
Asombroso obrador de milagros
Para el 9 de Abril del 2005

El período del ministerio personal de Cristo entre los hombres fue el tiempo de mayor actividad para las fuerzas del reino de las tinieblas. Durante siglos, Satanás y sus malos ángeles habían procurado dominar los cuerpos y las almas de los hombres, imponiéndoles el pecado y el sufrimiento y acusando luego a Dios de causar toda esa miseria. Jesús estaba revelando a los hombres el carácter de Dios. Estaba quebrantando el poder de Satanás y libertando sus cautivos. Una nueva vida y el amor y poder del cielo estaban obrando en los corazones de los hombres y el príncipe del mal se había levantado para contender por la supremacía de su reino. Satanás había reunido todas sus fuerzas y a cada paso se oponía a la obra de Cristo.
Así sucederá en el gran conflicto final de la lucha entre la justicia y el pecado. Mientras bajan de lo alto nueva vida, luz y poder sobre los discípulos de Cristo, una nueva vida surge de abajo y da energía a los agentes de Satanás. Cierta intensidad se está apoderando de todos los elementos terrenos. Con una sutileza adquirida durante siglos de conflicto, el príncipe del mal obra disfrazado. Viene como ángel de luz, y las multitudes escuchan "a espíritus de error y a doctrinas de demonios" (1 Timoteo 4:1) (El Deseado de todas las gentes, p. 222).
Domingo 3 de abril: El endemoniado
En la sinagoga de Capernaúm estaba Jesús hablando de su misión de libertar a los esclavos del pecado. De pronto fue interrumpido por un grito de terror. Un loco hizo irrupción entre la gente, clamando: "Déjanos; ¿qué tenemos contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a destruimos? Yo te conozco quién eres, el Santo de Dios". Jesús reprendió al demonio diciendo: "Enmudece, y sal de él. Entonces el demonio, derribándole en medio, salió de él, y no le hizo daño alguno"(S. Lucas 4:34, 35).
La causa de la aflicción de este hombre residía también en su propia conducta. Le habían fascinado los placeres del pecado, y pensó hacer de la vida un gran carnaval. La intemperancia y la frivolidad pervirtieron los nobles atributos de su naturaleza, y Satanás asumió pleno dominio sobre él. El remordimiento llegó demasiado tarde. Cuando hubiera querido sacrificar sus bienes y sus placeres para recuperar su virilidad perdida, ya estaba incapacitado y a la merced del maligno.
En presencia del Salvador, se le había despertado el deseo de libertad, mas el demonio opuso resistencia al poder de Cristo. Cuando el hombre procuró pedir ayuda a Jesús, el espíritu maligno le puso en la boca sus propias palabras, y él gritó con angustia y temor. Comprendía parcialmente que se hallaba en presencia de quien podía libertarlo; pero cuando intentó ponerse al alcance de aquella mano poderosa, otra voluntad le retuvo; y las palabras de otro fueron pronunciadas por su medio.
Terrible era el conflicto entre sus deseos de libertad y el poder de Satanás. Parecía que el pobre atormentado habría de perder la vida en aquel combate con el enemigo que había destruido su virilidad. Pero el Salvador habló con autoridad y libertó al cautivo. El que había sido poseído del demonio, estaba ahora delante de la gente admirada, en pleno goce de la libertad y del dominio propio.
Con voz alegre, alabó a Dios por su liberación. Los ojos que hasta entonces despedían fulgores de locura brillaban ahora de inteligencia y derramaban lágrimas de gratitud. La gente estaba muda de asombro. Tan pronto como hubo recuperado el uso de la palabra, exclamó: "¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es ésta, que con potestad aun a los espíritus inmundos manda, y le obedecen?"(S. Marcos 1:27) (La temperancia, pp.108,109).
