Dr Mario Pereyra

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El Juicio debe comenzar

Dr. Mario Pereyra

Lección 2

Para el 8 de Julio del 2006

 

 

"Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.  El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas". Jesucristo (San Juan.3:17-19)

 

  1. El juicio final en la antigüedad

La creencia en una vida de las almas después de la muerte, para la cual se le aportan alimentos y comida, es típica en la escatología primitiva. La creencia en el juicio final no se relacionaba con un juicio universal en los tiempos futuros, sino con las pautas del bien y del mal vigentes en la sociedad, a la cuales tenía que responder las almas inmediatamente después de la muerte. Ese concepto era clave en la escatología del antiguo Egipto. Allí, Anubis, era el dios de los muertos, representado con cabeza de chacal; se lo consideraba el inventor del embalsamamiento, guardián de las tumbas y juez de los muertos. Los egipcios creían que en el juicio de las almas Anubis

contrapesaba el corazón de los muertos con la pluma de la verdad. Se trata, pues, de un juicio muy riguroso del cual estaba ausente la idea de perdón y expiación.

En Babilonia, las casas frecuentemente se construían sobre un mausoleo donde se enterraban a los miembros de la familia. Los babilonios creían que las almas de los muertos viajaban al siguiente mundo, y que, al menos en cierto grado, la vida seguía allí como en la tierra. Por ello, enterraban junto al muerto tarros, herramientas, armas y joyas. En Persia también tenían la idea de una existencia de sombras en la tumba o en algún reino subterráneo. Bajo las doctrinas de Zoroastro, desarrollaron la concepción de la destrucción del mundo por el fuego y la idea de un sufrimiento mayor. Según esta creencia, en el momento del final del mundo, los adoradores del señor de Mazda serían distinguidos del resto de la gente soportando de manera sucesiva el sufrimiento del metal fundido, y el bien sería entonces recompensado. Esta idea se encuentra en las Gathas, la primera parte del Avesta, Biblia del zoroastrismo. No está claro si tenían la idea de una resurrección después de la muerte, aunque el historiador griego Heródoto creyó haber oído hablar de una creencia persa así en el siglo V a.C. Teopompo de Quíos, historiador del rey de Macedonia Filipo II, se refirió a ella como una doctrina mazdeísta. ¿De donde la habrían obtenido? Probablemente del profeta Daniel y las creencias de los judíos establecidos en Babilonia durante el cautiverio.

En otras culturas, como en la India, se piensa que el espíritu entra en otro cuerpo después de la muerte para vivir de nuevo, morir y reencarnarse en nuevas formas. Esta idea de la trasmigración o metempsícosis, hizo posible introducir en la vida futura sutiles distinciones morales, implicando no sólo castigos y recompensas por la conducta en la etapa anterior de la existencia, sino también la posibilidad de subir o descender en la escala de la existencia según la conducta llevada en la vida presente (1).

Los griegos clásicos llegaron a su escatología considerando las funciones de la mente como esencia espiritual en un sentido puro, independiente del cuerpo, sin principio ni final; este concepto abstracto de la inmortalidad llevó a anticipar una vida personal más concreta después de la muerte. Estas ideas aparecen en los poemas homéricos y los de Hesíodo, como en los misterios de Orfeo y de Eleusis. Quizás fue Platón quien mejor elaboró la idea del juicio final, tomando en cuenta las creencias mitológicas, de la inmortalidad del alma. En el último libro de "La República o de la Justicia", describe con notable fuerza poética la visión extraordinaria del mundo de los muertos. Un valeroso soldado, Alcino, dado por muerte en la guerra, volvió a la vida doce días después, dando a conocer el otro mundo que había contemplado. En su narración describe "un paraje verdaderamente maravilloso" donde se encontraban unos jueces quienes dictaminaban el destino de las almas, hacia dos derroteros posibles, el cielo o las profundidades de la tierra. Se trataba de un "peregrinaje de un milenio", ya que "cada alma sufría el castigo por las faltas cometidas, de tal modo que por cada una recibía una condena diez veces mayor que aquella y con una duración de cien años, que es el tiempo calculado para la vida humana; con ello, el castigo de su delito quedaba multiplicado por diez", de igual modo sucedían con los justos, quienes gozaban de una recompensa de mil años, diez veces los 100 años supuestos de vida. Al finalizar ese período, cada alma elegía en quien se iba a encarnar, debiendo atravesar el río del Olvido para hacer el nuevo reciclaje terreno (2).

