Notas de Elena White

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Predicción de la Pasión
Lección 6

Para el 30 de Abril al 6 de Mayo del 2005

 


 

Sábado 30 de abril

El Salvador manifestó compasión divina hacia la mujer sirofenicia. Su corazón fue conmovido al contemplar su aflicción. Anhelaba darle una seguridad inmediata de que su oración había sido escuchada; pero quería enseñar una lección a sus discípulos, y por un momento pareció desatender el clamor de su corazón torturado. Actuó con ella de la misma manera en que los fariseos habían enseñado al pueblo a actuar con los así llamados paganos. Cristo aun pareció rechazarla aunque conocía su corazón y la pena que presionaba su alma, y sabía que persistiría en su pedido hasta que le fuera concedido. Y cuando Cristo le dijo: "No está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos", ella respondió prestamente: "Sí, Señor; pero aun los perrillos, debajo de la mesa, comen de las migajas de los hijos" (S. Marcos 7:27, 28). -Eso es todo lo que pido; dame el privilegio de comer de las migajas que caen de la mesa. ¿Acaso se fue la mujer desanimada y vacía? No. Ella recibió lo que había pedido. El Señor la alabó por su fe y recibió su recompensa.

Los discípulos nunca olvidaron esta lección y fue registrada para mostrar el resultado de perseverar al presentar nuestras necesidades en oración a Aquel que escucha nuestras plegarias. De Cristo fue escrito:

"No quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que humeare". Ningún alma que con fe busca la ayuda de Cristo será abandonada para perecer. El alma más débil y vacilante puede encontrar esperanza y suficiencia en Dios. Cuando Cristo llega al alma, la tormenta más oscura se transforma en la luz del mediodía. Aquellos que creen en Cristo y entregan sus almas a su cuidado y sus vidas a su voluntad, encontrarán paz, descanso y quietud, porque él impartirá gracia a sus almas necesitadas (Signs of the Times, mayo 28, 1896).


 

Domingo 1 de mayo: Los perros comen las migajas

De la abundancia que está sobre la mesa de una familia caen las Migajas al piso, las que son devoradas por los perros que esperan debajo de la mesa. La mujer reconoció que ella ocupaba una posición similar a la de esos animales que aceptan con gratitud lo que caiga de la "laño de su amo. Y mientras Cristo favorecía al pueblo de Dios con muchos dones ricos y abundantes, no por eso dejaría de conceder uno de ellos a alguien que lo solicitara. Aunque la mujer reconoció que no tenía el derecho de reclamar sus favores, aun así rogó por unas migajas de la abundancia que él ofrecía. Cristo no había visto tal perseverancia y fe, y tan alto aprecio por su benevolencia y poder, aun entre aquellos que habían sido favorecidos por Dios.

Jesús había salido de Jerusalén porque los escribas y fariseos intentaban quitarle la vida; en cambio aquí se encuentra con alguien de una raza despreciada, que no había sido favorecida con la luz de la Palabra divina, y que sin embargo cede a la influencia de Cristo y tiene fe implícita en su habilidad de concederle el favor que ella le pide. Sin prejuicios nacionales ni religiosos, reconoce en Jesús al Redentor del mundo. El Señor encomia su actitud, diciéndole: "Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres. Y su hija fue sanada desde aquella hora"(S. Mateo 15:28).

Éste fue el único milagro que Jesús realizó en ese viaje. Fue el único motivo por el cual se desvió hacia la costa de Tiro y Sidón. Deseaba liberar a esa mujer de su carga y enseñar una lección a sus discípulos acerca de cómo mostrar misericordia hacia aquellos que pertenecían a un pueblo despreciado. Deseaba separarlos del exclusivismo judío a fin de que se interesaran en aquellos que estaban fuera de su propio pueblo. Este acto de Cristo preparó sus mentes para la obra que debía hacerse entre los gentiles. Más tarde, cuando mediante la muerte de Cristo se derribó la pared de separación entre judíos y gentiles y los discípulos entendieron que él era el Salvador de toda la humanidad, este ejemplo y otros similares sirvieron para mostrar que el evangelio no estaba limitado por raza o nacionalidad, y ejercieron una poderosa influencia en las labores de los representantes de Cristo (Folleto: Redemption: or the Míracles of Christ, the Mighty One, pp. 79, 80).