Lunes 4 de abril: La suegra de Pedro
Jesús se retiró entonces de la sinagoga mientras la gente continuaba asombrada y admirada por el milagro que habían presenciado. Pero otro milagro habría de seguirle a éste. El Señor llegó hasta la casa de Pedro para descansar un poco; pero no había descanso para el Hijo del hombre. La madre de la esposa de Pedro estaba sufriendo de una alta fiebre. El corazón de Cristo, lleno de simpatía, se sintió llamado a liberar a esta mujer de su sufrimiento. Reprendió a la enfermedad y la fiebre desapareció inmediatamente. Con gozo y gratitud la mujer se levantó de su cama y sirvió con manos voluntarias al Maestro y sus discípulos (Folleto: Redemption: or the Míracles of Chríst, the Mighty One. pp. 43, 44).
Cristo realizó un milagro al sanar a la suegra de Pedro que sufría de una gran fiebre, la que inmediatamente la dejó. La mujer se levantó de su cama alabando al Señor por sus misericordias. Entonces preparó comida para el Señor y sus discípulos, ministrando a Aquel que primero le había brindado la salud a ella. Entonces muchos que tenían enfermos y sufrientes en sus hogares los trajeron a Cristo, quien tuvo compasión de ellos y los sanó de sus diversas enfermedades. Y mientras los demonios eran expulsados de los poseídos, aquellos exclamaban: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios". Aunque su propio pueblo lo rechazaba, los demonios lo reconocían y cedían terreno ante su autoridad. La gente traía a muchos que no podían acercarse por si mismos, quienes al ser restaurados volvían caminando a sus hogares y daban testimonio a sus familiares, amigos y cuidadores, de la gran obra que había sido hecha sobre ellos por el poder de Cristo. En las ciudades por donde el Señor pasaba, los médicos no tenían mucho trabajo; aquellos que los habían visitado como pacientes, y que no habían encontrado alivio sino que veían agravarse su situación, ahora acudían al gran Médico que los restauraba inmediatamente (Folleto: Redemption: or the First Advent of Christ With His Life and Ministry, pp. 70, 71).
Cada alma que acepta a Cristo como su Salvador personal anhelará tener el privilegio de servir a Dios, y buscará con ansias cada oportunidad de mostrar su gratitud dedicando sus habilidades a su servicio. Deseará mostrar su amor por Jesús y por la propiedad adquirida por él, aunque le cueste sacrificio y privaciones. Considerará un privilegio negarse a sí misma, tomar su cruz y seguir en los pasos de Cristo, mostrándole de esta manera su amor y lealtad. Sus obras de beneficencia testificarán de su conversión y darán evidencia al mundo que es un cristiano verdadero y consagrado (Ellen G. White 1888 Materials, p. 1495).
Mientras Cristo sanaba a los enfermos, echaba fuera demonios, confortaba a los afligidos y a los desesperados, otros, que ayudaban a los que no podían valerse por sí mismos, presionaban entre la multitud, esforzándose por acercar los inválidos a Jesús. De repente, la multitud espantada abrió rápidamente un espacio: un leproso que daba un terrible espectáculo trataba de acercarse a Jesús. Algunos entre la multitud intentaban hacerlo desistir, temiendo que muchos serían contagiados de la terrible enfermedad. Pero el leproso parecía no verlos ni escucharlos; los gritos de repudio que provenían de muchos labios no habrían de 'hacerlo cambiar de su objetivo. Sus ojos sólo veían al divino Hijo de Dios y sus oídos sólo escuchaban esa voz que brindaba salud y felicidad a los sufrientes y desafortunados.
Cuando llegó a la presencia de Jesús, sus sentimientos de desesperación y agonía parecieron dar paso a un rayo de esperanza en medio de su oscuridad. Clamó a Jesús por compasión y misericordia. Había sido desechado por sus amigos, separado de su familia y llorado como si ya hubiese muerto porque su caso había sido pronunciado incurable. Humildemente postró su cuerpo consumido y desfalleciente ante el único que podía salvarlo y con desesperación clamó: "Si quieres, puedes limpiarme. Y Jesús, teniendo misericordia de él, extendió la mano y le tocó, y le dijo: Quiero, se limpio" (S. Marcos 1:40, 41).