  1. La "horrenda expectación"

Dejando las fábulas y mitos paganos, ¿cuál es el concepto bíblico del juicio? ¿Se trata de algo terrible y espantoso o debe considerarse un pensamiento consolador? La idea del juicio final suele estar acompañada con la sensación de "una horrenda expectación" y el pensamiento pavoroso "de hervor de fuego" que ha de consumir a los impíos, dice Hebreos 10: 27. Hay textos que anticipan que sobrevendrá un "juicio sin misericordia" (Stgo.2:13), cuando los impíos "serán estopa" (Mal.4:1), abrasados por las llamas del tormento eterno (2 Ped.3:7). Especialmente el Apocalipsis, ocupa el primer lugar en el podio, a la hora de proyectar las imágenes terroríficas de destrucción que padecerán los malvados cuando sean arrojados "vivos dentro de un lago de fuego que arde con azufre" (19:20) para ser "atormentados día y noche por los siglos de los siglos" (20:10). Sin embargo,

otros autores, como el mismo Juan, en la primera epístola, afirma de manera consoladora "que tengamos confianza en el día del juicio" (4:17), echando fuera el temor (que es el principal productor de la condenación) y perfeccionando el amor (vers.18). Asimismo, Jesús aseguró que quien "cree" no debe temer, ya que el castigo está en la propia actitud de "amar las tinieblas", auspiciadas por las "obras malas".

Hay mucha gente que vive bajo ese temor permanente, que no siempre puede precisarse con claridad, la sensación de algo que no está presente en el orden natural de las cosas, y que, sin embargo, se experimentará como una realidad palpable, "como una ironía lanzada a la lógica de todo razonamiento", de algo espantoso que se avecina. "Este temor irrumpe ante mí y se yergue en mi presencia como irrefutable realidad —afirma un personaje de Dostoyevski(3)—, deforme e inexorable; toma cada vez más cuerpo, en contra de los testimonios del juicio, y, al final, el discernimiento, aunque quizás en esos momentos se agudiza y adquiere plena lucidez, pierde la facultad de oponerse a tales sensaciones; ya no obedece; es inútil... Y esta sensación se suma al dolor temeroso de esperar lo inesperado. Me parece igual al miedo del que teme la muerte. Pero, en mi pena, lo indefinido de si aprensión agudiza más aún mis sufrimientos".

Quizás la vivencia del juicio más estremecedora y dramática fuera la que vivió Belsasar, aquella noche de su última fiesta. "En esa ocasión —dice Elena de White—, cuando precisamente en me dio de su rebelión Dios fue olvidado, cuando los sentidos carnales se inflamaron, una sensación de terror se posesionó de toda alma. La copa que era alabada y convertida en un ídolo por el rey cayó de su mano tiesa, y en el lenguaje del Espíritu de Dios, se demudó de su color, y sus pensamientos lo turbaron, y desatáronse las ceñiduras de sus lomos, y sus rodillas se batían la una con la otra". Una mano misteriosa, exangüe, estaba trazando caracteres sobre el muro. Estos dedos misteriosos que pertenecían a un poder invisible y eran guiados por él, escribieron caracteres completamente misteriosos que eran ininteligibles para los rebeldes despavoridos. Una luz como el relámpago seguía a la formación de cada letra, y permanecía allí, haciendo de los caracteres algo viviente, de pasmoso y terrible significado para todos los que los miraban. "Mene, mene, tekel upharsin". Su misma ignorancia de aquellas letras trazadas sobre el muro, que permanecían brillando con la luz, infundían terror en sus corazones pecaminosos. Sus conciencias despertadas interpretaron estas letras como una denuncia contra ellos. La sospecha, el temor y la alarma se apoderaron del rey y de los príncipes" (4). La conciencia del juicio se despertó porque él sabía de su pecado y de un Dios que había castigado a su abuelo Nabucodonosor por haberse ensoberbecido. Comenta EGW, al respecto: "Dios no condenará a nadie en el juicio porque honradamente haya creído una mentira, o concienzudamente haya albergado el error; sino que será porque descuidó las oportunidades dé familiarizarse con la verdad. El incrédulo será condenado, no porque fue un incrédulo, sino porque no aprovechó los medios que Dios colocó a su alcance para que lo capacitaran a fin de llegar a ser cristiano. Así ocurrirá en el juicio... Los hombres y mujeres serán juzgados con la luz que les fue dada por Dios. Las lecciones que han sido descuidadas, vendrán a ser juicios terribles. Las amonestaciones de Dios, descuidadas, de las cuales se apartan los hombres para seguir una conducta de su propia elección, no proporcionarán ninguna lección ni instrucción práctica, estas advertencias resultarán ser un motivo de condenación en el juicio " (5).

