Notas de Elena White

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Confrontación en Galilea

Para el 123-29 de Abril del 2005

Lección 5


 

Sábado 23 de abril

Al ver la actitud de los escribas y fariseos y pensar en la luz y los privilegios que ellos tenían, podemos preguntarnos: ¿Cómo es posible que leyeran la palabra de Dios sin percibir las verdades que enseña? Tenían la responsabilidad de explicar las Escrituras y la ley en la sinagoga, y sin embargo Cristo los reprochó, diciéndoles: "Erráis ignorando las Escrituras y el poder de Dios". "Enseñáis como doctrina, mandamientos de hombres". Los dichos humanos, pasados de generación en generación por esos maestros, habían moldeado la religión y el culto. Las tradiciones sobre cosas triviales se incrementaban constantemente y se creaban nuevos reglamentos que la gente debía aceptar como requerimientos provenientes de Dios mismo. Muchas de estas reglamentaciones no estaban escritas sino que pasaban de boca en boca hasta que un conjunto inmenso de tradiciones y fábulas había convertido el culto en un servicio mecánico y formal. Si alguien se aventuraba a confrontar estas tradiciones con las Escrituras era condenado como si estuviera negándose a aceptar un "Así dice Jehová". Todo esto agradaba a Satanás porque estaba preparando el camino para que se rechazara a Cristo cuando él viniese a la tierra.

Cristo deseaba que sus discípulos tuvieran una educación completamente diferente de aquella que ofrecían los escribas y fariseos. Sus tremendas denuncias contra ellos se debían a que estos supuestos maestros enseñaban cosas contrarias a la ley... Por otra parte, si enseñaban algo de la ley, no eran hacedores de ella. Si hubieran observado atenta­mente las Escrituras hubiesen discernido claramente a Cristo y su misión. Así también ocurre en nuestros días. Hay quienes caminan en las tinieblas cuando podrían ser iluminados con la luz que brilla en cada página de la Palabra. Pero no reciben luz porque la estudian para interpretarla de acuerdo a sus propias ideas pervertidas. No son honestos, porque tratan de transformar cada razón para creer, en una razón para dudar. Se hacen expertos en encontrar dudas y faltas, y de esa manera interpretan, aplican y declaran la Palabra falsamente, quitándole el poder de cambiar la vida y el carácter (Review and Herald, agosto 29, 1899).


 

Domingo 24 de abril: Confrontación en Názaret

Por muchos años el Hijo de Dios vivió en la impía y despreciada ciudad de Nazaret, sin ser honrado ni reconocido allí. Esta humilde ciudad era proverbial por la maldad de su gente y se consideraba una humillación ser un habitante de la misma... Pero Cristo dejó un ejemplo digno de imitarse para todos aquellos que les toca vivir en lugares oscuros y despreciados: si caminan humildemente ante su Dios, pueden brillar aun en medio de la sociedad más corrupta. El manso y humilde Jesús rechazó el orgullo, la honra y la sabiduría humanas; despreció la vanagloria, las riquezas y el despliegue. Al hacer de Nazaret su hogar, mostró a sus seguidores que cualquier lugar puede ser honorable en la medida en que se mantenga la fidelidad a Dios.

Cristo inició su ministerio público en medio de su propio pueblo. Llegando a Nazaret, fue a la sinagoga en sábado como había sido su costumbre... Al leer la profecía y declarar que la misma se estaba cumpliendo delante de ellos, todos los ojos de la congregación fueron atraídos hacia Cristo. La autoridad, dignidad y poder que acompañaban sus palabras, y la sabiduría y energía manifestadas, cautivaron a los oyentes y su corazón sintió un poder que nunca antes habían experimentado. Todos acompañaban las palabras pronunciadas con expresiones de gozo y fervientes respuestas. Jesús, el Autor de la palabra profética, era ahora su divino intérprete que reclamaba ser el Mesías que los profetas habían deseado ver y escuchar, pero que la muerte había acabado con sus expectativas. El asombro de la gente iba creciendo, sus corazones se agitaban más y más, crecía su interés, y un poder convincente llenaba sus mentes. Pero Satanás no dormía; estaba allí para sugerir dudas e incredulidad. Muchos habían conocido a Jesús anteriormente; sabían que su casa estaba entre las de los más humildes de la tierra; era el hijo de un carpintero y había trabajado en el oficio de su padre; nunca había reclamado honor o grandeza mientras vivía con ellos. Los judíos esperaban un Mesías lleno de poder, honor y gloria. En sus corazones, el pensamiento comenzó a surgir: Éste no puede ser el hombre que va a redimir a Israel: ¿No es éste el hijo de José? ¿No están su madre y sus hermanos entre nosotros? ¿No ha trabajado por años como carpintero?

