
Instrucción a los discípulos

Para el 7-13 de Mayo del 2005

Es la fe la que nos conecta con el cielo y nos da la fuerza para resistir los poderes de las tinieblas. En Cristo, Dios ha provisto los medios para subyugar cada tendencia pecaminosa y para resistir cada tentación por más fuerte que sea. Muchos sienten que les falta fe, pero se mantienen alejados de Cristo. Estas almas, que se sienten indignas y sin esperanza, deben dejar de mirarse a sí mismas y echarse en los brazos de su compasivo Salvador. Aquel que sanó a los enfermos y echó fuera demonios cuando caminó entre los hombres, es hoy el mismo poderoso Redentor, y vuelve a repetir: "Al que a mí viene, no le echo mera". Esas almas pueden echarse a sus pies y clamar: "Creo; ayuda mi incredulidad".
"Si tuviereis fe como un grano de mostaza —dijo Jesús— diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará". Aunque muy pequeña, la semilla de mostaza contiene el mismo principio vital misterioso que produce el crecimiento del árbol más imponente. Cuando la semilla de mostaza es echada en la tierra, el germen diminuto se apropia de cada elemento que Dios ha provisto para su nutrición y emprende prestamente su lozano desarrollo. Si tenemos una fe tal, nos posesionaremos de la Palabra de Dios y de todos los agentes útiles que él ha provisto. Así nuestra fe se fortalecerá, y traerá en nuestra ayuda el poder del Cielo. Los obstáculos que Satanás acumula sobre nuestra senda, aunque aparentemente tan insuperables como altísimas montañas, desaparecerán ante el mandato de la fe. "Nada os será imposible".
Cuando hemos pedido su bendición, debemos creer que la recibiremos, y agradecerle de que la tenemos. Luego hemos de atender a nuestros deberes, confiando en que la bendición será enviada cuando más la necesitemos. Cuando aprendamos a hacer esto, sabremos que nuestras oraciones reciben contestación. Dios obrará por nosotros "mucho más abundantemente de lo que pedimos", "conforme a las riquezas de su gloria", y "por la operación de la potencia de su fortaleza" (Signs of the Times, enero 20, 1904. Parcialmente en, El Deseado de todas las gentes, pp. 397, 398).
Domingo 8 de mayo: Un fracaso público
El fracaso de los discípulos en sanar este deplorable caso había desilusionado al padre y había aumentado la angustia en el hijo. Ante la pregunta de Jesús, el padre recordó los largos años de sufrimiento de su hijo y la desesperación llenó su corazón. Temía que fuera verdad lo que decían los escribas y que Jesús mismo no pudiera vencer a tan poderoso demonio. Cristo comprendió lo que pasaba por su mente y anheló fortalecer su fe, diciéndole: "Si puedes creer, al que cree todo le es posible". La esperanza volvió a encenderse en el corazón del padre y respondió inmediatamente: "Creo; ayuda mi incredulidad".
El afligido padre sabía que nadie podría ofrecerle la ayuda que necesitaba sino el misericordioso Salvador, y confío plenamente en él. Y su fe no fue en vano porque Jesús, en medio de la multitud que se agolpaba alrededor de ellos, "reprendió al espíritu inmundo, diciéndole: Espíritu mudo y sordo, yo te mando, sal de él, y no entres más en él. Entonces el espíritu, clamando y sacudiéndole con violencia, salió; y él quedó como muerto, de modo que muchos decían: Está muerto. Pero Jesús, tomándole de la mano, le enderezó; y se levantó" (S. Marcos 9:25-27). Grande fue el gozo del padre e inmensa la felicidad del hijo por su liberación del cruel demonio que lo había atormentado por tanto tiempo. Ambos alabaron y magnificaron el nombre de su Libertador mientras la gente miraba asombrada y los escribas, derrotados, se retiraban de la escena.
Jesús había conferido a los discípulos el poder de realizar milagros de sanamiento; pero este fracaso ante tantos testigos los había mortificado profundamente. Cuando estuvieron solos con él, le preguntaron por qué no habían sido capaces de expulsar el demonio. Jesús les respondió que la razón era su poca fe y su falta de preparación para llevar adelante la sagrada obra que se les había cometido. Sólo mediante la oración y el ayuno y pidiendo humildemente a Dios la fuerza y el poder para conquistar al enemigo de las almas, podrían ellos expulsar a Satanás. Nada sino una entera dependencia de Dios y una consagración plena a su obra podría asegurarles el éxito. "Si tuviereis fe como un grano de mostaza —les dijo para animarlos— diréis a este monte: Pásate de aquí a allá, y se pasará; y nada os será imposible (Folleto: Redemption: or the Miracles of Christ, the Mighty One, pp. 123-125).
