Notas de Elena White

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En Galilea


Para el 23 de Abril del 2005

Lección 4


 

Sábado 16 de abril

Por medio de la parábola del sembrador. Cristo ilustra las cosas del reino de los cielos, y la obra que el gran Labrador hace por su pueblo. A semejanza de uno que siembra en el campo, él vino a esparcir los granos celestiales de la verdad. Y su misma enseñanza en parábolas era la simiente con la cual fueron sembradas las más preciosas verdades de su gracia. A causa de su simplicidad, la parábola del sembrador no ha sido valorada como debiera haber sido. De la semilla natural echada en el terreno. Cristo desea guiar nuestras mentes a la semilla del evangelio, cuya siembra produce el retorno de los hombres a su lealtad a Dios. Aquel que dio la parábola de la semillita es el Soberano del cielo, y las mismas leyes que gobiernan la siembra de la semilla terrenal, rigen la siembra de la simiente de verdad (Palabras de vida del gran Maestro, p. 16).

El mundo material se halla bajo el control divino. Toda la natu­raleza obedece las leyes que la gobiernan. Todas las cosas hablan acerca de la voluntad del Creador y la practican. Las nubes, la lluvia, el rocío, la luz del sol, los chubascos, el viento, la tormenta, todos están bajo la supervisión de Dios y le rinden obediencia implícita a Aquel para quien trabajan. La plantita diminuta sale de la tierra, primero como hierba, luego espiga, y después el grano lleno en la espiga. El Señor los usa como sus siervos obedientes, para hacer su voluntad. Primero se ve el fruto en el capullo, que contiene a la futura pera, durazno, o manzana, y el Señor los desarrolla en el momento adecuado, porque ellos no se resisten a su obra. No se oponen al orden de sus disposiciones. Sus obras, tales como se ven en el mundo natural, no se comprenden ni se valoran, ni siquiera en un cincuenta por ciento. Estos predicadores silenciosos enseñarán sus lecciones a los seres humanos, si tan sólo quieren ser oidores atentos (Exaltad a Jesús, p. 60).


 

Domingo 17 de abril: La parábola del sembrador

"El sembrador salió a sembrar". En el Oriente, el estado de las cosas era tan inseguro, y había tan grande peligro de violencia, que la gente vivía principalmente en ciudades amuralladas, y los labradores salían diariamente a desempeñar sus tareas fuera de los muros. Así Cristo, el Sembrador celestial, salió a sembrar. Dejó su hogar de seguridad y paz, dejó la gloria que él tenía con el Padre antes que el mundo fuese, dejó su puesto en el trono del universo. Salió como uno que sufre, como hombre tentado; salió solo, para sembrar con lágrimas, para verter su sangre, la simiente de vida para el mundo perdido.

Sus servidores deben salir a sembrar de la misma manera. Cuando Abrahán recibió el llamamiento a ser un sembrador de la simiente de verdad, se le ordenó: "Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré". "Y salió sin saber dónde iba". Así el apóstol Pablo, orando en el templo de Jerusalén, recibió el mensaje de Dios: "Ve, porque yo te tengo que enviar lejos a los gentiles". Así los que son llamados a unirse con Cristo deben dejarlo todo para seguirle a él. Las antiguas relaciones deben ser rotas, deben abandonarse los planes de la vida, debe renunciarse a las esperanzas terrenales. La semilla debe sembrarse con trabajo y lágrimas, en la soledad y mediante el sacrificio.

"El sembrador siembra la palabra". Cristo vino a sembrar el mundo de verdad. Desde la caída del hombre. Satanás ha estado sembrando las semillas del error. Fue por medio de un engaño como obtuvo el dominio sobre el hombre al principio, y así trabaja todavía para derrocar el reino de Dios en la tierra y colocar a los hombres bajo su poder. Un sembrador proveniente de un mundo más alto, Cristo, vino a sembrar las semillas de verdad. Aquel que había estado en los concilios de Dios, Aquel que había morado en el lugar santísimo del Eterno, podía traer a los hombres los puros principios de la verdad. Desde la caída del hombre, Cristo había sido el Revelador de la verdad al mundo. Por medio de él, la incorruptible simiente, "la palabra de Dios, que vive y permanece para siempre", es comunicada a los hombres. En aquella primera promesa pronunciada a nuestra raza caída, en el Edén, Cristo estaba sembrando la simiente del evangelio. Pero la parábola se aplica especialmente a su ministerio personal entre la gente y a la obra que de esa manera estableció.

