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Para el 21 al 27 de Mayo del 2005 |
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Los últimos días en el Templo |
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Lección 9 |
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Dr. Pedro Martínez Para Ministerios PM |
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Consideren aquellos que han sido remisos en esta obra la orden del gran mandamiento: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo" (S. Mateo 22:39). Esta obligación recae sobre todos. Se requiere de todos que trabajen para disminuir los males y multiplicar las bendiciones de sus semejantes. Si somos fuertes para resistir la tentación estamos bajo mayor obligación de ayudar a los que son débiles y ceden a ella. Si tenemos conocimiento, debemos instruir al ignorante. Si Dios nos ha bendecido con bienes de este mundo, es nuestro deber socorrer a los pobres. Debemos trabajar para beneficio de los demás. Que todos los que están dentro de la esfera de nuestra influencia participen de cualquier excelencia que poseamos. Nadie debe contentarse con alimentarse del pan de vida sin compartirlo con los que le rodean.
Viven tan sólo para Cristo y honran su nombre aquellos que son fíeles a su Maestro, tratando de salvar lo que se había perdido. La piedad genuina se manifestará ciertamente mediante el anhelo profundo y la ferviente labor del Salvador crucificado para salvar a aquellos por quienes murió. Si nuestro corazón está enternecido y subyugado por la gracia de Cristo, si está iluminado con un sentido de la bondad y el amor de Dios, habrá un flujo natural de amor, simpatía y ternura hacia los demás. La verdad ejemplificada en la vida ejercerá su poder, como la levadura oculta, en todos aquellos con quienes sea puesta en contacto (Joyas de los Testimonios, t. 2, p. 249).
Debemos evitar todo lo que estimule el orgullo y la suficiencia propia; por lo tanto, debemos estar apercibidos para no dar ni recibir lisonjas o alabanzas. La adulación es obra de Satanás. Él se ocupa tanto en adular como en acusar y condenar, y así procura la ruina del alma. Los que alaban a los hombres son usados como agentes por Satanás. Alejen de sí las palabras de alabanza los obreros de Cristo. Sea ocultado el yo. Sólo Cristo debe ser exaltado. Diríjase todo ojo, y ascienda alabanza de todo corazón "al que nos amó, y nos ha lavado de nuestros pecados con su sangre" (Palabras de vida del gran Maestro, p. 126).
Domingo 22 de mayo: No sabemos
En sus maravillosos actos de sanamiento Cristo ya había respondido a la pregunta de los sacerdotes y ancianos; les había dado evidencias de su autoridad que no podían ser contradichas. Pero no eran evidencias lo que ellos buscaban; estaban ansiosos de que él declarara que tenía autoridad divina para entonces aplicar mal sus palabras y agitar al pueblo contra él. Querían destruir su influencia y llevarlo a la muerte. Cristo sabía que ellos no verían a Dios en él ni creerían que él era el Cristo. Habían visto a los enfermos sanados y a los muertos resucitados; habían sido testigos de la resurrección de Lázaro después de cuatro días de haber estado en el sepulcro; habían presenciado la supremacía moral de sus palabras y poderosos actos, pero de todas maneras no querían reconocerlo. Todo lo que querían era hacerle decir alguna cosa con la cual pudieran condenarlo. Pero Cristo no sólo evadió el tema, sino que colocó la condenación sobre ellos. Si en la vida pura y abnegada de Juan el Bautista no habían querido reconocer la voz celestial; si no habían prestado atención a sus amonestaciones, tampoco recibirían las palabras de Cristo (Review and Herald, febrero 13, 1900).
Todos los dichos y hechos de Cristo eran importantes, y su influencia había de sentirse con intensidad que iría en aumento después de su crucifixión y ascensión. Muchos de los que habían aguardado ansiosamente el resultado de las preguntas de Jesús, serían finalmente sus discípulos, atraídos a él por sus palabras de aquel día lleno de acontecimientos. Nunca se desvanecería de sus mentes la escena ocurrida en el atrio del templo... Muchos de los que oyeron las palabras y vieron los hechos de Jesús en el templo, le tuvieron desde entonces por profeta de Dios. Pero mientras el sentimiento popular se inclinaba a Jesús, el odio de los sacerdotes hacia él aumentaba. La sabiduría por la cual había rehuido las trampas que le tendieran era una nueva evidencia de su divinidad y añadía pábulo a su ira.
