
De la prisión al palacio

Lección 12

Para el 23 de diciembre de 2006
Génesis 37:3, 4
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Objetivos para el Maestro
Bosquejo de la Lección
Resumen José pasó de ser un hijo favorito, niño mimoso, en la casa de Jacob a ser esclavo en la casa de Potifar; de ser un preso en una cárcel egipcia, a ser el gobernante de todo Egipto. En medio de cada experiencia, José permaneció fiel, y Dios estuvo con él permanentemente. Aunque la experiencia de sus hermanos fuera mayormente de rebelión, avaricia e infidelidad, todavía podemos ver la mano de Dios que obrando para cumplir su propósito en sus vidas.
Comentario Los versículos iniciales de la historia de José describen a una familia que se destruye a sí misma. Vemos cuán dañinos y desastrosos son los efectos del favoritismo en las vidas de Jacob y de sus hijos. Pero aun así, Dios es capaz de conceder bendiciones a partir de los desastres, como lo hizo con José, que eventualmente pudo declarar a los hermanos que lo vendieron a la esclavitud: “Ahora, pues, no os entristezcáis, ni os pese de haberme vendido acá; porque para preservación de vida me envió Dios delante de vosotros” (Gén. 45:5). Pero el rastrear ese dolor hasta sus orígenes nos lleva al corazón de un padre que, en palabras de Shakespeare, “no amó sabiamente pero sí demasiado”. I. Una familia que se destruye a sí misma Jacob siempre amó a Raquel más que a Lea, y siguió demostrándolo aun después de la muerte de Raquel. Manifestó un claro favoritismo hacia los dos hijos de ella, José y Benjamín. La Escritura presenta a José como un pastor de 17 años de edad que ayudaba a sus hermanastros. Aparentemente, hicieron algo que perturbó a José, y él lo informó a su padre (Gén. 37:2). Si el pecado de Rubén es una indicación del carácter del resto de los hermanos, no sorprende que José llevara informes desfavorables. En consecuencia, algunos consideraron a José como un traidor o “soplón”. Pero la inspiración nos dice que José amaba a sus hermanos. No podía soportar verlos pecar contra Dios; les rogó que cambiaran. Sus exhortaciones cayeron en oídos sordos. Él lo confesó a su padre, esperando que Jacob los persuadiera a cambiar. Pero las buenas intenciones de José se vuelven contra él. Su informe avergüenza a sus hermanos ante los ojos del padre, y por eso, ellos lo odian. Jacob amaba en exceso a José, porque “lo había tenido en su vejez” (Gén. 37:3). Pero la inspiración nos dice que este favoritismo es más que solo un gran afecto por el hijo de su esposa favorita; en José, Jacob ve una sed y hambre de Dios. José tiene un carácter muy diferente del de sus hermanos. Un espíritu de piedad mora en él; él es puro, gozoso, activo, diligente, moralmente serio, bondadoso, fiel y veraz. Toma en serio las historias que su padre cuenta respecto de la misericordia y la providencia de Dios, y su corazón anhela a Dios. Jacob ve el mismo amor a Dios en su hijo que él considera tan precioso. ¡No es extraño que Jacob lo amara tanto! Para mostrar su amor, Jacob “le hizo una túnica de diversos colores” (Gén. 37:3). Las traducciones tradicionales mencionan que era una túnica de muchos colores, pero es el material y su longitud lo que lo hacía tan valioso; una túnica digna de la realeza. En pinturas egipcias se observan algunos cananeos bien vestidos, que nos dan un indicio de cómo debió verse esa túnica (ver ilustraciones de las pinturas de la tumba de Beni Hasán en las guardas del Diccionario bíblico adventista). Claramente, Jacob tenía la intención de que la túnica representara el estatus y la autoridad de José, así como su condición de preferencia. La túnica indicaba no solo que Jacob favorecía a José por sobre sus otros hijos, sino también ignoraba lo que ellos atesoraban acerca de su lugar en la familia y en la sociedad. El manto despertó las sospechas de los hermanos, al pensar que su padre procuraba cambiar la tradición y pasar la bendición de la primogenitura a José, en vez de su primogénito, Rubén. Jacob dividió a su familia al tratar de invertir el orden de nacimiento y la primogenitura; ahora está haciéndolo de nuevo con sus propios hijos, destruyendo las vitales relaciones familiares. Ese favoritismo hizo mucho daño a José. Llegó a tener demasiada confianza en sí mismo y a ser desconsiderado, con lo que sus hermanos lo odiaron aún más. II. “He aquí viene el soñador” José enoja más a sus hermanos al describir dos de sus sueños. En el primero, él y sus hermanos están en el campo atando gavillas (varas con espigas atadas juntas). Pero las gavillas de José se mantienen erguidas mientras que las de sus hermanos se inclinan ante la de él (Gén. 37:5-7). Sueños de este tipo eran un motivo normal en el antiguo Cercano Oriente. José describe un segundo sueño