Lunes 9 de mayo: Verdadera grandeza
En una ocasión, mientras Jesús viajaba con sus discípulos, los doce disputaban entre ellos quién habría de ser el mayor. Creían que Jesús, como el Mesías prometido, establecería su reino en Jerusalén en el trono de David su padre, y Juan no estaba menos ansioso que los demás por asegurarse el más importante lugar en el reino. Los discípulos no querían que esta discusión alcanzara los oídos de su Maestro; pero él conocía sus corazones y deseaba darles una lección de humildad.
Cuando llegaron a la casa Jesús les preguntó: "¿Qué disputabais entre vosotros en el camino?" Con Jesús presente, el asunto que habían discutido aparecía en forma totalmente diferente. Podían ver el orgullo y la vanidad que estaba en la base misma de su deseo de preeminencia; la vergüenza y culpabilidad que sentían los mantuvo silenciosos. Poco antes Jesús les había hablado de su sufrimiento y muerte por la salvación de todos, y ahora veían sus ambiciones egoístas en doloroso contraste con el amor abnegado del Salvador.
Jesús les había explicado claramente que sería entregado y muerto, pero que resucitaría al tercer día. Con esto deseaba iniciar una conversación que los preparase para esos acontecimientos. Pero los discípulos estaban más interesados en hablar de sus propias ambiciones egoístas referidas al reino terrenal, y perdieron esta oportunidad dorada de comprender mejor la prueba que los esperaba. Si hubieran sido impresionados por los comentarios de Jesús, hubiesen evitado mucha angustia y desesperación, porque el Señor les hubiera proporcionado el consuelo y la esperanza que necesitarían para su hora de luto y desánimo (Signs of the Times, enero 15, 1885).
La verdadera dicha sólo se encuentra en una vida de servicio. El que vive una vida inútil y egoísta es miserable. Está descontento consigo mismo y con los demás. El Señor corrige a sus obreros para que estén preparados a fin de que ocupen los lugares que les han sido asignados. De esa manera desea que se apresten a realizar un servicio más aceptable.
Hay muchos que no están satisfechos de servir a Dios alegremente en el lugar que les ha señalado, o que realizan sin quejarse la obra que ha colocado en sus manos. Es correcto que estemos descontentos de la forma en la que realizamos el deber, pero no debemos estar descontentos con el deber mismo porque desearíamos realizar alguna otra cosa. En su providencia. Dios coloca delante de los seres humanos un servicio que será como una medicina para sus mentes enfermas. De esa manera trata de guiarlos para poner a un lado la preferencia egoísta, la que, si se fomenta, podría descalificarlos para el trabajo que tiene para ellos.
Hay quienes desean tener un poder soberano, y que necesitan la santificación de la obediencia. Dios provoca un cambio en sus vidas. Tal vez coloca delante de ellos deberes que no habrían escogido. Si están dispuestos a ser guiados por él, les dará gracia y fortaleza para realizar esos deberes con espíritu de sometimiento y utilidad. De esa manera están siendo capacitados para ocupar lugares donde sus habilidades bien organizadas realicen un gran servicio (En lugares celestiales, p. 229).
Martes 10 de mayo: Reforma en el divorcio
Entre los judíos se permitía que un hombre repudiase a su mujer Por las ofensas más insignificantes, y ella quedaba en libertad para casarse otra vez. Esta costumbre era causa de mucha desgracia y pecado. En el sermón del monte. Jesús indicó claramente que el casamiento no podía disolverse, excepto por infidelidad a los votos matrimoniales. "El que repudiare a su mujer -dijo él,- fuera de causa de fornicación, hace que ella adultere; y el que se casare con la repudiada, comete adulterio". Después cuando los fariseos le preguntaron acerca de la legalidad del divorcio, Jesús habló a los oyentes de la institución del matrimonio, conforme se ordenó en la creación del mundo. "Por la dureza de vuestro corazón —dijo él— Moisés os permitió repudiar a vuestras mujeres; mas al principio no fue así". Se refirió a los días bienaventurados del Edén, cuando Dios declaró que todo "era bueno en gran manera". Entonces tuvieron su origen dos instituciones gemelas para la 'gloria de Dios en beneficio de la humanidad: el matrimonio y el sábado. Al unir Dios en matrimonio las manos de la santa pareja diciendo:
"Dejará el hombre a su padre y a su madre, y allegarse ha a su mujer, y serán una sola carne", dictó la ley del matrimonio para todos los hijos de Adán hasta el fin del tiempo. Lo que el mismo Padre eterno había considerado bueno, era la ley de la más elevada bendición y progreso para los hombres.
