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Para el 28 de Mayo al 3 de Junio del 2005 |
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Traición y arresto |
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Lección 11 |
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Dr. Pedro Martínez Para Ministerios PM |
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Podemos apreciar apenas débilmente la angustia inenarrable que sintió el amado Hijo de Dios en Getsemaní, al comprender que se había separado de Dios al llevar el pecado del hombre. El fue hecho pecado por la especie caída. La sensación de que se apartaba de él el amor de su Padre, arrancó de su alma angustiada estas dolorosas palabras: "Mi alma está muy triste hasta la muerte". "Si es posible, pase de mí este vaso". Luego, con completa sumisión a la voluntad de su Padre, añadió: "Empero, no como yo quiero, sino como tú". El divino Hijo de Dios desmayaba y se moría. El Padre envió a un mensajero de su presencia para que fortaleciera al divino Doliente, y le ayudara a pisar la senda ensangrentada. Si los mortales hubiesen podido ver el pesar y asombro de la hueste angélica al contemplar en silencio cómo el Padre separaba sus rayos de luz, amor y gloria, del amado Hijo de su seno, comprenderían mejor cuan ofensivo es el pecado a la vista de Dios. La espada de la justicia iba a ser desenvainada contra su amado Hijo. Por un beso fue éste entregado en manos de sus enemigos y llevado apresuradamente al tribunal terreno, donde había de ser ridiculizado y condenado a muerte por mortales pecaminosos. Allí, el glorioso Hijo de Dios fue "herido por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados" (Isaías 53:5). Soportó insultos, burlas e ignominiosos abusos, hasta que "fue desfigurado de los hombres su parecer, y su hermosura más que la de los hijos de los hombres" (Isaías 52:14). ¿Quién puede comprender el amor manifestado aquí? La hueste angélica contempló con admiración y pesar a Aquel que había sido la majestad del cielo y que había llevado la corona de gloria, y ahora soportaba la corona de espinas, víctima sangrante de la ira de una turba enfurecida, inflamada de insana locura por la ira de Satanás. ¡Contemplemos al paciente y dolorido! Las espinas coronan su cabeza. Su sangre fluye de las venas laceradas. ¡Y todo por causa del pecado! Nada podría haber inducido a Cristo a dejar su honor y majestad celestiales, y venir a un mundo pecaminoso para ser olvidado, despreciado y rechazado por aquellos a quienes había venido a salvar, y finalmente, para sufrir en la cruz, sino el amor eterno y redentor que siempre será un misterio (Joyas de los Testimonios, t. 1, pp. 223, 224).
Domingo 5 de junio: El complot para traicionar a Jesús A Judas se le dio toda oportunidad de recibir a Cristo como su Salvador personal pero no quiso aceptar ese don. En muchos aspectos actuó como un discípulo de Cristo: manifestaba interés en sus actividades y hasta cierto punto creía en él. Pero el Señor, que podía leer debajo de la superficie, pudo ver la verdadera situación de su corazón y saber que Judas no estaba convertido. Juan dice que "a todos los que le recibieron... les dio potestad de ser hechos hijos de Dios". Pero Judas nunca recibió verdaderamente a Cristo y por lo tanto no llegó a ser hijo de Dios. No es que perdió algo que antes poseía; en verdad nunca experimentó la purificación del alma que cambia el carácter y que constituye la conversión... Judas tenía algunas cualidades valiosas, pero había otras en su carácter que debían ser eliminadas para llegar a la salvación. Debía nacer otra vez, no de una simiente corruptible sino de la incorruptible. Y Cristo le dio el privilegio de escuchar muchas preciosas lecciones que hubieran podido vencer su codicia; escuchó de sus labios muchos principios que forman el carácter que deben poseer todos aquellos que desean entrar en el reino de Cristo. Pero Judas nunca cedió ni su voluntad ni su ser al Señor (Manuscript Peleases, t. 20, pp. 148, 149). En la ocasión en que María ungió los pies de Jesús, se reveló el punto oscuro en el carácter de Judas. La codicia, que es idolatría, había sido cultivada de tal manera que había tomado la prioridad en su vida. Cuando llegó la tentación no pudo controlarse porque su corazón ya estaba en crisis y su debilidad se había fortalecido demasiado. Las tentaciones de Satanás