MARCOS 1
Ángeles y una paloma áurea.-
Jesús fue nuestro ejemplo en todas
las cosas que atañen a la vida y a la piedad. Fue bautizado en el
Jordán, así como deben ser bautizados los que van a él. Los ángeles
celestiales 198 contemplaban con intenso interés la escena del bautismo
del Salvador, y si los ojos de los espectadores hubieran podido ser
abiertos, habrían visto a la hueste celestial que rodeaba al Hijo de
Dios cuando se inclinó en la orilla del Jordán. El Señor había
prometido darle a Juan una señal para que pudiera saber quién era el
Mesías, y en ese momento, cuando Jesús salió del agua, fue dada la señal
prometida; pues vio los cielos abiertos y al Espíritu de Dios -como una
paloma de oro bruñido- que se cernía sobre la cabeza de Cristo, y vino
una voz del cielo que decía: "Este es mi Hijo amado, en quien tengo
complacencia" (YI 23-6-1892).
Los cielos se abren ante las
peticiones.-
[Se cita Mat. 3: 13-17.] ¿Qué
significa esta escena para nosotros? ¡Cuán irreflexivamente hemos leído
el relato del bautismo de nuestro Señor, sin comprender que su
significado era de la máxima importancia para nosotros, y que Cristo fue
aceptado por el Padre en lugar del hombre! Cuando Jesús se inclinó en
la orilla del Jordán y elevó su petición, la humanidad fue presentada
ante el Padre por Aquel que había revestido su divinidad con humanidad.
Jesús se ofreció a sí mismo al Padre en lugar del hombre, para que los
que se habían separado e Dios debido al pecado, pudieran regresar a Dios
por los méritos del Suplicante divino. La tierra había estado separada
del ciclo por causa del pecado, pero Cristo rodea a la raza caída con su
brazo humano, y con su brazo divino se aferra del trono del Infinito, y
la tierra disfruta del favor del cielo y el hombre queda en comunión con
su Dios. La oración de Cristo en favor de la humanidad perdida se abrió
camino a través de todas las sombras que Satanás había proyectado entre
el hombre y Dios, y dejó un claro canal de comunicaciones hasta el mismo
trono de la gloria. Las puertas fueron dejadas entreabiertas, los cielos
fueron abiertos y el Espíritu de Dios -en forma de una paloma- circundó
la cabeza de Cristo y se oyó la voz de Dios que decía: "Este es mi Hijo
amado, en quien tengo complacencia".
Se oyó la voz de Dios en respuesta a
la petición de Cristo, lo cual le asegura al pecador que su oración
hallará cabida en el trono del Padre. Se les dará el Espíritu Santo a
los que buscan su poder y su gracia, y él nos ayudará en nuestras
debilidades cuando tengamos una audiencia con Dios. El cielo está
abierto para nuestras peticiones, y se nos invita a ir "confiadamente al
trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el
oportuno socorro". Debemos ir con fe, creyendo que obtendremos las
mismas cosas que pedimos a Dios (ST 18-4-1892).
El sonido de un toque de
difuntos.-
Cuando Cristo se presentó a Juan
para el bautismo, Satanás estaba entre los que presenciaron ese
acontecimiento. Vio el relámpago que salía de los cielos sin nubes. Oyó
la majestuosa voz de Jehová que resonaba por el cielo, y retumbaba por
la tierra como el estrépito del trueno, anunciando: "Este es mi Hijo
amado, en quien tengo complacencia". Vio el brillo de la gloria del
Padre que se proyectaba sobre la figura de Jesús, destacando con
seguridad inconfundible entre la multitud a Aquel a quien reconocía como
a su Hijo. Las circunstancias que rodearon esa escena bautismal fueron
del máximo interés para Satanás. Entonces se dio cuenta con seguridad
que, a menos que pudiera vencer a Cristo, de allí en adelante habría un
límite para su poder. Comprendió que ese mensaje del trono de Dios
significaba que el hombre podía llegar más directamente al cielo que
antes, y en su pecho se despertó un odio intensísimo.
Cuando Satanás indujo al hombre a
pecar, esperaba que el odio que Dios tiene por el pecado lo separaría
para siempre del hombre y rompería el vínculo que une el cielo y la
tierra. Cuando de los cielos abiertos oyó la voz de Dios que se dirigía
a su Hijo, para él fue como el sonido de un toque de difuntos. Esto le
dijo que ahora Dios estaba por unir consigo al hombre más estrechamente,
y que le daría fortaleza moral para vencer la tentación y para escapar
de las redes de las trampas satánicas. Satanás sabía muy bien la
posición que Cristo había ocupado en el cielo como el Hijo de Dios, el
Amado del Padre; y el hecho de que Cristo hubiera dejado el gozo y la
honra del cielo para venir a este mundo como hombre, lo llenaba de
temor. Sabía que esta condescendencia de parte del Hijo de Dios no
presagiaba ningún bien para él...
