El viaje final

Para el 27 de Mayo del 2005

Lección 9

 

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Pr. Isaac López
Dr Carlos E Espinosa
Dr Mario Pereyra
Unión Italiana

 

 El Deseado de todas las Gentes

CAPÍTULO 66

Controversias

LOS SACERDOTES y gobernantes habían escuchado en silencio las acertadas reprensiones de Cristo. No podían refutar sus acusaciones, pero estaban tanto más resueltos a entramparlo, y con ese objeto le mandaron espías "que se simulasen justos, para sorprenderle en palabras, para que le entregasen al principado y a la potestad del presidente." No le mandaron a los ancianos fariseos a quienes Jesús había hecho frente muchas veces, sino a jóvenes, ardientes y celosos, y a quienes, pensaban ellos, Cristo no conocía. Iban acompañados por algunos herodianos, que debían oír las palabras de Cristo, a fin de poder testificar contra él en su juicio. Los fariseos y los herodianos habían sido acérrimos enemigos, pero estaban ahora unidos en la enemistad contra Cristo.

Los fariseos se habían sentido siempre molestos bajo la exacción del tributo por los romanos. Sostenían que el pago del tributo era contrario a la ley de Dios. Pero ahora veían una oportunidad de tender un lazo a Jesús. Los espías vinieron a él, con aparente sinceridad, como deseosos de conocer su deber, y dijeron: "Maestro, sabemos que dices y enseñas bien, y que no tienes respeto a persona; antes enseñas el camino de Dios con verdad. ¿Nos es lícito dar tributo a César, o no?"  Las palabras: "Sabemos que dices y enseñas bien," habrían sido una maravillosa admisión si hubiesen sido sinceras. Pero fueron pronunciadas con el fin de engañar. Sin embargo, su testimonio era verídico. Los fariseos sabían que Cristo hablaba y enseñaba correctamente, y por su propio testimonio serán juzgados.

Los que interrogaban a Jesús pensaban que habían disfrazado suficientemente su propósito; pero Jesús leía su corazón como un libro abierto, y sondeó su hipocresía. "¿Por qué me tentáis?" dijo dándoles así una señal que no habían pedido, al demostrarles que discernía su oculto propósito. Se vieron aun 554 más confusos cuando añadió: "Mostradme la moneda." Se la trajeron, y les preguntó: "¿De quién tiene la imagen y la inscripción? Y respondiendo dijeron: De César." Señalando la inscripción de la moneda, Jesús dijo: "Pues dad a César lo que es de César; y lo que es de Dios, a Dios."

Los espías habían esperado que Jesús contestase directamente su pregunta, en un sentido o en otro. Si les dijese: Es ilícito pagar tributo a César, le denunciarían a las autoridades romanas, y éstas le arrestarían por incitar a la rebelión. Pero en caso de que declarase lícito el pago del tributo, se proponían acusarle ante el pueblo como opositor de la ley de Dios. Ahora se sintieron frustrados y derrotados. Sus planes quedaron trastornados. La manera sumaria en que su pregunta había sido decidida no les dejaba nada más que decir.

La respuesta de Cristo no era una evasiva, sino una cándida respuesta a la pregunta. Teniendo en su mano la moneda romana, sobre la cual estaban estampados el nombre y la imagen de César, declaró que ya que estaban viviendo bajo la protección del poder romano, debían dar a ese poder el apoyo que exigía mientras no estuviese en conflicto con un deber superior. Pero mientras se sujetasen pacíficamente a las leyes del país, debían en toda oportunidad tributar su primera fidelidad a Dios.

Las palabras del Salvador: "Dad . . . lo que es de Dios, a Dios," eran una severa reprensión para los judíos intrigantes. Si hubiesen cumplido fielmente sus obligaciones para con Dios, no habrían llegado a ser una nación quebrantada, sujeta a un poder extranjero. Ninguna insignia romana habría ondeado jamás sobre Jerusalén, ningún centinela romano habría estado en sus puertas, ningún gobernador romano habría regido dentro de sus murallas. La nación judía estaba entonces pagando la penalidad de su apartamiento de Dios.

Cuando los fariseos oyeron la respuesta de Cristo, "se maravillaron, y dejándole se fueron." Había reprendido su hipocresía y presunción, y al hacerlo había expuesto un gran principio, un principio que define claramente los límites del deber que tiene el hombre para con el gobierno civil y su deber para con Dios. En muchos intelectos quedó decidida una cuestión que los había estado afligiendo. Desde entonces se aferraron al 555 principio correcto. Y aunque muchos se fueron desconformes, vieron que el principio básico de la cuestión había sido presentado claramente, y se asombraban del discernimiento previsor de Cristo.

No bien fueron reducidos al silencio los fariseos, llegaron los saduceos con sus preguntas arteras. Los dos partidos se hacían mutuamente una acerba oposición. Los fariseos eran rígidos adherentes de la tradición. Eran rigurosos en las ceremonias externas, diligentes en los lavamientos, ayunos, largas oraciones y limosnas ostentosas. Pero Cristo declaró que anulaban la ley de Dios enseñando como doctrinas los mandamientos de los hombres. Formaban una clase fanática e hipócrita. Sin embargo, había entre ellos personas de piedad verdadera, que aceptaban las enseñanzas de Cristo y llegaron a ser sus discípulos. Los saduceos rechazaban las tradiciones de los fariseos. Profesaban creer la mayor parte de las Escrituras, y considerarlas como su norma de acción; pero en la práctica eran escépticos y materialistas.