siempre encuentran respuesta en los aspectos depravados del carácter humano que no han sido resistidos ni vencidos. La codicia que Judas había alimentado por años, ahora lo controlaba y aparecía por encima de cualquier otra característica de su naturaleza humana. Aunque profesaba ser un seguidor de Cristo, su vida era dirigida por los planes satánicos y el mal triunfaba en cada tentación. Jesús contempló con tristeza a Judas, quien se contaba entre los doce, pero se resistía a seguir sus consejos (Signs of the Times, diciembre 18, 1893). Hasta ese momento, los discípulos no sabían que Judas era ladrón, pero lo supieron después. Aunque había acompañado a Cristo durante su ministerio, su avaricia no se había curado porque la guardaba en su corazón como un tesoro preciado y se tomaba más y más fuerte. No había prestado atención a las lecciones de abnegación que Cristo había enseñado y el amor al dinero le hizo codiciar aun el pequeño tesoro que administraba y que debía estar dedicado a ayudar a los pobres y a la iglesia. Si Jesús conocía este punto oscuro en la vida de Judas, ¿Por qué permitió que permaneciera entre el grupo de los doce? ¿Por qué, si sabía de su deshonestidad y avaricia, le confío a él la bolsa? La respuesta es que el Señor permite que los seres humanos permanezcan en posiciones de confianza para probarlos y mostrar su verdadero carácter. Si las tendencias al mal no son vencidas; si se sigue acariciando un espíritu avaro y codicioso, finalmente se revelará en público (Manuscript Peleases, t. 20, p. 146). Judas había alimentado el espíritu de avaricia a tal punto que estaba por encima de cualquier buena cualidad que tuviera en su carácter. El acto de María estaba en marcado contraste con su egoísmo y avaricia, y al presenciarlo debiera haberse sentido avergonzado de sí mismo. En cambio, atribuyendo un motivo más digno a su pensamiento, sugirió: "¿Para qué se ha hecho este desperdicio de perfume? Porque podía haberse vendido por más de trescientos denarios, y haberse dado a los pobres". De esta manera trató de esconder su avaricia bajo una aparente simpatía por los pobres, cuando en realidad no se preocupaba por ellos (Folleto: Redemption: or the Teachings of Christ, the Anointed One, p 109).
Lunes 6 de junio: La última cena Nuestro Salvador instituyó la cena del Señor y ordenó que se la celebrara a menudo, para mantener frescas en la memoria de sus seguidores las solemnes escenas de su juicio y crucifixión por los pecados del mundo. De esta manera recordarían su continua dependencia de la sangre salvadora. El pan habría de ser un símbolo de su cuerpo quebrantado por la salvación del mundo, y el vino un símbolo de su sangre derramada por todos aquellos que lo recibieran como Salvador para ser limpiados de sus pecados y recibir su perdón. La salvación de los seres humanos depende de una continua aplicación de la sangre de Cristo para purificar sus corazones. Por eso la cena del Señor debe ser observada más a menudo que la pascua que se celebraba una vez al año. Esta solemne ordenanza conmemora un evento mucho mayor que la liberación de los hijos de Israel de Egipto. En realidad, la pascua era sólo un símbolo de la gran liberación que Cristo logró por el sacrificio de su propia vida, y de la redención final de su pueblo (Signs of the Times, marzo 25, 1880). El rito de la comunión señala la segunda venida de Cristo. Estaba destinado a mantener esta esperanza vivida en la mente de los discípulos. En cualquier oportunidad en que se reuniesen para conmemorar su muerte relataban cómo él "tomando el vaso y hechas gracias les dio, diciendo: Bebed de él todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, la cual es derramada por muchos para remisión de los pecados. Y os digo, que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid hasta aquel día, cuando lo tengo que beber de nuevo con vosotros en el reino de mi Padre". En su tribulación, hallaban consuelo en la esperanza del regreso de su Señor. Les era indeciblemente precioso el pensamiento: "Todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que venga"... Cristo instituyó este rito para que hablase a nuestros sentidos del amor de Dios que se ha expresado en nuestro favor... Y nada menos que la muerte de Cristo podía hacer eficaz para nosotros este amor... Su sacrificio es el centro de nuestra esperanza {La fe por la cual vivo, p. 304).