Jesús leyó sus pensamientos y los enfrentó haciendo referencia a la forma en que se había tratado a los profetas, esos hombres que Dios había elegido para realizar una importante obra. Ellos no habían logrado hacer nada por la salvación de los incrédulos y los de duro corazón. En cambio aquellos cuyos corazones sensibles se abrían para recibir las evidencias que Dios les brindaba a través de los fieles profetas, eran el objeto sobre el cual se desplegaba el divino poder. Las palabras de Cristo fueron un reproche terrible y severo para aquellos cuyas vidas corruptas e impía incredulidad los llevaba ahora a burlarse de su propio asombro y sentimiento de reverencia que las palabras de Jesús les habían inspirado al principio. Ahora estaban decididos a no creer que este hombre, manso y humilde, que había crecido entre la pobreza y la tristeza, fuera otra cosa que un hombre común. No aceptarían como su rey a alguien que no fuera acompañado de riquezas y esplendor, y de un poderoso e impresionante ejército (Folleto: Redemption: or the First Advent of Christ and His Life and Ministry, pp. 52-57).


 

Lunes 25 de abril: La muerte de Juan

Una vez terminada la fiesta de Heredes, y ya pasados los efectos de la intoxicación, cuando la razón se sentó nuevamente en el trono, el rey se llenó de remordimiento. Buscaba por todos los medios la manera de tranquilizar su conciencia culpable. Su fe en Juan como un honrado profeta de Dios no había cambiado. Al recordar su vida sacrificada, sus poderosos discursos, sus solemnes apelaciones y su sano juicio como consejero, y al reflexionar ahora que lo había llevado a la muerte, su conciencia estaba terriblemente turbada. Aunque continuaba atendien­do los asuntos de la nación y recibiendo el honor de la gente, y aunque presentaba un rostro sonriente y una presencia digna, en su interior se escondía un corazón dolorido y ansioso y estaba terriblemente atemorizado de la maldición que Dios podría traer sobre él.

Cuando Heredes escuchó acerca de las maravillosas obras de Cristo al sanar a los enfermos, echar fuera demonios y levantar a los muertos, sus temores y perplejidades crecieron aún más. Estaba con­vencido que Dios, a quien Juan predicaba, podía estar presente en cada lugar, y que había presenciado la impía actuación y la disipación manifestada en el banquete; que había escuchado su orden de ejecutar a Juan; que había visto la alegría de Herodías y oído el insulto con que ella había recibido la cabeza decapitada de su enemigo. Muchas de las cosas que había escuchado de labios del profeta parecía ahora sentirlas en un tono más alto dentro de su conciencia y estaba seguro que nada quedaba escondido a la vista de Dios.

Cuando Herodes supo de la actuación de Cristo pensó que Dios había resucitado a Juan y lo enviaba con un poder aún mayor para condenar el pecado. Temía que Juan se vengara de su muerte condenándo­lo a él y a su casa a la ruina. "Oyó el rey Herodes la fama de Jesús, porque su nombre se había hecho notorio; y dijo: Juan el Bautista ha resucitado de los muertos, y por eso actúan en él estos poderes. Otros decían: Es Elías. Y otros decían: Es un profeta, o alguno de los profetas. Al oír esto Herodes, dijo: Éste es Juan, el que yo decapité, que ha resucitado de los muertos" (S. Marcos 6:14-16) (Review and Heraid, abril 8, 1873).

Cuando Pilato oyó que Herodes se encontraba en Jerusalén, sintió gran alivio, porque esperaba librarse de toda responsabilidad en el juicio y condenación de Jesús. Inmediatamente lo envió con sus acusadores a Herodes. Este gobernante se había endurecido en el pecado. El asesinato de Juan el Bautista había dejado en su conciencia una man­cha de la que no se podía librar. Cuando oyó hablar de Cristo y de las poderosas obras que estaba realizando, temió y tembló, pues creía que se trataba de Juan el Bautista que había resucitado de entre los muertos.

Cuando el Maestro fue puesto en sus manos por Pilato, Herodes consideró ese acto como un reconocimiento de su poder, su autoridad y su juicio Esto tuvo el efecto de amistar a dos dirigentes que antes habían sido enemigos. Herodes se alegró de ver a Jesús, pues esperaba que realizara algún poderoso milagro para complacerlo. Pero no era la obra del Señor satisfacer la curiosidad y procurar su propia seguridad...