Los saduceos negaban la existencia de los ángeles, la resurrección de los muertos y la doctrina de una vida futura, con sus recompensas y castigos. En todos estos puntos, diferían de los fariseos. Entre los dos partidos, la resurrección era un tema especial de controversia. Al principio, los fariseos creían firmemente en la resurrección, pero, con estas discusiones, sus opiniones acerca del estado futuro se volvieron confusas. La muerte llegó a ser para ellos un misterio inexplicable. Su incapacidad para hacer frente a los argumentos de los saduceos era ocasión de continua irritación. Las discusiones entre las dos partes tenían generalmente como resultado airadas disputas que los separaban siempre más.

Los saduceos eran mucho menos numerosos que sus oponentes, y no tenían mucho dominio sobre el pueblo común; pero muchos de ellos eran ricos y ejercían la influencia que imparte la riqueza. En sus filas figuraba la mayor parte de los sacerdotes, y de entre ellos se elegía generalmente al sumo sacerdote. Pero esto se hacía, sin embargo, con la expresa estipulación de que no fuesen recalcadas sus opiniones escépticas. Debido al número y la popularidad de los fariseos, era necesario para los saduceos dar su aquiescencia externa a 556 sus doctrinas mientras ocupaban un cargo sacerdotal. Pero el hecho mismo de que eran elegibles para tales cargos, daba influencia a sus errores.

Los saduceos rechazaban la enseñanza de Jesús. El estaba animado por un espíritu cuya manifestación en esta forma no querían reconocer; y su enseñanza acerca de Dios y de la vida futura contradecía sus teorías. Creían en Dios, como el único ser superior al hombre; pero argüían que una providencia directora y una previsión divina privarían al hombre del carácter de agente moral libre y le degradarían a la posición de un esclavo. Creían que, habiendo creado al hombre, Dios le había abandonado a sí mismo, independiente de una influencia superior. Sostenían que el hombre estaba libre para regir su propia vida y amoldar los acontecimientos del mundo; que su destino estaba en sus propias manos. Negaban que el Espíritu de Dios obrase por medio de los esfuerzos humanos o medios naturales. Sin embargo, sostenían que, por el debido empleo de sus facultades naturales, el hombre podía elevarse e ilustrarse; que por exigencias rigurosas y austeras podía purificarse su vida.

Sus ideas acerca de Dios amoldaban su carácter. Como en su opinión no tenía él interés en el hombre, tenían poca consideración unos para con otros; había poca unión entre ellos. Rehusando reconocer la influencia del Espíritu Santo sobre las acciones humanas, carecían de su poder en sus vidas. Como el resto de los judíos, se jactaban mucho de su derecho de nacimiento como hijos de Abrahán y de su estricta adhesión a los requerimientos de la ley; pero estaban desprovistos del verdadero espíritu de la ley, así como de la fe y benevolencia de Abrahán. Sus simpatías naturales eran muy estrechas. Creían que era posible para todos los hombres conseguir las comodidades y bendiciones de la vida; y sus corazones no se conmovían por las necesidades y los sufrimientos ajenos. Vivían para sí mismos.

Por sus palabras y obras, Cristo testificaba de un poder divino que produce resultados sobrenaturales, de una vida futura más allá de la presente, de Dios como Padre de los hijos de los hombres, que siempre vela por sus intereses verdaderos. Revelaba la obra del poder divino en la benevolencia y compasión 557 que reprendía el carácter egoísta y exclusivo de los saduceos. Enseñaba que para el bien temporal y eterno del hombre, Dios obra en el corazón por el Espíritu Santo. De mostraba el error de confiar en el poder humano para aquella  transformación del carácter que puede ser realizada única mente por el Espíritu de Dios.

 Los saduceos estaban resueltos a desacreditar esta enseñanza. Al buscar una controversia con Jesús, confiaban en que arruinarían su reputación, aun cuando no pudiesen obtener su condenación. La resurrección fue el tema acerca del cual decidieron interrogarle. En caso de manifestarse de acuerdo con ellos, iba a ofender aun más a los fariseos. Si difiriese de su parecer, se proponían poner su enseñanza en ridículo.

Los saduceos razonaban que si el cuerpo se ha de componer en su estado inmortal de las mismas partículas de materia que en su estado mortal, entonces cuando resucite de los muertos, tendrá que tener carne y sangre, y reasumir en el mundo eterno la vida interrumpida en la tierra. En tal caso, concluían que las relaciones terrenales se reanudarían, el esposo y la es posa volverían a unirse, se consumarían los matrimonios, y todas las cosas irían como antes de la muerte, perpetuándose en la vida futura las fragilidades y pasiones de esta vida.

En respuesta a sus preguntas, Jesús alzó el velo de la vida futura. "En la resurrección --dijo-- ni los hombres tomarán mujeres, ni las mujeres maridos; mas son como los ángeles de Dios en el cielo." Demostró que los saduceos estaban equivocados en su creencia. Sus premisas eran falsas. "Erráis --añadió,-- ignorando las Escrituras y el poder de Dios." No los acusó, como había acusado a los fariseos, de hipocresía, sino de error en sus creencias.

