Notas de Elena White

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El viaje final


Para el 14-20 de Mayo del 2005

Lección 8


 

Sábado 14 de mayo

El pedido hecho por Jacobo y Juan de tener lugares elevados en su reino sería concedido en la medida en que sus talentos fueran puestos al servicio de Dios a fin de que él los capacitase para tal posición. Pero ellos debían pasar la prueba; si podían mantenerse firmes en la fe una vez dada a los santos; si eran fieles en usar los talentos en el servicio de Cristo, podrían tener la posición que el Padre había preparado para ellos. Y cada uno de nosotros será medido por la misma regla. La forma en que usemos los talentos que nos han sido confiados hará la diferencia en nuestra recompensa futura y eterna. Los que sean responsables en mejorar cada talento que les ha sido prestado y lo utilicen para su gloria, serán recompensados de acuerdo al celo y la fidelidad que muestren en su servicio. En cambio aquellos que utilicen mal los preciosos talentos que les han sido confiados, y en lugar de buscar la gloria de Dios los usen para propósitos egoístas, tendrán el mismo resultado que el hombre de la parábola que escondió su talento en lugar de hacerlo fructificar. Los que son descuidados, indolentes, egoístas; los que buscan su propia exaltación en lugar de buscar la honra de Dios, están quebrantando tanto los primeros cuatro mandamientos como los seis últimos, y no podrán ser recompensados como los que muestran plena devoción a la causa de Dios. Los ángeles registran exactamente lo que hacemos en la vida, y cada uno será recompensado de acuerdo a sus obras (Signs of the Times, julio 9, 1896).


 

Domingo 15 de mayo: Un pedido necio

Las palabras con las que Cristo respondió a Jacobo y Juan contienen una verdad profunda e inmutable. Aunque en el momento no lo entendieron plenamente, el Espíritu Santo iluminó sus mentes para que posteriormente entendieran su significado. Y también fueron escritas para nuestra instrucción pues estamos en el mismo peligro de creemos los favoritos del cielo, como los judíos que excluían a los gentiles de cualquier participación en el reino de Dios y pensaban que Cristo había venido para exaltarlos como nación y librarlos del humillante yugo pagano. Pero el Señor les mostró que muchos entre los gentiles serían salvos, mientras que aquellos de su pueblo que no aprovecharan las oportunidades que tenían y no apreciaran los tesoros de verdad serían echados en las tinieblas de afuera.

Si somos hijos de Dios en espíritu y en verdad buscaremos primeramente el reino de Dios y su justicia y desearemos hacer la voluntad de Cristo obedeciendo a Dios antes que a los hombres. Aunque podemos honrar a los agentes humanos en cuyo carácter se refleja el amante carácter de Cristo, no debemos deshonrar a Dios y a quien él ha enviado dándoles a seres humanos títulos aduladores. El más grande Maestro que el mundo conoció no nos dejó un ejemplo tal. Nunca le dio a seres pecadores y falibles un título que sólo pertenece a Dios; nunca aplicó el título de reverendo o excelencia reverentísima a ningún hombre. Él, que era el más exaltado entre ángeles y hombres, nos ordenó a aprender de él que era manso y humilde de corazón. Aquellos que buscaban ser llamados con títulos altisonantes fueron definidos por Cristo como hipócritas, que no entraban al reino de los cielos ni dejaban a los otros a entrar. Hacían gran pretensión de santidad y se creían superiores al pueblo por su conocimiento de las Escrituras. Pero Cristo les dijo que eran tan ignorantes de las Escrituras como del poder de Dios. "En vano me honran —dijo— enseñando como doctrinas mandamientos de hombres"...

Jacobo y Juan, quienes pedían estar sentados a la derecha y a la izquierda de su Señor en su reino, no lo hicieron con el espíritu que muchos piensan que tenían. Ambos amaban al Maestro y deseaban estar lo más cerca posible de él. Juan especialmente buscaba estar a su lado en cada oportunidad en que le era posible hacerlo y Jacobo tenía el mismo deseo. Pero cuando los demás discípulos oyeron el pedido, "comenzaron a enojarse contra Jacobo y Juan". Entonces Jesús, acercando a sus discípulos, les dijo: "Sabéis que los que son tenidos por gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y sus grandes ejercen sobre ellas potestad. Pero no será así entre vosotros, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que de vosotros quiera ser el primero, será siervo de todos" (S. Marcos 10:41-43) (Signs of the Times, julio 16, 1896).


