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Para el 18-24 de Junio del 2005 |
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Sepultado, ¡pero resucitado! |
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Lección 13 |
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Dr. Pedro Martínez Para Ministerios PM |
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En el sepulcro se habían tomado todas las precauciones para prevenir cualquier sorpresa o fraude por parte de sus discípulos. La noche había pasado lentamente y las horas más oscuras antes del amanecer habían llegado. La guardia romana mantenía su cansada vigilancia y los centinelas caminaban delante del sepulcro, mientras el resto de los cien soldados se reclinaba en diferentes posiciones sobre el suelo tratando de descansar. Pero también había ángeles que guardaban el sepulcro; uno de ellos hubiera sido suficiente para eliminar toda la guardia romana. Uno de los ángeles más exaltados es enviado del cielo; su rostro es como un relámpago y sus vestiduras blancas como la nieve. Las tinieblas se abren a su llegada y todo el cielo muestra su gloria resplandeciente. Todos los soldados se levantan al unísono al encontrarse frente a semejante visión que se acerca imponente. La tierra tiembla y se sacude y todos los soldados, centinelas y oficiales, caen como muertos a tierra. Los ángeles caídos, que reclamaban triunfantes el cuerpo de Cristo, huyen aterrorizados del lugar. Otro poderoso ángel que había comandado el grupo de seres celestiales que cuidaban la tumba, se une al recién llegado, y juntos se dirigen hacia el sepulcro. El comandante angélico retira fácilmente la piedra que había requerido la presencia de muchos hombres fuertes para ponerla en su lugar, y se sienta sobre ella. Mientras tanto, su compañero entra en el sepulcro y desenvuelve los lienzos que cubrían el rostro y la cabeza de Jesús. Entonces el poderoso ángel, con una voz que hace temblar la tierra, dice: ¡Jesús, Hijo de Dios, el Padre te llama! Y Aquel que tenía el poder de vencer el sepulcro y la muerte, sale de la tumba en medio de truenos y relámpagos y el movimiento de la tierra. ¡Un terremoto había marcado la hora cuando Cristo entregó su vida, y otro señaló el momento de su salida triunfante de la tumba! (Folleto: Redemption: or the Resurrection of Christ and His Ascension, pp. 10, 11).
Domingo 19 de junio: Sepultado Con suavidad y reverencia, [José de Arimatea y Nicodemo] bajaron con sus propias manos el cuerpo de Jesús. Sus lágrimas de simpatía caían en abundancia mientras miraban su cuerpo magullado y lacerado. José poseía una tumba nueva, tallada en una roca. Se la estaba reservando para sí mismo, pero estaba cerca del Calvario, y ahora la preparó para Jesús. El cuerpo, juntamente con las especias traídas por Nicodemo, fue envuelto cuidadosamente en un sudario, y el Redentor fue llevado a la tumba. Allí, los tres discípulos enderezaron los miembros heridos y cruzaron las manos magulladas sobre el pecho sin vida. Las mujeres galileas vinieron para ver si se había hecho todo lo que podía hacerse por el cuerpo muerto de su amado Maestro. Luego vieron cómo se hacía rodar la pesada piedra contra la entrada de la tumba, y el Salvador fue dejado en el descanso. Las mujeres fueron las últimas que quedaron al lado de la cruz, y las últimas que quedaron al lado de la tumba de Cristo. Mientras las sombras vespertinas iban cayendo, María Magdalena y las otras Marías permanecían al lado del lugar donde descansaba su Señor, derramando lágrimas de pesar por la suerte de Aquel a quien amaban (El Deseado de todas las gentes, p. 719). Aquel que murió por los pecados del mundo tenía que permanecer en la tumba el tiempo determinado. Estuvo en esa prisión de piedra como preso de la justicia divina. Era responsable ante el Juez del universo. Llevaba los pecados del mundo y sólo su Padre podía libertarlo. Una fuerte guardia de poderosos ángeles velaba sobre la tumba, y si una mano se hubiese levantado para retirar el cuerpo, la fulguración que emanaba de la gloria de los ángeles hubiera derribado impotente en tierra al atrevido. Sólo había una entrada a la tumba, y ni la fuerza humana ni ningún engañador podía atreverse a tocar la piedra que guardaba la entrada. Allí descansó Jesús durante el sábado. Pero la profecía había dicho que al tercer día Cristo se levantaría de entre los muertos. Cristo mismo había asegurado esto a sus discípulos: "Destruid este templo—dijo—, y en tres días lo levantaré". Cristo no cometió pecado ni se halló engaño en su boca. Su cuerpo saldría de la tumba sin mancha de corrupción (Comentario bíblico adventista, t. 5, pp. 1088, 1089).
