
El triunfo de la fe

Lección 9

Para el 2 de diciembre de 2006
Hebreos 11:8-11
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Objetivos para el Maestro
Bosquejo de la Lección
Resumen Abraham fue fiel a Dios hasta su muerte. Aun a pesar de la debilidad humana, Dios guarda su pacto con Abraham y le da un hijo. Este es el comienzo de la promesa de hacer de su siervo una nación grande.
Comentario Los caminos de Dios con frecuencia trascienden la comprensión humana. Los seres humanos finitos nunca pueden entender todos los factores y las razones que hay detrás de lo que Dios hace, pero podemos confiar en que todo lo que hace, tiene como meta definitiva el amor, la gracia y la salvación. Dios recompensa abundantemente esa confianza y fe en él. En ninguna parte podemos ver esto mejor ilustrado que en el relato de Abraham e Isaac en el monte Moriah. Una “prefiguración” Temprano una mañana, Abraham e Isaac salieron hacia el monte Moriah. Debió de haber sido difícil ocultar el propósito de este viaje a Sara. Ella y el resto del gran clan del patriarca deben de haber sentido curiosidad mientras ambos cargaban los animales. ¿Qué habría hecho la madre del joven si lo hubiese sabido? ¿Habría denunciado a Dios como un déspota cruel que daba para luego quitar? ¿Habría Abraham anhelado desesperadamente compartir su lucha interior con ella? Solo podemos imaginar cuáles fueron los pensamientos de Abraham mientras se acercaban a la montaña. Tal vez, mientras subían su mente volvió atrás, hacia los muchos años en que Dios lo había dirigido. ¿No le había prometido Dios mucho más que solo un hijo para conservar la línea de la familia y pasar la herencia familiar? ¿Estaba recordando que el hijo que Dios le pedía que sacrificara, era precisamente el mismo por medio del cual Dios había prometido fundar una gran nación? El nombre Isaac significaba risa. Pero mientras subían al monte, Abraham pudo pensar que “dolor” hubiera sido un nombre mejor. El hijo de Abraham estaba llegando a lo que en el mundo hebreo antiguo se consideraba la adultez, una edad en la que pronto se casaría y tendría hijos propios. Abraham y Sara llegarían a ser abuelos y tendrían la certeza de que la línea de la familia sobreviviría por lo menos una generación más. Además, Abraham podría ver el comienzo de esa gran nación que Dios había prometido hacer de él cuando lo sacó de su tierra natal. Ahora, ¿Dios había decidido destruirlo todo? Devastado, el patriarca escuchó con horror creciente la orden de Dios de que sacrificara a este hijo especial, el hijo de la promesa. Él conocía los sacrificios de niños. Era una costumbre familiar hasta para él: la gente de las naciones vecinas consideraban que era la mayor ofrenda que podían entregar a los dioses; el sacrificio más poderoso imaginable. Los faraones describían sus conquistas militares mediante pinturas y tallados en los muros. Algunos de ellos mostraban las ciudades cananeas sitiadas. El gobernante de la ciudad sitiada, en un acto de desesperación, se situaba sobre el muro de la ciudad, preparado para arrojar a su hijo muro abajo como un sacrificio infantil; seguramente, el dios que él adoraba los libraría de los egipcios después de ese sacrificio. Pero el Dios de Abraham, ¿sería como los demás dioses? ¡Seguramente que no! Pero Abraham había escuchado su voz demasiadas veces como para pasar por alto la orden divina como si fuera una alucinación. Esa voz había sido una parte demasiado poderosa de su vida ignorarla. En el pasado, le había prometido y predicho, y luego le había demostrado que tenía el poder para hacer ocurrir aquello que había anunciado. Abraham debió de haber luchado en su mente acerca de la orden de Dios de sacrificar a su hijo. Esta difícil acción le parecía destruir todo lo que Dios había prometido y, aún peor, amenazaba con poner en duda todo lo que el patriarca había llegado a comprender acerca del carácter divino. No obstante aferrándose al recuerdo de lo que Dios había hecho en el pasado, él se inclinó para hacer lo que Dios le pedía. Sin embargo, el lector del Génesis sabe algo que Abraham no supo. Los autores bíblicos rara vez comentan el significado de las historias que cuentan. Pero cuando el autor registra algo, es muy importante. El autor bíblico comienza el incidente del monte Moriah anunciando que la orden de Dios de sacrificar a Isaac era solo una prueba (Gén. 22:1). Él quiere que los lectores comprendan exactamente lo que ocurre para que no malinterpreten el carácter divino. Pero Abraham no participa de ese conocimiento. Él debe afrontar con la orden divina con solo la guía de su experiencia pasada con Dios. De acuerdo con Hebreos 11:19, el patriarca concluye que de alguna manera Dios podría restaurarle a Isaac; tal vez, mediante la resurrección. (De hecho, en los escritos del Nuevo Testamento se considera la eventual interrupción divina del sacrificio como un “prenuncio” del poder de Dios para resucitar a los muertos.) Pero, aun así, la resurrección debió de haber sido un concepto difícil de captar para la gente del tiempo de Abraham. Abraham tenía fe en Dios por causa de sus años de relación con él, que le habían enseñado que podía confiar en que Dios siempre resolvería las cuestiones. Después de todo, Dios ya había cumplido su promesa de que Sara, aunque de edad demasiado avanzada para tener hijos, daría a luz a un hijo. De muchas otras maneras Dios había demostrado que era totalmente confiable. Dios había traído a la existencia al hijo de la promesa. Si el Dios que había conducido a Abraham a Canaán ahora le pedía que devolviera a Isaac, él cumpliría su divina promesa de algún otro modo. Aun en su fe, Abraham tal vez no comprendió la plena implicación de su declaración a Isaac: “Dios se proveerá de cordero para el holocausto, hijo mío” (Gén. 22:8). Pero él sabía que podía depender de Dios, y esto es lo más importante que cualquier seguidor de Dios debe aprender; es el núcleo de toda fe verdadera.