Cristo nada respondió a las numerosas preguntas que le hizo Herodes; tampoco replicó a sus enemigos que lo acusaban con vehemencia. El rey se enfureció porque aparentemente Jesús no temía su poder, y con sus soldados lo denigró, se burló de él y lo maltrató. Pero se asombró del aspecto noble y divino de Jesús en medio de ese ver­gonzoso maltrato, y como temía condenarlo lo envió de vuelta a Pilato (La historia de la redención, pp. 225, 226).


 

Martes 26 de abril: El punto decisivo

Los que habían sido alimentados milagrosamente llegaron a la conclusión de que él era el Príncipe de vida, el Libertador prometido a los judíos, pero también percibieron que no buscaba los aplausos ni el favor de la gente como lo hacían los gobernantes y sacerdotes que ambicionaban los títulos y el honor de los hombres. Temieron que nunca reclamara su derecho a ser el rey de Israel ni se sentara en el trono de David en Jerusalén a menos que otros lo reclamaran por él. No necesitaban más evidencia de su poder divino y no esperarían por mayores pruebas. Consultaron entre ellos y decidieron ponerlo sobre sus hombros y aclamarlo como rey de los judíos. Los discípulos se unieron al pueblo y consideraron que el trono de David era el lugar adecuado para su Maestro. Finalmente los arrogantes dirigentes serían humillados y forzados a rendir honor a Aquel que estaba revestido de la autoridad divina.

Jesús anticipó los planes de ellos sabiendo que tal cosa estorbaría la obra que deseaba hacer y detendría sus actos de misericordia y benevolencia. Los sacerdotes y gobernantes ya se habían dado cuenta que el corazón de la gente se había apartado de ellos y se había tornado hacia él; por eso buscaban destruir su influencia y quitarle la vida. Sabía que el resultado de su exaltación como rey sería más violencia e insurrección. Él no había venido a este mundo para establecer un reino temporal; su reino no era de este mundo. Y aunque la multitud no percibía los peligros que resultarían de tal movimiento, su ojo de divina sabiduría podía descubrir los males que se escondían detrás de tal acción. Llamando a sus discípulos les ordenó que subieran al barco y regresasen a Capernaúm mientras él despedía a la multitud. Los discípulos no estaban de acuerdo con tal decisión. Consideraban que era el momento adecuado para que Jesús recibiera el honor que merecía. Afirmaban que por la voz unánime del pueblo debía aceptar ser elevado a su ganada dignidad. No pensaban que todo ese entusiasmo del Pueblo debía quedar en la nada...

Pero Jesús estaba firme en su decisión y les ordenó cumplir su pedido con una autoridad que no habían visto antes. Le obedecieron en silencio. Una vez partidos los discípulos Jesús se volvió a la multitud y percibió que la gente estaba decidida a usar la fuerza para hacerlo rey. Debía detener sus movimientos de una sola vez. Parado con gran dig­nidad frente a ellos les ordenó dispersarse y volver a sus hogares. Su voz contenía tal autoridad que nadie se atrevió a desobedecer sus órdenes. La alabanza y la exaltación de su nombre se detuvieron en sus labios. Retrocedieron los pasos que habían dado para tomarlo y hacerlo rey. La alegría y la excitación se desvanecieron de sus rostros. Aunque entre ellos había hombres de espíritu fuerte y determinación firme, ante tal autoridad se volvieron sumisos como niños y humildemente obedecieron la orden del Señor a quien reconocieron por encima de cualquier autoridad terrenal (Signs of the Times, mayo 10, 1883).

La forma en que terminó el asunto de la alimentación de los cinco mil había molestado a Judas. Él había sido quien había sugerido la idea de tomar a Jesús por la fuerza y hacerlo rey. Pero Jesús con una autori­dad mayor que la que él había ejercido entre la gente, había frustrado su propósito. Desengañado con Cristo se fue ahora separando más y más de él (Review and Herald, octubre 5, 1897).


 

Miércoles 27 de abril: Jesús camina sobre el mar

Los discípulos estaban en problemas. Se había levantado una tormenta y el mar los golpeaba con furia. Por horas habían trabajado con los remos pero era en vano: no podían contra la fuerza de las olas que los llevaban de aquí para allá. Con un buen clima, el viaje hasta la orilla opuesta llevaba unas pocas horas; pero en esta ocasión habían luchado toda la noche intentando llegar al lugar que habían planeado, pero su pequeña barca era como un juguete de la furiosa tempestad y temían que en cualquier momento las aguas los tragasen. Habían dejado a Jesús con corazones molestos. Se culpaban de no haber sido más firmes en su propósito de exaltar a su Señor a la posición de rey de Israel, y de haber sido tan débiles al aceptar rápidamente la orden de dejar el lugar. Razonaban que si hubieran persistido en su intención podrían haber ganado.