  1. Juicio y crisis

El Señor Jesucristo, en el discurso de despedida de sus discípulos, anunció la venida del Consolador, explicando cual sería sus funciones: "Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio" (Juan 16:8). Son las intervenciones del Espíritu Santo, por lo tanto, las que motivan la conciencia del juicio con sus correspondientes sentimientos de algo solemne, justo y supremo. ¿En que consiste, específicamente esa tarea del Espíritu Santo de "convencer al mundo de juicio"? Es de hacer notar que la palabra "juicio" en el original, deriva del término griego 6DÆF4l, "krisis", de donde se deriva la expresión "crisis" que aplicamos a las experiencias difíciles y cruciales de la vida, donde se toman las decisiones más importantes. La mensajera del Señor, al comentar las palabras de Cristo: "Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera", declara: "Esta es la crisis del mundo" (6). En otros escritos, EGW, también asocia ambos conceptos al referirse a las condiciones del fin, que "proclaman con voz de trueno que la hora del juicio de Dios ha llegado, y que se acerca el fin de todas las cosas terrenales. Nos hallamos en el mismo umbral de la crisis de los siglos" (7).

Podríamos decir, que asociados a el juicio escatológico, están los "juicios" de llamados del Espíritu Santo, que aparecen, por lo general, en situaciones difíciles o decisivas, las cuales se convierten en circunstancias que apelan a la conciencia de lo trascendente; son esos momentos críticos los movilizadores del espíritu, quienes ponen en estado de "juicio" la existencia, al promover la auto evaluación de la propia vida en función del destino eterno. Un ejemplo extraordinario lo constituye la proverbial entrevista de Jesús con la mujer samaritana junto al pozo de Jacob aquel mediodía memorable que narra el evangelio de Juan en el capítulo 4. Después de haber estimulado la curiosidad de la mujer, Jesús le hace un pedido clave e imprevisto. "Ve, llama a tu marido, y ven acá." Ella, titubeando, respondió: "No tengo marido." Era un tema es cabroso que deseaba evitar. Pero el Maestro agregó con agudeza y respeto: "Bien has dicho, No tengo marido; porque cinco maridos has tenido: y el que ahora tienes no es tu marido; esto has dicho con verdad."

Esa extraordinaria revelación la conmovió. Fue un momento de crisis donde se vio confrontada con su pasado. Entonces, comenta EGW, ocurrió algo decisivo en la vida de aquella mujer: "La interlocutora de Jesús tembló. Una mano misteriosa estaba hojeando las páginas de la historia de su vida, sacando a luz lo que ella había esperado mantener para siempre oculto. ¿Quién era éste que podía leer los secretos de su vida? Se puso a pensar en la eternidad, en el juicio futuro, en el cual todo lo que es ahora oculto será revelado. En su luz, su conciencia despertó" (8).

Daniel es el profeta del juicio. Precisamente su nombre significa (heb. y aram. Dâniyyê'l; más correctamente, Dâni'êl), "Dios es mi juez" o "juicio de Dios". Fue privilegiado por la revelación divina de esta enseñanza clave para toda persona. Durante siglos las visiones del profeta estuvieron cerradas a la comprensión. Pero el libro fue abierto y su conocimiento diseminado por todos los continentes. Ahora estamos viviendo en la "hora del juicio". Es cuando debemos sacudir los espíritus con esta revelación extraordinaria que mantiene activo al cielo y remueve la conciencia con la esperanza del mundo nuevo que se avecina.


Referencias bibliográficas

  1. Enciclopedia Microsoft® Encarta® 98 © 1993-1997 Microsoft Corporation.
  2. Platon. Obras Completas. Aguilar, Madrid, 1966, págs. 852-857.
  3. Dostoyevski, F. Humillados y ofendidos. Sarpe, Madrid, 1985.
  4. White, E.G.de. Testimonios para los Ministros. ACES, Bs.As., 1961, pág.443.
  5. Ídem, págs. 444-445.
  6. White, E.G. de. Deseado de toda la Gentes. ACES, Bs.As., 1975, pág.579.
  7. White, E.G.de. Profetas y Reyes. Publicaciones Interamericanas, Mountain View, 1957, págs. 207-208.
  8. White, DTG, pág.158.

  

El doctor Mario Pereyra ha autorizado a Ministerios PM a publicar sus comentarios de la Escuela Sabática en Ministerios PM

 

 

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