Notas de Elena White

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Para el 11-17 de Junio del 2005

Juicio y crucifixión

 

Lección 12

 

Dr. Pedro Martínez Para Ministerios PM


 

Sábado 11 de junio

Cristo vino a este mundo con todo el amor atesorado de la eternidad. El vasto océano de amor estaba fluyendo desde su gran centro. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo estaban obrando en beneficio del hombre; cada poder del universo celestial se había puesto en actividad para llevar adelante el plan de redención. La cruz del Calvario fue levantada, y mientras aún éramos pecadores Cristo murió por nosotros, el Justo por los injustos, para que pudiera justificar a los que creyesen en él. Tomó sobre sí la naturaleza humana; revistió su divinidad de humanidad, para participar de todas nuestras tentaciones y sufrir la agonía de la cruz para ofrecer su alma como ofrenda por el pecado.

Cristo murió para salvar a un mundo egoísta de las consecuencias de su propio egoísmo, y abre su corazón lleno de amor, compasión y simpatía, para que todos los seres caídos puedan recibir completo y gratuito perdón. Frente a todo el universo celestial ofrece su sacrificio y su carácter, sin una sola mancha de egoísmo, para que todos los hombres y mujeres que lo acepten puedan gozar de la benevolencia que llena su corazón. Y envía su Espíritu Santo para impresionar mentes y corazones a fin de que los seres humanos también compartan con sus prójimos el amor abnegado con que Cristo los ha amado (Review and Herald, enero 7, 1902).

 

Domingo 12 de junio: Ante el Sanedrín

Con Caifas terminó el sumo sacerdocio judío. El servicio se había vuelto vil y corrupto, y ya no tenía relación alguna con Dios. La verdad y el derecho eran odiosos a los ojos de los sacerdotes. Eran tiranos y engañadores, llenos de planes egoístas y ambiciosos. Un servicio tal no podía perfeccionar nada, pues estaba, en sí mismo, plenamente corrupto. La gracia de Dios no tenía ninguna relación con el sacerdocio...

El juicio de Cristo muestra cuan grande había llegado a ser la corrupción en el sacerdocio. Llegaron a pagarle a algunos testigos para que testificaran falsamente, aun bajo juramento. Pero la verdad brotó incluso de labios de Pilato, quien dijo: "Yo no hallo en él ningún delito". Con esa declaración demostraba que el testimonio que daban contra él era falso y que quienes les habían pagado para decir lo que decían era aun más corruptos que ellos. Fue el plan de Dios que quienes trataban de llevar a Jesús a la muerte oyeran este testimonio de su inocencia. Y el mismo Judas, echando a los pies de los sacerdotes el dinero que había recibido por traicionarlo, declaró: "Yo he pecado entregando sangre inocente".

Antes del juicio, cuando el Sanedrín había sido convocado para trazar los planes para eliminar a Jesús, algunos miembros, que deseaban salvar a Cristo de la muerte, habían rogado a los demás que depusieran sus actitudes de odio y apasionamiento. Pero Caifas replicó: "Vosotros no sabéis nada; ni pensáis que nos conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación perezca". Estas palabras fueron dichas por alguien que había perdido totalmente de vista el propósito de los sacrificios y ofrendas y no sabía lo que en verdad estaba diciendo. Había llegado el tiempo para que el sacerdocio aarónico cesara para siempre. Aquel a quien él estaba condenando había estado simbolizado en cada sacrificio, y su muerte pondría fin a todos los tipos y sombras. Sin saberlo, estaba declarando que Cristo habría de cumplir el verdadero propósito por el cual el sistema de sacrificios había sido instituido. Por eso el evangelista agrega: "Esto no lo dijo por sí mismo, sino que como era el sumo sacerdote aquel año, profetizó que Jesús había de morir por la nación; y no solamente por la nación, sino también para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos" (S. Juan 11:49-52).

Caifas era el que debía ocupar el sacerdocio cuando el símbolo se encontrara con la realidad; cuando comenzara a oficiar el verdadero Sumo Sacerdote. Cada actor de la historia está en su puesto y su lugar, pues la gran obra de Dios, de acuerdo con su propio plan, será hecha por hombres que se han preparado para ocupar puestos para bien o para mal. Cuando los hombres se oponen a la justicia, se convierten en instrumentos de injusticia; pero no están obligados a tomar este curso de acción. No tienen por qué convertirse en instrumentos de injusticia, como tampoco Caín estuvo obligado a serio (Review and Herald, junio 12, 1900).

 

Lunes 13 de junio: Pilato y los líderes religiosos

Los sacerdotes pensaban que con el débil y vacilante Pilato podrían llevar a cabo sus planes sin dificultad. En ocasiones anteriores había firmado apresuradamente sentencias capitales, condenando a la muerte a hombres que ellos sabían que no eran dignos de ella. En su estima, la vida de un preso era de poco valor; y le era indiferente que fuese inocente o culpable. Los sacerdotes esperaban que Pilato impusiera ahora la pena de muerte a Jesús sin darle audiencia. Lo pedían como favor en ocasión de su gran fiesta nacional.