 

Lunes 2 de mayo: Jesús alimenta a cuatro mil personas

El Salvador estaba por encima de todo prejuicio de nación o pueblo. Estaba dispuesto a extender los privilegios de los judíos a todos los que aceptaran la luz que con su venida trajo al mundo. Le causaba profundo gozo contemplar aun cuando fuera una sola alma que lo buscara saliendo de la noche de ceguera espiritual. Lo que Jesús no había revelado a los judíos y había ordenado a sus discípulos que guardaran secreto, fue claramente expuesto ante las preguntas de la mujer de Samaria, pues Aquel que sabía todas las cosas se dio cuenta que ella usaría correctamente su conocimiento y sería el medio de llevar a otros a la verdadera fe (Comentario bíblico adventista, t. 5, p. 1108).

No hay, en la vida de Cristo, ejemplo de este fanatismo de justicia propia; su carácter era amable y bondadoso. No hay en la tierra orden monástico de la cual no se lo habría excluido por violar los reglamentos prescritos. En toda denominación religiosa, y en casi toda iglesia, se pueden encontrar maniáticos que lo habrían censurado por sus liberales mercedes. Lo habrían criticado por comer con los publícanos y pecadores; lo habrían acusado de conformarse con el mundo al asistir a una boda, y lo habrían inculpado despiadadamente por permitir a sus amigos dar una cena en honor suyo y de los discípulos.

Pero en estas mismas ocasiones, por sus enseñanzas, como por su conducta generosa, estaba entronizándose en los corazones de aquellos a quienes honraba con su presencia. Les estaba dando una oportunidad de conocerlo, y de ver el notable contraste que había entre su vida y enseñanza y las de los fariseos.

Aquellos a quienes Dios ha confiado su verdad, deben poseer el mismo espíritu benéfico que manifestó Cristo. Deben adoptar los mismos amplios planes de acción. Deben demostrar un espíritu bondadoso y generoso hacia los pobres, y en un sentido especial sentir que son mayordomos de Dios. Deben considerar todo lo que poseen, propiedades, facultades mentales, fuerza espiritual, no como suyo propio, sino únicamente como algo que les ha sido prestado para promover la causa de Cristo en la tierra. Como Cristo, no deben rehuir la sociedad de sus semejantes, sino que deben buscarla con el propósito de otorgar a otros los beneficios que han recibido de Dios (Obreros evangélicos, p. 350).

La superstición, la tradición, la intolerancia y la idolatría gobernaban el mundo. Sólo los judíos tenían cierto conocimiento del Dios verdadero, pero eran tan exclusivistas en lo social y lo religioso que los demás pueblos los despreciaban. Por las paredes de separación que habían levantado, vivían solos, encerrados en su pequeño mundo, y todos los demás eran paganos o peor aun, perros. Pero Cristo dejó con sus discípulos la Gran Comisión de ir a toda nación, tribu, lengua y pueblo. Era la obra más sublime confiada a los hombres: predicar acerca de un Salvador crucificado y resucitado, que ofrecía salvación plena y gratuita a todos los seres humanos, ricos y pobres, educados e ignorantes. Debían enseñar que Cristo había venido al mundo para perdonar a todos los que se arrepintiesen y ofrecerles ese amor que es más alto que el cielo, más amplio que el mundo y más duradero que la eternidad (Redemption: or the Resurrection of Christ and His Ascensión, PP. 55, 56).


 

Martes 3 de mayo: La pregunta más importante del mundo

"El les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente" (S. Mateo 16:15, 16).

Para los ojos humanos, Cristo era tan sólo un hombre, y sin embar­go, un hombre perfecto. En su humanidad, era la personificación del carácter divino. Dios hizo carne sus atributos en su Hijo: su poder, su sabiduría, su bondad, su pureza, su fidelidad, su espiritualidad, su benevolencia. En él, aunque humano, moraba toda la perfección del carácter, toda la excelencia divina. Y al pedido de su discípulo, "muéstranos al Padre, y nos basta" pudo contestar: "¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos al Padre?" "Yo y el Padre uno somos" (S. Juan 14:8, 9; 10:30)...

