacto por medio de Eliezer y de
Ismael. ¿Qué revela esto acerca de la naturaleza
humana y la gracia divina?
III. La prueba y el triunfo de la fe
“Probó Dios a Abraham” (Gén. 22:1). A la edad de 120
años, Abraham afronta una prueba final. Dios pide al
patriarca que ofrezca a Isaac como sacrificio. ¿Qué
clase de Dios es este? ¿Un sádico? ¿Un ser
contradictorio que ordena una cosa y demanda otra?
En un momento él prohíbe el homicidio y en otro lo
quiere como un sacrificio. ¿O Abraham estaba con
alucinaciones por la edad avanzada? Tales fueron,
sin duda, los susurros que Satanás habrá sugerido a
Abraham la noche antes del viaje a Moriah. Pero la
fe genuina está hecha de material más sólido: no
pone en duda el carácter de Dios. La duda es el
trabajo de Satanás, no del creyente. Abraham pone a
Isaac sobre el altar. Los padres no habían fracasado
en su deber: enseñar a Isaac a ser un hijo de fe.
“Heme aquí”
(Gén. 22:1, 7, 11). Tres veces Abraham responde:
hineni (“heme aquí”): cuando Dios estaba por pedir
el sacrificio de Isaac, cuando Isaac estaba por
preguntar al padre acerca de la ausencia del cordero
y cuando el ángel estaba por detener la mano de
Abraham para que no matara a Isaac. Tres veces él
respondió con la misma prontitud: al obedecer el
llamado de Dios, al asegurar a su hijo que los
caminos de Dios son certeros, al celebrar los
caminos salvadores de Dios en los momentos más
críticos. Cualquiera que fuera la situación, su fe
no vaciló.
“Dios se proveerá”
(Gén. 22:8). La pregunta ferviente y urgente de
Isaac (aquí está el fuego, aquí está la leña, pero
¿dónde está el cordero?) recibe una respuesta muy
apropiada. A una persona de fe no lo sorprende una
prueba o una experiencia sin la seguridad de que
Dios es capaz de afrontar toda situación. Esa
certeza se originó en la sala del Trono de Dios
cuando el Padre proveyó el sacrificio en la forma de
su Hijo muriendo en la cruz. Aceptar a ese Hijo es
la victoria máxima para cada crisis que uno
enfrenta, porque Dios siempre provee.
Considera:
“Por la fe Abraham [...] ofreció a Isaac” (Heb.
11:17). ¿Qué clase de fe es esa: razonable o
presuntuosa? ¿Concuerdas con el razonamiento del
apóstol: Dios, que realizó el milagro biológico del
nacimiento de Isaac, puede realizar un milagro de
resurrección?
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