 

Lunes 16 de mayo: El ciego Bartimeo

Solamente cuando el pecador siente su necesidad de un Salvador, su corazón acude al que puede ayudarlo. Cuando Jesús caminaba entre los hombres, eran los enfermos los que necesitaban de él. Los pobres, los afligidos y los angustiados lo seguían, para recibir la ayuda y el consuelo que no podían encontrar en otra parte. El ciego Bartimeo esperaba a la vera del camino. Había esperado mucho tiempo para encontrar a Jesús.

Multitudes que poseen la vista pasan de un lado a otro sin el deseo de ver a Jesús. Una mirada de fe sería como un toque de amor en su corazón, y les daría la bendición de su gracia; pero no conocen la enfermedad y la pobreza de su alma, y no sienten necesidad de Cristo. No ocurre lo mismo con el pobre ciego. Su única esperanza está en Jesús. Mientras aguarda y vela, escucha el ruido de muchos pasos, y pregunta ansiosamente: "¿Qué significa este ruido?" El viandante le contesta que es Jesús de Nazaret. Con la ansiedad del deseo intenso, exclama: "Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí". Tratan de hacerlo callar, pero clama con mayor vehemencia: "Hijo de David, ten misericordia de mí". Se escucha este llamamiento. Su fe perseverante recibe recompensa. No sólo se restaura su vista física, sino que se abre el ojo de su entendimiento. En Cristo ve a su Redentor, y el Sol de justicia resplandece en su alma. Todos los que sienten su necesidad de Cristo, como el ciego Bartimeo, y quieren manifestar el fervor y la determinación suyas, recibirán como él la bendición que anhelan (Hijos e hijas de Dios, p. 128).

El Señor ha hecho todas las provisiones necesarias para que podamos tener una experiencia rica, abundante y gozosa. Juan escribe acerca de Cristo: "En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres". La vida se asocia con la luz, y si no recibimos luz del Sol de justicia, no podemos tener vida en él. Pero esta luz se le ha proporcionado a cada alma, y las tinieblas nos envuelven solamente cuando nos alejamos de ella. Jesús dijo: "El que me sigue, no andará en tinieblas, mas tendrá la lumbre de la vida". En el mundo que nos rodea no puede existir la vida sin luz. Si el sol retirara sus rayos, perecería toda la vegetación y la vida animal. Esto ilustra el hecho de que no podemos tener vida espiritual a menos que nos coloquemos bajo los haces del Sol de justicia. Si dejamos una planta florida en un cuarto oscuro, pronto se marchitará y morirá; y del mismo modo podemos poseer cierta cantidad de vida espiritual y perderla por morar en una atmósfera de dudas y oscuridad...

"En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres"... Somos llamados, como lo fue Juan, no a ocupar el lugar de Cristo, sino a testificar de la luz, a dirigir las mentes de otros hacia él, diciéndoles: "He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo". Que ninguno de los que debieran dar testimonio en favor de Cristo se destaque a sí mismo, y procure atraer la atención de la gente hacia él; sino que se esfuerce por ensalzar a Jesús, hasta que las simpatías y los afectos sean conducidos hacia el Salvador del mundo (Hijos e hijas de Dios, p. 283).


 

Martes 17 de mayo: La entrada triunfal

Hasta entonces, el Salvador había rehusado recibir honores reales y había desanimado cualquier intento de elevarlo a un trono terrenal. Sin embargo en esta ocasión Jesús deseaba llamar la atención del pueblo, porque muy pronto su vida habría de ser ofrecida como rescate por los culpables. Y aunque habría de ser traicionado y colgado en una cruz como malhechor, deseaba entrar a Jerusalén, la escena de su sacrificio, rodeado del gozo y el honor que pertenecen a la realeza para prefigurar la gloria futura que lo acompañaría como Rey de Sión.