Martes 7 de junio: El fracaso de Pedro La razón por la cual muchos profesos discípulos de Cristo caen víctimas de tentaciones graves es que no tienen un correcto conocimiento de sí mismos. En esto Pedro fue cabalmente zarandeado por el enemigo. Si pudiéramos comprender nuestras propias debilidades, veríamos que hay tanto que hacer por nosotros mismos que humillaríamos nuestro corazón bajo la poderosa mano de Dios. Al vincular nuestras almas indefensas con Cristo, supliremos nuestra ignorancia con su sabiduría, nuestra debilidad con su fortaleza, nuestra fragilidad con su invencible poder. Pedro cayó porque no conocía su propia fragilidad. Creyó que era fuerte... Si Pedro hubiera caminado humildemente con Dios, y ocultado el yo en Cristo; si hubiera buscado fervientemente la ayuda divina; si hubiera sido menos confiado en sí mismo; si hubiera recibido la instrucción del Señor y la hubiera puesto en práctica, habría velado en oración, y habría obrado su propia salvación con temor y temblor. Si se hubiera examinado íntimamente a sí mismo, el Señor le habría dado ayuda divina, y no hubiera habido necesidad de que el Señor lo zarandeara... No hay poder en toda la fuerza satánica que pueda incapacitar al alma que confía, en sencilla confianza, en la sabiduría que procede de Dios... El cuidado que Cristo manifestó por Pedro fue la causa de su restauración. Satanás no podía hacer nada contra la todopoderosa intercesión de Cristo. Y la oración que Cristo ofreció por Pedro la ofrece por todos los que son humildes y contritos de corazón (Hijos e hijas de Dios, p. 93). La caída de Pedro no fue instantánea sino gradual; fue dando pasos que lo llevaron finalmente al pobre discípulo a negar a su Señor con maldiciones y juramentos. Llegó a negar al "Varón de dolores, experimentado en quebranto". El canto del gallo le recordó a Pedro las palabras de Cristo y, sorprendido, se volvió para mirar a su Maestro. La mirada de Cristo reflejaba una mezcla de amor y compasión que penetró en lo más profundo de su corazón... Pedro no fue dejado sin esperanza. En la mirada de Cristo pudo leer sus pensamientos, diciéndole: —Pedro, lo siento por ti; pero te perdono porque estás triste y arrepentido. Para Pedro, que estaba pasando por tal humillación y por tan grande lucha con las agencias satánicas, las palabras de Cristo: "He orado por ti", resultaron ser una preciosa seguridad. El cuidado que Cristo manifestó por Pedro fue la causa de su restauración. Satanás no podía hacer nada contra la todopoderosa intercesión de Cristo. Y la oración que Cristo ofreció por Pedro la ofrece por todos los que son humildes y contritos de corazón. Él es nuestro abogado y ruega ante el Padre ofreciendo su poder y su eficacia. Juan declara: "Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo" (1 Juan 2:1)... Pedro pecó a pesar de la luz, el conocimiento y los exaltados privilegios que había tenido; su confianza propia lo hizo caer. Y este mismo mal obra actualmente en los corazones humanos. Quizá tengamos el propósito de ser justos y actuar correctamente, pero fracasaremos si no estamos aprendiendo constantemente en la escuela de Cristo. Nuestra única seguridad es caminar humildemente ante nuestro Dios (The Youth 's Instructor, diciembre 15, 1898).
