Jacques Doukhan

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Religión, poder y dinero

CAPÍTULO 5

Lección 6

Para el 10 de Febrero de Enero


 

Eclesiastés ha estado hablando en primera persona, compartiendo principios generales de ética. Ahora pasa a amonestaciones, dirigidas en segunda persona singular a una audiencia indefinida. Las amonestaciones que siguen pueden aplicarse a su alumno, a su hijo o a todos nosotros. El tono de Eclesiastés ha cambiado. Expresa diez frases imperativas: "Guarda tu pie" (5:1), "acércate para oír" (5:1), "no te des prisa con tu boca" (5:2), "ni tu corazón se apresure a proferir palabra" (5:2), "sean pocas tus palabras" (5:2), "cumple lo que prometes" (5:4), "no dejes que tu boca te haga pecar" (5 6) " ni digas"(5 16) " teme a Dios'" (5 7) " no te maravilles" (5:8). No es suficiente que sepamos lo que es correcto, tenemos que vivir correctamente. Antes de Karl Marx, Nietzsche y Foucault, Eclesiastés puso bajo su escrutinio las tres fuerzas impulsoras de la vida -"religión, poder y dinero" -, y nos advierte contra ellas.

  • La vanidad de la religión

Eclesiastés comienza sus exhortaciones con el engaño de la religión. El primer imperativo es un término técnico, "guarda" (shamor), que normalmente se usa en relación con los Mandamientos (Deut. 6:17; 11:22; 27:1). Este es el mismo verbo que está conectado con el mandamiento del sábado (Deut. 5:12). Aquí, el verbo concierne al acto fundamental de la religión, "ir a la casa de Dios" (5:1). Eclesiastés advierte que tienes que "guardar tu pie", ser cuidadoso,  cuando vayas a la presencia de Dios. Es obvio que no podemos ir para encontramos con Dios de la misma manera en que salimos para dar un paseo o ir de compras. El significado inmediato de esta advertencia es hacemos percibir lo sagrado de la ocasión.

En el contexto de la literatura sapiencia!, la expresión "guarda tu pie" significa ser cuidadoso de no tropezar (Prov. 3:26). Podríamos tropezar cuando practicamos la religión "de tal manera, que hacemos mal" sin siquiera saberlo (5:1). Esto es lo que Eclesiastés llama el "sacrificio de los necios". La Biblia registra varios casos así: Caín (Gén. 4:1-9); Saúl (1 Sam. 13:1-15); y Salomón mismo (1 Rey. 11:7¬9) había hecho mal mientras ofrecía sacrificios.

Pero Eclesiastés no se está refiriendo a un sacrificio equivocado, o a una religión errada. Aun cuando vayamos a la iglesia correcta, aun cuando demos todos los pasos correctos, podemos estar haciendo el "sacrificio de los necios". Eclesiastés presenta dos ejemplos específicos de este error.

El primer ejemplo tiene que ver con las "palabras" (5:2, 3) que pronunciamos delante de Dios, el ejercicio de la oración. No deberíamos apresuramos con nuestra boca, dice Eclesiastés; deberíamos controlar nuestro lenguaje. Aunque nuestras palabras provengan de nuestro corazón, no todo es apropiado cuando hablamos a Dios. La oración requiere que pensemos y prestemos atención. En nuestra cultura de comunicación y medios masivos intensos, las palabras han perdido su peso. A menudo se dicen palabras sin pensar mucho. Del mismo modo, nuestras oraciones han perdido significado, y ya no llevan la fuerza de las verdaderas oraciones. Demasiado a menudo las palabras de nuestras oraciones están destinadas a exhibirse, y ser admiradas por otros. Nos gratifica escuchar que digan: "¡Qué hermosa oración!" después de que hemos dicho "Amén". Con frecuencia, las palabras de nuestras oraciones son mecánicas, recitadas sin pensadas. Ni siquiera entendemos lo que estamos diciendo, o nos olvidamos de lo que acabamos de orar. Y a veces nuestras oraciones son incoherentes, síntomas de nuestra propia necedad.