La gran acusación de los fariseos contra Jesús era: "Tú, siendo hombre, te haces Dios" (S. Juan 10:33); y por esa razón procuraban apedrearle. Cristo no buscó excusas para esa supuesta pretensión de su parte. No dijo a sus acusadores: "Me entendéis mal; no soy Dios". Estaba manifestando a Dios en la humanidad. Sin embargo, él era el más humilde de todos los profetas; y ejemplificó en su vida la verdad de que mientras más perfecto sea el carácter de los seres humanos, más simples y humildes serán...

Los siglos que han pasado desde que Cristo estuvo entre los hom­bres no han disminuido la confianza de nuestro testimonio de que Cristo es todo lo que decía ser. Hoy se puede repetir la pregunta, "¿qué pensáis del Cristo?" (S. Mateo 22:42), y sin un momento de vacilación se puede dar la respuesta: "Es la Luz del mundo, el más grande pensador religioso y maestro que el mundo jamás haya conocido". Todos los que oyen su voz hoy día, todos los que estudian los principios presentados en sus enseñanzas, deben decir en verdad como lo hicieron los judíos de sus días: "¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!" "¿No será éste el Cristo?" (S. Juan 7:46; 4:29) (A fin de conocerle, p. 113).

Desde el principio, Pedro había creído que Jesús era el Mesías. Muchos otros que habían sido convencidos por la predicación de Juan el Bautista y que habían aceptado a Cristo, empezaron a dudar en cuanto a la misión de Juan cuando fue encarcelado y ejecutado; y ahora dudaban que Jesús fuese el Mesías a quien habían esperado tanto tiempo... Pero Pedro y sus compañeros no se desviaron de su fidelidad. El curso vacilante de aquellos que ayer le alababan y hoy le condenaban no destruyó la fe del verdadero seguidor del Salvador...

Pedro había expresado la fe de los doce. Sin embargo, los discípu­los distaban mucho de comprender la misión de Cristo. La oposición y las mentiras de los sacerdotes y gobernantes, aun cuando no podían apartarlos de Cristo, les causaban gran perplejidad... De vez en cuando resplandecían sobre ellos los preciosos rayos de luz de Jesús; mas con frecuencia eran como hombres que andaban a tientas en medio de las sombras. Pero en ese día, antes que fuesen puestos frente a frente con la gran prueba de su fe, el Espíritu Santo descansó sobre ellos con poder. Por un corto tiempo sus ojos fueron apartados de "las cosas que se ven", para contemplar "las que no se ven" (2 Corintios 4:18). Bajo el disfraz de la humanidad, discernieron la gloria del Hijo de Dios...

La verdad que Pedro había confesado es el fundamento de la fe del creyente. Es lo que Cristo mismo ha declarado ser: vida eterna. Pero la posesión de este conocimiento no era motivo de engreimiento. No era por ninguna sabiduría o bondad propia de Pedro por lo que le había sido revelada esa verdad. Nunca puede la humanidad de por sí alcanzar un conocimiento de lo divino. "Es más alto que los cielos: ¿qué harás? Es más profundo que el infierno: ¿cómo lo conocerás?" (Job 11:8). Únicamente el espíritu de adopción puede revelamos las cosas profundas de Dios, que "ojo no vio, ni oído oyó, y que jamás entraron en pensamien­to humano". "Pero a nosotros nos las ha revelado Dios por medio de su Espíritu; porque el Espíritu escudriña todas las cosas, y aun las cosas profundas de Dios" (1 Corintios 2:9, 10) (Conflicto y valor, p. 311).


 

Miércoles 4 de mayo: La cruz de Jesús y la nuestra

Pedro no se agradó de las palabras de Cristo porque eran contrarias a las expectativas de la nación judía. Habían sido instruidos a creer que el Cristo establecería un reino temporal sobre el trono de David, y que quebrantaría ese yugo romano que los había puesto en sujeción a otra nación que ellos despreciaban. Aunque Cristo había tratado en varias ocasiones de impresionar sus mentes con la idea de que el suyo no habría de ser un reino terrenal sino espiritual, los discípulos no podían comprender esta enseñanza ni creerla. Los escribas y fariseos habían declarado que el Mesías vendría en gloria, porque habían aplicado las profecías sobre su segundo advenimiento al primero y por lo tanto sus enseñanzas, sugeridas por Satanás, eran falsas.

Por eso, cuando Cristo vino como la profecía de Isaías 53 claramente lo delineaba, el pueblo estaba esperando un Mesías completamente diferente. Guiados erróneamente por sus maestros y con falsas expectativas, no recibieron al Salvador. Aun los discípulos, aunque habían sido enseñados por el divino Maestro, no estaban preparados para escuchar esas declaraciones que parecían hablar de derrota y no de victoria sobre sus enemigos temporales.