Jesús vino a nuestro mundo para rectificar errores y restaurar la imagen moral de Dios en el hombre. En la mente de los maestros de Israel habían hallado cabida sentimientos erróneos acerca del matrimonio. Ellos estaban anulando la sagrada institución del matrimonio. El hombre estaba endureciendo de tal manera su corazón que por la excusa más trivial se separaba de su esposa, o si prefería, la separaba a ella de los hijos y la despedía. Esto era considerado como un gran oprobio y a menudo imponía al repudiado sufrimiento agudísimo.
Cristo vino para corregir estos males, y cumplió su primer milagro en ocasión de un casamiento. Anunció así al mundo que cuando el matrimonio se mantiene puro y sin contaminación es una institución sagrada (El hogar cristiano, pp. 309,310).
Miércoles 11 de mayo: Los niños
En estos niños puestos en relación con él, Jesús veía a futuros hombres y mujeres que heredarían su gracia y serían súbditos de su reino, y algunos de ellos llegarían a ser mártires por su causa. Sabía que le escucharían y le aceptarían como su Redentor con más facilidad que los adultos, muchos de los cuales eran sabios según el mundo y duros de corazón. En su enseñanza, descendía a su nivel. Él, la majestad del cielo, no desdeñaba contestar sus preguntas, y simplificar sus importantes lecciones para ponerlas al alcance de su comprensión infantil. Sembraba en sus mentes expansivas las semillas de verdad, que en años ulteriores llevarían frutos para vida eterna. (Consejos para los maestros, pp.171,172).
Mientras las madres recorrían el camino polvoriento y se acercaban al Salvador, él veía sus lágrimas y cómo sus labios temblorosos elevaban una oración silenciosa en favor de los niños. Oyó las palabras de reprensión que pronunciaban los discípulos y-prestamente anuló la orden de ellos. Su gran corazón rebosante de amor estaba abierto para recibir a los niños. A uno tras otro tomó en sus brazos y los bendijo, mientras que un pequeñuelo, reclinado contra su pecho, dormía profundamente. Jesús dirigió a las madres palabras de aliento referentes a su obra y ¡cuánto alivió así sus ánimos! ¡Con cuánto gozo se espaciaban ellas en la bondad y misericordia de Jesús al recordar aquella memorable ocasión! Las misericordiosas palabras de él habían quitado la carga que las oprimía y les habían infundido nueva esperanza y valor. Se había desvanecido todo su cansancio.
Fue una lección alentadora para las madres de todos los tiempos. Después de haber hecho lo mejor que puedan para beneficiar a sus hijos, pueden llevarlos a Jesús. Aun los pequeñuelos en los brazos de la madre resultan preciosos a los ojos de él. Y mientras la madre anhele verlos recibir la ayuda que ella no puede darles, la gracia que no puede otorgarles, y se confíe a sí misma y a sus hijos en los brazos misericordiosos de Cristo, él los recibirá y los bendecirá; dará paz, esperanza y felicidad tanto a ella como a ellos. Éste es un privilegio precioso que Jesús ha concedido a todas las madres (El hogar cristiano, pp. 248, 249).
Todos tenemos que aprender lecciones en la escuela de Cristo a fin de perfeccionar caracteres cristianos y mantener unidad con Jesús. El Señor le dijo a sus discípulos: "Si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos" (S. Mateo 18:3). Les explicó el significado de esto. No quería que fueran como niños en cuanto a la comprensión, sino a la malicia. Los niñitos no manifiestan sentimientos de superioridad ni se sienten aristócratas. Son sencillos y naturales en su aspecto. Cristo quiere que sus seguidores cultiven modales carentes de afectación, para que todo su comportamiento sea humilde y semejante al de él. Nos ha asignado el deber de vivir en favor de los demás. Vino a este mundo desde las reales cortes del cielo para manifestar el gran interés que tenía por el hombre, y el precio infinito pagado por la redención de éste revela que es de tan gran valor que Cristo pudo sacrificar sus riquezas, su honor y las cortes reales, para librarlo de la degradación del pecado (Cada día con Dios, p. 182).
