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Comentario de la Biblia
I. Precursor de una caída
Las guerras, los asuntos de Estado, y la conformidad
necia de David a la costumbre de tener varias
esposas y concubinas se combinaron para debilitar
los fundamentos de su espiritualidad.
Progresivamente se alejó de la sencilla vida durante
la cual pudo cantar con toda sinceridad: “Jehová es
mi pastor; nada me faltará [...] me guiará por
sendas de justicia por amor de su nombre”. David
llegó al punto de estar hastiado, saciado con el
éxito, el poder y la importancia. Gradualmente
perdió de vista su propia dependencia de Dios, y
confió en sus propias fuerzas, habilidades e
ingenio. “El espíritu de confianza y ensalzamiento
de sí fue el que preparó la caída de David. La
adulación, y las sutiles seducciones del poder y del
lujo, no dejaron de tener su efecto sobre él” (PP
775).
II. La caída
Los ejércitos de David habían vencido a todos sus
enemigos. Desde un punto de vista temporal, el reino
de David nunca había sido más próspero ni más firme.
En este momento preciso, cuando la complacencia
tenía más posibilidades de instalarse, Satanás
aprovechó su oportunidad para presentar a David
atracciones agradables a la carne. El estrés de la
guerra había pasado. Era tiempo de relajarse, de
aflojarse. Pero David había olvidado la necesidad de
vigilancia perpetua contra el enemigo implacable de
su alma. La lección es la misma para nosotros. El
que piensa estar firme, mire que no caiga (Rom.
11:20-22; 1 Cor. 10:12).
Además, David había olvidado que el propósito de su
reino era glorificar a Dios, una proposición
imposible si él comprometía su integridad en lo más
mínimo. Esta lección se aplica especialmente a
quienes están sirviendo en lo religioso o LO
político. La corrupción en esos ámbitos de servicio
genera cinismo y rebelión en el corazón de la gente.
III. El encubrimiento
La pérdida de la integridad consciente abre el
camino para un sinfín de engaños y negaciones, que
debilitan aún más la tela del carácter y a menudo
enredan a la persona que los practica en crímenes
que habrían sido imposibles de cometer antes. El
engaño arraigado es una fuerza despiadada. No se
detiene ni tiene límites que no sobrepase. Si David
hubiera arreglado claramente las cosas aun después
de su adulterio con Betsabé, no le habría ido tan
mal a él y a otros, como sucedió. Urías y muchos de
sus soldados murieron como resultado de la
duplicidad y la cobardía de David; Joab llegó a ser
un cómplice en este crimen y Ahitofel se volvió
traidor. Betsabé quedó perpleja y destrozada en algo
que parece emocionalmente inconcebible en una
persona a menos que haya estado envuelta en una
situación similar. El crimen de David creó un mal
precedente para su hijo Amnón, que arrastró a su
hermanastra Tamar involuntariamente al incesto. Esto
también condujo al derramamiento de sangre inocente
(2 Sam. 13). La transgresión de David generó una
marea de devastación moral que ayudó a llevar a la
ruina a Israel como reino. Su pecado socavó en forma
irrecuperable la confianza de la gente en sus
gobernantes y les dio pretexto para cometer
transgresiones libremente.
Considera:
¿Has cometido alguna vez un crimen? ¿Has arreglado
ese asunto o todavía vives bajo una nube de
culpabilidad y condena ocultas? Si es así, busca un
sólido consejo pastoral y de las Escrituras, y haz
lo que sea correcto (Sal. 32:5-7; Prov. 28:13).
¿Qué puedes hacer para asegurarte que nunca llegues
a tener parte en ningún trato que requerirá un
encubrimiento?
IV. La paga del pecado
El esposo de Betsabé y el hijo que tuvo con David
fueron víctimas de esta alianza ilícita. David había
pronunciado la sentencia de muerte sobre sí mismo
cuando Natán le contó la parábola que describía los
rasgos esenciales del crimen de David (2 Sam.
12:1-14). David estuvo sujeto a una muerte mayor que
la ejecución por su doble pecado de adulterio y de
asesinato. Estuvo sujeto a la pena de la muerte
eterna. (Ver Rom. 3:23; Apoc. 20:12-15.) Si David no
se hubiese arrepentido tan profunda y sinceramente,
su fin no habría sido mejor que el del rey Saúl.
Pero considera los Salmos 32 y 51. Esta historia es
un testimonio, no de la permisividad de Dios, sino
del gran poder de su perdón y de la gracia
restauradora (ver Isa. 27:5; Miq. 7:18, 19).
“Pero la historia de David no suministra motivos
para tolerar el pecado. David fue llamado hombre
según el corazón de Dios cuando andaba de acuerdo
con su consejo. Cuando pecó, dejó de serlo hasta
que, por arrepentimiento, hubo vuelto al Señor. La
Palabra de Dios manifiesta claramente: ‘Esto que
David había hecho, fue desagradable ante los ojos de
Jehová’ (2 Sam. 11:27). [...] Aunque David se
arrepintió de su pecado, y fue perdonado y aceptado
por el Señor, cosechó la funesta mies de la siembra
que él mismo había sembrado. Los juicios que cayeron
sobre él y sobre su casa atestiguan cuánto aborrece
Dios al pecado” (PP 782).
Considera:
A quien se le perdona mucho, ama mucho, pero al
mismo tiempo debe permanecer desconfiando
contritamente de sí mismo y reconocer que algunas de
las consecuencias de la transgresión deben
permanecer con él toda su vida: tal vez en la forma
de tener menos influencia, de facultades limitadas o
de daños irrecuperables de su credibilidad a la
vista de otros. ¿Consideras la historia de David
como una licencia para pecar o como un faro de
advertencia? Explica tu opinión.
V. David y Betsabé: los días finales
La relación entre David y Betsabé como esposos
difícilmente habrá estado inundada de felicidad y
recuerdos puros. Aunque sus relaciones hayan sido
atentas y corteses, los encuentros íntimos debieron
haberlos sentido como una prolongada profanación.
Pero Betsabé, sin duda, fue una buena madre para
Salomón, como parecieran indicarlo sus proverbios
(Prov. 1:8; 6:20; 31:1). Serena y reprendida por la
caída moral en su juventud, Betsabé maduró para
convertirse en una mujer digna de ser una reina,
considerada y modesta, con un carácter impecable.
Toda la gloria sea a Dios, el Salvador de ella y el
nuestro, que “vuelve las tinieblas en mañana” (Amós
5:8).
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