Los saduceos se habían lisonjeado de que entre todos los hombres eran los que se adherían más estrictamente a las Escrituras. Pero Jesús demostró que no conocían su verdadero significado. Este conocimiento debe ser grabado en el corazón por la iluminación del Espíritu Santo. Su ignorancia de las Escrituras y del poder de Dios, declaró él, eran causa de la confusión de su fe y de las tinieblas mentales en que se hallaban. Trataban de abarcar los misterios de Dios con su raciocinio finito. Cristo los invitó a abrir sus mentes a las 558 verdades sagradas que ampliarían y fortalecerían el entendimiento. Millares se vuelven incrédulos porque sus mentes finitas no pueden comprender los misterios de Dios. No pueden explicar la maravillosa manifestación del poder divino en  sus providencias, y por lo tanto rechazan las evidencias de un poder tal, atribuyéndolas a los agentes naturales que les son aun más difíciles de comprender. La única clave de los misterios que nos rodean consiste en reconocer en todos ellos la presencia y el poder de Dios. Los hombres necesitan reconocer a Dios como el Creador del universo, el que ordena y ejecuta todas las cosas. Necesitan una visión más amplia de su carácter y del misterio de sus agentes.

Cristo declaró a sus oyentes que si no hubiese resurrección de los muertos, las Escrituras que profesaban creer no tendrían utilidad. El dijo: "Y de la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído lo que os es dicho por Dios, que dice: Yo soy el Dios de Abraham, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob?" Dios no es Dios de muertos, sino de vivos. Dios cuenta las cosas que no son como si fuesen. El ve el fin desde el principio, y contempla el resultado de su obra como si estuviese ya terminada. Los preciosos muertos, desde Adán hasta el último santo que muera, oirán la voz del Hijo de Dios, y saldrán del sepulcro para tener vida inmortal. Dios será su Dios, y ellos serán su pueblo. Habrá una relación íntima y tierna entre Dios y los santos resucitados. Esta condición, que se anticipa en su propósito, es contemplada por él como si ya existiese. Para él los muertos viven.

Los saduceos fueron reducidos al silencio por las palabras de Cristo. No le pudieron contestar. No había dicho una sola palabra de la cual pudiesen aprovecharse para condenarle. Sus adversarios no habían ganado nada, sino el desprecio del pueblo.

Sin embargo, los fariseos no desesperaban de inducirle a decir algo que pudiesen usar contra él. Persuadieron a cierto sabio escriba a que interrogase a Jesús acerca de cuál de los diez preceptos de la ley tenía la mayor importancia.

Los fariseos habían exaltado los cuatro primeros mandamientos, que señalaban el deber del hombre para con su Hacedor, como si fuesen de mucho mayor consecuencia que los 559 otros seis, que definen los deberes del hombre para con sus semejantes. Como resultado, les faltaba piedad práctica. Jesús había demostrado a la gente su gran deficiencia y había enseñado la necesidad de las buenas obras, declarando que se conoce el árbol por sus frutos. Por esta razón, le habían acusado de exaltar los últimos seis mandamientos más que los primeros cuatro.

El escriba se acercó a Jesús con una pregunta directa: "¿Cuál es el primer mandamiento de todos?" La respuesta de Cristo es directa y categórica: "El primer mandamiento de todos es: Oye, Israel, el Señor nuestro Dios, el Señor uno es. Amarás pues al Señor tu Dios de todo tu corazón, y  de toda tu alma, y de toda tu mente, y de todas tus fuerzas; este es el principal mandamiento." El segundo es semejante al primero, dijo Cristo; porque se desprende de él: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos." "De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas."

Los primeros cuatro mandamientos del Decálogo están resumidos en el primer gran precepto: "Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón." Los últimos seis están incluidos en el otro: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo." Estos dos mandamientos son la expresión del principio del amor. No se puede guardar el primero y violar el segundo, ni se puede guardar el segundo mientras se viola el primero. Cuando Dios ocupe en el trono del corazón su lugar legítimo, nuestro prójimo recibirá el lugar que le corresponde. Le amaremos como a nosotros mismos. Únicamente cuando amemos a Dios en forma suprema, será posible amar a nuestro prójimo imparcialmente.

Y puesto que todos los mandamientos están resumidos en el amor a Dios y al prójimo, se sigue que ningún precepto puede quebrantarse sin violar este principio. Así enseñó Cristo a sus oyentes que la ley de Dios no consiste en cierto número de preceptos separados, algunos de los cuales son de gran importancia, mientras otros tienen poca y pueden ignorarse con impunidad. Nuestro Señor presenta los primeros cuatro y los últimos seis mandamientos como un conjunto divino, y enseña que el amor a Dios se manifestará por la obediencia a todos sus mandamientos. 560

El escriba que había interrogado a Jesús estaba bien instruido en la ley y se asombró de sus palabras. No esperaba que manifestase un conocimiento tan profundo y cabal de las Escrituras. Obtuvo una visión más amplia de los principios básicos de los preceptos sagrados. Delante de los sacerdotes y gobernantes congregados, reconoció honradamente que Cristo había dado la debida interpretación a la ley, diciendo:

"Bien, Maestro, verdad has dicho, que uno es Dios, y no hay otro fuera de él; y que amarle de todo corazón, y de todo entendimiento, y de toda el alma, y de todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo, más es que todos los holocaustos y sacrificios.