Eclesiastés indica la razón de estos problemas: ya no estamos orando a Dios. Hemos perdido el sentido de la distancia de Dios, que él está en el cielo, y que nosotros estamos sobre la tierra. Así que, estamos orando a un dios de nuestra propia medida, un ídolo que no está escuchando. O, sencillamente, estamos hablando con nosotros mismos. Por eso, Eclesiastés nos aconseja: "Por tanto, sean pocas tus palabras". Es mejor decir unas pocas palabras significativas, expresando un pensamiento cuidadoso, que expresar una multitud de palabras vacías, que no pasan más allá del techo. Eclesiastés compara estas palabras con "sueños", que en el contexto del antiguo Cercano Oriente, y específicamente del antiguo Egipto, eran consideradas como una figura de las cosas pasajeras e ilusorias y aun engañosas.1 Para Eclesiastés, los sueños son algo como el hébel, "vanidad"; las dos palabras aparecen en 5:7 como sinónimas.

Muchas personas religiosas deberían escuchar el consejo de Eclesiastés. Jesús hizo la misma recomendación: "y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos" (Mat. 6:7). y, no obstante, muchos judíos y muchos cristianos todavía creen que cuanto más larga sea la oración, mayor será su valor. Sea una recitación interminable del rosario, un pasaje leído velozmente de un libro de oración o la lectura pública de una oración preparada, volcada sobre los pacientes feligreses, es el mismo síndrome por el que Eclesiastés y Jesús estaban preocupados.

El segundo ejemplo tiene que ver con los "votos" (5:4, 5), cuando hacemos promesas a Dios, o en la presencia de Dios, y no las cumplimos. El libro de los Proverbios se refiere a esta conducta:

"Lazo es al hombre hacer apresuradamente voto de consagración, y después de hacerla, reflexionar" (Proverbios 20:25). El principio que está en la base de esta advertencia está arraigado en el pacto de Dios con su pueblo. Nuestro compromiso de cumplir nuestras promesas a 

Dios es una respuesta a él. Pero, nuestras buenas intenciones tropiezan con la debilidad de nuestra naturaleza. Estamos destinados a fracasar en nuestro compromiso con Dios. Por esto, en la tradición judía, el Día de la Expiación se ha asociado no solo con el perdón de todos nuestros pecados, sino también con la cancelación de nuestros votos, como nos lo recuerda la oración judía del Kol Nidrey.2 La Biblia nos asegura que Dios nos ha perdonado, y que todos están libres de su deuda hacia Dios. Esto está implícito en la promesa de la oración del Señor: "V perdónanos nuestras deudas" (Mat. 6:12). La misericordia de Dios supera a su justicia.3

La verdad es que Eclesiastés no trata tanto de que cumplamos nuestro voto o dejemos de hacerlo, como de nuestra honestidad hacia Dios, la ligereza de nuestras palabras y el hecho de que no tomamos a Dios en serio. Aun si creemos que Dios es suficientemente misericordioso para perdonamos, el problema permanece. Es todavía preferible no hacer votos que hacerlos a la ligera, sin pensarlo, y luego retractamos de ellos cuando nos damos cuenta de las implicaciones de nuestras palabras. V la seguridad del perdón de Dios no alivia la gravedad del caso. Además, los votos que están señalados aquí no son tanto los votos importantes, los de servir a Dios o permanecer fieles a nuestro cónyuge; estos compromisos importantes no pertenecen a la categoría de los votos de Eclesiastés, y se atienden en otros contextos.