Pero había en el preso algo que impidió a Pilato hacer esto. No se atrevió a ello. Discernió el propósito de los sacerdotes. Recordó cómo, no mucho tiempo antes. Jesús había resucitado a Lázaro, hombre que había estado muerto cuatro días, y resolvió saber, antes de firmar la sentencia de condenación, cuáles eran las acusaciones que se hacían contra él, y si podían ser probadas.

Si vuestro juicio es suficiente, dijo, ¿para qué traerme el preso? "Tomadle vosotros, y juzgadle según vuestra ley". Así apremiados, los sacerdotes dijeron que ya le habían sentenciado, pero debían tener la aprobación de Pilato para hacer válida su condena. ¿Cuál es vuestra sentencia? preguntó Pilato. La muerte, contestaron, pero no nos es lícito darla a nadie. Pidieron a Pilato que aceptase su palabra en cuanto a la culpabilidad de Cristo, e hiciese cumplir su sentencia. Ellos estaban dispuestos a asumir la responsabilidad del resultado.

Pilato no era un juez justo ni concienzudo; pero aunque débil en fuerza moral, se negó a conceder lo pedido. No quiso condenar a Jesús hasta que se hubiese sostenido una acusación contra él (El Deseado de todas las gentes, pp. 672, 673).

Desde un principio se convenció Pilato de que Jesús no era un hombre como los demás. Lo consideraba un personaje de excelente carácter y de todo punto inocente de las acusaciones que se le imputaban. Los ángeles testigos de la escena observaban el convencimiento del gobernador romano, y para disuadirle de la horrible acción de entregar a Cristo para que lo crucificaran, fue enviado un ángel a la mujer de Pilato, para que le dijera en sueños que era el Hijo de Dios a quien estaba juzgando su esposo y que sufría inocentemente. Ella envió en seguida un recado a Pilato refiriéndole que había tenido un sueño muy penoso respecto a Jesús, y aconsejándole que no hiciese nada contra aquel santo varón. El mensajero, abriéndose apresuradamente paso por entre la multitud, entregó la carta en las propias manos de Pilato. Al leerla, éste tembló, palideció y resolvió no hacer nada por su parte para condenar a muerte a Cristo. Si los judíos querían la sangre de Jesús, él no prestaría su influencia para ello, sino que se esforzaría por libertarlo...

Satanás y sus ángeles tentaban a Pilato y procuraban arrastrarle a la ruina. Le sugirieron la idea de que si no condenaba a Jesús, otros le condenarían. La multitud estaba sedienta de su sangre y si no lo entregaba para ser crucificado, perdería su poder y honores mundanos y se le acusaría de creer en el impostor. Temeroso de perder su poder y autoridad, consintió Pilato en la muerte de Jesús. No obstante, puso su sangre sobre los acusadores, y la multitud la aceptó exclamando a voz en cuello: "Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos". Sin embargo, Pilato no fue inocente, y resultó culpable de la sangre de Cristo. Por interés egoísta, por el deseo de ser honrado por los grandes de la tierra, entregó a la muerte a un inocente. Si Pilato hubiese obedecido a sus convicciones, nada hubiese tenido que ver con la condena de Jesús {Primeros escritos, pp. 172-174).

 

Martes 14 de junio: Gólgota

Los ladrones crucificados con Jesús estaban "uno a cada lado, y Jesús en medio". Así se había dispuesto por indicación de los sacerdotes y príncipes. La posición de Cristo entre los ladrones debía indicar que era el mayor criminal de los tres. Así se cumplía el pasaje: "Fue contado con los perversos". Pero los sacerdotes no podían ver el pleno significado de su acto. Como Jesús crucificado con los ladrones fue puesto "en medio", así su cruz fue puesta en medio de un mundo que yacía en el pecado. Y las palabras de perdón dirigidas al ladrón arrepentido encendieron una luz que brillará hasta los más remotos confines de la tierra.

Con asombro, los ángeles contemplaron el amor infinito de Jesús, quien, sufriendo la más intensa agonía mental y corporal, pensó solamente en los demás y animó al alma penitente a creer. En su humillación, se había dirigido como profeta a las hijas de Jerusalén; como sacerdote y abogado, había intercedido con el Padre para que perdonase a sus homicidas; como Salvador amante, había perdonado los pecados del ladrón arrepentido (El Deseado de todas las gentes, pp. 699, 700).