No era el temor al sufrimiento físico que pronto tendría que soportar lo que causaba la agonía al Hijo de Dios; era el peso de la transgresión humana y el disgusto en el rostro del Padre. Al no usar su divino poder para escapar de tal agonía, debía soportar como humano las consecuencias del pecado de los humanos, y a la vez soportar el desagrado del Creador por la desobediencia de sus súbditos. Temía que su naturaleza humana no fuese capaz de soportar el conflicto inminente con el príncipe de las tinieblas y que, al fracasar, la raza humana quedase perdida sin esperanza. Temía que Satanás saliera victorioso y retuviese su reinado sobre el mundo. La ira de Dios por el pecado parecía quebrantar su vida, y el peso de su carga hizo inclinar su rostro hasta el suelo (Present Truth, agosto 11, 1892). Juan no puede encontrar palabras adecuadas para describir el admirable amor de Dios para el hombre pecador; pero insta a todos para que contemplen el amor de Dios revelado en el amor de su Hijo unigénito. Por la perfección del sacrificio hecho por la raza culpable, los que creen en Cristo... pueden ser salvados de la ruina eterna. Cristo era uno con el Padre. Sin embargo, cuando el pecado entró en nuestro mundo por la transgresión de Adán, estuvo dispuesto a descender de la excelsitud de Aquel que era igual a Dios, que moraba en luz inaccesible para la humanidad, tan llena de gloria que ningún hombre podía contemplar su rostro y vivir, y se sometió a los insultos, vilipendios, sufrimientos, dolores y muerte, a fin de responder a las demandas de la inmutable ley de Dios y establecer un camino de escape para el transgresor por medio de su muerte y de su justicia. Ésta fue la obra que su Padre le dio que hiciera; y los que aceptan a Cristo, reposando plenamente sobre sus méritos, se convierten en los hijos e hijas adoptivos de Dios, son herederos de Dios y coherederos con Cristo. Que nadie se engañe pensando que aceptar a Cristo es una concesión de su parte. No importa cuan talentosa, educada o famosa sea una persona, debe mirar hacia el cielo con gratitud y reverencia y decir con asombro: "Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios" (Signs of the Times, julio 4, 1895; parcialmente en: A fin de conocerle, p. 62). Podemos contemplar belleza, encanto y gloria en Jesús. Era la Majestad del cielo, llenaba las cortes celestiales con su esplendor y recibía la adoración de los ángeles. Pero abandonó todo eso; dejó su gloria, su majestad y esplendor, y vino a esta tierra para morir por una raza de rebeldes y transgresores de los mandamientos de su Padre. Se humilló a sí mismo y bebió la copa de sufrimiento para poder ofrecernos la copa de bendición. Sí, bebió la copa por nosotros. Y aunque muchos eligen continuar en el pecado y los placeres. Jesús sigue invitándolos a tomar del agua de vida gratuitamente, para ser coronados de honor y gloria e inmortalidad, y para morar para siempre en su presencia donde no habrá más dolor ni tristeza (Review and Herald, abril 19, 1870).
Jueves 9 de junio: El arresto de Jesús Aquellos que han estado intentando minar la confianza de nuestro pueblo en los testimonios del Espíritu de Dios y en la conducción de su providencia, verán un día que su actuación fue similar a la de Judas. Él fue tentado y probado, y al no vencer sus tentaciones fue descendiendo cada vez más hasta llegar a traicionar a su Señor. Mientras Judas acompañaba a los demás discípulos, a menudo mostraba un espíritu de superioridad y trataba de tener autoridad sobre sus hermanos. Esta actitud abrió el camino para que el enemigo trabajase en su mente y corazón, hasta el punto de entregar a su Maestro con un beso traicionero. También hoy, en medio del profeso pueblo de Dios, hay algunos que están caminando por la misma senda y a menos que se conviertan serán un día contado entre los enemigos de la obra de Dios para este tiempo (Review and Herald, septiembre 9, 1909). Cuando los discípulos vieron que Jesús no se liberaba de sus enemigos sino que permitía que lo tomaran y ataran, se ofendieron de que sufriera tal humillación para sí mismo y para ellos. Momentos antes le habían visto exhibir su poder al echar por tierra a todos los que querían prenderlo y al sanar la oreja del siervo que Pedro había cortado, y sabían que tenía el poder de librarse de la multitud homicida. Al no hacerlo se sintieron mortificados y temerosos por tal conducta y huyeron, abandonándolo. Cristo había predicho su deserción cuando estaban en el aposento alto, y les había anticipado: "La hora viene, y ha llegado ya, en que seréis esparcidos cada uno por su lado, y me dejaréis solo. Pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo" (Spirit of Prophecy, t. 3, p. 105).
Viernes 10 de junio: Para estudiar y meditar El Deseado de todas las gentes, pp. 598-616; 636-646; 663-670.
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