La Palabra en nuestras vidas
Lección 7
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Mucho se dice con respecto al derramamiento del Espíritu Santo, y algunos lo interpretan de tal manera que produce daño a la iglesia. La vida eterna es recibir los elementos vivientes de las Escrituras y hacer la voluntad de Dios. Esto es comer la carne y beber la sangre del Hijo de Dios. Para aquellos que hacen esto, la vida y la inmortalidad son traídas a la luz mediante el evangelio, porque la Palabra de Dios es verdad y realidad, espíritu y vida. Es el privilegio de todos los que creen en Jesucristo como su Salvador personal alimentarse de la Palabra de Dios. La influencia del Espíritu Santo entrega esa Palabra, la Biblia, como una verdad inmortal, y, para el que investiga con oración, provee tendones y músculos espirituales. “Escudriñad las Escrituras”, declaró Cristo, porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna, y ellas son las que dan testimonio de mí; (5. Juan 5:39). Los que cavan por debajo de la superficie descubrirán escondidas las gemas de verdad. El Espíritu Santo está presente con el investigador ferviente. Su iluminación brilla sobre la Palabra, y fija la verdad sobre la mente con una importancia nueva y fresca. El investigador se llena con paz y gozo como nunca lo había sentido. Percibe la preciosura de la verdad más que nunca. Una nueva luz celestial brilla sobre la verdad iluminándola como si cada letra estuviera enmarcada con oro. Dios mismo habla a la mente y al corazón, transformando la Palabra en espíritu y en vida (Recibiréis poder, p. 335).
Domingo 13 de Mayo: La Biblia, agente de cambio La educación superior es un conocimiento experimental del plan de la salvación, y se la obtiene por el estudio fervoroso y diligente de las Escrituras. Esta educación renovará la mente y transformará el carácter, restaurando la imagen de Dios en el alma. Fortalecerá la mente contra las engañosas insinuaciones del adversario, y nos habilitará para comprender la voz de Dios. Enseñará al alumno a ser colaborador con Jesucristo, a disipar las tinieblas morales que lo rodean e impartir luz y conocimiento a los hombres. La sencillez de la verdadera piedad es nuestro pasaporte de la escuela preparatoria de la tierra a la escuela superior del cielo. No se puede adquirir una educación superior a la que fue dada a los primeros discípulos, la cual nos es revelada por la Palabra de Dios. Adquirir la educación superior significa seguir implícitamente la Palabra, andar en las pisadas de Cristo, practicar sus virtudes. Significa renunciar al egoísmo y dedicar la vida al servicio de Dios. La educación superior exige algo mayor, algo más divino que el conocimiento que se puede obtener solamente de los libros. Significa un conocimiento personal y experimental de Cristo; significa emancipación de las ideas, de los hábitos y prácticas que se adquirieron en la escuela del príncipe de las tinieblas, y que se oponen a la lealtad a Dios. Significa vencer la terquedad, el orgullo, el egoísmo, la ambición mundanal y la incredulidad. Es un mensaje de liberación del pecado (Consejos para los maestros, p. 13). Las Escrituras son el gran instrumento en esta transformación del carácter. Cristo oró: “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad” (5. Juan 17:17). Si es estudiada y obedecida, la Palabra de Dios actúa en el corazón subyugando todo atributo no santificado. El Espíritu Santo acude para convencer de pecado, y la fe que surge en el corazón obra por el amor a Cristo conformándonos, cuerpo, alma y espíritu, a su voluntad. Un hombre ve su peligro. Comprende que necesita un cambio de carácter, un cambio de corazón. Es conmovido; sus temores despiertan. El Espíritu de Dios está obrando en él, y él trabaja por sí mismo con temor y temblor… para llevar a cabo el cambio que su vida necesita... Confiesa sus pecados a Dios, y si ha perjudicado a alguien, confiesa el daño a aquel que ha perjudicado... Procede en armonía con la obra del Espíritu y su conversión es genuina (En lugares celestiales, p. 21). “La fe es por el oír; y el oír por la palabra de Dios”. Las Escrituras constituyen el gran agente en la transformación del carácter. Cristo oró: “Santifícalos en tu verdad: tu palabra es verdad”. Si se la estudia y obedece, la Palabra de Dios obra en el corazón, subyugando todo atributo no santificado. El Espíritu Santo viene a convencer del pecado, y la fe que nace en el corazón obra por amor a Cristo, y nos conforma en cuerpo, alma y espíritu a su propia imagen. Entonces Dios puede usarnos para hacer su voluntad. El poder que se nos da obra desde adentro hacia afuera, induciéndonos a comunicar a otros la verdad que nos ha sido transmitida (Palabras de vida del Gran Maestro, pp. 71, 72).