Los ladrones que fueron crucificados con Jesús sufrieron la misma tortura física que él. Pero sólo uno de ellos se endureció; el dolor lo desesperó y le infundió rebeldía. Se unió a las burlas de los sacerdotes y vilipendió a Jesús diciéndole: "Si tú eres el Cristo sálvate a ti mismo y a nosotros" (S. Lucas 23:39). El otro malhechor no era un criminal endurecido; su moral se había corrompido por su asociación con los degradados, pero sus delitos no eran tan grandes como los de aquellos que vilipendiaban al Salvador.

En común con el resto de los judíos este hombre había creído que pronto vendría el Mesías, y al escuchar a Jesús, se convenció de sus enseñanzas; pero por influencia de los sacerdotes y gobernantes se separó de él, buscando acallar sus convicciones con la fascinación de los placeres. Las asociaciones corruptas lo hundieron más y más en la maldad hasta que cometió un crimen por el cual fue arrestado y condenado a morir sobre una cruz. Había compartido con Jesús el día de juicio en el tribunal y también el camino al Calvario. Había escuchado a Pilato decir que era un hombre justo, y lo había visto mostrar su divino perdón hacia sus atormentadores. Todo esto lo convenció que Jesús era el Hijo de Dios...

El Espíritu de Dios iluminó la mente de este criminal de tal manera que en su corazón se fueron vinculando todos los eslabones de la cadena de evidencias que mostraban que Jesús era el Mesías, hasta que esa víctima sufriente que estaba a su lado apareció claramente como el divino Hijo de Dios. Mientras los príncipes de los judíos lo negaban y aún sus discípulos dudaban de su divinidad, este pobre ladrón, en el umbral mismo de la eternidad, ¡lo llama a Jesús, Señor! Muchos habían estado listos a llamarlo Señor cuando realizaba milagros, y otros lo llamaron Señor después de su resurrección. Pero ninguno lo llamó Señor mientras pendía de la cruz, a no ser el ladrón arrepentido que encontró la salvación en la última hora de su vida (Folleto: Redemption: or the Sufferings of Christ, His Trial and Crucifixión, pp. 76-78).

 

Miércoles 15 de junio: El significado del Calvario

Cuando el pecador contempla al Salvador que muere en el Calvario y comprende que el doliente es divino, se pregunta por qué fue hecho ese gran sacrificio, y la cruz señala la santa ley de Dios que ha sido transgredida. La muerte de Cristo es un argumento incontestable en cuanto a la inmutabilidad y a la justicia de la ley. Profetizando de Cristo, dice Isaías: "Jehová se complació... en magnificar la ley y engrandecerla" (Isaías 42:21). La ley no tiene poder para perdonar al transgresor. Su oficio es señalarle sus defectos para que pueda comprender su necesidad de Aquel que es poderoso para salvar, su necesidad de Aquel que se convertirá en su sustituto, su garantía, su justicia. Jesús llena las necesidades del pecador, pues ha tomado sobre sí los pecados del transgresor. "Él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados" (Isaías 53:5). El Señor podría haber extirpado al pecador y haberlo destruido completamente, pero eligió el plan más costoso. En su gran amor, proporciona esperanza al desesperanzado, dando a su Hijo unigénito para llevar los pecados del mundo. Y puesto que ha prodigado a todo el cielo en aquella rica dádiva, no privará al hombre de ninguna ayuda necesaria para que pueda tomar la copa de la salvación y se convierta en heredero de Dios y coheredero con Cristo.

Cristo vino para manifestar el amor de Dios al mundo, para atraer el corazón de los hombres hacia él...

Cristo vino a revelar la justicia y el amor de Dios al pecador para que el Salvador diera a Israel arrepentimiento y remisión de pecados. Cuando el pecador contempla a Jesús levantado en la cruz, sufriendo la culpabilidad de los transgresores, llevando el castigo del pecado; cuando contempla el aborrecimiento de Dios por el mal, manifestado en la terrible muerte en la cruz, y cuando contempla el amor de Dios por el hombre caído, es inducido al arrepentimiento hacia Dios debido a la transgresión de la ley que es santa, justa y buena. Él ejerce fe en Cristo porque el divino Salvador ha llegado a ser su sustituto, su garantía y abogado. Aquel en quien se centraliza su misma vida. Dios puede mostrar su misericordia y verdad al pecador arrepentido y puede conferirle su perdón y su amor (Mensajes selectos, t, 1, pp. 379-381).

Los hombres necesitan comprender que la Deidad sufrió y se hundió en las agonías del Calvario. Sin embargo, Jesucristo, a quien Dios dio por el rescate del mundo, compró a la iglesia con su propia sangre. La Majestad del cielo sufrió a manos de los fanáticos religiosos, que pretendían ser el pueblo con mayor luz en toda la faz de la tierra.