en el cual el sol, la luna y once estrellas se inclinan ante él (vers. 9). “¿Qué sueño es este que soñaste?”, pregunta Jacob. “¿Acaso vendremos yo y tu madre y tus hermanos a postrarnos en tierra ante ti?” (Vers. 10). Los celos de sus hermanos con esto aumentan. Reaccionan ante los sueños despertando su odio. Su ira casi estalla en un asesinato. En cambio, venden a José por veinte piezas de plata. Le cuentan a su padre que su hijo está muerto, pero la terrible verdad está sepultada dentro de ellos... y supura. III. “Sacaron a José de la cisterna” El terror se apodera de José en camino a Egipto. Pero, durante el viaje, él decide entregarse completamente a Dios. Al hacerlo, él pasa de ser un hijo mimado a un hombre de carácter firme. La fe en Dios lo capacita para afrontar todas las dificultades presentes y futuras. Aunque experimentó la traición y el abandono de su propia familia, fue tentado sexualmente y luego puesto en la cárcel por hacer lo recto, José aprovechó al máximo cada situación y confió en la misericordia de Dios. Dios lo exaltó, levantándolo desde una mazmorra al palacio del Faraón. “Un carácter recto es de mucho más valor que el oro de Ofir. Sin él nadie puede elevarse a un cargo honorable. [...] La formación de un carácter noble es la obra de toda una vida, y debe ser el resultado de un esfuerzo aplicado y perseverante. Dios da las oportunidades; el éxito depende del uso que se haga de ellas” (PP 224; la cursiva fue añadida).
Textos para estudiar: Génesis 40:8; 45:8; Proverbios 20:7; Jeremías 23:32; Hebreos 11:22.
Tal vez tu vecina acaba de decirte que se le ha diagnosticado una enfermedad incurable. Tal vez tu papá, a quien le faltan pocos meses para jubilarse, no tiene consuelo al saber que el plan de jubilación de su organización tiene pocos fondos, hasta el punto de ser insolvente. Qué pasaría si oyeras que, en el último caso de incendio premeditado, un compañero de trabajo y su familia quedaron sin techo y desamparados. ¿Cuál es tu reacción frente a quienes están profundamente afectados por estas tragedias, de esperanza o de desesperanza? Cuando golpea la tragedia, se necesita de coraje –optimismo genuino– para recordarnos: “Las dificultades pueden ser una bendición. Lo fueron para José. Pero la bendición no está en la dificultad misma; radica en la forma en que se la enfrenta y soporta. Sopórtala impacientemente, y con quejas y murmuraciones [...] y la prueba será una maldición, no una bendición. [...] El sufrimiento que fue diseñado para enriquecernos, si es soportado impacientemente, nos empobrecerá. [...] “También haríamos bien en recordar que a Dios nunca le faltan formas y maneras de cambiar nuestra cautividad en liberación. Puede que no veamos una forma de escape de las difíciles condiciones que nos oprimen, pero el discernimiento de Dios no es así de limitado. El hecho de que no veamos un camino de escape no quiere decir que tal camino no exista, o que nuestra condición sea desesperada. Debemos aprender a elevar nuestros ojos de las condiciones que, para nosotros, son casi imposibles y fijarlos en nuestro Dios, para quien nada es imposible. Puede que la ayuda humana no nos alcance; pero Dios siempre nos puede alcanzar”.–Carlyle B. Haynes, Dios envió a un hombre, pp. 154, 155. Dios siempre puede alcanzarnos. ¡Qué esperanza! ¡Qué optimismo! ¡Qué consuelo infinito se encuentra en esta declaración! ¡Esta es la respuesta que deberíamos compartir con nuestros semejantes cada vez que sea posible!
Rompamos el Hielo: Comparte tu experiencia de cómo fue hacer un viaje a otro lugar o país. ¿Qué hizo que ese ámbito fuera diferente del lugar donde vives? Imagínate cómo habrá sido para José el entrar en Egipto, como cautivo. Sabemos el final de la historia. Al mismo tiempo, José no sabía que las cosas iban a resultar tan bien finalmente. Dios conoce la historia completa de nuestras vidas. ¿De qué modo la experiencia de José puede ayudarte a confiar en la presencia y la conducción de Dios para acompañarte en tu propio Egipto personal? Preguntas para Reflexionar:
Preguntas de aplicación: El copero y el panadero recibieron vislumbres acerca de su futuro por la misericordia de Dios, y José fue su vocero. Cuando el copero regresó a su cargo favorable, se olvidó acerca de esta sorprendente bondad. ¿Qué impidió que José se desesperara o amargara? ¿De qué modo habría terminado la historia si José se hubiera entregado al adversario cuando susurraba dudas en sus oídos? Haz una lista de las promesas de Dios para ponerla en un lugar donde puedas leerlas y memorizarlas. Haz planes de compartir tu lista con un compañero de trabajo o un vecino.
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Compilador: Dr. Pedro Martínez
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