Siendo que el pueblo se reuniría en Jerusalén para celebrar la pascua, era el propósito de Jesús llamar la atención del pueblo al verdadero Cordero de Dios que habría de quitar el pecado del mundo. Cristo sabía que su muerte habría de ser un tema de profundo estudio para la futura iglesia y era necesario que su sacrificio pudiera ser verificado más allá de cualquier duda. Era necesario, entonces, que todos los ojos se fijaran en él, y que todas las demostraciones que precedieran a su gran sacrificio llamaran la atención de todos. De esa manera todo el pueblo seguiría el proceso hasta su fin.

Los sorprendentes eventos relacionados con su entrada triunfal llegarían a ser el tema de conversación de cada lengua, y el nombre de Jesús estaría en cada mente. Después de su crucifixión esos eventos se relacionarían con su juicio y con su muerte y con las profecías que lo señalaban como el Mesías. De esta manera los conversos a la fe de Jesús se multiplicarían en todas las tierras. En esta escena triunfal, la única en su vida terrenal, Cristo podría haber sido acompañado por los ángeles y precedido por las trompetas celestiales; pero fiel a su vida de: humillación que había aceptado, siguió revestido de humanidad hasta dar su vida por la vida del mundo...

Dios mismo, en su providencia, había arreglado estos eventos; y si los seres humanos hubieran fracasado en llevar adelante el plan divino, las piedras inanimadas hubieran alabado a su Hijo con aclamaciones de júbilo. Esta escena había sido ya mostrada a los profetas de la antigüedad y ningún humano podría cambiar los planes divinos (Folleto: Redemption: or the Teachings of Christ, the Anointed One, pp. 118-120).


 

Miércoles 18 de mayo: Una cueva de ladrones

En la segunda purificación del templo, justamente antes de su cru­cifixión, Cristo declaró: "¿No está escrito: Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones? Mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones" (S. Marcos 11:17). ¿Por qué Cristo usó una declaración tan condenatoria y se sintió tan indignado cuando llegó a la corte del templo? Porque vio que se deshonraba a Dios y se oprimía al pueblo. El mugido de los bueyes y el balido de las ovejas se unía a los alterca-. dos entre los que compraban y vendían, y aun los sacerdotes y gober­nantes se envolvían en estos negocios. La apariencia de Cristo atrajo inmediatamente la atención de la multitud. Todos los ojos se fijaron en él y todas las voces se acallaron. Nadie podía quitar la mirada de su ros­tro porque había algo en él que los hacía sentir temor y reverencia. ¿Quién era él? Era un humilde galileo que había trabajado en la carpin­tería de su padre. Sin embargo había algo en él que los hacia sentir como que estaban frente al tribunal del juicio.

¿Qué fue lo que Cristo vio en el atrio exterior del templo que lo había transformado en un lugar de negocios? Se vendían bueyes, ove­jas y palomas para aquellos que deseaban ofrecer un sacrificio a Dios por sus pecados. Entre la multitud había muchos pobres a quienes se les había enseñado que debían ofrecer un sacrificio por sus pecados, pero Cristo vio que éstos ni siquiera tenían dinero suficiente para comprar una paloma. Los ciegos, los cojos, los mudos y los enfermos sufrían porque deseaban ofrecer un sacrificio, pero los precios eran tan exorbitantes que no podían hacerlo; sufrían porque sabían que eran pecadores y les parecía que si no ofrecían un sacrificio no tenían la posibilidad de que sus pecados fueran perdonados. El ojo profetice de Cristo vio el futuro; traspasó los años y los siglos; vio la caída de Jerusalén y la destrucción del mundo. También vio que los sacerdotes y gobernantes seguirían negando a los pobres sus derechos, incluso negándoles la posibilidad de escuchar el evangelio.

Y allí en el atrio del templo, los sacerdotes desplegaban sus vestiduras para mostrar su alta posición como ministros de Dios. En cambio la vestimenta de Cristo era la típica ropa de un joven galileo que había manchado sus ropas en el viaje. Pero cuando se paró en las escalinatas del templo con un látigo en sus manos, nadie pudo resistir su autoridad mientras daba vuelta las mesas de los cambistas y quitaba las ovejas y los bueyes. La gente quedó deslumbrada porque su divinidad brilló a través de su humanidad. Se vio tal autoridad, tal dignidad en su rostro, que el pueblo quedó convencido que él estaba revestido de poder celestial. Se les había enseñado que debían mostrar gran respeto por los profetas, y muchos, al ver tal despliegue de autoridad y poder, se convencieron que era un enviado de Dios. Algunos llegaron a decir: "Este es el Mesías".

