
Curaciones, y corazones duros
Para el 9-16 de Abril del 2005

"Si retrajeres del sábado tu pie, de hacer tu voluntad en mi día santo, y al sábado llamares delicia, santo, glorioso de Jehová; y lo venerares, no haciendo tus caminos, ni buscando tu voluntad, ni hablando tus palabras" (Isaías 58:13).
El amor de Dios ha puesto un límite a las exigencias del trabajo. En su día reserva a la familia la oportunidad de tener comunión con él, con la naturaleza y con sus prójimos.
El sábado y la familia fueron instituidos en el Edén y en el propósito de Dios están indisolublemente unidos. En ese día, más que en cualquier otro nos es posible vivir la vida del Edén.
Puesto que el sábado es una institución recordativa del poder creador, es, entre todos los días, aquel en que deberíamos familiarizarnos especialmente con Dios por medio de sus obras.
El santo día de reposo de Dios me hecho para el hombre y las obras de misericordia están en perfecta armonía con su propósito.
Durante una parte del día, todos debieran tener la oportunidad de estar al aire libre. ¿Cómo podrán los niños recibir un conocimiento más acertado de Dios que pasando una parte de su tiempo al aire libre, no entregados a los juegos sino en compañía de sus padres? Permitid que sus mentes infantiles se relacionen con Dios en las hermosas escenas de la naturaleza... Al contemplar las bellezas que él ha creado para la felicidad del hombre, serán inducidos a considerarlo un Padre tierno y amante (La fe por la cual vivo, p. 38).
Domingo 10 de abril: Hecho para el hombre
Ninguna otra cosa diferenciaba tanto a los judíos de las naciones circundantes y los mostraba como adoradores del Creador como la institución del sábado. Su observancia era una señal visible de su conexión con Dios y su separación de otros pueblos. Toda obra para ganarse el sustento o para tener ganancias mundanas estaba prohibida en el séptimo día. De acuerdo al cuarto mandamiento debía dedicarse al descanso y al culto. Aunque todo trabajo secular debía ser suspendido, las obras de beneficencia y misericordia estaban de acuerdo al propósito del Señor. Ayudar al afligido y confortar al sufriente es una obra que no está limitada por tiempo o lugar y hace honor al santo día de Dios...
Jesús deseaba enseñar a sus discípulos y también a sus enemigos que el servicio a Dios está en primer lugar, y que es correcto satisfacer las necesidades de la humanidad aun en el día sábado. Esta institución sagrada no fue dada para interferir con nuestras necesidades físicas haciéndonos padecer dolor, hambre o fatiga. Por el contrario, el sábado fue dado a los seres humanos para descansar en paz y recordar la obra del Creador; no para ser una gravosa carga.
El trabajo que se realizaba en el templo durante el sábado estaba de acuerdo con la ley mientras no se transformara en un negocio secular. También el acto de arrancar espigas y restregar los granos para obtener fuerza física para continuar haciendo la obra de Dios, era correcto y legal. Finalmente Jesús coronó sus argumentos declarándose "Señor del sábado": Aquel que es mayor que la ley misma. Como Juez infinito declaró a los discípulos sin culpa, aclarando y explicando los mismos estatutos que sus enemigos le acusaban de violar.
Y Jesús no abandonó el tema sin administrar un reproche a sus enemigos. Les objetó que, en su ceguera, habían cambiado el propósito del sábado. "Si supieseis —les dijo— qué significa: Misericordia quiero, y no sacrificio, no condenaríais a los inocentes" (S. Mateo 12:7). De esta manera contrastaba los ritos formales con la integridad y el compasivo amor que debiera caracterizar a los verdaderos adoradores de Dios (Signs of the Times, noviembre 30, 1876).