Había llegado ahora el tiempo cuando
el dominio sobre el mundo le sería disputado a Satanás, y su derecho
impugnado, y temió que su poder fuera quebrantado. Sabía por las
profecías que había sido anunciado un Salvador cuyo reino no se
establecería con un triunfo terrenal y con honores mundanos y 199
ostentación. Sabía que las profecías predecían un reino que sería
establecido por el Príncipe del cielo sobre la tierra que él reclamaba
como suya. Ese reino abarcaría a todos los reinos del mundo, y entonces
cesarían el poder y la gloria de Satanás, y éste recibiría su merecido
por los pecados que había introducido en el mundo y por la desgracia que
había traído sobre la raza humana. Sabía que todo lo que atañía a su
prosperidad dependía de su éxito o fracaso al procurar vencer a Jesús
con sus tentaciones, e hizo que el Salvador soportara todas las
artimañas de que disponía para apartarlo de su integridad mediante sus
seducciones (ST 4-8-1887).
Una promesa de amor y luz.-
El Salvador se aferró, en favor
nuestro, del poder de la Omnipotencia, y cuando oramos a Dios podemos
saber que la oración de Cristo ha ascendido antes, y que Dios la ha oído
y la ha contestado. A pesar de nuestros pecados y nuestras debilidades,
no somos desechados como indignos. "Nos hizo aceptos en el Amado". La
gloria que descansó sobre Cristo es una promesa del amor de Dios para
nosotros. Habla del poder de la oración: cómo la voz humana puede
llegar al oído de Dios, y cómo nuestras peticiones pueden ser aceptadas
en los atrios celestiales. La luz que descendió desde los portales
abiertos sobre la cabeza de nuestro Salvador, descenderá sobre nosotros
cuando oremos pidiendo ayuda para resistir la tentación. La voz que
habló a Jesús dice a cada alma creyente: "Este es mi amado hijo, en
quien tengo complacencia" (MS 125, 1902).
Seguridad de aceptación.-
A través de los portales abiertos
brillaron refulgentes rayos de gloria procedentes del trono de Jehová, y
esa luz brilla aún sobre nosotros. La seguridad que se dio a Cristo es
también para cada hijo de Dios arrepentido, creyente y obediente, de que
es acepto en el Amado (ST 31-7-1884).
Un camino a través de la oscura
sombra.-
La oración de Cristo en la orilla del
Jordán incluye a todo el que cree en él. Llega hasta a la promesa de
que eres acepto en el Amado. Dios dijo: "Este es mi Hijo amado, en quien
tengo complacencia". Esto significa que en medio de la tenebrosa sombra
que Satanás ha proyectado sobre tu sendero, Cristo ha abierto el camino
para ti hasta el trono del Dios infinito. El se ha aferrado del poder
omnipotente, y tú eres acepto en el Amado (GCB 4-4-1901).
Se congregan todas las energías de
la apostasía.-
Se determinó en los concilios de
Satanás que él [Cristo] debía ser vencido. Ningún ser humano había
venido a este mundo y había escapado del poder del engañador. Todas las
fuerzas de la confederación del mal siguieron a Cristo para combatir
contra él y prevalecer si era posible. La más terrible y continua
enemistad surgió entre la simiente de la mujer y la serpiente. La
serpiente misma convirtió a Cristo en el blanco de todas las armas del
infierno...
La vida de Cristo fue una lucha
perpetua contra los instrumentos satánicos. Satanás congregó a todas
las fuerzas de la apostasía contra el Hijo de Dios. El conflicto
aumentó en fiereza y perversidad cuando, vez tras vez, la presa fue
arrebatada de sus manos. Satanás atacó a Cristo con toda forma
concebible de tentaciones (RH 29-10-1895).
Ningún fracaso ni aun en un solo
punto.-
Cristo pasó de esta escena de gloria
[su bautismo] a la escena de la tentación máxima. Fue al desierto, y
allí lo encontró Satanás; y éste lo tentó en los mismos puntos en que el
hombre será tentado. Nuestro Sustituto y Garante pasó por el terreno
donde Adán tropezó y cayó. La pregunta era: ¿Tropezará en los
mandamientos de Dios y caerá como sucedió en el caso de Adán? Vez tras
vez hizo frente al ataque de Satanás con un "escrito está", y Satanás se
retiró del campo de batalla derrotado. Cristo redimió la desdichada
caída de Adán, y ha perfeccionado un carácter de completa obediencia, y
ha dejado un ejemplo a la familia humana para que se imite el Modelo.