La multitud, que se había dispersado por temor a la lepra, ahora se apretujó nuevamente alrededor de Cristo y del hombre que había sido sanado, para estar lo más cerca posible de esta nueva y maravillosa demostración de su poder. Ese cuerpo, que ya estaba en estado de putrefacción, había sido transformado en un ser de carne saludable, músculos firmes y nervios sensibles. La multitud contemplaba la escena muda de asombro y de sorpresa.
Jesús le encargó al leproso sanado: "Mira, no digas a nadie nada, sino vé, muéstrate al sacerdote, y ofrece por tu purificación lo que Moisés mandó, para testimonio a ellos". El hombre, entonces, regresó a los mismos sacerdotes que lo habían examinado anteriormente y que habían determinado su separación de la familia y los amigos, y con gran gozo les presentó su ofrenda glorificando el nombre de Aquel que había restaurado su salud.
Este testimonio era una prueba irrefutable del divino poder de Jesús, pero de todas maneras los sacerdotes se negaban a reconocerlo como el Mesías. Los fariseos habían declarado que sus enseñanzas se oponían a la ley de Moisés; sin embargo, la orientación dada al leproso sanado de ir y cumplir con la ley de Moisés mostró al pueblo que sus acusaciones eran falsas (Folleto: Redemption: or the First Advent of Christ With His Life and Ministry, pp. 71-73).
¡Cuan grande compasión manifestaba nuestro Señor! No importaba si el suplicante era pobre o pecador, siempre recibía el auxilio que pedía; sin palabras de censura o reproche; sin considerar si los que se allegaban lo hacían en horas que hubieran correspondido al descanso. Ya estuviera en medio de las ajetreadas calles de una ciudad, o en medio de los huertos, o a la orilla del lago, siempre era acompañado por los esperanzados pedidos de la sufriente humanidad.
Los publícanos y pecadores acudían al bendito Salvador buscando una palabra de esperanza y un toque de su mano que curara sus variadas enfermedades. Y la Majestad del cielo siempre tenía una palabra o una acción bondadosa con cada uno. Aunque podría haber reclamado honra y reverencia debido a su exaltado carácter, nunca lo hizo, sino que caminó entre los humanos a veces cansados y en ocasiones hambriento, y muchas veces triste porque la gente no sentía la necesidad de sus bendiciones.
Su ejemplo de cortesía y compasión hacia los demás es lo que debemos imitar si en verdad somos seguidores de Jesús (Review and Herald, septiembre 8, 1885).
Miércoles 6 de abril: El paralítico
Me referiré al paralítico que no había usado sus miembros por muchos años. Allí estaba. Los sacerdotes, los doctores de la ley y los escribas examinaron su caso y lo declararon incurable. Le dijeron que por su propio pecado había caído en esa condición, y que no había esperanza para él. Pero le llegó la noticia de que había un hombre llamado Jesús que estaba realizando obras poderosas. Sanaba a los enfermos, y hasta había resucitado a los muertos. "Pero ¿cómo puedo ir a si?" —preguntó.
Nosotros te llevaremos a Jesús —replicaron sus amigos—, ante su misma presencia; nos enteramos de que él ha venido a tal lugar". Y así tomaron al hombre desahuciado y lo llevaron adonde sabían que estaba Jesús. Pero la multitud rodeaba tan apretadamente la casa donde se hallaba Jesús, que ellos ni tenían posibilidad de acercarse a la puerta. ¿Qué iban a hacer? El paralítico sugirió que sacaran las tejas e hicieran una abertura en el techo, y lo bajaran por allí.
Y así puso de manifiesto su ferviente fe. Ellos lo hicieron, y él fue colocado justamente delante de Jesús, donde el Señor podía verlo. Y Jesús, al mirarlo, tuvo compasión de él, y dijo: "Hijo, tus pecados te son perdonados" (S. Marcos 2:5). Bien, ¡qué gozo significaba eso! Jesús sabía exactamente qué necesitaba esa alma agobiada por el pecado. Sabía que el hombre había sido torturado por su propia conciencia, así que le dijo: "Tus pecados te son perdonados". ¡Qué alivio para la mente del paralítico! ¡Qué esperanza llenó su corazón!