Textos para estudiar: Génesis 12:9-20; 20:1-7; 21:9; Juan 8:56; 1 Corintios 1:25; Gálatas 4:28-31.
¿Notaste a este niño gordito que avanzaba por el pasillo de la iglesia el sábado pasado? En su puño, llevaba bien apretados unos billetes que algunos feligreses le habían regalado como ofrendas de gratitud. ¿Recuerdas que en su esfuerzo para mantenerse en su camino, su progreso era impredecible, en el mejor de los casos? Daba un paso vacilante o dos, y de repente caía sentado. Cuando ocurría eso, se podía percibir que parecía sorprendido por su falta de control motor. Después de un momento, viste que se levantaba y renovaba su avance desparejo por el pasillo; repentinamente, otra vez caía. Una y otra vez caía, se levantaba y probaba de nuevo. ¿Por qué estaba tan decidido a alcanzar la meta que se había puesto? Tú seguías mirando para observar en qué asunto estaba concentrado. Sus ojos estaban fijos en los del pastor, que se encontraba en el extremo del pasillo, sosteniendo la canasta de las ofrendas de los niños. Entonces supiste que el único propósito del pequeño para hacer ese viaje de caídas y levantadas era alcanzar la canasta y depositar en ella su ofrenda de gratitud. Finalmente, después de una caída especialmente dura, no se pudo levantar otra vez. De repente, su padre acudió en su ayuda por el pasillo, lo levantó y lo llevó hasta su meta. Suspiraste con alivio cuando el niño depositó sus billetes en la canasta. Abraham tuvo una experiencia igualmente dolorosa durante su vida. Su viaje fue a menudo áspero y lleno de caídas desastrosas. No obstante, aunque con frecuencia pecaba miserablemente, con humildad y fidelidad confesaba sus debilidades a su Padre celestial y, una vez más, se conectaba de nuevo con él. Estos dos hijos de Dios –uno joven, y el otro anciano, testificando a cuatro mil años uno del otro– cuentan la misma historia: a la larga, el número de fracasos no importa; alcanzar la meta es lo que realmente vale. ¡No dejes pasar un solo día sin compartir estas buenas nuevas con alguna persona!
Rompamos el Hielo: ¿Cómo dibujarías una mentira? ¿Qué colores usarías? En Génesis 20, Abraham vive una mentira no hablada. Conocemos el fin de la historia de su vida: él es considerado el padre de los fieles. ¿De qué manera la experiencia de crecer en Jesús que tuvo Abraham te brinda esperanza? ¿A quién conoces que necesite escuchar la historia de una transformación positiva de la vida mediante el poder de Dios?. Preguntas para Reflexionar:
Preguntas de aplicación: Repasa la historia de la prueba de Abraham e Isaac en el monte Moriah registrada en Génesis 22:1 al 17, y también en Patriarcas y profetas, el capítulo 13. Toma una hoja de papel y registra tus reacciones respecto de cómo debió de haberse sentido Abraham. Haz lo mismo en cuanto a Isaac. A lo largo de este relato, ¿qué has aprendido acerca de reconocer y obedecer la voz de Dios? Pide a Dios que te guíe a obtener una relación más profunda con él, de modo que puedas reconocer el sonido de su voz aun por encima del rugir de los retos diarios que afrontas.
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Compilador: Dr. Pedro Martínez
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