Cuando Cristo les reveló que sería rechazado y negado; que sería condenado y finalmente muerto, Pedro no pudo soportar la idea y se opuso tenazmente. Pedro no veía lo que Cristo veía: que Satanás lo estaba usando como su instrumento. Por eso le dijo: "¡Quítate de delante de mí, Satanás! porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres" (S. Marcos 8:33).

Satanás está siempre interponiéndose entre el alma y Dios; siem­pre está buscando usar al ser humano como su agente para sugerir sus opiniones en lugar de la palabra divina (Manuscript Releases, t. 7, pp. 200, 201).

  Tomar la cruz de Cristo significa controlar nuestras pasiones pecaminosas; practicar la cortesía cristiana aun cuando parezca que no es conveniente; ver las necesidades de los sufrientes y afligidos y negarnos a nosotros mismos para aliviarlas. Significa abrir las puertas de nuestro corazón y nuestros hogares a los huérfanos aunque tal acto pese sobre nuestros medios y nuestra paciencia. Son los miembros más jóvenes de la familia de Dios y merecen nuestro amor y cuidado, y también merecen ser criados en disciplina y amonestación del Señor. Ésta es la clase de cruz que, levantada en honor de Cristo, resultará en una diadema en el reino de Dios (Testimonies, t. 4, p. 627).


 

Jueves 5 de mayo: La transfiguración

Al permitir que el sueño los venciera, los discípulos habían perdido la conversación mantenida entre los mensajeros del cielo y el glorificado Redentor. Pero cuando se despiertan de su profundo sueño y contemplan la sublime visión que los rodea, se llenan de pavor y reverencia. Tratan de mirar el radiante brillo que envuelve a su amado Maestro, pero se ven obligados a cubrirse los ojos con sus manos porque no pueden soportar la inexpresable gloria que refleja su persona y que emite rayos tan brillantes como los del sol. Por un momento pueden contemplar al Señor glorificado y exaltado ante sus ojos y honrado por esos seres radiantes a quienes reconocen como los favorecidos de Dios.

Los discípulos están convencidos que Elías ha regresado y que el reino de Cristo ha de ser establecido. Tan pronto como recupera la voz después de su asombro, Pedro comienza a planear la forma de acomodar a Cristo y sus visitantes celestiales. Le dice al Señor: "Maestro, bueno es para nosotros que estemos aquí; y hagamos tres enramadas, una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías". En la excitación del momento, Pedro piensa que los dos mensajeros han sido enviados del cielo para preservar la vida de Jesús que está siendo amenazada, y para establecer el reino del Hijo de Dios sobre la tierra. Por un momento se olvida que Jesús les había explicado que el plan de salvación sólo podría ser perfeccionado por su sufrimiento y su muerte.

En medio de tan asombrosa y gloriosa escena, "una nube de luz los cubrió; y he aquí una voz desde la nube, que decía: Éste es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd". Cuando los discípulos vieron la nube de gloria que los rodeaba, que era más brillante que la que había acompañado a los israelitas en el desierto; y cuando escucharon la majestuosa voz que hizo temblar el monte y lo sacudió hasta sus cimientos, no pudieron soportar la escena y cayeron con su rostro a tierra (Redemption: or the Miracles of Christ, the Mighty One, pp. 119, 120).

La fe de los discípulos fue grandemente fortalecida en ocasión de la transfiguración, cuando se les permitió contemplar la gloria de Cristo y oír la voz del cielo atestiguando su carácter divino. Dios decidió dar a los seguidores de Jesús una prueba categórica de que era el Mesías prometido, para que en su acerbo pesar y chasco por su crucifixión, no perdiesen completamente su confianza. En ocasión de la transfiguración el Señor envió a Moisés y a Elías para que hablasen con Jesús acerca de su sufrimiento y su muerte. En vez de elegir ángeles para que conversasen con su Hijo, Dios escogió a quienes habían experimentado ellos mismos las pruebas de la tierra (Primeros escritos, p. 162).


 

Viernes 6 de mayo: Para estudiar y meditar

El Deseado de todas las gentes, pgs. 365-370; 378-392. 44

 

 

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