Lo que Eclesiastés tiene en mente es la multiplicación de palabras y deseos piadosos para hacer algo por Dios que nunca se hace y, por lo tanto, terminan siendo mentiras. La idea de "mentira" está, en realidad, implicada en esa advertencia; la palabra hebrea jabal, para "destruir" (5:6), está asociada con la palabra "mentiras" (ver Isa. 32:7). En la misma categoría están todas las mentiritas que decimos en relación con Dios: todas las acciones virtuosas de que nos jactamos pero que nunca ocurrieron, todos los testimonios elegantes de milagros que contamos para mostrar nuestra superioridad religiosa, todas las mentiras "piadosas" que usamos para demostrar a Dios en nuestro celo apologético. Para Salomón, todos los falsos votos para Dios, todas esas mentiras en relación con Dios, a menudo se dicen para el beneficio personal de la persona religiosa, tal vez para su propia gloria. Estas no son más que "vanidad", y conducirán a la destrucción.

Eclesiastés nos había animado desde el comienzo con su amonestación de "acercamos más para oír que para ofrecer" (5: 1 ). Allí está precisamente la vanidad de la religión. Estamos ansiosos de dar y trabajar para Dios más bien que de oír y recibir de él. Esto es lo que continúa diciendo Eclesiastés: las obras humanas no conducen a nada, son vanidad. V, en lo que respecta a la religión, las obras y las intenciones piadosas son aun peores, porque pretendemos hacerlas en favor del gran Dios de la Creación, el único que da todo. El resultado es este regalo ridículo y vacío, "el sacrificio de los necios".

Podemos engañamos a nosotros mismos, pero no podemos engañar a Dios. Es significativo que esta sección cierre con un mandato:

"Teme a Dios" (5:7). La misma amonestación se encuentra en la conclusión de todo el libro. Allí, se presenta a Dios como el Juez:

"Teme a Dios […] porque Dios traerá toda obra a juicio" (12:13, 14). "Temer a Dios" significa percibir que Dios es el Juez; él no solo prueba la vanidad de nuestra religión.  También juzga la tierra.

  • La vanidad del poder

Ahora bien, si no vemos justicia y misericordia en esta tierra, no deberíamos sorprendemos (5:8). La razón, de acuerdo con Eclesiastés, reside en el principio de que siempre hay otro poder por sobre cada poder, donde la tierra es el poder superior sobre todo; aun el rey tiene que someterse a ella. La palabra hebrea yitron, traducida como "provecho" en la frase "el provecho de la tierra es para todos" (5:9), significa "superioridad" y se usa para indicar la superioridad de la luz sobre las tinieblas (2:13), o la superioridad de la sabiduría sobre la necedad (7:12; 10:10). Este significado es adecuado para nuestro contexto, elevando a un crescendo de "superioridad": la superioridad del "[oficial, NVI] alto" sobre otro "[oficial] alto", y la superioridad del [oficial] más alto "está sobre ellos" (5:8), y finalmente la "superioridad [el provecho]" de la "tierra [los campos, NVI]" sobre todos (5:9). Aun el rey mismo está sujeto a los campos (5:9).

Nuestro pasaje hace referencia a otros dos contextos bíblicos: Génesis 2 y 3, que habla acerca de trabajar la tierra (Gén. 2:5) por el hombre y la maldición sobre la tierra (Gén. 3:17,18), y 1 Crónicas 29:10 al 15, que informa de la oración de David antes de ungir a Salomón como rey (comparar con verso 21, 22). Ambos textos comparten con nuestro pasaje una cantidad de palabras y asociaciones.

En Génesis 2 y 3, como en Eclesiastés 5, encontramos las mismas palabras "tierra", "campos", "servir, estar sujeto". La conexión con Génesis 2 y 3 nos lleva al contexto de la maldición de la tierra y la dependencia que tiene el hombre de la tierra. Como explica el famoso comentador judío Rashi: "Porque aunque él es un rey, está sujeto a los campos; si produce frutos, puede comer, si no, morirá de hambre".4 Esta conexión sugiere la razón por la falta de justicia: estamos bajo la maldición, y no hay manera de que podamos evitar esa trágica implicación del mal.