Lunes 20 de junio: ¡Ha resucitado! Muy temprano en la mañana del primer día de la semana, antes que amaneciera, las santas mujeres acudieron a la tumba con especies aromáticas para ungir el cuerpo de Jesús. Descubrieron que la pesada piedra había sido retirada de la puerta del sepulcro, y que el cuerpo de Jesús no estaba allí. Sus corazones se conmovieron y temieron que sus enemigos hubieran retirado el cuerpo. Repentinamente vieron a dos ángeles recubiertos de blanco atuendo, con sus rostros resplandecientes. Estos seres celestiales comprendieron el motivo de la presencia de las mujeres e inmediatamente les dijeron que Jesús no estaba allí; había resucitado, pero podían contemplar el lugar donde había sido puesto. Les indicaron que dijeran a sus discípulos que él se había adelantado para encontrarse con ellos en Galilea. Con temor y gran alegría las mujeres se apresuraron a encontrarse con los apesadumbrados discípulos y les dijeron lo que habían visto y oído (Historia de la redención, p. 243). María... se apresuró a volver donde estaban los discípulos y les informó que Jesús no estaba en el sepulcro donde lo habían puesto. Mientras tanto, las otras mujeres que la estaban esperando, entraron al sepulcro y corroboraron que su Señor no estaba allí. De repente se dieron cuenta que un joven de hermosa figura y vestiduras brillantes estaba junto al sepulcro. Era el ángel que había retirado la piedra y que ahora, para no aterrorizar a las mujeres que habían sido seguidoras de Cristo, había asumido la forma de la humanidad. De todas maneras, el brillo y la gloria que lo rodeaba asustó a las mujeres, las que intentaron huir del sepulcro. Pero el mensajero celestial se dirigió a ellas con palabras suaves y consoladoras: "No temáis vosotras -les dijo;- porque yo sé que buscáis a Jesús, que fue crucificado. No está aquí; porque ha resucitado, como dijo. Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor. E id presto, decid a sus discípulos que ha resucitado de los muertos, y he aquí va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis. He aquí, os lo he dicho" (S. Mateo 28:5-7). Mientras estas piadosas mujeres, aceptando la invitación del ángel, entraron otra vez para ver el sepulcro, vieron a otro ángel brillante que se dirigió a ellas, diciéndoles: "¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, mas ha resucitado: acordaos de lo que os habló, cuando aun estaba en Galilea, diciendo: Es menester que el Hijo del hombre sea entregado en manos de hombres pecadores, y que sea crucificado, y resucite al tercer día" (S. Lucas 24:5-7). Estos ángeles estaban bien enterados de las palabras de Jesús a sus discípulos porque habían sido sus ángeles guardianes y lo habían acompañado en todas las escenas de su vida incluyendo su juicio y crucifixión- Con sabiduría y suavidad, los ángeles recordaron a las mujeres las palabras de Cristo; ahora sí, podían comprender las palabras de su Maestro, que al tiempo en que habían sido dichas habían estado veladas de misterio. Ahora sí, la esperanza y el ánimo llenaron su corazón nuevamente. Ahora sí, les resultaba claro que se levantaría de los muertos para mostrar que era el Hijo de Dios, el Redentor del mundo (Folleto: Redemption: or the Resurrection of Christ and His Ascension, pp. 17, 18).
Martes 21 de junio: Apariciones del Señor resucitado Notemos brevemente algunos eventos que ocurrieron después de la resurrección. Mientras dos de sus discípulos iban camino a Emaús conversando tristemente acerca de sus frustradas esperanzas. Cristo, ocultando su identidad, se acercó a ellos para indagarles acerca del motivo de su frustración. Aunque estos hombres tenían sobradas razones para desconfiar y temer a cualquiera que no fuese parte de su pequeño círculo de creyentes, no obstante abrieron su corazón a este desconocido.