La palabra de Dios es la simiente. Cada semilla tiene en sí un poder germinador. En ella está encerrada la vida de la planta. Así hay vida en la palabra de Dios. Cristo dice: "Las palabras que yo os he hablado, son espíritu, y son vida". "El que oye mi palabra, y cree al que me ha enviado, tiene vida eterna". En cada mandamiento y en cada promesa de la Palabra de Dios se halla el poder, la vida misma de Dios, por medio de los cuales pueden cumplirse el mandamiento y la promesa. Aquel que por la fe recibe la palabra, está recibiendo la misma vida y carácter de Dios.

Cada semilla lleva fruto según su especie. Sembrad la semilla en las debidas condiciones, y desarrollará su propia vida en la planta. Recibid en el alma por la fe la incorruptible simiente de la Palabra, y producirá un carácter y una vida a la semejanza del carácter y la vida de Dios (Palabras de vida del gran Maestro, pp. 19, 20).


 

Lunes 18 de abril: El reino es como una semilla

Aquel que dio esta parábola creó la semillita, le dio sus propiedades vitales, y ordenó las leyes que rigen su crecimiento. Y las verdades que enseña la parábola se convirtieron en una viviente realidad en la vida de Cristo. Tanto en su naturaleza física como en la espiritual él siguió el orden divino del crecimiento ilustrado por la planta, así como desea que todos los jóvenes lo hagan... En la niñez hizo las obras de un niño obediente... Pero en cada etapa de su desarrollo era perfecto, con la sencilla y natural gracia de una vida exenta de pecado.

La parábola de la semilla revela que Dios obra en la naturaleza...

Hay vida en la semilla, hay poder en el terreno; pero a menos que se ejerza día y noche el poder infinito, la semilla no dará frutos... Cada semilla crece, cada planta se desarrolla por el poder de Dios...

La germinación de la semilla representa el comienzo de la vida espiritual, y el desarrollo de la planta es una bella figura del crecimiento cristiano. Como en la naturaleza, así también en la gracia, no puede haber vida sin crecimiento. La planta debe crecer o morir. Así como su crecimiento es silencioso e imperceptible, pero continuo, así es el desarrollo de la vida cristiana. En cada grado de desarrollo, nuestra vida puede ser perfecta; pero, si se cumple el propósito de Dios para con nosotros, habrá un avance continuo. La santificación es la obra de toda la vida. Con la multiplicación de nuestras oportunidades, aumentará nuestra experiencia y se acrecentará nuestro conocimiento, llegaremos a ser fuertes para llevar responsabilidades, y nuestra madurez estará en relación con nuestros privilegios (La maravillosa gracia de Dios, p. 283).

El reino de Cristo al principio parecía humilde e insignificante. Comparado con los reinos de la tierra parecía el menor de todos. La aseveración de Cristo de que era rey fue ridiculizada por los grandes gobernantes de este mundo. Sin embargo, en las poderosas verdades encomendadas a los seguidores de Cristo, el reino del evangelio poseía una vida divina. ¡Y cuan rápido fue su crecimiento; cuan amplia su influencia! Cuando Cristo pronunció esta parábola, había solamente unos pocos campesinos galileos que representaban el nuevo reino... Pero la semilla de mostaza había de crecer y extender sus ramas a través del mundo. Cuando pereciesen los gobiernos terrenales, cuya gloria llenaba entonces los corazones humanos, el reino de Cristo seguiría siendo una fuerza poderosa y de vasto alcance. De esta manera, la obra de la gracia en el corazón es pequeña en su comienzo. Se habla una palabra, un rayo de luz brilla en el alma, se ejerce una influencia que es el comienzo de una nueva vida; ¿y quién puede medir sus resultados?...

Y en esta última generación la parábola de la semilla de mostaza ha de alcanzar un notable y triunfante cumplimiento. La pequeña simiente llegará a ser un árbol. El último mensaje de amonestación y misericordia ha de ir a "toda nación y tribu y lengua" (Apocalipsis 14:6-14), "para tomar de ellos pueblo para su nombre" (La maravillosa gracia de Dios, p. 17).


 

Martes 19 de abril: Terror en el agua

En desesperación los discípulos llaman a su Maestro pero no hay respuesta; sólo se escucha la furia del viento. ¿Será que los ha abandonado? ¿Habrá caminado sobre la cresta de las olas embravecidas y los habrá dejado librados a su propia suerte? Recuerdan que una vez caminó sobre las aguas para rescatarlos de la muerte. ¿Será que esta vez los ha entregado a la furia de la tempestad? Tratan de encontrarlo en alguna parte del barco pero la tormenta se ha incrementado tanto que es difícil hacerlo. Finalmente, la luz de un relámpago lo muestra durmiendo plácidamente en medio de tanto ruido y confusión.

