Notas de Elena White

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Presentación del Hijo de Dios

Lección 1

Para el 2 de Abril del 2005


 

Sábado 26 de marzo

Los que presenciaban la escena se llenaron de temor y sorpresa. Sus ojos se posaron sobre Cristo quien estaba rodeado de la maravillosa luz y la gloria que siempre rodea el trono de Dios. El resplandor de su rostro nunca había sido visto en rostro humano. En medio de truenos y relámpagos que provenían de los cielos abiertos, se oyó una voz de terrible majestad que decía: "Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia" (S. Marcos 1:11). Estas palabras de confirmación fueron expresadas para beneficio de los que presenciaban su bautismo, y para asegurar al querido Hijo de Dios que su Padre aceptaba su humanidad como sustituto y garantía en favor del ser humano, cuyas oraciones podrían alcanzar el cielo mediante la intercesión de su Hijo y conectarlo nuevamente con el Padre (The Youth's Instructor, marzo 1, 1874).

La pronta obediencia de estos hombres [Pedro, Andrés, Jacobo y Juan], que siguieron a Jesús sin hacerle una pregunta, sin recibir promesa de salario, parece sorprendente; pero las palabras de Cristo eran una invitación que llevaba en sí un poder impelente. Cristo quería hacer de estos humildes pescadores, por su relación con él, el medio de sacar hombres del servicio de Satanás y de ponerlos en el servicio de Dios. En esta obra, llegarían a ser testigos suyos, que darían al mundo su verdad sin mixtura de tradiciones y sofismas de los hombres. Practicando sus virtudes, andando y trabajando con él, habían de quedar calificados para ser pescadores de hombres.

Así fueron llamados los primeros discípulos al ministerio evangélico. Durante tres años trabajaron en conexión con el Salvador, y por medio de su enseñanza, sus obras de curación y su ejemplo, fueron preparados para llevar a cabo la obra que él empezó. Por la sencillez de su fe, por un servicio puro y humilde, los discípulos fueron enseñados a llevar responsabilidades en la causa de Dios (Obreros evangélicos, PP- 24, 25).


 

Domingo 27 de marzo: Juan Marcos, el autor

Bernabé estaba dispuesto a ir con Pablo, pero deseaba llevar consigo a Marcos, quien había decidido de nuevo consagrarse al ministerio. Pablo se opuso a esto. "No le parecía bien llevar consigo" a uno que durante su primer viaje misionero los había abandonado en tiempo de necesidad. No estaba inclinado a excusar la debilidad manifestada por Marcos al abandonar la obra en procura de la seguridad y las comodidades del hogar. Recalcaba que uno con tan poca fibra era inapto para un trabajo que requería paciencia, abnegación, valor, devoción, fe y disposición a sacrificar, si fuera necesario, hasta la vida misma. Tan áspera fue la disputa, que Pablo y Bernabé se separaron, siguiendo el último sus convicciones y llevando consigo a Marcos. "Bernabé tomando a Marcos, navegó a Cipro. Y Pablo escogiendo a Silas, partió encomendado de los hermanos a la gracia del Señor" (Hechos 15:39, 40) (Los hechos de los apóstoles, pp. 164, 165).

Bernabé... anhelaba que Marcos no abandonase el ministerio, porque veía en él cualidades que le habilitarían para ser un obrero útil para Cristo. En años ulteriores su solicitud por Marcos fue ricamente recompensada; porque el joven se entregó sin reservas al Señor y a la obra de predicar el mensaje evangélico en campos difíciles. Bajo la bendición de Dios y la sabia enseñanza de Bernabé, se transformó en un valioso obrero.

Pablo se reconcilió más tarde con Marcos, y le recibió como su colaborador. También lo recomendó a los colosenses como colaborador "en el reino de Dios", y uno que me ha "sido consuelo" (Colosenses 4:10, 11). De nuevo, no mucho antes de su muerte, habló de Marcos como uno que le era "útil para el ministerio" (2 Timoteo 4:11) (Los hechos de los apóstoles, p. 138).


 

Lunes 28 de marzo: Comienza el Evangelio

Cristo proporcionó a hombres y mujeres el poder para vencer. Vino a este mundo en forma humana para vivir como hombre entre los hombres. Tomó las debilidades de la naturaleza humana para ser probado y tentado. En su humanidad era participante de la naturaleza divina; por su encamación ganó en un nuevo sentido el título de Hijo de Dios. El ángel dijo a María: "El poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios". Si bien era el hijo de un ser humano, en un nuevo sentido se convirtió en el Hijo de Dios. Así estuvo en nuestro mundo: Hijo de Dios, y sin embargo aliado, por nacimiento, con la raza humana...