Jueves 12 de mayo: Actitud hacia la riqueza material
El plan de Dios es que las riquezas sean adecuadamente usadas, distribuidas para bendición de los necesitados y para el adelanto de la obra de Dios. Si los hombres aman sus riquezas más de lo que aman a sus semejantes, más de lo que aman a Dios o las verdades de su palabra, y si sus corazones están en sus riquezas, no podrán tener la vida eterna... Así se prueba a las almas. Y, tal como el joven rico, muchos se apartan con tristeza a causa de que no pueden conservar sus riquezas y también un tesoro en el cielo...
"Todas las cosas son posibles para Dios? (S. Marcos 10:27);.. La verdad, puesta en el corazón por el Espíritu de Dios, expulsará el amor a las riquezas. El amor a Jesús y el amor al dinero no tienen cabida en el mismo corazón. El amor de Dios sobrepasa en tal medida al amor al dinero que el poseedor se desprenderá de sus riquezas y transferirá sus afectos-a Dios. Por amor, entonces se ocupará de socorrer a los necesitados y en sostener la causa de Dios. Es su mayor placer prestar la mejor disposición a las cosas del Señor. Considera todo lo que tiene como si no fuera suyo, y cumple fielmente su deber como administrador de Dios... En esta forma es posible a un hombre rico entrar en el reino de Dios...
Algunos dan de lo que les sobra, por lo que no sienten necesidad. Los tales no practican la abnegación por la causa de Cristo. Dan liberalmente y de corazón, sin embargo, tienen todo lo que el corazón puede desear. Dios considera eso. La acción y su móvil no dejan de ser advertidos por Dios, y ellos no perderán su recompensa. Pero los que tienen menos medios no deben disculparse a sí mismos porque no pueden hacer tanto como otros. Haced todo lo que podáis (En los lugares celestiales, p. 301).
El amor a las riquezas tiene el poder de infatuar y engañar. Demasiado a menudo aquellos que poseen tesoros mundanales se olvidan de que es Dios el que les ha dado el poder de adquirir riquezas. Dicen: "Mi poder y la fortaleza de mi mano me han traído esta riqueza". Su riqueza, en vez de despertar la gratitud hacia Dios, los induce a la exaltación propia. Pierden el sentido de su dependencia de Dios y su obligación con respecto a sus semejantes. En vez de considerar las riquezas como un talento que ha de ser empleado para la gloria de Dios y la elevación de la humanidad, las miran como un medio de servirse a sí mismos. En vez de desarrollar en el hombre los atributos de Dios, las riquezas así usadas desarrollan en él los atributos de Satanás. La simiente de la palabra es ahogada por las espinas. (Palabras de vida del gran Maestro, pp. 32, 33).
La verdad, implantada en el corazón por el Espíritu de Dios, desplazará el amor a las riquezas. El amor a Jesús y el amor al dinero no pueden morar en el mismo corazón. El amor a Dios sobrepasa de tal modo al amor al dinero, que su poseedor se aparta de sus riquezas y transfiere sus afectos a Dios. Luego, mediante el amor es inducido a satisfacer las necesidades de los menesterosos y a ayudar a la causa de Dios. Encuentra su satisfacción más intensa en disponer acertadamente de los bienes de su Señor. No considera como suyo todo lo que tiene, de modo que cumple fielmente su deber como mayordomo de Dios. Así puede observar los dos grandes mandamientos de la ley: "Amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas" (Deuteronomio 6:5); "amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Levítico 19:18).
En esta forma es como un rico puede entrar en el reino de Dios. "Y cualquiera que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna" (S. Mateo 19:29). Ésta es la recompensa para los que se sacrifican por Dios. Reciben cien veces tanto en esta vida y heredarán la vida eterna (Consejos sobre mayordomía cristiana, pp. 163,164).
Viernes 13 de mayo: Para estudiar y meditar
El Deseado de todas las gentes, pp. 393-410; 472-481.