Lunes 11 de abril: El hombre de la mano seca
Jesús había crecido entre esta gente llena de prejuicio e intolerancia, por lo tanto sabía que al realizar un milagro de sanamiento en sábado sería considerado un transgresor de la ley. Sabía además que los fariseos se indignarían y utilizarían tal acción para tratar de colocar al pueblo contra él. Sabía que, aunque eran actos de misericordia, la gente los consideraría ilegales porque sus mentes estaban atadas a restricciones y formalismos con respecto al sábado. Pero todo eso no lo restringió de quebrar las barreras de superstición y tradición que rodeaban al día santo, ni de enseñar al pueblo que la caridad y la benevolencia es correcta en cualquier día.
Al entrar a la sinagoga vio al hombre que tenía la mano seca. Los fariseos acechaban ansiosos para ver que haría en este caso; si sanaría al hombre en sábado. Su único objetivo era encontrar una causa por la cual acusarlo. Jesús miró al hombre y le pidió que se levantara y se pusiera en medio de los presentes. Entonces preguntó: "¿Es lícito en los días de reposo hacer bien, o hacer mal; salvar la vida, o quitarla? Pero ellos callaban. Entonces, mirándolos alrededor con enojo, entristecido por la dureza de sus corazones, dijo al hombre: Extiende tu mano. Y él la extendió, y la mano le fue restaurada sana" (S. Marcos 3:4, 5)...
Jesús deseaba corregir las falsas enseñanzas de los judíos con respecto al sábado y también impresionar a sus discípulos con el hecho de que las acciones misericordiosas son correctas en ese día. Al sanar al hombre de la mano seca, echó por tierra las tradiciones humanas y colocó en su debido lugar el propósito del cuarto mandamiento; exaltó el sábado y derribó las restricciones formales que estorbaban su verdadero sentido. Honró al día santo y mostró que aquellos que lo restringían con sus ritos y ceremonias inútiles, en verdad lo deshonraban (Signs of the Times, noviembre 30, 1876).
Cuando Cristo enfrentó a los dirigentes religiosos con la pregunta:
"¿Es lícito en los días de reposo hacer bien, o hacer mal; salvar la vida, o quitarla?", estaba colocando el asunto en su propio terreno. A menudo los maestros del pueblo expresaban que no hacer el bien cuando se tenia la oportunidad de hacerlo, era hacer mal; y cuando se tenia la oportunidad de salvar una vida y no se lo hacía, era hacerse culpable de un crimen. Por otra parte, esta pregunta penetraba hasta los impíos y secretos propósitos de los dirigentes quienes sólo buscaban ocasión de acusarlo falsamente para quitarle la vida, mientras él salvaba vidas y traía felicidad a muchos corazones. ¿Era mejor planear un crimen en sábado como ellos lo estaban haciendo, que sanar a un afligido como él lo había hecho? ¿Era más justo tener el corazón lleno de odio y de homicidio en el día santo, que tenerlo lleno de ese amor que se expresaba en actos de caridad y misericordia?
La oportunidad de hacer el bien puede ser pasada por alto o ignorada, pero no por eso se desliga de responsabilidad al que lo hace. En la instrucción y el ejemplo de Cristo se define claramente este principio. En el gran día, tanto lo que se hizo como lo que se dejó de hacer tendrá importancia, porque son esas cosas las que desarrollan el carácter (Review and Herald, agosto 10, 1897).
Martes 12 de abril: Los doce apóstoles
El gran corazón de Jesús, lleno de amor, ansiaba proclamar las palabras de vida a todas las nacionalidades, y en gran medida lo hizo. Se situaba en aquellos lugares estratégicos donde los viajeros pasaban de aquí y de allá, y predicaba a grandes multitudes formadas por diferentes pueblos. Pero había numerosos campos aún abiertos para la obra misionera. Había abundantes oportunidades para los doce discípulos y para muchos más obreros. Por eso preparó a los setenta y los envió a la cosecha diciéndoles: "La mies a la verdad es mucha, mas los obreros pocos; por tanto, rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su mies" (S. Lucas 10:2).