Lunes 14 de Mayo: Hacedores de la palabra “Luego la fe es por el oír; y el oír por la palabra de Dios” (Romanos10:17). Las verdades de la Palabra de Dios hacen frente a la gran necesidad práctica del hombre: la conversión del alma por medio de la fe. No ha de pensarse que estos grandes principios son demasiado puros y santos para ser aplicados en la vida diaria. Son principios que llegan al cielo y alcanzan la eternidad; y sin embargo, su influencia vital ha de ser entretejida en la experiencia humana. Han de compenetrar todas las grandes y pequeñas cosas de la vida. Dios nos invita a probar por nosotros mismos la realidad de su palabra, la verdad de sus promesas. El nos dice: “Gustad y ved que es bueno Jehová”. En vez de depender de las palabras de otro, tenemos que probar por nosotros mismos. Dice: “Pedid y recibiréis”. Sus promesas se cumplirán. Nunca han faltado; nunca pueden faltar. Nuestro Salvador quiere que os mantengáis en íntima relación con él para que pueda haceros felices. Cuando Cristo derrama sus bendiciones sobre nosotros debemos ofrecer agradecimiento y alabanzas a su santo nombre. Pero, diréis, si tan sólo pudiera saber que él es mi Salvador! ¿Qué clase de evidencia queréis? ¿Queréis sentir una emoción especial para probar que Cristo es vuestro? ¿Es ésta una evidencia más sólida que la fe pura en la promesa de Dios? ¿No sería mejor tomar las benditas promesas de Dios y aplicarlas a vuestra vida depositando toda vuestra confianza en ellas? Esto es fe (La fe por la cual vivo, p. 125). La Palabra de Dios ofrece libertad espiritual e iluminación a aquel que la estudian con fervor. Los que aceptan las promesas de Dios y actúan confiando en ellas con fe viva, tendrán la luz del cielo en sus vidas. Beberán de la fuente de vida, y guiarán a otros a las aguas que han refrescado sus propias almas. Debemos tener esa fe que toma las promesas de Dios sin dudar, porque no podemos obtener la victoria a menos que tengamos completa confianza en él. “Sin fe es imposible agradar a Dios”. Es la fe la que nos conecta con el poder del cielo y nos proporciona fuerza para hacer frente a los poderes de las tinieblas. “Esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe”. “Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios”. Para ejercer una fe inteligente debemos estudiar la Palabra. Sólo ella comunica un correcto conocimiento del carácter de Dios y de su voluntad para nosotros. El deber y el destino del ser humano están claramente definidos en sus páginas. Tanto las condiciones para la vida eterna como los resultados de rechazar la gran salvación ofrecida, se presentan en un poderoso lenguaje (Review and Herald, septiembre 22, 1910).
Martes 15 de Mayo: Principios de vida Debemos oír la Palabra de Dios con un deseo ferviente de escuchar con fe y beneficiamos de ella. Al escuchar con sincera y ferviente atención las enseñanzas de Cristo, comprendiendo la importancia de escucharlas correctamente, el Señor podrá usarnos para enseñarlas a otros. “Con la medida que medís, os será medido”. La medida de nuestro fervor al estudiar su Palabra será proporcional al conocimiento que recibiremos de ella, y cuanto más intensamente la escuchemos, tanto más se nos dará. En cambio aquel que no ha aprovechado sus oportunidades para practicar la verdad, y no ha compartido la bendición de su conocimiento con otros, lo que tiene le será quitado. La oportunidad de recibir e impartir la luz del cielo no se producirá más a través de él. Nuestra única seguridad es estar en comunión permanente con los altos y sagrados principios de la Palabra. Al leerla y estudiarla, Cristo se comunica con nosotros, y sus preciosos rayos de luz traídos por seres invisibles refrescarán e iluminarán la mente. La Palabra del Dios eterno es nuestra guía. Por medio de esta Palabra hemos sido hechos sabios para la salvación. Esta Palabra debe estar siempre en nuestros corazones y labios. “Escrito está” debe ser nuestra anda. Los que hacen de la Palabra de Dios su consejera comprenden la debilidad del corazón humano y el poder de la gracia de Dios para subyugar todo impulso no santificado. Sus corazones se elevan continuamente en oración, y gozan de la protección de los santos ángeles. Cuando el enemigo irrumpe como inundación, el Espíritu de Dios levanta bandera contra él. Hay armonía en el corazón debilitado al impulso producido por la preciosa y poderosa influencia de la verdad. Sí, la Palabra de Dios es el pan de vida. Si la comemos diariamente, infundirá vigor inmortal en el alma, perfeccionará nuestra experiencia, y traerá los gozos que perdurarán para siempre (Pacific Union Recorder, diciembre 22; 1904). Estudiad la Palabra que Dios en su sabiduría, amor y bondad ha hecho tan clara y sencilla. El capítulo seis de Juan nos dice lo que significa el estudio de la Palabra. Los principios revelados en las Escrituras deben enseñarse a todos. Debemos comer la Palabra de Dios; esto significa que no debemos apartarnos de sus preceptos. Debemos introducir sus verdades en nuestra vida diaria y captar los misterios de la divinidad. Orad a Dios. Estad en comunión con él. Estudiad la mente de Dios, como quienes se esfuerzan por alcanzar la vida eterna y que necesitan conocer su voluntad. Podéis revelar la verdad únicamente como la conocéis en Cristo. Debéis recibir y asimilar sus palabras; éstas deben llegar a formar parte de vosotros. Esto es lo que significa comer la carne y beber la sangre del Hijo de Dios. Debéis vivir por cada palabra que procede de la boca de Dios; es decir, lo que Dios ha revelado. No todo ha sido revelado; porque no podríamos soportar tal revelación. Pero Dios ha revelado todo lo que es necesario para nuestra salvación. No debernos dejar su palabra para aceptar las suposiciones de los seres humanos (Consejos sobre la salud, pp. 367, 368).
Miércoles 16 de Mayo: ¿Qué dice la palabra de Dios? “Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros” (Filipenses 2:3, 4). No hay nada que debilite la fortaleza de la iglesia como el orgullo y la pasión... Cristo nos ha dado un ejemplo de amor y humildad, y ha ordenado a sus seguidores que se amen mutuamente como él los ha amado. Con humildad, debemos estimar a otros superiores a nosotros. Debemos ser severos con nuestros propios defectos de carácter, prontos para discernir nuestros errores y equivocaciones, y tener menos en cuenta las faltas ajenas que las nuestras. Debemos sentir un interés especial en considerar las cosas ajenas, no para codiciarlas, no para encontrar faltas en ellas, no para hacer comentarios en cuanto a ellas y presentarlas en una luz dudosa, sino para hacer estricta justicia en todas las cosas a nuestros hermanos y a todos con quienes nos tratamos. Ofende a Dios el espíritu de hacer planes para nuestro interés egoísta, con el fin de obtener alguna ganancia, o para mostrar superioridad o rivalidad. El Espíritu de Cristo guiará a sus seguidores para que se preocupen, no sólo por su éxito o ventajas, sino por tener también interés en el éxito y ventajas de sus hermanos. Esto será amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos (A fin de conocerle, p. 178). A estos principios está ligado el bienestar de la sociedad, tanto en las relaciones seculares como en las religiosas. Ellos son los que dan seguridad a la propiedad y la vida. Por todo lo que hace posible la confianza y la cooperación, el mundo es deudor a la ley de Dios, según la da su Palabra, y según se puede encontrar aún, en rasgos a menudo oscuro y casi borrado, en el corazón de los hombres. Las palabras del salmista: “Mejor me es la ley de tu boca, que millares de oro y plata”, declaran algo que es cierto desde otros puntos de vista, fuera del religioso. Declaran una verdad absoluta, reconocida en el mundo de los negocios. Hasta en esta época de pasión por la acumulación de dinero, cuando hay tanta competencia y los métodos son tan poco escrupulosos, se reconoce ampliamente que, para el joven que se inicia en la vida, la integridad, la diligencia, la temperancia, la economía y la pureza constituyen un capital mejor que el constituido meramente por una suma de dinero. Sin embargo, aún entre los que aprecian el valor de estas cualidades y reconocen que tienen su origen en la Biblia, hay pocos que aceptan el principio en que se fundan (La educación, p. 137). Si estas personas hicieran de la Palabra de Dios su estudio y su guía, verían que nadie. “vive para sí”. Comprenderían que Dios, mediante su registro inspirado, coloca un alto valor sobre la familia humana. Las obras de cada día en la creación fueron consideradas “buenas”; pero cuando Dios creó al hombre a su imagen en el sexto día, éste fue considerado “bueno en gran manera”. Ninguna otra criatura mostró tal exhibición de su amor. Y cuando todo se perdió por el pecado, Dios dio a su amado Hijo para redimir a la raza caída. No quería que los seres que había creado pereciesen en sus pecados, sino que viviesen para bendecir al mundo y honrar a su Creador. Los profesos cristianos que no viven para beneficiar a otros sino para seguir su propia y perversa voluntad tendrán que dar cuenta al Maestro por el abuso de las bendiciones que él les ha dado (Testimonies, t. 4, pp. 562, 563).