La sabiduría de la respuesta de Cristo había convencido al escriba. Sabía que la religión judía consistía en ceremonias externas más bien que en piedad interna. Sentía en cierta medida la inutilidad de las ofrendas ceremoniales, y del derramamiento de sangre para la expiación del pecado si no iba acompañado de fe. El amor y la obediencia a Dios, la consideración abnegada para con el hombre, le parecían de más valor que todos estos ritos. La disposición de este hombre a reconocer la corrección del raciocinio de Cristo y su respuesta decidida y pronta delante de la gente, manifestaban un espíritu completamente diferente del de los sacerdotes y gobernantes. El corazón de Jesús se compadeció del honrado escriba que se había atrevido a afrontar el ceño de los sacerdotes y las amenazas de los gobernantes al expresar las convicciones de su corazón. "Jesús entonces, viendo que había respondido sabiamente, le dice: No estás lejos del reino de Dios."

El escriba estaba cerca del reino de Dios porque reconocía que las obras de justicia son más aceptables para Dios que los holocaustos y sacrificios. Pero necesitaba reconocer el carácter divino de Cristo, y por la fe en él recibir el poder para hacer las obras de justicia. El servicio ritual no tenía ningún valor a menos que estuviese relacionado con Cristo por una fe viva. Aun la ley moral no cumple su propósito a menos que se entienda en su relación con el Salvador. Cristo había demostrado repetidas veces que la ley de su Padre contenía algo más profundo que sólo órdenes autoritarias. En la ley se encarnaba el mismo principio revelado en el Evangelio. La ley señala su 561 deber al hombre y le muestra su culpabilidad. Este debe buscar en Cristo perdón y poder para hacer lo que la ley ordena.

Los fariseos se habían acercado en derredor de Jesús mientras contestaba la pregunta del escriba. Ahora él les dirigió una pregunta: "¿Qué os parece del Cristo? ¿de quién es Hijo?" Esta pregunta estaba destinada a probar su fe acerca del Mesías, a demostrar si le consideraban simplemente como hombre o como Hijo de Dios. Un coro de voces contestó: "De David." Tal era el título que la profecía había dado al Mesías. Cuando Jesús revelaba su divinidad por sus poderosos milagros, cuando sanaba a los enfermos y resucitaba a los muertos, la gente se había preguntado entre sí: "¿No es éste el Hijo de David?" La mujer sirofenisa, el ciego Bartimeo y muchos otros, habían clamado a él por ayuda: "Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí." * Mientras cabalgaba en dirección a Jerusalén, había sido saludado con la gozosa aclamación: "¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!"* Y en el templo los niñitos se habían hecho eco ese  mismo día de este alegre reconocimiento. Pero muchos de los que llamaban a Jesús Hijo de David, no reconocían su divinidad. No comprendían que el Hijo de David era también el Hijo de Dios.

En respuesta a la declaración de que el Cristo era el Hijo de David, Jesús dijo: "¿Pues cómo David en Espíritu [el Espíritu de inspiración proveniente de Dios] le llama Señor, diciendo: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, entre tanto que pongo tus enemigos por estrado de tus pies? Pues si David le llama Señor, ¿cómo es su Hijo? Y nadie le podía responder palabra; ni osó alguno desde aquel día preguntarle más." 562

CAPÍTULO 67

Ayes Sobre los Fariseos

ERA el último día que Cristo enseñara en el templo. La atención de todos los que formaban las vastas muchedumbres que se habían reunido en Jerusalén había sido atraída a él; el pueblo se había congregado en los atrios del templo, y atento a la contienda que se había desarrollado, no había perdido una palabra de las que cayeron de los labios de Jesús. Nunca se había presenciado una escena tal. Allí estaba el joven galileo, sin honores terrenales ni insignias reales. En derredor de él estaban los sacerdotes con sus lujosos atavíos, los gobernantes con sus mantos e insignias que indicaban su posición exaltada, y los escribas teniendo en las manos los rollos a los cuales se referían con frecuencia. Jesús estaba serenamente delante de ellos con la dignidad de un rey. Como investido de la autoridad celestial, miraba sin vacilación a sus adversarios, que habían rechazado y despreciado sus enseñanzas, y estaban sedientos de su vida. Le habían asaltado en gran número, pero sus maquinaciones para entramparle y condenarle habían sido inútiles. Había hecho frente a un desafío tras otro, presentando la verdad pura y brillante en contraste con las tinieblas y los errores de los sacerdotes y fariseos. Había expuesto a estos dirigentes su verdadera condición, y la retribución que con seguridad se atraerían si persistían en sus malas acciones. La amonestación había sido dada fielmente. Sin embargo, Cristo tenía aún otra obra que hacer. Le quedaba todavía un propósito por cumplir.

El interés del pueblo en Cristo y su obra había aumentado constantemente. A los circunstantes les encantaba su enseñanza, pero también los dejaba muy perplejos. Habían respetado a los sacerdotes y rabinos por su inteligencia y piedad aparente. En todos los asuntos religiosos, habían prestado siempre obediencia implícita a su autoridad. Pero ahora veían que estos hombres trataban de desacreditar a Jesús, maestro 563 cuya virtud y conocimiento se destacaban con mayor brillo a cada asalto que sufría. Miraban los semblantes agachados de los sacerdotes y ancianos, y allí veían confusión y derrota. Se maravillaban de que los sacerdotes no quisieran creer en Jesús, cuando sus enseñanzas eran tan claras y sencillas. No sabían ellos mismos qué conducta asumir. Con ávida ansiedad, se fijaban en los movimientos de aquellos cuyos consejos habían seguido siempre.