Entonces las sospechas se suscitaron en los corazones de los fariseos: "¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?"
Jesús les dijo entonces: "Para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dijo al paralítico): A ti te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa" (S. Lucas 5:24). ¿Qué? ¿Tomar el lecho con sus brazos lisiados? ¿Qué? ¿Ponerse en pie, con sus piernas paralíticas? ¿Qué hizo? Pues, hizo exactamente lo que se le ordenó. Hizo lo que el Señor le dijo que hiciera. La fuerza de la voluntad fue dirigida a mover sus piernas y brazos tullidos, y éstos respondieron, aun cuando no habían respondido por largo tiempo. Esta manifestación demostró delante de la gente que allí había Uno, en medio de ellos, que no sólo podía perdonar pecados sino también sanar a los enfermos.
Pero esa poderosa evidencia dada a los fariseos no los convirtió. Los hombres pueden encerrarse de tal manera en la incredulidad, la duda y el escepticismo, que ni la resurrección de los muertos los convencería. Por causa de su incredulidad, se mantendrían en la misma actitud de descreimiento, impenitentes, inconversos. Pero todos los que tienen corazones dispuestos para recibir la verdad y oídos para oír, glorifican a Dios. Los tales exclaman: "¡Nunca antes lo habíamos visto de este modo!" {Fe y obras, pp. 66-68).
Como el leproso, este paralítico había perdido toda esperanza de restablecerse. Su enfermedad era resultado de una vida de pecado, y sus sufrimientos eran amargados por el remordimiento. Mucho antes, había apelado a los fariseos y doctores con la esperanza de recibir alivio de sus sufrimientos mentales y físicos. Pero ellos lo habían declarado fríamente incurable y abandonado a la ira de Dios. Los fariseos consideraban la aflicción como una evidencia del desagrado divino, y se mantenían alejados de los enfermos y menesterosos. Sin embargo, cuan a menudo los mismos que se exaltaban como santos, eran más culpables que aquellos dolientes a quienes condenaban.
El paralítico se hallaba completamente desamparado y, no viendo perspectiva de ayuda en ninguna parte, se había sumido en la desesperación. Entonces oyó hablar de las obras maravillosas de Jesús. Le contaron que otros tan pecaminosos e imposibilitados como él habían quedado sanos; aun leprosos habían sido limpiados. Y los amigos que le referían estas cosas, le animaban a creer que él también podría ser curado, si lo pudieran llevar a Jesús. Pero su esperanza decaía cuando recordaba cómo había contraído su enfermedad. Temía que el Médico puro no le tolerase en su presencia.
Sin embargo, no era tanto la curación física como el alivio de su carga de pecado lo que deseaba. Si podía ver a Jesús, y recibir la seguridad del perdón y de la paz con el cielo, estaría contento de vivir o de morir, según fuese la voluntad de Dios. El clamor del moribundo era:
¡Oh, si pudiese llegar a su presencia! No había tiempo que perder; sus carnes macilentas mostraban ya rastros de descomposición. Rogó a sus amigos que le llevasen en su camilla hasta Jesús, y con gusto ellos intentaron hacerlo. Pero tan densa era la muchedumbre que se había congregado alrededor y en el interior de la casa en que Jesús estaba, que era imposible para el enfermo y sus amigos llegar hasta él, o siquiera llegar al alcance de su voz...