Jueves 17 de Mayo: Reavivamiento y Reforma El rey debía confiar a Dios los acontecimientos futuros; no podía alterar los eternos decretos de Jehová. Pero al anunciar los castigos retributivos del Cielo, el Señor no retiraba la oportunidad de arrepentirse y reformarse; y Josías, discerniendo en esto que Dios tenía buena voluntad para atemperar sus juicios con misericordia, resolvió hacer cuanto estuviese en su poder para realizar reformas decididas. Mandó llamar inmediatamente una gran convocación, a la cual invitó a los ancianos y magistrados de Jerusalén y Judá, juntamente con el pueblo común. Estos, con los sacerdotes y levitas, se encontraron con el rey en el atrio del templo. A esta vasta asamblea el rey mismo leyó “todas las palabras del libro del pacto que había sido hallado en la casa de Jehová” (2 Reyes 23:2). El lector real estaba profundamente afectado, y dio su mensaje con la emoción patética de un corazón quebrantado. Sus oyentes quedaron profundamente conmovidos. La intensidad de los sentimientos revelados en el rostro del rey, la solemnidad del mensaje mismo, la advertencia de los juicios inminentes, todo esto tuvo su efecto, y muchos resolvieron unir- se al rey para pedir perdón. Josías propuso luego que los que ejercían la más alta autoridad se comprometiesen solemnemente con el pueblo delante de Dios a cooperar unos con otros en un esfuerzo para instituir cambios decididos. “Y poniéndose el rey en pie junto a la columna, hizo alianza delante de Jehová, de que irían en pos de Jehová, y guardarían sus mandamientos, y sus testimonios, y sus estatutos, con todo el corazón y con toda el alma, y que cumplirían las palabras de la alianza que estaban escritas en aquel libro”. La respuesta fue más cordial de lo que el rey se había atrevido a esperar, pues “todo el pueblo confirmó el pacto” (vers. 3). En la reforma que siguió, el rey dedicó su atención a destruir todo vestigio que quedara de la idolatría. Hacía tanto tiempo que los habitantes del país seguían las costumbres de las naciones circundantes en lo referente a postrarse ante imágenes de madera y piedra, que parecía casi imposible al hombre eliminar todo rastro de estos males. Pero Josías perseveró en su esfuerzo por purificar la tierra. Con severidad hizo frente a la idolatría matando “a todos los sacerdotes de los altos”; “asimismo barrió Josías los pytones, adivinos, y terapheos, y todas las abominaciones que se veían en la tierra de Judá y en Jerusalén, para cumplir las palabras de la ley que estaban escritas en el libro que el sacerdote Hilcías había hallado en la casa de Jehová” (vers. 20, 24) (Profetas y reyes, pp. 294-296). Por todo el reino, la gente necesitaba ser instruida en la ley de Dios. Su seguridad estribaba en la comprensión de esta ley; si conformaban su vida a sus requerimientos, serían leales a Dios y a los hombres. Sabiendo esto, Josafat tomó medidas para asegurar a su pueblo una instrucción cabal en las Santas Escrituras. Ordenó a los príncipes encargados de las diferentes porciones de su reino que facilitasen el ministerio fiel de los sacerdotes instructores. Por orden real, estos maestros, obrando bajo la dirección personal de los príncipes, “rodearon por todas las ciudades de Judá enseñando al pueblo” (2 Crónicas 17:7-9). Y como muchos procuraban comprender los requerimientos de Dios y desechar el pecado, se produjo un reavivamiento. Josafat debió gran parte de su prosperidad como gobernante a estas sabias medidas tomadas para suplir las necesidades espirituales de sus súbditos. Hay mucho beneficio en la obediencia a la ley de Dios. En la conformidad con los requerimientos divinos hay un poder transformador que imparte paz y buena voluntad entre los hombres. Si las enseñanzas de la palabra de Dios ejercieran una influencia dominadora en la vida de cada hombre y mujer, y los corazones y las mentes fuesen sometidos a su poder refrenador, los males que ahora existen en la vida nacional y social no hallarían cabida. De todo hogar emanaría una influencia que haría a los hombres y mujeres fuertes en percepción espiritual y en poder moral, y así naciones e individuos serían colocados en un terreno ventajoso (Profetas y reyes, pp. 142, 143).
Viernes 18 de Mayo: Para estudiar y meditar Profetas y reyes, pp. 142-151, 245-251; Mensajes selectos, t. 1, pp. 140-177.
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