En las parábolas que Cristo había pronunciado, era su propósito amonestar a los sacerdotes e instruir a la gente que estaba dispuesta a ser enseñada. Pero era necesario hablar aun más claramente. La gente estaba esclavizada por su actitud reverente hacia la tradición y por su fe ciega en un sacerdocio corrompido. Cristo debía romper esas cadenas. El carácter de los sacerdotes, gobernantes y fariseos debía ser expuesto plenamente.

"Sobre la cátedra de Moisés --dijo él,-- se sentaron los escribas y los Fariseos: así que todo lo que os dijeren que guardéis, guardadlo y hacedlo; mas no hagáis conforme a sus obras: porque dicen y no hacen." Los escribas y los fariseos aseveraban estar investidos de autoridad divina similar a la de Moisés. Aseveraban reemplazarle como expositores de la ley y jueces del pueblo. Como tales, exigían del pueblo absoluto respeto y obediencia. Jesús invitó a sus oyentes a hacer lo que los rabinos les enseñaban según la ley, pero no a seguir su ejemplo. Ellos mismos no practicaban sus propias enseñanzas.

Y, además, enseñaban muchas cosas contrarias a las Escrituras. Jesús dijo: "Porque atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; mas ni aun con su dedo las quieren mover." Los fariseos imponían una multitud de reglamentos fundados en la tradición, que restringían irracionalmente la libertad personal. Y explicaban ciertas porciones de la ley de tal manera que imponían al pueblo observancias que ellos mismos pasaban por alto en secreto, y de las cuales, cuando respondía a su propósito, hasta aseveraban estar exentos.

Su objeto constante consistía en hacer ostentación de su piedad. Para ellos, nada era demasiado sagrado para servir a este fin. Dios había dicho a Moisés acerca de sus leyes: "Has 564 de atarlas por señal en tu mano, y estarán por frontales entre tus ojos."*  Estas palabras tienen un significado profundo. A medida que se medite en la Palabra de Dios y se la practique, el ser entero quedará ennoblecido. Al obrar con justicia y misericordia, las manos revelarán, como señal, los principios de la ley de Dios. Se mantendrán libres de cohecho, y de todo lo que sea corrupto y engañoso. Serán activas en obras de amor y compasión. Los ojos, dirigidos hacia un propósito noble, serán claros y veraces. El semblante y los ojos expresivos atestiguarán el carácter inmaculado de aquel que ama y honra la Palabra de Dios. Pero los judíos del tiempo de Cristo no  discernían todo eso. La orden dada a Moisés había sido torcida en el sentido de que los preceptos de la Escritura debían llevarse sobre la persona. Por consiguiente se escribían en tiras de pergamino o filacterias que se ataban en forma conspicua en derredor de la cabeza y de las  muñecas. Pero esto no daba a la ley de Dios dominio más firme sobre la mente y el corazón. Se llevaban estos pergaminos simplemente como insignias para llamar la atención. Se creía que daban a quienes los llevasen un aire de devoción capaz de inspirar reverencia al pueblo. Jesús asestó un golpe a esta vana pretensión:

"Antes, todas sus obras hacen para ser mirados de los hombres; porque ensanchan sus filacterias, y extienden los flecos de sus mantos; y aman los primeros asientos en las cenas, y las primeras sillas en las sinagogas; y las salutaciones en las plazas, y ser llamados de los hombres Rabbí, Rabbí. Mas vosotros, no queráis ser llamados Rabbí; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo; y todos vosotros sois hermanos. Y vuestro padre no llaméis a nadie en la tierra; porque uno es vuestro Padre, el cual está en los cielos. Ni seáis llamados maestros; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo." En estas claras palabras, el Salvador reveló la ambición egoísta que constantemente procuraba obtener cargos y poder manifestando una humildad ficticia, mientras el corazón estaba lleno de avaricia y envidia. Cuando las personas eran invitadas a una fiesta, los huéspedes se sentaban de acuerdo con su jerarquía, y los que obtenían el puesto más honorable recibían la primera atención y favores especiales. Los fariseos estaban siempre maquinando para obtener estos honores. Jesús reprendió esta práctica. 565

También reprendió la vanidad manifestada al codiciar el título de rabino o maestro. Declaró que este título no pertenecía a los hombres, sino a Cristo. Los sacerdotes, escribas, gobernantes, expositores y administradores de la ley, eran todos hermanos, hijos de un mismo Padre. Jesús enseñó enfáticamente a la gente que no debía dar a ningún hombre un título de honor que indicase su dominio de la conciencia y la fe.

