
Destrucción y renovación

Lección 5

Para el 4 de noviembre de 2006
Génesis 6:5-8
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Objetivos para el Maestro
Bosquejo de la Lección
Resumen Por causa de la maldad de la humanidad, Dios destruyó la tierra con un diluvio. Solo Noé y su familia, y los animales que entraron en el arca, sobrevivieron. Después del Diluvio, Dios prometió no destruir la tierra por este medio, otra vez.
Comentario Cuando Dios reformó el mundo después del Diluvio, siguió la secuencia de los eventos de la semana de la Creación. Esto es una coincidencia interesante; pero más importante es apreciar los valores espirituales contenidos en estos paralelos. Primero, observemos al mundo de Noé para ver por qué tuvo que destruirlo y luego renovarlo, y qué nos enseña esto acerca de la misericordia de Dios. I. El justo Noé Noé vivió en un mundo que había enfrentado y rechazado a Dios. Todo pensamiento y acto de la humanidad estaba concentrado en el mal (Gén. 6:5). La violencia había alcanzado un extremo tal, que Dios no podía dejarla seguir adelante. Aquello que cuando fue creado era “bueno en gran manera” (Gén. 1:31) había llegado a estar corrompido (Gén. 6:11). Dos veces Dios declaró que se arrepintió de haber creado a la humanidad (vers. 6, 7). Lo que ellos habían elegido “le dolió en su corazón” (vers. 6), o “se entristeció” de haber creado la raza humana. Solo un hombre, Noé, “halló gracia ante los ojos de Jehová” (vers. 8). ¿Qué quiere decir esto? “Noé, varón justo, era perfecto en sus generaciones; con Dios caminó Noé” (Gén. 6:9). El Antiguo Testamento emplea la palabra “justo” para describir a una persona que evita el pecado y ejerce el bien para con sus vecinos. “Perfecto” implica completo o totalidad; y la Septuaginta (la primera traducción al griego del Antiguo Testamento) usa aquí el mismo vocablo griego que aplica a la cualidad de los animales para los sacrificios: solo lo que no tuvieran defecto podrían habitar en el monte santo de Dios (Sal. 15:1, 2); y la perfección es el prerrequisito para un compañerismo íntimo con Dios. Noé caminó con Dios; una característica que compartió con Enoc (Gén. 5:23, 24). La Biblia utiliza con frecuencia la figura del “caminar” a fin de describir una manera de vivir. El patriarca vivió en obediencia y en relación con Dios. Dios le contó a Noé sus planes de destruir la creación con un diluvio global (Gén. 6:17), pero que salvaría a Noé y a su familia. Noé debía construir un arca (vers. 14-16) y, junto con su familia, debía entrar en ella junto con ejemplares representativos de las diversas especies de seres vivientes (vers. 18-20). Dios prometió establecer su pacto inalterable con Noé (vers. 18). La construcción del arca misma fue un testimonio constante de la advertencia de Dios. El apóstol Pedro llamó a Noé “pregonero de justicia” (2 Ped. 2:5). La tradición judía, en escritos como los Oráculos Sibilinos y los Jubileos describe a Noé predicando el arrepentimiento. Al transcurrir los años y los que respondían a su predicación morían o se volvían a la corrupción del mundo, Noé debió de haberse desanimado. Solo su confianza en Dios le permitió soportar las burlas hasta el día en que Dios le indicó que debían entrar en el arca (Gén. 7:1). II. La destrucción de la tierra La descripción de los eventos del Diluvio sigue un orden inverso a los de la semana de la Creación. En Génesis 1, Dios creó el mundo a partir del caos y lo declaró bueno; en Génesis 7, él “des-creó” el mundo, porque se había vuelto malo. Génesis 1:6 al 8 nos dice que Dios separó las aguas de arriba de las de abajo; en Génesis 7:11, las une de nuevo. La tierra seca surge en Génesis 1:9 y 10; y desaparece en Génesis 7:19 y 20. Las cosas vivientes que él creó en Génesis 1:20 al 26 fueron borradas en Génesis 7:21 al 23. La perfecta creación que se había corrompido ya no existía más: solo Noé y su familia sobrevivieron (Gén. 7:23). La Biblia lo expresa así: “Se acordó Dios de Noé” (Gén. 8:1). Cuando Dios “recuerda” algo, en la Escritura, interviene en las vidas humanas y en la historia. Salvó a Lot de la destrucción de Sodoma (Gén. 19:29), concedió hijos a Raquel (Gén. 30:22), y libró a Israel de la esclavitud egipcia (Éxo. 2:24; 6:5, 6). Dios comienza ahora a re-crear la tierra, siguiendo el mismo orden que en Génesis 1. Sopla un viento (Gén. 8:1; cf. Gén. 1:2), las fuentes del abismo y las ventanas de los cielos se cierran (Gén. 