Ahora había llegado el momento para que Jesús les recordara una lección que había enseñado muchas veces a sus seguidores. Reprobando su incredulidad por no creer lo que las Escrituras claramente señalaban. comenzó a recordarles lo que Moisés y los demás profetas habían anunciado con referencia a su misión y su obra, y a probar que el Cristo había venido exactamente como las Escrituras lo habían predicho. Las esperanzas de estos dos discípulos revivieron mientras escuchaban las profecías del Antiguo Testamento revestidas de nueva vida y poder. Y cuando Jesús se dio a conocer, sus ardientes corazones lo aceptaron inmediatamente como el Salvador resucitado. Esa misma noche se apareció a sus discípulos que estaban reunidos en Jerusalén. En lugar de recordarles sus poderosas obras para probar que él era el Mesías prometido, los llevó a Moisés y a los demás profetas para explicarles las profecías relativas a sí mismo. El Antiguo Testamento, "la palabra profética más segura", es la única llave que abre los escritos del Nuevo Testamento y demuestra que el Cristo de los Evangelios es el Hijo de Dios y el largamente esperado Mesías (Review and Herald, septiembre 14, 1886). Jesús no se les reveló primero en su verdadero carácter y después les explicó las Escrituras, pues sabía que se hubieran regocijado tanto de verlo otra vez, resucitado de los muertos, que sus almas se habrían saciado. No habrían tenido hambre de las sagradas verdades que él deseaba impresionar imborrablemente en ellos para que pudieran impartirlas a otros, los que a su vez esparcirían el precioso conocimiento hasta que miles de personas recibieran la luz dada aquel día a los discípulos desesperados mientras iban hacia Emaús. Jesús no se dio a conocer hasta que les interpretó las Escrituras y los guió a una fe inteligente en su propia vida, su carácter, su misión en la tierra y su muerte y resurrección. Deseaba que la verdad se arraigara firmemente en ellos, no porque estuviera sostenida por su testimonio personal, sino porque la ley de los símbolos y los profetas del Antiguo Testamento, que concordaban con los hechos de la vida de Cristo y con su muerte, presentaban una evidencia incuestionable de esa verdad. Cuando se alcanzó el objetivo del trabajo de Cristo con los dos discípulos, se les reveló a sí mismo para que su gozo fuera pleno; y entonces desapareció de su vista (Comentario bíblico adventista, t. 5, pp.1099, 1100).
Miércoles 22 de junio: El milagro culminante Cuando la hueste angélica se marchó del sepulcro y la luz y el resplandor se desvanecieron, los soldados de la guardia levantaron recelosamente la cabeza y miraron en derredor. Se asombraron al ver que la gran losa había sido corrida de la entrada y que el cuerpo de Jesús había desaparecido. Se apresuraron a ir a la ciudad para comunicar a los príncipes y ancianos lo que habían visto. Al escuchar aquellos verdugos el maravilloso relato, palideció su rostro y se horrorizaron al pensar en lo que habían hecho. Si el relato era verídico, estaban perdidos. Durante un rato, permanecieron silenciosos mirándose unos a otros, sin saber qué hacer ni qué decir, pues aceptar el informe equivaldría a condenarse ellos mismos. Se reunieron aparte para decidir lo que habían de hacer. Argumentaron que si el relato de los guardias se divulgaba entre el pueblo, se mataría como a asesinos a los que habían dado muerte a Jesús. Resolvieron sobornar a los soldados para que no dijesen nada a nadie. Los príncipes y ancianos les ofrecieron, pues, una fuerte suma de dinero, diciéndoles: "Decid vosotros: Sus discípulos vinieron de noche, y lo hurtaron, estando nosotros durmiendo". Y cuando los soldados preguntaron qué se les haría por haberse dormido en su puesto, los príncipes les prometieron que persuadirían al gobernador para que no los castigase. Por amor al dinero, los guardias romanos vendieron su honor y cumplieron el consejo de los príncipes y ancianos... Los que salieron de los sepulcros cuando resucitó Jesús, se aparecieron a muchos, diciéndoles que ya estaba cumplido el sacrificio por el hombre; que Jesús, a quien los judíos crucificaran, había resucitado de entre los muertos, y en comprobación de sus palabras, declaraban: "Nosotros fuimos resucitados con él". Atestiguaban que por el formidable poder de Jesús habían salido de sus sepulcros. A pesar de los falsos rumores que se propagaron, ni Satanás ni sus ángeles ni los príncipes de los sacerdotes lograron ocultar la resurrección de Jesús, porque los santos resucitados divulgaron la maravillosa y alegre nueva. También Jesús se apareció a sus entristecidos discípulos, disipando sus temores e infundiéndoles jubilosa alegría (Primeros escritos, pp. 182-184). Los sacerdotes, que deseaban asegurarse de la muerte de Jesús, le sugirieron a un soldado que clavara la espada en su costado, haciéndole una herida que provocaría su muerte instantánea si todavía no estaba muerto. De esa incisión brotaron dos copiosas corrientes: una de sangre y otra de agua. Este hecho notable fue visto por todos los presentes, y Juan lo declara definidamente cuando relata que "uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua. Y el que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice verdad, para que vosotros también creáis. Porque estas cosas sucedieron para que se cumpliese la Escritura: No será quebrado hueso suyo. Y también otra Escritura dice: Mirarán al que traspasaron" (S. Juan 19:34-37). Después de su resurrección los sacerdotes y gobernantes hicieron circular el rumor de que Jesús no había muerto realmente sobre la cruz; que sólo se había desmayado y posteriormente se había repuesto. Otro rumor mentiroso que se hizo circular fue que en el sepulcro no fue depositado el cuerpo real, de carne y huesos, sino la apariencia de un cuerpo. Pero el testimonio de Juan concerniente a la herida en el costado del Salvador y el agua y la sangre que fluyó de allí, refutan todas la falsedades que hicieron correr los judíos inescrupulosos (Folleto: Redemption or the Sufferings of Christ, His Trial and Crucifixión pp. 91, 92).