En 1 Crónicas 29, encontramos las palabras "sobre todo" (vers. 11, 12), "tierra" (vers. 11, 15) Y "reino, rey" (vers. 11, 12), en común con Eclesiastés 5. Esta conexión nos lleva al contexto de la oración de David, que destaca la soberanía de Dios: "Tú eres excelso sobre todos" (vers. 11), "tú dominas sobre todos" (vers. 12), "todo es tuyo" (vers. 14). Es digno de notar que la palabra "todo" (kol) se usa diez veces en la oración. Este énfasis sugiere que sobre "todos" estos poderes de maldad, que son el resultado de la maldición, Dios gobierna. El Juez está por encima de todos ellos. No lo vemos a él, ni se lo menciona; no obstante, él está detrás de todo. Él está presente, aun cuando parezca ausente.

Eclesiastés habla en el lenguaje de la esperanza. Al mismo tiempo, se nos recuerda que, aparte de esta seguridad de la soberanía de Dios, la carrera por el "poder" no conduce a nada, excepto la vanidad. Irónicamente, la persona ambiciosa, que ama el poder, siempre estará sujeta a alguien. La carrera es interminable. Y, cuando pensamos que hemos llegado a la cima, como un rey, nos damos cuenta de que aun allí somos meros siervos. "Servimos a la tierra", y nuestro nuevo amo es ciego, y está bajo maldición. Esto es vanidad en el peor de los casos. De vanidad en vanidad, la carrera por el poder, en última instancia, conduce a la "vanidad de vanidades", al abismo.

  • La vanidad del dinero

La misma línea de razonamiento se aplica al dinero. Así como el hambre por el poder nunca se agota, el amor a las riquezas nunca está satisfecho. Ambos, el poder y el dinero, son vanidad. Aquí también el esfuerzo humano lleva al vacío. La frase hebrea golpea la negación seis veces (5:7,9,9,11, 13, 14), para marcar en forma sistemática que lo que comienza positivo siempre termina como negativo.

La primera razón por la cual la riqueza nunca satisface está expresada al comienzo como un argumento subjetivo: el que ama el dinero no se satisfará con dinero, y el que ama la abundancia no se satisfará con productos (5: 10). N o llegará nunca al punto en que estará satisfecho, donde finalmente encontrará su frutos La meta nunca se alcanza.

El segundo argumento utiliza la observación objetiva de que todo lo que adquiera será tomado por otras personas que lo gozarán (5:11). Cuanto más aumente su riqueza, tanto más habrá personas para aprovecharse de ella. Usted no se beneficiará con ella. Solo la verá.

El tercer argumento niega aun el valor de la riqueza, ya que no trae felicidad. Eclesiastés compara el sueño del pobre con el sueño del rico (5:12). La calidad de vida de la persona pobre es mejor que la de la persona rica. No solo el pobre duerme mientras el rico no puede hacerla; su sueño, además es "dulce". Aparentemente tiene sueños dulces mientras que el hombre rico tiene pesadillas, y camina de aquí para allá en su lujoso dormitorio. La calidad "dulce" del sueño del hombre pobre sugiere que él es más feliz.

La cuarta razón de la vanidad de la riqueza es la más dramática y también el argumento más tangible. Esta última situación es peor que todas las otras (5: 13-17). En este texto, 1) el hombre rico no ve el aumento de su riqueza, 2) ninguno, ni siquiera su hijo, obtuvo los beneficios de ella y 3) él no gozó de la vida. Todos los días también comió en oscuridad y tuvo "mucho dolor y afán y miseria" (5: 17). Todo su trabajo y todos sus sacrificios no le aprovecharon; se los llevó el viento (5:16). Eclesiastés imagina el escenario de alguien que repentinamente pierde todo su dinero, y no le queda nada para dejar a su hijo recién nacido (5: 13, 14). Luego, enseguida después de mencionar al recién nacido, hace este comentario oportuno: "Como salió del vientre de su madre, desnudo, así vuelve, yéndose tal como vino" (5:15). Es como si el anteriormente hombre rico estuviera haciendo esa observación mientras mira su propio bebé desnudo. Eclesiastés usa la imagen del recién nacido para transmitir el argumento definitivo de la muerte, en términos de la maldición del Génesis: 11 […] hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás" (Génesis 3:19). Además, Eclesiastés asocia la maldición con una alusión a la desnudez original de Adán y Eva, que corresponde al mismo contexto de la maldición (Génesis 2:25; 3:7-12,21). La maldición del Génesis plantea la lección definitiva de la vanidad: ¿por qué amasar riquezas, si estamos destinados a volver al polvo, donde no podremos llevar nada con nosotros? (5:15).