Los hombres, a quienes Dios había creado, y que dependían de él en cada momento de su vida, que pretendían ser hijos de Abrahán, llevaron a cabo la ira de Satanás contra el inocente Hijo del Dios infinito. Mientras Cristo estaba llevando la pesada culpabilidad provocada por la transgresión de la ley, mientras estaba precisamente en el acto de llevar nuestros pecados, fue mofado... por los principales sacerdotes y gobernantes... Fue allí [en la cruz] donde la misericordia y la verdad se encontraron, donde la justicia y la paz se abrazaron (Afín de conocerle, p. 72).

 

Jueves 16 de junio: La muerte de Jesús

j0h! ¿Hubo alguna vez sufrimiento y pesar como el que soportó el Salvador moribundo? Lo que hizo tan amarga su copa fue la comprensión del desagrado de su Padre. No fue el sufrimiento corporal lo que acabó tan prestamente con la vida de Cristo en la cruz. Fue el peso abrumador de los pecados del mundo y la sensación de la ira de su Padre. La gloria de Dios y su presencia sostenedora le habían abandonado; la desesperación le aplastaba con su peso tenebroso, y arrancó de sus labios pálidos y temblorosos el grito angustiado: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" (S. Mateo 27:46).

Jesús unido con el Padre, había hecho el mundo. Frente a los sufrimientos agonizantes del Hijo de Dios, únicamente los hombres ciegos y engañados permanecieron insensibles. Los príncipes de los sacerdotes y ancianos vilipendiaban al amado Hijo de Dios, mientras éste agonizaba y moría. Pero la naturaleza inanimada gemía y simpatizaba con su Autor que sangraba y perecía. La tierra tembló. El sol se negó a contemplar la escena. Los cielos se cubrieron de tinieblas. Los ángeles presenciaron la escena del sufrimiento hasta que no pudieron mirarla más, y apartaron sus rostros del horrendo espectáculo. ¡Cristo moría en medio de la desesperación! Había desaparecido la sonrisa de aprobación del Padre, y a los ángeles no se les permitía aliviar la lobreguez de esta hora atroz. Sólo podían contemplar con asombro a su amado General, la Majestad del cielo, que sufría la penalidad que merecía la transgresión del hombre.

Aun las dudas asaltaron al moribundo Hijo de Dios. No podía ver a través de los portales de la tumba. Ninguna esperanza resplandeciente le presentaba su salida del sepulcro como vencedor ni la aceptación de su sacrificio de parte de su Padre. El Hijo de Dios sintió hasta lo sumo el peso del pecado del mundo en todo su espanto. El desagrado del Padre por el pecado y la penalidad de éste, la muerte, era todo lo que podía vislumbrar a través de esas pavorosas tinieblas. Se sintió tentado a temer que el pecado fuese tan ofensivo para los ojos de Dios que no pudiese reconciliarse con su Hijo. La fiera tentación de que su propio Padre le había abandonado para siempre, le arrancó ese clamor angustioso en la cruz: "Dios mío. Dios mío, ¿por qué me has desamparado?"

Cristo experimentó mucho de lo que los pecadores sentirán cuando las copas de la ira de Dios sean derramadas sobre ellos. La negra desesperación envolverá como una mortaja sus almas culpables, y comprenderán en todo su sentido la pecaminosidad del pecado. La salvación ha sido comprada para ellos por los sufrimientos y la muerte del Hijo de Dios. Podría ser suya si la aceptaran voluntaria y gustosamente; pero ninguno está obligado a obedecer a la ley de Dios. Si niegan el beneficio celestial y prefieren los placeres y el engaño del pecado, consumarán su elección, pero al fin recibirán su salario: la ira de Dios y la muerte eterna. Estarán para siempre separados de la presencia de Jesús, cuyo sacrificio han despreciado. Habrán perdido una vida de felicidad y sacrificado la vida eterna por los placeres momentáneos del pecado (Testimonios para la iglesia, t. 2, pp. 188, 189).

Nuestro Redentor, en medio de la agonía y la desesperación que llenaban su alma, confió en las evidencias de aceptación que hasta entonces su Padre le había brindado. Entonces depuso su vida preciosa, descansando en Aquel a quien con gozo había obedecido. A pesar de que todo parecía lóbrego y aun la naturaleza simpatizaba con él rodeándolo de tinieblas. Cristo bebió la misteriosa copa hasta el final. Y aunque su triunfo sobre la muerte aparecía confuso en su mente, clamó en alta voz: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu". Conocía el carácter de su Padre; conocía su justicia, su misericordia y su gran amor; por eso se encomendó a él. Y en medio de la naturaleza convulsionada, los espectadores asombrados escucharon las últimas palabras del Hombre del Calvario: "Consumado es" (Bible Echo, septiembre 15 1892).

 

Viernes 17 de junio: Para estudiar y meditar

El Deseado de todas las gentes, pp. 647-662; 671-713.

 


 

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