Si Cristo estuviese en la tierra hoy rodeado por aquellos que llevan el título de "Reverendo" o "Reverendísimo," ¿no repetiría su aserto: "Ni seáis llamados maestros; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo"? La Escritura declara acerca de Dios: "Santo y terrible [reverendo, en inglés] es su nombre."* ¿A qué ser humano cuadra un título tal ? Cuán poco revela el hombre de la sabiduría y justicia que indica. Cuántos de los que asumen este título representan falsamente el nombre y el carácter de Dios. ¡ Ay, cuántas veces la ambición y el despotismo mundanales y los pecados más viles han estado ocultos bajo las bordadas vestiduras de un cargo alto y santo! El Salvador continuó:

"El que es el mayor de vosotros, sea vuestro siervo. Porque el que se ensalzare, será humillado; y el que se humillare, será ensalzado." Repetidas veces Cristo había enseñado que la verdadera grandeza se mide por el valor moral. En la estima del cielo, la grandeza de carácter consiste en vivir para el bienestar de nuestros semejantes, en hacer obras de amor y misericordia. Cristo, el Rey de gloria, fue siervo del hombre caído.

"¡Ay de vosotros, escribas y Fariseos, hipócritas! --dijo Jesús,-- porque cerráis el reino de los cielos delante de los hombres; que ni vosotros entráis, ni a los que están entrando dejáis entrar." Pervirtiendo las Escrituras, los sacerdotes y doctores de la ley cegaban la mente de aquellos que de otra manera habrían recibido un conocimiento del reino de Cristo y la vida interior y divina que es esencial para la verdadera santidad.

"¡Ay de vosotros, escribas y Fariseos, hipócritas! porque coméis las casas de las viudas, y por pretexto hacéis larga oración: por esto llevaréis más grave juicio." Los fariseos ejercían gran influencia sobre la gente, y la aprovechaban para servir sus propios intereses. Conquistaban la confianza de viudas piadosas, y les indicaban que era su deber dedicar su propiedad 566 a fines religiosos. Habiendo conseguido el dominio de su dinero, los astutos maquinadores lo empleaban para su propio beneficio. Para cubrir su falta de honradez, ofrecían largas oraciones en público y hacían gran ostentación de piedad. Cristo declaró que esta hipocresía les atraería mayor condenación. La misma reprensión cae sobre muchos que en nuestro tiempo hacen alta profesión de piedad. Su vida está manchada de egoísmo y avaricia, pero arrojan sobre ella un manto de aparente pureza, y así por un tiempo engañan a sus semejantes. Pero no pueden engañar a Dios. El lee todo propósito del corazón, y juzgará a cada uno según sus obras.

Cristo no escatimó la condenación de los abusos, pero se esmeró en no reducir las obligaciones. Reprendió el egoísmo que extorsionaba y aplicaba mal los donativos de la viuda. Al mismo tiempo, alabó a la viuda que había traído su ofrenda a la tesorería de Dios. El abuso que hacía el hombre del donativo no podía desviar la bendición que Dios concedía a la dadora.

Jesús estaba en el atrio donde se hallaban los cofres del tesoro, y miraba a los que venían para depositar sus donativos. Muchos de los ricos traían sumas elevadas, que presentaban con gran ostentación. Jesús los miraba tristemente, pero sin hacer comentario acerca de sus ingentes ofrendas. Luego su rostro se iluminó al ver a una pobre viuda acercarse con vacilación, como temerosa de ser observada. Mientras los ricos y altaneros pasaban para depositar sus ofrendas, ella vacilaba como si no se atreviese a ir más adelante. Y sin embargo, anhelaba hacer algo, por poco que fuese, en favor de la causa que amaba. Miraba el donativo que tenía en la mano. Era muy pequeño en comparación con los que traían aquellos que la rodeaban, pero era todo lo que tenía. Aprovechando su oportunidad, echó apresuradamente sus dos blancas y se dio vuelta para irse. Pero al hacerlo, notó que la mirada de Jesús se fijaba con fervor en ella.

El1 Salvador llamó a sí a sus discípulos, y les pidió que notasen la pobreza de la viuda. Entonces sus palabras de elogio cayeron en los oídos de ella: "De verdad os digo, que esta pobre viuda echó más que todos." Lágrimas de gozo llenaron sus ojos al sentir que su acto era comprendido y  apreciado. Muchos le habrían aconsejado que guardase su pitanza para 567 su propio uso. Puesto en las manos de los bien alimentados sacerdotes, se perdería de vista entre los muchos y costosos donativos traídos a la tesorería. Pero Jesús comprendía el motivo de ella. Ella creía que el servicio del templo era ordenado por Dios, y anhelaba hacer cuanto pudiese para sostenerlo. Hizo lo que pudo, y su acto había de ser un monumento a su memoria para todos los tiempos, y su gozo en la eternidad. Su corazón acompañó a su donativo, cuyo valor se había de estimar, no por el de la moneda, sino por el amor hacia Dios y el interés en su obra que había impulsado la acción.

Jesús dijo acerca de la pobre viuda: "Echó más que todos." Los ricos habían dado de su abundancia, muchos de ellos para ser vistos y honrados de los hombres. Sus grandes donativos no los habían privado de ninguna comodidad, ni siquiera de algún lujo; no habían requerido sacrificio alguno y no podían compararse en valor con las blancas de la viuda.