En su debate con los rabinos, no era el propósito de Cristo humillar a sus contrincantes. No se alegraba de verlos en apuros. Tenía una importante lección que enseñar. Había mortificado a sus enemigos permitiéndoles caer en la red que le habían tendido. Al reconocer ellos su ignorancia en cuanto al carácter de Juan el Bautista, dieron a Jesús oportunidad de hablar, y él la aprovechó presentándoles su verdadera condición y añadiendo otras amonestaciones a las muchas ya dadas (El Deseado de todas las gentes, p. 545).
Lunes 23 de mayo: La parábola de los labradores
Al escuchar esta parábola, los fariseos no podían dejar de entenderla; sus palabras penetraban como dardos hasta sus corazones. La nación judía había tratado a los siervos que Dios les había enviado de una manera cruel e injusta; por lo tanto la viña les sería quitada y serían castigados con terrible severidad. Al comprender que Cristo estaba pronunciando una sentencia contra ellos se llenaron de furia. Concluyeron que él sabía demasiado acerca de sus prácticas secretas y que era peligroso que las siguiera exponiendo delante del pueblo pues perderían su popularidad. Era mejor que no se le permitiera seguir viviendo (Signs of the Times, diciembre 12, 1900).
Nuestro Salvador utilizó la parábola de la viña para mostrar el ' tratamiento que habría de recibir en su primer advenimiento. Dios había enviado primeramente a sus profetas, pero su mensaje no había sido recibido. Como último recurso había enviado a su Hijo para que los corazones de la gente se volvieran hacia Dios, pero habrían de matarlo por manos de aquellos que se habían colocado bajo el estandarte de Satanás. Sería, "Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto" (Isaías 53:3, 4). ¿Qué habría de producir su quebranto? No habría de ser su propio sufrimiento, sino la tristeza por el pecado de ellos. Por eso lloró sobre Jerusalén y declaró con tristeza: "¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina a sus polluelos debajo de sus alas, y no quisiste! He aquí, vuestra casa os es dejada desierta" (S. Lucas 13:34, 35) (Manuscript Releases, t. 3, p.94).
Habiendo descrito ante los sacerdotes el acto culminante de su maldad. Cristo les preguntó: "Cuando viniere el señor de la viña, ¿qué hará a aquellos labradores?"(S. Mateo 21:40). Los sacerdotes habían estado siguiendo la narración con profundo interés; y sin considerar la relación que con ellos tenía el asunto, se unieron al pueblo para contestar: "A los malos destruirá miserablemente, y su viña dará a renta a otros labradores, que le paguen el fruto a sus tiempos"(S. Mateo 21:41).
Sin darse cuenta de ello, habían pronunciado su propia condenación. Jesús los miró, y bajo esa mirada escrutadora comprendieron que leía los secretos de su corazón. Su divinidad fulguró delante de ellos con poder inconfundible. Se vieron retratados en los labradores, e involuntariamente exclamaron: ¡No lo permita Dios! (Profetas y reyes, p. 526).
Martes 24 de mayo: Palabras suaves
Los fariseos en varias ocasiones habían intentado hacer caer a Jesús en sus trampas pero hasta entonces sus intentos habían fracasado. Ahora se unieron a los herodianos y decidieron enviar espías "que se simulasen justos, a fin de sorprenderle en alguna palabra, para entregarle al poder y autoridad del gobernador" (S. Lucas 20:20). No enviaron a los fariseos a quienes Jesús ya conocía sino a hombres jóvenes, ardientes y celosos, que esperaban que Cristo no descubriese en ellos sus reales motivos.
Simulando estar sinceramente interesados en conocer su deber, le dijeron: "Maestro, sabemos que dices y enseñas rectamente, y que no 'haces acepción de persona, sino que enseñas el camino de Dios con verdad". Aunque no eran sinceros en lo que decían, no obstante su testimonio era verdad, porque tanto ellos como los fariseos que los habían enviado sabían que Cristo enseñaba con la verdad.
"¿Nos es lícito dar tributo al César, o no?" —continuaron. Este tema provocaba mucha controversia entre los judíos porque muchos negaban el derecho que tenían los romanos de cobrarles tributo. Por otra parte los fariseos, aunque de mala gana, pagaban sus impuestos. Los espías pensaron que al hacerle esta pregunta. Cristo quedaba sin alternativas de escape. Si decía que era lícito pagar tributo al César se pondría en contra al pueblo; si decía que era ilícito, podrían acusarlo ante los romanos.