Cristo estuvo unido con el Padre desde toda la eternidad, y cuando tomó sobre sí la naturaleza humana, todavía era uno con Dios. [Éste] es el vínculo que une a Dios con la humanidad (Comentario bíblico adventista, t. 5, p. 1089).

"El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse" (Filipenses 2:6).

Debido a que únicamente la Divinidad podía ser eficaz en la restauración del hombre de la ponzoñosa herida de la serpiente, Dios mismo, en su Unigénito, tomó la naturaleza humana, y en la debilidad de la naturaleza humana mantuvo el carácter de Dios, vindicó su santa ley en todo respecto, y aceptó la sentencia de ira y de muerte para los hijos de los hombres. ¡Qué pensamiento es éste! El que había sido uno con el Padre antes de que fuera hecho el mundo, tuvo tal compasión para el mundo perdido y arruinado por la transgresión que dio su vida como rescate por él. El que era el resplandor de la gloria del Padre, la expresa imagen de su persona, llevó nuestros pecados en su cuerpo en el madero, sufriendo el castigo de la transgresión del hombre hasta que se satisfizo la justicia y no se requirió más. ¡Cuan grande es la redención que se ha efectuado para nosotros, Tan grande que el Hijo de Dios murió la cruel muerte de la cruz para damos vida e inmortalidad por la fe en él.

Este admirable problema, cómo podía ser justo Dios y, sin embargo, ser el Justificador del pecador, está más allá de la percepción mental humana. Cuando tratamos de sondearla, se amplía y profundiza más allá de nuestra comprensión...

Cuando el hombre pueda medir el excelso carácter del Señor de los ejércitos, y distinguir entre el Dios eterno y el hombre finito, sabrá cuan grande ha sido el sacrificio del cielo para sacar al hombre de donde estaba caído por la desobediencia para formar parte de la familia de Dios... La divinidad de Cristo es nuestra seguridad de vida eterna... Él, quien llevó los pecados del mundo, es nuestro único medio de reconciliación con un Dios santo (Afín de conocerle, p. 37).

Cristo vino a representar al Padre. Él es la imagen del Dios invisible. Vistió su divinidad con humanidad y vino a este mundo para remover las ideas equivocadas acerca del carácter de Dios que Satanás había creado en las mentes de los seres humanos. Si hubiera venido en toda su gloria divina, nadie hubiera podido contemplarlo y continuar viviendo. Pero al revestirse de humanidad, nos permite acercarnos a él como nuestro Redentor; nos permite ver al Padre en la persona de su Hijo; permite al hombre perdido comunicarse con él y vivir. Mediante Cristo podemos captar la imagen de Aquel que es glorioso en su santidad. Cristo es la mística escalera a través de la cual podemos contemplar la gloria del Dios infinito. Es el vínculo que une a la humanidad con la divinidad; a Dios con el ser humano; a la tierra con el cielo (Signs of the Times, enero 20, 1890).


 

Martes 29 de marzo: El mensajero

En tiempos pasados, cuando los reyes viajaban a lugares donde los caminos eran ásperos, se acostumbraba enviar una brigada de obreros delante del carruaje real para alisar el camino y hacerlo más suave. Tal era la obra que debía realizar Juan el Bautista; debía preparar el camino del Señor. Debía ser una voz que clamara en el desierto: "Preparad camino a Jehová; enderezad calzada en la soledad a nuestro Dios. Todo valle sea alzado, y bájese todo monte y collado; y lo torcido se enderece, y lo áspero se allane. Y se manifestará la gloria de Jehová, y toda carne juntamente la verá; porque la boca de Jehová ha hablado" (Isaías 40:3, 4).

Pero las dificultades que Juan enfrentaría para preparar el camino del Señor habrían de ser mucho mayores que aquellas que enfrentaban los que debían preparar el camino de los reyes terrenales. Los corazones humanos estaban llenos de maldad, envidia, odio y malicia, y no estaban preparados para recibir un mensaje de amor y misericordia. Eran una generación de víboras a la que Juan debía reprender por su orgullo y exaltación propia (Review and Herald, abril 3, 1894).