Es el motivo lo que da carácter a nuestros actos, marcándolos con ignominia o con alto valor moral. No son las cosas grandes que todo ojo ve y que toda lengua alaba lo que Dios tiene por más precioso. Los pequeños deberes cumplidos alegremente, los pequeños donativos dados sin ostentación, y que a los ojos humanos pueden parecer sin valor, se destacan con frecuencia más altamente a su vista. Un corazón lleno de fe y de amor es más apreciable para Dios que el don más costoso. La pobre viuda dio lo que necesitaba para vivir al dar lo poco que dio. Se privó de alimento para entregar esas dos blancas a la causa que amaba. Y lo hizo con fe, creyendo que su Padre celestial no pasaría por alto su gran necesidad. Fue este espíritu abnegado y esta fe infantil lo que mereció el elogio del Salvador.

Entre los pobres hay muchos que desean demostrar su gratitud a Dios por su gracia y verdad. Anhelan participar con sus hermanos más prósperos en el sostenimiento de su servicio. Estas almas no deben ser repelidas. Permítaseles poner sus blancas en el banco del cielo. Si las dan con corazón lleno de amor por Dios, estas aparentes bagatelas llegan a ser donativos consagrados, ofrendas inestimables que Dios aprecia y bendice.

Cuando Jesús dijo acerca de la viuda: "Echó más que todos" 568 sus palabras expresaron la verdad no sólo en cuanto al motivo, sino acerca de los resultados de su don. Las "dos blancas, que son un maravedí," han traído a la tesorería de Dios una cantidad de dinero mucho mayor que las contribuciones de aquellos judíos ricos. La influencia de ese pequeño donativo ha sido como un arroyo, pequeño en su principio, pero que se ensancha y se profundiza a medida que va fluyendo en el transcurso de los siglos. Ha contribuido de mil maneras al alivio de los pobres y a la difusión del Evangelio. El ejemplo de abnegación de esa mujer ha obrado y vuelto a obrar en miles de corazones en todo país, en toda época. Ha impresionado tanto a ricos como a pobres, y sus ofrendas han aumentado el valor de su donativo. La bendición de Dios sobre las blancas de la viuda ha hecho de ellas una fuente de grandes resultados. Así también sucede con cada don entregado y todo acto realizado con un sincero deseo de glorificar a Dios. Está vinculado con los propósitos de la Omnipotencia. Nadie puede medir sus resultados para el bien.

El Salvador continuó denunciando a los escribas y fariseos: "¡Ay de vosotros, guías ciegos! que decís: Cualquiera que jurare por el templo es nada; mas cualquiera que jurare por el oro del templo, deudor es. ¡Insensatos y ciegos! porque ¿cuál es mayor, el oro, o el templo que santifica al oro? Y: Cualquiera que jurare por el altar, es nada; mas cualquiera que jurare por el presente que está sobre él, deudor es. ¡Necios y ciegos! porque, ¿cuál es mayor, el presente, o el altar que santifica al presente?" Los sacerdotes interpretaban los requerimientos de Dios según su propia norma falsa y estrecha. Presumían de hacer delicadas distinciones en cuanto a la culpa comparativa de diversos pecados, pasando ligeramente sobre algunos, y tratando a otros, que eran tal vez de menor consecuencia, como imperdonables. Por cierta consideración pecuniaria, dispensaban a las personas de sus votos. Y por grandes sumas de dinero, pasaban a veces por alto crímenes graves. Al mismo tiempo, estos sacerdotes y gobernantes pronunciaban en otros casos severos juicios por ofensas triviales.

"¡Ay de vosotros, escribas y Fariseos, hipócritas! porque diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejasteis lo que es lo más grave de la ley, es a saber, el juicio y la misericordia 569 y la fe: esto era menester hacer, y no dejar lo otro." En estas palabras Cristo vuelve a condenar el abuso de la obligación sagrada. No descarta la obligación misma. El sistema del diezmo era ordenado por Dios y había sido observado desde los tiempos más remotos. Abrahán, padre de los fieles, pagó diezmo de todo lo que poseía. Los gobernantes judíos reconocían la obligación de pagar diezmo, y eso estaba bien; pero no dejaban a la gente libre para ejecutar sus propias convicciones del deber. Habían trazado reglas arbitrarias para cada caso. Los requerimientos habían llegado a ser tan complicados que era imposible cumplirlos. Nadie sabía cuándo sus obligaciones estaban satisfechas. Como Dios lo dio, el sistema era justo y razonable, pero los sacerdotes y rabinos habían hecho de él una carga pesada.

Todo lo que Dios ordena tiene importancia. Cristo reconoció que el pago del diezmo es un deber; pero demostró que no podía disculpar la negligencia de otros deberes. Los fariseos eran muy exactos en diezmar las hierbas del jardín como la menta, el anís y el comino; esto les costaba poco, y les daba reputación de meticulosos y santos. Al mismo tiempo, sus restricciones inútiles oprimían a la gente y destruían el respeto por el sistema sagrado ideado por Dios mismo. Ocupaban la mente de los hombres con distinciones triviales y apartaban su atención de las verdades esenciales. Los asuntos más graves de la ley: la justicia, la misericordia y la verdad, eran descuidados. "Esto --dijo Cristo,-- era menester hacer, y no dejar lo otro."