Cuando se levantó la tormenta, se lamentaron mucho más de haber dejado a Jesús. Si hubieran permanecido con él —pensaban— el peli­gro podría haber sido evitado. Era una severa prueba de su fe. Deseaban alcanzar el lugar donde Cristo les había prometido encontrarlos, pero los vientos los desviaban de su curso y todos sus esfuerzos eran inútiles. Aunque eran hombres fuertes y acostumbrados al mar, esta tormenta los llenaba de temor y hubieran deseado tener la presencia del Maestro con ellos para sentirse seguros.

Pero Jesús no había olvidado a sus discípulos. Desde la costa distante sus ojos traspasaban las tinieblas, veía el peligro en que estaban y podía leer sus pensamientos. Y no quería que ninguno de ellos pereciese. Como una madre que vigila a su hijo a quien ha corregido tiernamente, el compasivo Maestro vigilaba a sus discípulos. Cuando sus corazones se suavizaron y sus ambiciones no santificadas se apagaron; cuando humildemente oraron por ayuda, ésta les fue ofrecida (Folleto: Redemption: or the Míracles of Christ, the Mighty One, pp. 60, 61).

En su barquichuelo, sobre el mar de Galilea, en medio de la tem­pestad y las tinieblas, los discípulos luchaban para alcanzar la orilla, pero todos sus esfuerzos eran infructuosos. Cuando la desesperación se estaba apoderando de ellos, vieron a Jesús que andaba sobre las ondas espumosas. Pero al principio no reconocieron la presencia de Cristo, y su terror aumentó hasta que su voz, que les decía: "Yo soy; no tengáis miedo", disipó sus temores y les infundió esperanza y gozo. Entonces, ¡cuan voluntariamente los pobres y cansados discípulos cesaron en sus esfuerzos y lo confiaron todo al Maestro!

Este sorprendente incidente ilustra la experiencia de los que siguen a Cristo. ¡Con cuánta frecuencia nos aferramos a los remos, como si nuestra propia fuerza y sabiduría bastaran, hasta que encontramos inútiles nuestros esfuerzos. Entonces, con manos temblorosas y fuerza desfalleciente, entregamos el trabajo a Jesús y confesamos que no podemos cumplirlo. Nuestro misericordioso Redentor se compadece de nuestra debilidad; y cuando, en respuesta al clamor de la fe, él asume la obra que le pedimos que haga, ¡cuan fácilmente realiza lo que nos parecía tan difícil! (Testimonios selectos, t. 3, pp. 381, 382).


 

Jueves 28 de abril: Confrontación con los fariseos

Cristo vino a esta tierra para traer un nuevo orden de cosas. Por muchos años su pueblo se había estado alejando de los principios expuestos en las Escrituras. Y los dirigentes eran en gran medida culpables; por eso los reproches de Cristo dejaban descubiertas sus prácticas deshonestas. Conociendo los corazones de todos, podía saber lo que había debajo de la superficie y sabía que merecían sus denuncias puesto que cerraban sus ojos para no ver sus motivos corruptos y cerraban sus oídos para no escuchar las verdades que presentaba el Salvador. Sólo querían escuchar su propia voz que exaltaba sus propias tradiciones y enseñaba como doctrinas mandamientos de hombres. Hacían referencia a Moisés y Abrahán, pero no les prestaban atención ni practicaban sus palabras (General Conference Bolletin, abril 24, 1901).

Debemos estudiar las lecciones que Cristo nos dejó y seguir su ejemplo. Él dijo: "He guardado los mandamientos de mi Padre". ¿Habremos de guardarlos también nosotros o guardaremos los mandamientos de hombres? En verdad, podemos encontrar obstáculos en la senda cristiana. Cuando nuestro precioso Salvador deseaba educar y entrenar a sus discípulos para cooperar con él en la obra del evangelio, encontraba obstáculos porque los maestros de su tiempo habían cubierto, con costumbres y tradiciones, las preciosas joyas de verdad, de tal manera que no se podían discernir. Cristo tuvo que rescatar esas joyas que estaban perdidas en medio de tanto error para volver a presentarlas dentro del cuadro de la verdad. Reprochó a los sacerdotes, escribas y fariseos, diciéndoles: "Dejando el mandamiento de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres... invalidáis el mandamiento de Dios para guardar vuestra tradición" (S. Marcos 7:8, 9). Estas mismas dificultades —las tradiciones humanas— deben ser confrontadas en nuestros días, para que el corazón y la vida puedan ser educados de acuerdo con las verdaderas enseñanzas y el ejemplo de Cristo (Bible Echo, junio 10, 1895)


 

Viernes 29 de abril: Para estudiar y meditar

El Deseado de todas las gentes, pp. 315-325; 332-364.

 

 

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