En este tiempo, justamente antes de la segunda venida de Cristo en las nubes de los cielos, se ha de hacer una obra como la de Juan el Bautista. Dios llama a hombres que preparen un pueblo para que subsista en el gran día del Señor. El mensaje que precedió al ministerio público de Cristo fue: Arrepentíos, publícanos y pecadores; arrepentíos, fariseos y saduceos; "arrepentíos, que el reino de los cielos se ha acercado". En nuestro carácter de pueblo que cree en la inminente venida de Cristo, tenemos un mensaje que dar: "Aparéjate para venir al encuentro de tu Dios".

Nuestro mensaje debe ser tan directo como el de Juan. El reprendía a los reyes por su iniquidad. Aun con peligro de su vida, no vacilaba en declarar la palabra de Dios. Y nuestra obra en este tiempo debe hacerse con la misma fidelidad.

A fin de dar un mensaje como el que dio Juan, debemos tener una experiencia espiritual como la suya. Debe hacerse la misma obra en nosotros. Debemos contemplar a Dios, y al contemplarlo, perdemos a nosotros mismos de vista.

Juan tenía por naturaleza los defectos y las debilidades comunes a la humanidad; pero el toque del amor divino lo había transformado. Cuando, después que comenzara el ministerio de Cristo, los discípulos de Juan fueron a él con la queja de que todos seguían al nuevo Maestro, Juan demostró cuan claramente comprendía su relación con el Mesías, y cuan gustosamente daba la bienvenida a Aquel cuyo camino había preparado...

Aquellos que sean fieles a su vocación como mensajeros de Dios, no tratarán de honrarse a sí mismos. El amor al yo será absorbido por el amor a Cristo. Reconocerán que su obra es proclamar, como proclamó Juan el Bautista: "He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Obreros evangélicos, pp. 56, 57).

Mediante solemnes mensajes de amonestación, el profeta de Dios arrancaba a los hombres de sus sueños mundanos. Por su medio, Dios llamó al arrepentimiento al apóstata Israel. Por la presentación de la verdad desenmascaraba los errores populares. En contraste con las falsas teorías de su tiempo, la verdad resaltaba de sus enseñanzas con certidumbre eterna. "Arrepentíos, que el reino de los cielos se ha acercado (S. Mateo 3:2). Tal era el mensaje de Juan. El mismo mensaje debe ser anunciado al mundo hoy (Testimonios para la iglesia, t. 7, p. 136).


 

Miércoles 30 de marzo: El cometido

La divinidad de Cristo era un tesoro escondido. Mientras estuvo en la tierra, a veces la divinidad fulguraba a través de la humanidad y se revelaba su verdadero carácter. El Dios del cielo testificó de su unidad con su Hijo. Los cielos se abrieron en su bautismo; la gloria de Dios, en forma de una paloma bruñida como el oro, se manifestó sobre el Salvador y una voz del cielo dijo: "Este es mi Hijo amado, en el cual tengo contentamiento" (S. Mateo 3:17). Pero la nación a la cual vino Cristo, aunque profesaba ser el pueblo peculiar de Dios, no reconoció al tesoro celestial en la persona de Jesucristo...

La Majestad del cielo no fue reconocida en su atavío de humanidad. Era el Maestro divino enviado de Dios, el glorioso tesoro dado a la humanidad. Era más hermoso que los hijos de los hombres, pero su gloria incomparable estaba oculta bajo una cubierta de pobreza y sufrimiento. Veló su gloria a fin de que la divinidad pudiera tocar a la humanidad y el tesoro de inmenso valor no fue discernido por la raza humana (A fin de conocerle, p. 60).

El Salvador del mundo se propuso que ningún atractivo de carác­ter terrenal atrajera la atención de los seres humanos a su lado; sólo la luz y belleza de la verdad celestial debía ser el poder que los acercara. Él no asumiría ni la gloria externa ni el honor mundano que atrae la atención de los hombres. Se haría accesible a todos enseñándoles los puros y exaltados principios de la verdad. Pero aunque habría de nacer en forma humilde y vivir sin pretensiones. Dios no lo dejó sin testigos. El cielo mismo le rendiría homenaje. Con maravillas en los cielos y señales en la tierra, daría testimonio de su poder y majestad. En su bautismo, la voz divina pudo ser escuchada por los oídos humanos, declarando: "Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia". La gloria divina, en forma de paloma dorada, lo rodeó. Juan declara: "Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no lo conoció. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron" (S. Juan 1:9-11).