Se acercan a él y le reprochan: "Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos?" En medio del peligro de muerte que soportan y del tremendo esfuerzo por evitar el hundimiento de la barca, les parece incorrecto que Jesús esté descansando, desinteresado en su suerte. Mientras los discípulos vuelven a los remos para intentar un último esfuerzo, Cristo se coloca sobre sus pies. Allí está, la Majestad del cielo, en una humilde barca de pescadores, en medio de una furiosa tempestad cuyos relámpagos muestran un rostro calmo y sereno. Levanta su mano y dice al furioso mar: "Calla, enmudece". Inmediatamente cesa la tormenta; las olas se calman, las nubes desa­parecen y brillan las estrellas. El bote descansa en medio de un quieto mar. Entonces se dirige a los discípulos, diciéndoles: "¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe?"

Un silencio asombroso y reverente llena el corazón de los discípulos. Ni siquiera el impulsivo Pedro es capaz de expresar los sentimientos que inundan su corazón. Los ocupantes de otros botes que acompañaban al Maestro, que habían pasado por el mismo peligro y habían experimentado el mismo terror y desesperación, se acercan ahora a la barca que conduce a Jesús. En medio de la calma que experimentan se preguntan unos a otros: "¿Quién es éste, que aun el viento y el mar le obedecen?" Aquellos que presenciaron la impresionante escena nunca la olvidarían; nunca se perdería de sus mentes la majestuosidad que inspira a los hijos de Dios la sensación de estar en la presencia del Altísimo.

Cuando Cristo fue despertado rudamente por estos aterrorizados pescadores, no sintió temor por sí mismo; su preocupación era por los discípulos que no habían confiado en él para resolver una situación de peligro. Habían intentado hacerlo por sí mismos sin pensar que su Auxiliador estaba a bordo. Si lo hubieran llamado ante la primera apariencia de peligro se hubiesen evitado toda su ansiedad. Por eso Jesús reprochó sus temores que a la vez manifestaban incredulidad. ¡Cuántos, en medio de las luchas de la vida; en medio de las perplejidades y los peligros, tratan de enfrentar solos las tormentas de la adversidad, olvidándose que hay Uno que puede ayudarlos. Intentan hacerlo con sus propias fuerzas y habilidades hasta que, aturdidos y desanimados, recuerdan a Jesús y le piden que los salve. Y aunque él los reprocha con tristeza, nunca falla en escuchar su clamor y ayudarlos en tiempo de necesidad (Folleto: Redemption: or the Miracles of Christ, the Mighty One, pp. 83-85).


 

Miércoles 20 de abril: Dos mil cerdos muertos

La idea de Satanás al pedir que los demonios entraran en los cerdos era producir malestar contra Jesús en esa región. La destrucción de estos animales produciría considerable pérdida a sus propietarios y el enemigo no estaba equivocado al pensar que esta circunstancia provocaría malestar entre la gente. Los cuidadores de los animales, que presenciaron toda la escena, corrieron a informar a los dueños lo que había acontecido y a publicar a toda la gente lo que habían visto...

Estos hombres egoístas no tomaban en cuenta que estos pobres endemoniados habían sido liberados y que ahora estaban a los pies de Jesús escuchando sus palabras, llenos de gratitud y glorificando el nombre de Aquel que los había restaurado. Su única preocupación era la pérdida financiera que habían experimentado y temían calamidades mayores con la presencia de ese extraño en su medio...

Algunos pueden pensar que el curso de acción que Cristo siguió no permitió a la gente de esa región recibir su doctrina, y que esa tremenda demostración de su poder los alejó de sus enseñanzas y de su in­fluencia. Pero Cristo tenía otros planes. Al mismo tiempo que la gente de Gadara le pedía a Cristo que abandonara su región, los endemoniados liberados le pedían que los dejara ir con él. En su presencia se sentían seguros contra los demonios que los habían atormentado y habían echado a perder su hombría. Postrándose a sus pies le imploraban que lo llevasen con él en la barca para enseñarles su verdad. Pero Jesús les dijo que volvieran a su casa y a los suyos y les contaran cuan grandes cosas había hecho el Señor por ellos.