Eclesiastés, sin embargo, no está en contra de ser rico y trabajar mucho y gozar de la vida. Más bien, su argumento se refiere a la ansiedad de ganar dinero y acumular riqueza por la riqueza misma. También está hablando contra la falacia de que toda esta riqueza podemos lograda solo por nuestros propios méritos. Lo que quiere destacar es que todo este esfuerzo humano es vanidad, precisamente por causa de la maldición que pone sobre ella el sello de la muerte. La única forma valiosa y legítima de trabajar y gozar es dentro del contexto del don de Dios como Creador.

En el párrafo final del capítulo (5:18-20), Eclesiastés nos pone en esa precisa perspectiva. Las palabras clave de la historia de la Creación, "bueno" (tov) y "dar" (nathán), ambas aparecen varias veces en nuestro pasaje: "bueno es comer y beber, y gozar uno del bien de todo su trabajo con que se fatiga debajo del sol todos los días de su vida que Dios le ha dado. Asimismo, a todo hombre a quien Dios da riquezas […] y le da61a facultad para que coma de ellas […] esto es don de Dios" (5:18, 19). Eclesiastés insiste en que todo este gozo, todo este trabajo y toda esta riqueza son "buenos", precisamente porque todos son "el don de Dios" en el contexto de la Creación. Este gozo es posible solo porque es un gozo recibido, no porque es el resultado de nuestro propio trabajo. Fuera de este contexto, estamos bajo la maldición, en el ámbito de la muerte y la oscuridad, que Eclesiastés llama hébel, "vanidad".


Referencias y Notas

  • 1. Ver Lichtheim, AEL, t. 1, p. 116.

  • 2. La oración Kol Nidrey ("todos nuestros votos") se recita al comienzo de los actos del Día de la Expiación. Afirma que toda clase de votos, hechos ante Dios, sin pensado o apresuradamente, durante el año (y, por lo tanto, no cumplidos), serán cancelados y declarados nulos.

  • 3. Ver Éxodo 20:5 y 6, donde la justicia de Dios alcanza hasta "la tercera y cuarte generación", pero su misericordia se manifiesta a millares de generaciones; comparar con Mateo 18:21 al 23. Ver también la oración de Dios en este pasaje del Talmud: "¿Cuál es la oración de Dios? El Rabí Zutra dice: 'Sea mi voluntad que mi misericordia supere mi ira, y mis cualidades de amor sobrepasen mis rasgos estrictos, que trate a mis hijos con mi cualidad de amor materno y que siempre trate con ellos más allá de la letra de la ley' " (Talmud Babilónico, Berakhot 7a).

  • 4. Ver Miqraot Gdoloth; comparar con lbn Ezra, "Aun el rey, que no tiene superior, está sujeto al campo para su mantenimiento, porque él subsiste por ello".

  • 5. La palabra hebrea tevuah, traducida "fruto" en la RVR 60, significa "el producto del campo" (ver Levítico 23:29; Josué 5:12).

  • 6. No contamos esta palabra porque en el hebreo se usa otra palabra que no es Natán.
     

 

 

 

Compilador: Dr. Pedro Martínez


 

 
 

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