Aunque los espías pensaban que su aparente honestidad era suficiente para cubrir sus verdaderos propósitos. Jesús, que puede leer los corazones como en un libro abierto, reveló su hipocresía. "¿Por qué me tentáis?" —les preguntó, dándoles evidencia de que su divinidad le permitía descubrir sus propósitos escondidos. "Mostradme la moneda" —les dijo. Y cuando lo hicieron, les preguntó: "¿De quién tiene la imagen y la inscripción?" Y cuando respondieron: "De César", entonces les dijo: "Pues dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios".
De esta manera Cristo reprendió la hipocresía de sus enemigos y con su sabia respuesta aclaró el asunto en muchas mentes. Los que presenciaron el diálogo admiraron su tacto y sabiduría y reconocieron que el principio que Cristo había establecido era el correcto (Signs of the Times, febrero 8, 1899).
La adulación es un arte mediante el cual Satanás miente a la espera de engañar y llenar al instrumento humano de pensamientos elevados acerca de sí mismo... La adulación ha sido el alimento con el cual se han nutrido mucho de nuestros jóvenes; y los que han encomiado y adulado, han supuesto que estaban haciendo bien; pero estaban haciendo un mal. La alabanza, la adulación y la complacencia han hecho más para desviar a las preciosas almas por sendas falsas, que ningún otro arte inventado por Satanás.
La adulación forma parte de los modales del mundo, pero no de la forma de obrar de Cristo. Por medio de la adulación los pobres seres humanos, llenos de fragilidad y debilidades, llegan a pensar que son eficientes y dignos, y se engríen en su mente camal. Se intoxican con la idea de que poseen habilidades superiores a lo que realmente tienen, y su experiencia religiosa se desequilibra. A menos que en la providencia de Dios sean desviados de esos engaños, y se conviertan y aprendan el ABC de la religión en la escuela de Cristo, perderán sus almas (Hijos e hijas de Dios, p. 75).
Miércoles 25 de mayo: Una pregunta capciosa
Los saduceos razonaban que si el cuerpo se ha de componer en su estado inmortal de las mismas partículas de materia que en su estado mortal, entonces cuando resucite de los muertos, tendrá que tener carne y sangre, y reasumir en el mundo eterno la vida interrumpida en la tierra. En tal caso, concluían que las relaciones terrenales se reanudarían, el esposo y la esposa volverían a unirse, se consumarían los matrimonios, y todas las cosas irían como antes de la muerte, perpetuándose en la vida futura las fragilidades y pasiones de esta vida.
En respuesta a sus preguntas, Jesús alzó el velo de la vida futura. "En la resurrección —dijo— ni los hombres tomarán mujeres, ni las mujeres maridos; mas son como los ángeles de Dios en el cielo". Demostró que los saduceos estaban equivocados en su creencia. Sus premisas eran falsas. "Erráis —añadió—, ignorando las Escrituras y el poder de Dios". No los acusó, como había acusado a los fariseos, de hipocresía, sino de error en sus creencias.
Los saduceos se habían lisonjeado que entre todos los hombres eran los que se adherían más estrictamente a las Escrituras. Pero Jesús demostró que no conocían su verdadero significado. Este conocimiento debe ser grabado en el corazón por la iluminación del Espíritu Santo. Su ignorancia de las Escrituras y del poder de Dios, declaró él, eran causa de la confusión de su fe y de las tinieblas mentales en que se hallaban. Trataban de abarcar los misterios de Dios con su raciocinio finito. Cristo los invitó a abrir sus mentes a las verdades sagradas que ampliarían y fortalecerían el entendimiento. Millares se vuelven incrédulos porque sus mentes finitas no pueden comprender los misterios de Dios. No pueden explicar la maravillosa manifestación del poder divino en sus providencias, y por lo tanto rechazan las evidencias de un poder tal, atribuyéndolas a los agentes naturales que les son aun más difíciles de comprender. La única clave de los misterios que nos rodean consiste en reconocer en todos ellos la presencia y el poder de Dios. Los hombres necesitan reconocer a Dios como el Creador del universo, el que ordena y ejecuta todas las cosas. Necesitan una visión más amplia de su carácter y del misterio de sus agentes.