Al dar instrucciones a estos obreros para comenzar su importante obra, les dijo: "a nadie saludéis por el camino". Este saludo no se refería a un amigable apretón de manos sino a una larga serie de ceremonias que consumían tiempo sin sentido. Su obra era demasiado urgente como para dedicar tiempo a rituales innecesarios. El mensaje que llevaban tenía sabor de vida para vida a los que lo aceptaran, y sabor de muerte para muerte a los que lo rechazaran. Cualquier tiempo dedicado a salutaciones ceremoniales y rituales supersticiosos sería tiempo perdido para la diseminación del mensaje y degradaría su verdadera importancia (Signs of the Times, diciembre 10, 1894).
En estos primeros discípulos se observaba una notable diversidad de caracteres. Habían de ser los maestros del mundo, y representaban tipos de carácter muy variados. Eran ellos, Leví Mateo, el publicano, sacado de una vida de actividad comercial, al servicio de Roma; Simón el celóte, enemigo inflexible de la autoridad imperial; el impulsivo, arrogante y afectuoso Pedro; su hermano Andrés; Judas, de Judea, pulido, capaz y de espíritu ruin; Felipe y Tomás, fieles y fervientes, aunque de corazón tardo para creer; Santiago el menor y Judas, de menos prominencia entre los hermanos, pero hombres de fuerza y positivos tanto en sus faltas como en sus virtudes; Natanael, semejante a un niño en sinceridad y confianza; y los hijos de Zebedeo, afectuosos y ambiciosos...
De los doce discípulos, cuatro habían de desempeñar una parte importante en distintos sentidos. Previendo todo, Cristo les enseñó para prepararlos. Santiago, destinado a una pronta muerte por decapitación;
Juan, el que de los dos hermanos seguiría por más tiempo a su Maestro en trabajos y persecuciones; Pedro el primero que derribaría barreras seculares y enseñaría al mundo pagano; y Judas, que en el servicio era capaz de sobrepasar a sus hermanos y sin embargo abrigaba en su alma propósitos cuyos frutos no vislumbraba (Conflicto y valor, p. 288).
Miércoles 13 de abril: Jesús y Beelzebá
A la acusación de los fariseos de que él y sus discípulos quebrantaban el sábado. Jesús había respondido con declaraciones que indudablemente mostraban que su acusación era falsa. Frente a ellos mismos sanó al hombre de la mano seca y se declaró "Señor del sábado". Los fariseos se llenaron de ira y comenzaron a planear cómo destruirlo. "Sabiendo esto. Jesús se apartó de allí; y le siguió mucha gente, y sanaba a todos, y les encargaba rigurosamente que no le descubriesen; para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: He aquí mi siervo, a quien he escogido; mi Amado, en quien se agrada mi alma; pondré mi Espíritu sobre él, y a los gentiles anunciará juicio. No contenderá, ni voceará, ni nadie oirá en las calles su voz. La caña cascada no quebrará, y el pábilo que humea no apagará, hasta que saque a victoria el juicio. Y en su nombre esperarán los gentiles. Entonces fue traído a él un endemoniado, ciego y mudo; y le sanó, de tal manera que el ciego y mudo veía y hablaba. Y toda la gente estaba atónita, y decía: ¿Será éste aquel Hijo de David? Mas los fariseos, al oírlo, decían: Este no echa fuera los demonios sino por Beelzebú, príncipe de los demonios" (S. Mateo 12:15-24).
Aquellos que hicieron esa acusación contra Cristo estaban en terreno peligroso; apagaban el último rayo de luz que emanaba del trono de Dios y se dirigía a sus almas prejuiciadas y oscurecidas. Jesús les advirtió de su peligro, diciéndoles: "Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada. A cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero"...
Aunque Jesús hablaba con tremenda autoridad personal, siempre daba la impresión al pueblo que hablaba con la autoridad de su Padre y que estaba en consonancia con el trono eterno. La gloria de Dios se derramaba sobre él y sobre quienes aceptaban la luz, los que a su vez se transformaban en portadores de luz para otros (Signs of the Times, octubre 1, 1896).