Jueves 23 de junio: La comisión Los discípulos no habían de aguardar que la gente acudiese a ellos debían ir a la gente y buscar a los pecadores como el pastor buscar a la oveja perdida. Cristo les presentó el mundo como su campo de labor. Debían ir "por todo el mundo" y predicar "el evangelio a toda criatura" (S. Marcos 16:15). Habían de predicar acerca del Salvador acerca de su vida de amor abnegado, su muerte ignominiosa, su amor sin parangón e inmutable. Su nombre había de ser su consigna, su vínculo de unión. En su nombre habían de subyugar las fortalezas del pecado. La fe en su nombre había de señalarlos como cristianos (Joyas de los Testimonios, t. 3, p. 206). La comisión divina no necesita ningún cambio. No se puede mejorar el método de Cristo para presentar la verdad. El Salvador les dio lecciones prácticas a los discípulos, al enseñarles cómo trabajar de tal manera que las almas se regocijaran en la verdad. Manifestó simpatía por los desanimados, los que soportaban cargas pesadas y los oprimidos. Alimentó al hambriento y sanó al enfermo. Anduvo constantemente haciendo el bien por todas partes. Interpretó el evangelio para los seres humanos mediante el bien que realizó, por sus palabras llenas de amor y mediante sus actos de bondad. Aunque el período que duró su ministerio público fue breve, cumplió el cometido por el cual vino al mundo. ¡Cuan impresionantes eran las verdades que enseñaba! ¡Cuan abarcante la obra de su vida! ¡Qué clase de alimento espiritual impartía diariamente al ofrecer el pan de vida a los miles de almas hambrientas! Su vida fue un ministerio viviente de la Palabra. Nunca prometió nada que dejara sin cumplir. Presentaba las palabras de vida con tanta sencillez, que un niño podía comprenderlas. Impresionaba de tal manera a hombres, mujeres y niños con la forma de explicar las Escrituras, que la gente captaba hasta la entonación de su voz, colocaba el mismo énfasis en sus palabras e imitaba sus gestos. Los jóvenes se contagiaban con el espíritu de su ministerio y trataban de imitar su conducta llena de gracia mientras se esforzaban por ayudar a las personas que necesitaban ser socorridas (Consejos sobre la salud, pp. 498, 499). De los apóstoles está escrito. "Ellos, saliendo, predicaron en todas partes, ayudándoles el Señor y confirmando la palabra con las señales que la seguían" (S. Marcos 16:20). Así como Cristo envió a sus discípulos, envía hoy a los miembros de su iglesia. El mismo poder que los apóstoles tuvieron es para ellos. Si desean hacer de Dios su fuerza, él obrará con ellos, y no trabajarán en vano. Comprendan que la obra en la cual están empeñados es una sobre la cual el Señor ha puesto su sello. Dios dijo a Jeremías: " No digas: Soy niño; porque a todo lo que te envíe irás tú, y dirás todo lo que te mande. No temas delante de ellos, porque contigo estoy para librarte". Luego el Señor extendió su mano y tocó la boca de su siervo, diciendo: "He aquí he puesto mis palabras en tu boca" (Jeremías 1:7-9). Y nos envía a seguir anunciando las palabras que nos ha dado, sintiendo su toque santo sobre nuestros labios. Cristo dio a la iglesia un encargo sagrado. Cada miembro debe ser un medio por el cual Dios pueda comunicar al mundo los tesoros de su gracia, las inescrutables riquezas de Cristo. No hay nada que el Salvador desee tanto como la manifestación del amor del Salvador por medio de los seres humanos. Todo el cielo está esperando a los hombres y las mujeres por medio de los cuales pueda Dios revelar el poder del cristianismo (¡Maráñala: El Señor viene!, p. 126).
Viernes 24 de junio: Para estudiar y meditar El Deseado de todas las gentes, pp. 714-775 |