Cristo declaró a sus oyentes que si no hubiese resurrección de los muertos, las Escrituras que profesaban creer no tendrían utilidad. Él dijo: "Y de la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído lo que os es dicho por Dios, que dice: Yo soy el Dios de Abraham, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob?" Dios no es Dios de muertos, sino de vivos. Dios cuenta las cosas que no son como si fuesen. Él ve el fin desde el principio, y contempla el resultado de su obra como si estuviese ya terminada. Los preciosos muertos, desde Adán hasta el último santo que muera, oirán la voz del Hijo de Dios, y saldrán del sepulcro para tener vida inmortal. Dios será su Dios, y ellos serán su pueblo. Habrá una relación íntima y tierna entre Dios y. los santos resucitados. Esta condición, que se anticipa en su propósito, es contemplada por él como si ya existiese. Para él los muertos viven.
Los saduceos fueron reducidos al silencio por las palabras de Cristo. No le pudieron contestar. No había dicho una sola palabra de la cual pudiesen aprovecharse para condenarle. Sus adversarios no habían ganado nada, sino el desprecio del pueblo (El Deseado de todas las gentes, pp. 557, 558).
Jueves 26 de mayo: El mandamiento más grande
Jesús vio que este escriba tenía el valor moral de hablar la verdad aun frente a los fariseos, y le dijo: "No estás lejos del reino de Dios".
La ley de Dios, claramente definida por Cristo, no está formada por preceptos separados, con algunos de ellos de gran importancia y otros de pequeña valía que pueden ser ignorados. Nuestro Señor presenta los primeros cuatro mandamientos y los últimos seis como un conjunto divinamente inspirado. Bajo los dos encabezamientos de amar a Dios y amar al prójimo se muestra la divina unidad que los mantiene juntos...
Estos dos principios son inmutables; tan eternos como el trono de Dios. Aquellos que obedecen el primero porque aman a Dios por encima de todo, también honraran el segundo derramando las bendiciones divinas, el amor y la compasión, sobre sus prójimos. Esta es la clase de fe que obra por amor y purifica el amia. Significa mucho más que un mero conocimiento intelectual de la verdad; más que un culto formal o el dar ofrendas y sacrificios. Los que verdaderamente obedecen la ley, le ofrecen a Dios el servicio que él requiere.
Aun en esta vida podemos ser recompensados por guardar los mandamientos de Dios, porque nuestra conciencia no nos condena y nuestros corazones están en paz con Dios. En cambio el amor egoísta y la exaltación propia nunca pueden ser aceptables a Dios (Signs of the Times, septiembre 22, 1898).
Sólo podemos amar a nuestros prójimos como a nosotros mismos si amamos a Dios en primer lugar. El amor a Dios fructificará en amor a nuestros prójimos. Muchos piensan que es imposible amar a nuestros prójimos como a nosotros mismos; pero es el único fruto genuino que resulta de poner los ojos en Jesús, el autor y consumador de nuestra fe, y de caminar y obrar con el mundo invisible en vista (Review and Herald, junio 26, 1894).
El amor, base de la creación y de la redención, es el fundamento de la verdadera educación. Esto se ve claramente en la ley que Dios ha dado como guía de la vida. El primero y grande mandamiento es: "Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente, y con todas tus fuerzas" (S. Marcos 12:30). Amar al Infinito y Omnisciente con toda la fuerza, la mente y el corazón, representa el más alto desarrollo de toda facultad. Significa que en todo el ser —el cuerpo, la mente y el alma— se ha de restaurar la imagen de Dios.
Como el primero; así* es el segundo mandamiento: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo" (S. Marcos 12:31); La ley del-amor exige devoción del cuerpo, la mente y el alma al servicio de Dios y nuestros semejantes. Y este servicio, al mismo tiempo que hace de nosotros una bendición para los demás, nos imparte la mayor bendición a nosotros mismos. La abnegación forma la base de todo verdadero desarrollo. Por el servicio abnegado obtenemos la más elevada cultura de toda facultad (Consejos para los maestros, p. 32).
Viernes 27 de mayo: Para estudiar y meditar
El Deseado de todas las gentes, pp. 543-570.