Repetidas veces, los que transportaban al paralítico trataron de abrirse paso a través de la muchedumbre, pero en vano. El enfermo miraba en derredor suyo, con angustia indecible. ¿Cómo podía abandonar su esperanza cuando la ayuda que había anhelado durante tanto tiempo estaba tan cerca? Por su indicación, sus amigos le llevaron al techo de la casa, y abriendo un boquete en dicho techo, le bajaron a los pies de Jesús. El discurso quedó interrumpido. El Salvador miró el rostro entristecido, y vio los ojos suplicantes que se clavaban en él. Comprendía el caso; había atraído a sí este espíritu perplejo y combatido por la duda. Mientras el paralítico estaba todavía en su casa, el Salvador había convencido su conciencia. Cuando se arrepintió de sus pecados, y creyó en el poder de Jesús para sanarle, la misericordia vivificadora del Salvador había bendecido primero su corazón anhelante. Jesús había visto el primer destello de la fe convertirse en la creencia de que él era el único auxiliador del pecador, y la había visto fortalecerse con cada esfuerzo hecho para llegar a su presencia.
Ahora, con palabras que cayeron como música en los oídos del enfermo, el Salvador dijo: "Confía, hijo; tus pecados te son perdonados". La carga de desesperación se desvaneció del alma del enfermo; la paz del perdón penetró en su espíritu y resplandeció en su rostro. Su dolor físico desapareció y todo su ser quedó transformado. El paralítico impotente estaba sano, el culpable pecador, perdonado (El Deseado de todas las gentes, pp. 232-234).
Mientras Jesús viajaba hacia Jerusalén, vio a Mateo dedicado a su negocio de recolección de impuestos. Aunque era judío, su gente lo despreciaba porque había aceptado ese oficio. La nación judía estaba constantemente irritada por vivir bajo el yugo romano. Tener que pagar tributo a una nación pagana era un constante recuerdo de que su gloria y poder como nación independiente se había esfumado. Pero su indignación se tornaba aún más fuerte cuando uno de su propia nación aceptaba el infame oficio de recolector de impuestos.
Quienes de esta manera colaboraban con la autoridad romana eran considerados apóstatas y cualquier judío consideraba degradante asociarse con un publicano, porque a su oficio se lo asociaba con la opresión y la extorsión. Pero la mente de Cristo no se guiaba por los prejuicios de los fariseos; él podía mirar debajo de la superficie y leer el corazón. Su ojo divino vio en Mateo a alguien que podía ser útil para el establecimiento de su iglesia. Este hombre había escuchado las enseñanzas de Cristo y había sido atraído hacia él. En su corazón había reverencia por el Salvador. Pero nunca pensó que el Maestro se fijaría en él y mucho menos pensaría en elegirlo como uno de sus discípulos. Por eso su sorpresa fue grande cuando Jesús se dirigió a él y le dijo: "Sígueme".
Sin dudar por un momento ni pensar en las pérdidas pecuniarias, Mateo se levantó y siguió a su Maestro para unir sus intereses con los demás discípulos de Jesús. Este despreciado publicano consideró un honor inmerecido que Cristo le concediera tal oportunidad. Ni siquiera pasó por su mente que estaba dejando un negocio lucrativo para cambiarlo por pobreza y fatiga. Era suficiente saber que estaría en la presencia de Cristo, aprendiendo de la sabiduría y bondad que brotarían de sus labios, contemplando sus maravillosas obras y llegando a ser un colaborador con él. Aunque era rico, estuvo dispuesto a sacrificarlo todo por su Maestro.
Mateo tenía muchos amigos y conocidos y estaba ansioso de que ellos tuvieran la oportunidad de encontrarse con él y llegar a ser sus seguidores. Tenía el presentimiento que ellos quedarían encantados con su doctrina pura y simple, y con su enseñanza sin ostentación ni despliegue (Folleto: Redemption: or the Teachings of Christ, the Anointed One, pp. 39, 40).
A Mateo en su riqueza, y a Andrés y Pedro en su pobreza, llegó la misma prueba y cada uno hizo la misma consagración. En el momento del éxito, cuando las redes estaban llenas de peces y eran más fuertes los impulsos de la vida antigua, Jesús pidió a los discípulos, a orillas del mar, que lo dejasen todo para dedicarse a la obra del evangelio. Así también es probada cada alma para ver si el deseo de los bienes temporales prima sobre el de la comunión con Cristo (Conflicto y valor, p. 283).
Viernes 8 de abril: Para estudiar y meditar
El Deseado de todas las gentes, pp. 217-247.