Otras leyes habían sido pervertidas igualmente por los rabinos. En las instrucciones dadas por medio de Moisés, se prohibía comer cosa inmunda. El consumo de carne de cerdo y de ciertos otros animales estaba prohibido, porque podían llenar la sangre de impurezas y acortar la vida. Pero los fariseos no dejaban estas restricciones como Dios las había dado. Iban a extremos injustificados. Entre otras cosas, exigían a la gente que colase toda el agua que bebiese, por si acaso contuviese el menor insecto capaz de ser clasificado entre los animales inmundos. Jesús, contrastando estas exigencias triviales con la magnitud de sus pecados reales, dijo a los fariseos: "¡Guías ciegos, que coláis el mosquito, mas tragáis el camello!"

"¡Ay de vosotros, escribas y Fariseos, hipócritas! porque 570 sois semejantes a sepulcros blanqueados, que de fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas de dentro están llenos de huesos de muertos y de toda suciedad." Como la tumba blanqueada y hermosamente decorada ocultaba en su interior restos putrefactos, la santidad externa de los sacerdotes y gobernantes ocultaba iniquidad. Jesús continuó:

"¡Ay de vosotros, escribas y Fariseos, hipócritas! porque edificáis los sepulcros de los profetas, y adornáis los monumentos de los justos, y decís: Si fuéramos en los días de nuestros padres, no hubiéramos sido sus compañeros en la sangre de los profetas. Así que, testimonio dais a vosotros mismos, que sois hijos de aquellos que mataron a los profetas." A fin de manifestar su estima por los profetas muertos, los judíos eran muy celosos en hermosear sus tumbas; pero no aprovechaban sus enseñanzas, ni prestaban atención a sus reprensiones.

En los días de Cristo, se manifestaba consideración supersticiosa hacia los lugares de descanso de los muertos, y se prodigaban grandes sumas de dinero para adornarlos. A la vista de Dios, esto era idolatría. En su indebida consideración por los muertos, los hombres demostraban que no amaban a Dios sobre todas las cosas ni a su prójimo como a sí mismos. La misma idolatría se lleva a grados extremos hoy. Muchos son culpables de descuidar a la viuda y a los huérfanos, a los enfermos y a los pobres, para edificar costosos monumentos en honor a los muertos. Gastan pródigamente el tiempo, el dinero y el trabajo con este fin, mientras que no cumplen sus deberes para con los vivos, deberes que Cristo ordenó claramente.

Los fariseos construían las tumbas de los profetas, adornaban sus sepulcros y se decían unos a otros: Si hubiésemos vivido en los días de nuestros padres no habríamos participado con ellos en el derramamiento de la sangre de los siervos de Dios. Al mismo tiempo, se proponían quitar la vida de su Hijo. Esto debiera ser una lección para nosotros. Debiera abrir nuestros ojos acerca del poder que tiene Satanás para engañar el intelecto que se aparta de la luz de la verdad. Muchos siguen en las huellas de los fariseos. Reverencian a aquellos que murieron por su fe. Se admiran de la ceguera de los judíos al rechazar a Cristo.  Declaran: Si hubiésemos vivido en su tiempo, habríamos recibido gozosamente sus enseñanzas; nunca habríamos 571 participado en la culpa de aquellos que rechazaron al Salvador. Pero cuando la obediencia a Dios requiere abnegación y humillación, estas mismas personas ahogan sus convicciones y se niegan a obedecer. Así manifiestan el mismo espíritu que los fariseos a quienes Cristo condenó.

Poco comprendían los judíos la terrible responsabilidad que entrañaba el rechazar a Cristo. Desde el tiempo en que fue derramada la primera sangre inocente, cuando el justo Abel cayó a manos de Caín, se ha repetido la misma historia, con culpabilidad cada vez mayor. En cada época, los profetas levantaron su voz contra los pecados de reyes, gobernantes y pueblo, pronunciando las palabras que Dios les daba y obedeciendo su voluntad a riesgo de su vida. De generación en  generación, se fue acumulando un terrible castigo para los que rechazaban la luz y la verdad. Los enemigos de Cristo estaban ahora atrayendo ese castigo sobre sus cabezas. El pecado de los sacerdotes y gobernantes era mayor que el de cualquier generación precedente. Al rechazar al Salvador se estaban haciendo responsables de la sangre de todos los justos muertos desde Abel hasta Cristo. Estaban por hacer rebosar la copa de su iniquidad. Y pronto sería derramada sobre sus cabezas en justicia retributiva. Jesús se lo advirtió:

"Para que venga sobre vosotros toda la sangre justa que se ha derramado sobre la tierra, desde la sangre de Abel el justo, hasta la sangre de Zacarías, hijo de Barachías, al cual matasteis entre el templo y el altar. De cierto os digo que todo esto vendrá sobre esta generación."

Los escribas y fariseos que escuchaban a Jesús sabían que sus palabras eran la verdad. Sabían  cómo había sido muerto el profeta Zacarías. Mientras las palabras de amonestación de Dios estaban sobre sus labios, una furia satánica se apoderó del rey apóstata, y a su orden se dio muerte al profeta. Su sangre manchó las mismas piedras del atrio del templo, y no pudo ser borrada; permaneció como testimonio contra el Israel apóstata. Mientras subsistiese el templo, allí estaría la mancha de aquella sangre justa, clamando por venganza a Dios. Cuando Jesús se refirió a estos terribles pecados, una conmoción de horror sacudió a la multitud.

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Compilador:  Dr. Pedro Martínez.   Proyecto Especial de Ministerios PM©

 

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