Si hubiera fracasado en un punto, en lo que se refiere a la ley de Dios,
no habría sido una ofrenda perfecta pues Adán sólo falló en un punto (RH
10-6-1890).
Satanás mintió a Cristo.-
Satanás le dijo a Cristo que sólo
debía poner los pies en la senda teñida de sangre, pero no tenía que
recorrerla. Fue probado como Abrahán para que 201 mostrara su perfecta
obediencia. También declaró que él era el ángel que había detenido la
mano de Abrahán cuando levantó el cuchillo para matar a Isaac, y que
ahora había venido para salvarle la vida; pero no era necesario que
soportara la penosa hambre y la muerte por inanición; que él le ayudaría
a llevar una parte de la obra en el plan de salvación (RH 4-8-1874).
Preciosas señales de aprobación.-
Cristo no vino para prestar atención
a los oprobiosos sarcasmos de Satanás. No fue inducido a darle pruebas
de su poder. Mansamente soportó sus afrentas sin vengarse. Las
palabras pronunciadas desde el cielo durante su bautismo fueron muy
preciosas; le demostraron que su Padre aprobaba los pasos que daba en el
plan de salvación como sustituto y garantía del hombre. La apertura de
los cielos y el descenso de la paloma celestial fueron manifestaciones
de que su Padre uniría su poder en el cielo con el de su Hijo en la
tierra para rescatar al hombre del dominio de Satanás, y que Dios
aceptaba el esfuerzo de Cristo por unir la tierra con el cielo y al
hombre limitado con el Infinito.
Estas señales, recibidas del Padre
celestial, fueron indeciblemente preciosas para el Hijo de Dios a través
de todos sus crueles sufrimientos y su terrible conflicto con el
caudillo rebelde (RH 18-8-1874).
Satanás impotente para hipnotizar
a Cristo.-
Satanás tentó al primer Adán en el
Edén, y Adán argumentó con el enemigo, dándole así una ventaja. Satanás
ejerció su poder hipnótico sobre Adán y Eva, y se esforzó por ejercer
ese poder sobre Cristo. Pero después de que fueron citadas las palabras
de las Escrituras, Satanás supo que no tendría la oportunidad de
triunfar (Carta 159, 1903).
El contraste entre los dos
Adanes.-
Cuando Adán fue atacado por el
tentador en el Edén, no tenía la mancha del pecado. Estaba en todo el
vigor de su perfección ante Dios. Todos los órganos y facultades de su
ser estaban desarrollados por igual y equilibrados armoniosamente.
Cristo ocupó el lugar de Adán en el
desierto de la tentación, para soportar la prueba en que éste fracasó.
Entonces Cristo venció en lugar del pecador, cuatro mil años después de
que Adán dio la espalda a la luz de su hogar. La familia humana,
separada de la presencia de Dios, se había apartado más y más,
generación tras generación, de la pureza original, de la sabiduría y el
conocimiento que Adán poseía en el Edén. Cristo llevó los peca dos y
las debilidades de la raza humana en la condición en que ésta se
encontraba cuando él vino a la tierra para socorrer al hombre. En favor
de la raza humana y con las debilidades del hombre caído sobre sí, debía
resistir las tentaciones de Satanás en todos los puntos en los cuales
sería atacado el hombre...
¡En qué contraste se halla el segundo
Adán cuando entra en el sombrío desierto para hacer frente a Satanás sin
ayuda alguna! La raza humana había ido disminuyendo en estatura y vigor
físico desde la caída, y hundiéndose más y más en la balanza del valor
moral, hasta el momento en que Cristo vino a la tierra. Y Cristo debía
llegar hasta donde estaba el hombre caído, para levantarlo. Tomó la
naturaleza humana y llevó las debilidades y la degeneración de la raza.
El que no conoció pecado se convirtió en pecado por nosotros. Se
humilló hasta las mayores profundidades de la miseria humana a fin de
poder estar calificado para llegar hasta el hombre y elevarlo de la
degradación en que lo había sumido el pecado (RH 28-7-1874).
La disciplina más severa.-
Como hijo de una raza caída, tenía
que mantener su gloria velada. Esta fue la más severa disciplina a la
que podía someterse el Príncipe de la vida. En esa condición midió sus
fuerzas con Satanás. El que había sido expulsado del cielo luchó
desesperadamente para dominar a Aquel de quien había estado celoso en
los atrios celestiales ¡Qué batalla fue ésta! Ningún lenguaje es
adecuado para describirla. Pero en el futuro cercano será comprendida
por los que venzan por la sangre del Cordero y por la palabra de su
testimonio (Carta 19, 1901).