8:2; cf. Gén. 1:6), las aguas decrecen (Gén. 8:3; cf. Gén. 1:9, 10), y la paloma vuelve con una hoja de olivo (Gén. 8:11; cf. Gén. 1:11, 12). Finalmente, Dios permitió que los animales y los seres humanos salvados salieran del arca, y que fueran fructíferos y se multiplicaran (Gén. 8:15-19; cf. Gén. 1:21-28). Cuando Noé vio emerger las cumbres de los montes de las aguas en disminución, seguramente recordó el informe de cuando el agua cubría toda la tierra. Tales comparaciones no fueron meras coincidencias. Al re-formar la tierra, Dios reflejó el orden de los eventos de la semana de la Creación como para llamar la atención de Noé, y la nuestra, a nuestros orígenes y a la culminación de la Creación, la del hombre y la mujer, y su comunión directa y personal con Dios. Al recordarles lo que habían perdido, Dios declara su anhelo de restaurar esta comunión con nosotros. La tierra misma que emerge del sepulcro acuático señala al poder de Dios de restaurar el alma del pecado. La vieja naturaleza debe ser sepultada como lo fue el mundo antiguo por el agua; un símbolo del bautismo que Cristo un día ofrecería a toda la humanidad, así como el Diluvio cubrió toda la tierra. Al surgir del agua a una vida nueva, la tierra señala a Noé el poder de Dios de regenerar el alma. “Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva” (Rom. 6:4). Dios asumió un riesgo cuando creó nuestro mundo; pero la humanidad lo chasqueó. No obstante, él no nos abandona: él crea de nuevo. Y las Escrituras declaran que él lo re-creará una vez más. El pueblo de Dios espera “la venida del día de Dios, en el cual los cielos, encendiéndose, serán deshechos, y los elementos, siendo quemados, se fundirán. Pero nosotros esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia” (2 Ped. 3:12, 13). Apocalipsis 21:1 predice un cielo y una tierra nuevos que reemplazarán los anteriores. En última instancia, el Diluvio nos dice que Dios nunca abandona su creación.
Textos para estudiar: Génesis 9:8-17; Éxodo 20:24; Hebreos 11:7; 13:8; 2 Ped. 2:4, 5, 9.
La presión de los pares puede significar una fuerza positiva o negativa en nuestras vidas; la gente actúa de cierta manera porque otros actúan de ese modo. Por ejemplo, si en el trabajo sabemos que un colega nunca falta a la iglesia el domingo, podemos esforzarnos por llegar a la Escuela Sabática a tiempo; o si otros notan que observamos fielmente el sábado, de la puesta del sol del viernes a la puesta del sol del sábado, pueden preguntarnos por qué hacemos eso, y se abre la posibilidad de un diálogo. Esta semana aprendimos que la presión de los pares (personas de nuestro entorno próximo) fue un factor decisivo en impedir que la gente realmente escuchara las predicaciones de Noé acerca de un diluvio catastrófico y global. Aún con sus vidas amenazadas, estas personas no estuvieron dispuestas a afrontar el rechazo de sus compañeros, aun si al hacerlo podrían haber salvado sus propias vidas y las vidas de otros. Es triste, pero no tuvieron la fuerza de carácter para dar este paso y desafiar el statu quo. ¡De ningún modo este tipo de conducta se limita a los tiempos de Noé! Vemos a niños, adolescentes y adultos ceder a la mentalidad de la multitud porque no son capaces (o no están dispuestos) de elegir correctamente por sí mismos. Las elecciones tomadas bajo estas circunstancias son generalmente desastrosas para todos los involucrados. Como seguidores de Cristo, cada uno debe conducir con su ejemplo. Nuestra convicción acerca de la verdad debe ser invariable antes quienes nos rodean. No importa cuán adversas sean las circunstancias, debemos reflejar fielmente a Dios en la vida. La presión de los compañeros puede actuar para el bien de otros. Seamos valientes para que demos un testimonio constante de la presencia de Cristo en nuestras vidas.
Rompamos el Hielo: Recuerda tu primer discurso en público. ¿Cómo fue recibida tu presentación? Si fue un discurso en la clase de idioma, ¿se convencieron tus compañeros de clase? ¿Por qué tan pocos habitantes de la tierra respondieron a las apelaciones de Noé? ¿De qué modo la estrecha relación con su familia determinó la aceptación por parte de ellos de sus advertencias? ¿Cómo debemos discipular a las personas hacia Jesús?. Preguntas para Reflexionar:
Preguntas de aplicación:
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Compilador: Dr. Pedro Martínez
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