Cristo vino a representar al Padre. Él es la imagen del Dios invisible. Vistió su divinidad con humanidad y vino a este mundo para remover las ideas equivocadas acerca del carácter de Dios que Satanás había creado en las mentes de los seres humanos. Si hubiera venido en toda su gloria divina, nadie hubiera podido contemplarlo y continuar viviendo. Pero al revestirse de humanidad, nos permite acercarnos a él como nuestro Redentor; nos permite ver al Padre en la persona de su Hijo; permite al hombre perdido comunicarse con él y vivir. Mediante Cristo podemos captar la imagen de Aquel que es glorioso en su santidad. Cristo es la mística escalera a través de la cual podemos contemplar la gloria del Dios infinito. Es el vínculo que une a la humanidad con la divinidad; a Dios con el ser humano; a la tierra con el cielo (Signs of the Times, enero 20, 1890).


 

Jueves 31 de marzo: Comienza el ministerio

Lo que los discípulos habían anunciado en nombre de su Señor, era exacto en todo sentido, y los acontecimientos predichos estaban realizándose en ese mismo momento. "Se ha cumplido el tiempo, y se ha acercado el reino de Dios", había sido el mensaje de ellos. Transcurrido "el tiempo" —las sesenta y nueve semanas del capítulo noveno de Daniel, que debían extenderse hasta el Mesías, "el Ungido"— Cristo, había recibido la unción del Espíritu después de haber sido bautizado por Juan en el Jordán, y el "reino de Dios" que habían declarado estar próximo, fue establecido por la muerte de Cristo. Este reino no era un imperio terrenal como se les había enseñado a creer. No era tampoco el reino venidero e inmortal que se establecerá cuando "el reino, y el dominio, y el señorío de los reinos por debajo de todos los cielos, será dado al pueblo de los santos del Altísimo"; ese reino eterno en que "todos los dominios le servirán y le obedecerán a él" (Daniel 7:27, VM.). La expresión "reino de Dios", tal cual la emplea la Biblia, significa tanto el reino de la gracia como el de la gloria. El reino de la gracia es presentado por San Pablo en la Epístola a los Hebreos. Después de haber hablado de Cristo como del intercesor que puede "compadecerse de nuestras flaquezas," el apóstol dice: "Lleguémonos pues confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia, y hallar gracia" (Hebreos 4:16). El trono de la gracia representa el reino de la gracia; pues la existencia de un trono envuelve la existencia de un reino. En muchas de sus parábolas, Cristo emplea la expresión, "el reino de los cielos", para designar la obra de la gracia divina en los corazones de los hombres (El conflicto de los siglos, pgs. 394, 395).

Hasta entonces, ninguno de los discípulos se había unido completamente a Jesús como colaborador suyo. Habían presenciado muchos de sus milagros, y habían escuchado su enseñanza; pero no habían abandonado totalmente su empleo anterior. El encarcelamiento de Juan el Bautista había sido para todos ellos una amarga desilusión. Si tal había de ser el resultado de la misión de Juan, no podían tener mucha esperanza respecto a su Maestro, contra el cual estaban combinados todos los dirigentes religiosos. En esas circunstancias, les había sido un alivio volver por un corto tiempo a su pesca. Pero ahora Jesús los llamaba a abandonar su vida anterior, y a unir sus intereses con los suyos. Pedro había aceptado el llamamiento. Llegando a la orilla. Jesús invitó a los otros tres discípulos diciéndoles: "Venid en pos de mi, y os haré pescadores de hombres". Inmediatamente lo dejaron todo, y le siguieron.

Antes de pedir a los discípulos que abandonasen sus redes y barcos, Jesús les había dado la seguridad de que Dios supliría sus necesidades. El empleo del esquife de Pedro para la obra del evangelio había sido ricamente recompensado. El que es rico "para con todos los que le invocan" dijo: "Dad, y se os dará; medida buena, apretada, remecida, y rebosando" (S. Lucas 6:38). Según esta medida había recompensado el servicio de sus discípulos. Y todo sacrificio hecho en su ministerio será recompensado conforme a "las abundantes riquezas de su gracia" (Efesios 2:7) (El Deseado de todas las gentes, pgs. 213, 214).


 

Viernes 1 de abril: Para estudiar y meditar

El evangelismo, pp. 445-447; El Deseado de todas las gentes, pp. 84-88; 211-216.

 

 

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