El poder del cual el hombre puede
disponer.-
El Hijo de Dios fue atacado a cada
paso por las potestades de las tinieblas. Después de su bautismo fue
llevado por el Espíritu al desierto, y soportó la tentación durante
cuarenta días. Me han llegado cartas en las que se afirma que Cristo no
pudo haber tenido la misma naturaleza del hombre, pues si la hubiera
tenido habría caído ante tentaciones similares. Si Cristo no hubiera
tenido la naturaleza del hombre, no podría ser nuestro ejemplo. Si no
participó de nuestra naturaleza 202 no podría haber sido tentado como lo
ha sido el hombre. Si no hubiera sido posible que se rindiera a la
tentación, no podría ser nuestro ayudador. Fue una solemne realidad que
Cristo viniera a reñir las batallas como hombre, en lugar del hombre.
Su tentación y su victoria nos dicen que la humanidad debe copiar al
Modelo; el hombre debe llegar a participar de la naturaleza divina.
En Cristo se combinaban la divinidad
y la humanidad. La divinidad no se degradó ante la humanidad; la
divinidad retuvo su lugar, pero la humanidad, estando unida con la
divinidad, resistió la más terrible prueba de la tentación en el
desierto. Después de su largo ayuno, el príncipe de este mundo vino a
Cristo cuando estaba hambriento, y le sugirió que ordenara que las
piedras se convirtieran en pan. Pero el plan de Dios, ideado para la
salvación del hombre, disponía que Cristo sintiera el hambre, la pobreza
y todos los otros aspectos de la vida humana. Resistió la tentación
mediante el poder del cual el hombre puede disponer. Se aferró del trono
de Dios, y no hay hombre o mujer que no pueda disponer de la misma ayuda
mediante la fe en Dios. El hombre puede llegar a convertirse en
participante de la naturaleza divina. No hay una sola alma que no pueda
pedir la ayuda del cielo en la tentación y en la prueba. Cristo vino
para revelar la fuente de su poder, a fin de que el hombre no dependiera
nunca de sus capacidades humanas sin ayuda.
Los que venzan deben emplear al
máximo cada facultad de su ser. Deben luchar afanosamente sobre sus
rodillas pidiendo poder divino delante de Dios. Cristo vino para ser
nuestro ejemplo y para que sepamos que podemos ser participantes de la
naturaleza divina. ¿Cómo? Habiendo huido de la corrupción que hay en el
mundo por la concupiscencia. Satanás no ganó la victoria sobre Cristo.
No puso su pie sobre el alma del Redentor. No tocó la cabeza aunque
hirió el calcañar. Mediante su propio ejemplo, Cristo demostró que el
hombre puede mantenerse en su integridad. Los hombres pueden tener
poder para resistir el mal: un poder que ni la tierra, ni la muerte, ni
el infierno pueden vencer; un poder que los colocará donde puedan vencer
como Cristo venció. En ellos pueden combinarse la divinidad y la
humanidad (RH 18-2-1890).
Las terribles consecuencias de la
transgresión.-
La tentación no es tentación a menos
que haya una posibilidad de rendirse. Se resiste la tentación cuando se
influye poderosamente sobre el hombre para que haga una mala acción, y
éste sabiendo que puede ceder, por fe se resiste a cometerla,
aferrándose firmemente del poder divino. Esta fue la angustiosa prueba
por la que pasó Cristo. Si no hubiera habido la posibilidad de su
caída, no podría haber sido tentado en todo como el hombre es tentado.
Era un ser libre, puesto a prueba como lo fue Adán y como lo es cada
hombre. En sus horas finales, mientras colgaba de la cruz, experimentó
en toda su plenitud lo que el hombre experimenta cuando lucha contra el
pecado. Comprendió cuán malo puede llegar a ser un hombre cuando se
rinde al pecado. Se dio cuenta de las terribles consecuencias de la
transgresión de la ley de Dios, pues pesaba sobre él la iniquidad de
todo el mundo (Yl 20-7-1899).
Cristo, un ser moral libre.-
Las tentaciones a las que fue
sometido Cristo fueron una terrible realidad. Como ser libre, fue puesto
a prueba con la libertad de rendirse ante las tentaciones de Satanás
poniéndose en pugna contra Dios. Si no hubiese sido así, no hubiera
sido posible que cayera. No hubiera sido tentado en todo como es
tentada la familia humana (Yl 26-10-1899).
Cristo puesto a prueba.-
Cristo fue puesto a prueba durante
cierto tiempo. Se revistió de la humanidad para soportar la tentación y
la prueba que no pudo resistir el primer Adán. Si hubiese fracasado en
su prueba y tentación, hubiera sido desobediente a la voz de Dios, y el
mundo se habría perdido (ST 10-5- 1899).
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