Los milagros que Cristo realizaba eran una manifestación del poder divino que daban testimonio de su misión y tenían como propósito quitar el prejuicio e inspirar fe. Pero para aquellos que se atrincheraban detrás de paredes inexpugnables y formaban una confederación incrédula, ni los milagros ni las exhortaciones al arrepentimiento los habrían de cambiar. Seguían pidiendo señales y milagros, no porque querían percibir más claramente la verdad, sino porque de esa manera desviaban de la mente de los oyentes las evidencias de la verdad ya presentada. Los muchos milagros realizados por el Salvador ya no eran un medio para convencerlos a ellos de la verdad, y si no podían sembrar incredulidad en las mentes de quienes los presenciaban, entonces trataban de convencerlos de que esas maravillosas señales eran hechas con el poder de Beelzebú, el príncipe de los demonios.
De la misma manera actúan aquellos que hoy muestran un espíritu de resistencia a la verdad para este tiempo. Las lecciones y enseñanzas del evangelio de Cristo tienen poco espacio en la experiencia y los discursos aun de aquellos que profesan creer la verdad. Entonces, cualquier teoría o doctrina humana, por irreal que sea, adquiere una importancia sobrehumana y se transforma en un ídolo ante el cual hay que inclinarse (Manuscript Peleases, t. 9, pp. 182, 183).
Jueves 14 de abril: La madre y los hermanos de Jesús
En su anhelo por cumplir con su misión, Cristo a veces no tomaba en cuenta su propia necesidad de alimento y descanso. En una ocasión, su madre y sus hermanos intentaron hablar con él para apartarlo de la multitud que lo rodeaba. Al no poder acercarse a donde él estaba, le enviaron el mensaje. Pero Cristo estaba dedicado por entero a las solemnes verdades que quería compartir con la gente y ni siquiera un mensaje de sus familiares podría desviarlo de su misión. Atender a su familia en ese momento no era prioritario sino secundario. Y Cristo utilizó este incidente para enseñar una lección, tanto a su familia como a los discípulos y a la gente que lo escuchaba.
En respuesta al mensaje, Cristo dijo: "¿Quién es mi madre, y quiénes son mis hermanos?" Esta declaración no mostraba falta de respeto por su madre y sus hermanos sino estaba destinada a responder a una pregunta que estaba agitando muchas mentes que lo escuchaban. Entre la multitud había quienes deseaban aceptar y recibir a Cristo pero se preguntaban cuan grande sería la oposición de sus padres, madres y familiares. Al leer sus corazones quiso darles la seguridad de que "todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, y hermana, y madre".
Esa misma seguridad de pertenecer a la familia celestial la brinda Cristo a todos los que sigan sus enseñanzas. La obediencia a mi Padre —les dice— es obediencia filial, y todos los que llegan a ser miembros de la familia celestial están unidos conmigo. Cada creyente que acepta la palabra de verdad entra en el sagrado círculo y es mi hermano, mi hermana y mi madre (Review and Herald, septiembre 26, 1899).
Cristo había venido a la tierra para ser el sustituto y la seguridad de cada ser humano, y todos los que lo recibiesen como el enviado de Dios entrarían en una relación más íntima con él que sus propios familiares terrenales. Llegarían a ser uno con él como él es uno con el Padre. Aun su madre, como creyente, estaría más íntimamente ligada con él que por los lazos naturales de madre e hijo. Y sus hermanos en la carne no se beneficiarían de su relación con él a menos que lo aceptaran como su Salvador personal. ¡Cuan preciosas son las palabras de Cristo a aquel que cree! ¡Qué gozo brinda a cada alma saber que puede estar vinculada a Cristo por la fe! (Signs of fhe Times, octubre 1, 1896).
Viernes 15 de abril: Para estudiar y meditar
El Deseado de todas las gentes, pp. 248-264; 288-294.