Por otra parte, aquellos que estaban allí para hacerse ricos sin importar la forma en que obtuvieran sus riquezas, acallaron su conciencia y cerraron la puerta de su corazón contra él. Los cambistas, que estaban en el atrio para cambiar la moneda romana por la que se usaba en el templo, se desagradaron de su acción. El tipo de cambio que ellos hacían era realmente un robo; por eso habían transformado la casa de Dios en una cueva de ladrones. Estos hombres vieron en Cristo a un mensajero de venganza divina y huyeron del templo como si un batallón de soldados los estuviese persiguiendo. Los sacerdotes y gobernantes también huyeron junto con los mercaderes (Bible Echo, octubre 1, 1894).


 

Jueves 19 de mayo: Jesús maldice una higuera

El tratamiento dado a la higuera estéril por el Salvador del mundo muestra cómo serán tratados los que pretenden poseer la santidad. La higuera fue maldecida y dejada sin la sabia necesaria para vivir; fue rechazada por Dios. Este árbol representaba a los judíos quienes habían rechazado el amor de Cristo, y a pesar de todos sus privilegios y oportunidades sólo habían mostrado hojas y espinas, pero no frutos para gloria de Dios. Esta impresionante parábola que representaba a la casa de Israel, también es una lección para los profesos seguidores de Cristo en cada época. El claro lenguaje de su enseñanza está dirigido a todos los que hacen apariencia de piedad pero niegan la eficacia de ella; es una lección para todos aquellos que muestran al mundo una alta profesión de cristianismo pero están vacíos de la piedad vital que es lo único que Dios reconoce como fruto.

Hay una definida falta de piedad entre nosotros como pueblo. La carga por la salvación de las almas no se la siente como debiera. Como la higuera estéril muchos se jactan de su brillante follaje reclamando ser observadores de los mandamientos, cuando en verdad Dios los encuentra destituidos de todo fruto. Nos jactamos de los avances de la verdad, pero nuestras obras no corresponden con nuestra profesión. Hay deficiencia de energía, de espíritu y de vida. Esta tibieza e infidelidad que existiría en los últimos días fue revelada al gran apóstol y registrada en las siguientes palabras: "Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios; que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella" (2 Timoteo 3:1-5).

El registro sagrado nos muestra que la higuera, revestida de gran follaje, no presentaba frutos de redención. Y la condenación que recibió puede aplicarse a aquellos que manifiestan las tendencias naturales de un corazón no regenerado; que por su vida diaria contradicen la fe y no representan al mundo el carácter de Cristo, porque no tienen a Cristo en el corazón.

Nuestro Salvador nunca rechazó a un penitente, no importaba cuan grande era su culpa; pero no podía soportar la hipocresía y la vanidad. Por eso condenó con palabras tan severas a los fariseos hipócritas y los comparó con la higuera estéril que mostraba gran follaje pero no tenía frutos (Review and Herald, enero 11, 1881).

La maldición de la higuera era una parábola llevada a los hechos. Ese árbol estéril, que desplegaba su follaje ostentoso a la vista de Cristo, era un símbolo de la nación judía. El Salvador deseaba presentar claramente a sus discípulos la causa y la certidumbre de la suerte de Israel. Con este propósito invistió al árbol con cualidades morales y lo hizo exponente de la verdad divina. Los judíos se distinguían de todas las demás naciones porque profesaban obedecer a Dios. Habían sido favorecidos especialmente por él, y aseveraban tener más justicia que los demás pueblos. Pero estaban corrompidos por el amor del mundo y la codicia de las ganancias. Se jactaban de su conocimiento, pero ignoraban los requerimientos de Dios y estaban llenos de hipocresía. Como el árbol estéril, extendían sus ramas ostentosas, de apariencia exuberante y hermosas a la vista, pero no daban sino hojas. La religión judía, con su templo magnífico, sus altares sagrados, sus sacerdotes mitrados y ceremonias impresionantes, era hermosa en su apariencia externa, pero carente de humildad, amor y benevolencia (El Deseado de todas las gentes, p. 535).


 

Viernes 20 de mayo: Para estudiar y meditar

El Deseado de todas las gentes, pp. 501-505; 523-552.

 

 

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