Aquí estaba la senda del deber y ellos se prepararon para seguirla. Y no sólo iluminaron sus propios hogares y los de sus vecinos contando acerca de Jesús, sino que fueron a la región de Decápolis y allí, entre los gentiles, declararon las maravillosas obras de Cristo. La gente que había rechazado recibir al Señor porque habían visto su propiedad destruida, no fue dejada en la oscuridad, debido a que su rechazo se produjo antes de escuchar las palabras de vida. Ahora, los que habían sido representantes del príncipe de las tinieblas serian convertidos en canales de luz y verdad; convertidos en siervos del Hijo de Dios para comunicar la luz que habían recibido de él.

La gente se maravilló al escuchar las buenas nuevas acerca de tan extraordinario sanamiento, y quería tener parte en ese reino que Jesús predicaba. Ningún otro evento podría haber despertado mayor interés que éste... Cuando estas personas, que había sido el terror de la comunidad, llegaron a ser mensajeros de la verdad y portadores de la sal­vación en Cristo, ejercieron una poderosa influencia para convencer a la gente de esa región que Jesús era el Hijo de Dios (Folleto: Redemption: or the Miracles of Christ, the Mighty One, pp. 88-91).


 

Jueves 21 de abril: Una niña muerta y una mujer enferma

... [Jesús] podía distinguir entre el toque de la fe y un toque casual en medio de la multitud. Alguien lo había tocado con un propósito especial y había recibido respuesta. Su pregunta no tenía motivos informa­tivos; con ella deseaba enseñar una lección al pueblo, a los discípulos y a la mujer. Deseaba traer esperanza a los afligidos mostrándoles que un toque de fe podía liberar el poder sanador, y a la vez quería que la confianza puesta en él por la sufriente no pasara inadvertida. Quería que ella supiese que él aprobaba su acto de fe. No quería que se retirase en secreto con una bendición a medias, sino deseaba hacer público su com­pasivo amor por ella y su poder de salvar hasta lo sumo a los que se allegaban a él.

Mirando directamente a la mujer. Cristo insistía en saber quién la había tocado. Y viendo que no podía encubrir su acto, ella, temblando se postró a sus pies. Con lágrimas de agradecimiento le dijo frente a todos por qué había tocado su manto y cómo había sido sanada inmediatamente. Por un momento pensó que su acción había sido un acto de presunción, pero ni una sola palabra de censura salió de los labios de Cristo; sólo palabras de aprobación que provenían de un corazón lleno de simpatía por la sufriente humanidad.. "Hija —le dijo bondadosa­mente—, tu fe te ha hecho salva; vé en paz, y queda sana de tu azote" (S. Marcos 5:34). ¡Cuan animadoras fueron estas palabras para ella! ¡El temor de haber ofendido al Maestro había desaparecido y sólo el gozo llenaba su corazón!

Durante toda su vida Cristo buscó traer vida, paz y gozo a los demás. Sus días estaban llenos de actos de misericordia y compasión. A menudo estaba exhausto y hubiera deseado descansar, pero había pocas oportunidades para hacerlo, porque los tocados por la pena y la aflicción que llegaban hasta él no habrían de buscar su ayuda en vano. "Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá".

La multitud que se apretujaba alrededor de Cristo no recibió por­ción alguna del poder vital; pero cuando la sufriente mujer extendió su mano para tocarlo creyendo que sería restaurada, ella recibió la virtud sanadora. Así también ocurre en las cosas espirituales. Hablar de una forma casual acerca de la religión; orar sin ansiedad del alma ni sin una fe viviente, no traerá resultados. Una fe nominal que sólo acepta a Cristo como Salvador del mundo no traerá salud al alma. La fe que es para salvación no es una mera aceptación intelectual de la verdad. Aquel que espera tener todo el conocimiento antes de ejercer fe, no habrá de recibir la bendición divina. No es suficiente saber acerca de Cristo; debemos creer en él y aceptarlo como nuestro Salvador personal para apropiarnos y beneficiarnos de sus méritos. Muchos creen que la fe es una opinión que se publica; pero la fe salvadora es un pacto por el cual aquellos que reciben a Cristo entran en una relación con Dios que vigoriza el alma y la transforma en un poder victorioso (Signs of the Times, junio 1, 1904).


 

Viernes 22 de abril: Para estudiar y meditar

El Deseado de todas las gentes, pgs. 300-314; Palabras de Vida del Gran Maestro, pgs. 16-48.

 

 

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