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El
Deseado de todas las Gentes
CAPÍTULO 66
Controversias
LOS SACERDOTES y
gobernantes habían escuchado en silencio las acertadas reprensiones de
Cristo. No podían refutar sus acusaciones, pero estaban tanto más
resueltos a entramparlo, y con ese objeto le mandaron espías "que se
simulasen justos, para sorprenderle en palabras, para que le entregasen
al principado y a la potestad del presidente." No le mandaron a los
ancianos fariseos a quienes Jesús había hecho frente muchas veces, sino
a jóvenes, ardientes y celosos, y a quienes, pensaban ellos, Cristo no
conocía. Iban acompañados por algunos herodianos, que debían oír las
palabras de Cristo, a fin de poder testificar contra él en su juicio.
Los fariseos y los herodianos habían sido acérrimos enemigos, pero
estaban ahora unidos en la enemistad contra Cristo.
Los fariseos se
habían sentido siempre molestos bajo la exacción del tributo por los
romanos. Sostenían que el pago del tributo era contrario a la ley de
Dios. Pero ahora veían una oportunidad de tender un lazo a Jesús. Los
espías vinieron a él, con aparente sinceridad, como deseosos de conocer
su deber, y dijeron: "Maestro, sabemos que dices y enseñas bien, y que
no tienes respeto a persona; antes enseñas el camino de Dios con verdad.
¿Nos es lícito dar tributo a César, o no?" Las palabras: "Sabemos que
dices y enseñas bien," habrían sido una maravillosa admisión si hubiesen
sido sinceras. Pero fueron pronunciadas con el fin de engañar. Sin
embargo, su testimonio era verídico. Los fariseos sabían que Cristo
hablaba y enseñaba correctamente, y por su propio testimonio serán
juzgados.
Los que interrogaban
a Jesús pensaban que habían disfrazado suficientemente su propósito;
pero Jesús leía su corazón como un libro abierto, y sondeó su
hipocresía. "¿Por qué me tentáis?" dijo dándoles así una señal que no
habían pedido, al demostrarles que discernía su oculto propósito. Se
vieron aun 554 más confusos cuando añadió: "Mostradme la moneda." Se la
trajeron, y les preguntó: "¿De quién tiene la imagen y la inscripción? Y
respondiendo dijeron: De César." Señalando la inscripción de la moneda,
Jesús dijo: "Pues dad a César lo que es de César; y lo que es de Dios, a
Dios."
Los espías habían
esperado que Jesús contestase directamente su pregunta, en un sentido o
en otro. Si les dijese: Es ilícito pagar tributo a César, le
denunciarían a las autoridades romanas, y éstas le arrestarían por
incitar a la rebelión. Pero en caso de que declarase lícito el pago del
tributo, se proponían acusarle ante el pueblo como opositor de la ley de
Dios. Ahora se sintieron frustrados y derrotados. Sus planes quedaron
trastornados. La manera sumaria en que su pregunta había sido decidida
no les dejaba nada más que decir.
La respuesta de
Cristo no era una evasiva, sino una cándida respuesta a la pregunta.
Teniendo en su mano la moneda romana, sobre la cual estaban estampados
el nombre y la imagen de César, declaró que ya que estaban viviendo bajo
la protección del poder romano, debían dar a ese poder el apoyo que
exigía mientras no estuviese en conflicto con un deber superior. Pero
mientras se sujetasen pacíficamente a las leyes del país, debían en toda
oportunidad tributar su primera fidelidad a Dios.
Las palabras del
Salvador: "Dad . . . lo que es de Dios, a Dios," eran una severa
reprensión para los judíos intrigantes. Si hubiesen cumplido fielmente
sus obligaciones para con Dios, no habrían llegado a ser una nación
quebrantada, sujeta a un poder extranjero. Ninguna insignia romana
habría ondeado jamás sobre Jerusalén, ningún centinela romano habría
estado en sus puertas, ningún gobernador romano habría regido dentro de
sus murallas. La nación judía estaba entonces pagando la penalidad de su
apartamiento de Dios.
Cuando los fariseos
oyeron la respuesta de Cristo, "se maravillaron, y dejándole se fueron."
Había reprendido su hipocresía y presunción, y al hacerlo había expuesto
un gran principio, un principio que define claramente los límites del
deber que tiene el hombre para con el gobierno civil y su deber para con
Dios. En muchos intelectos quedó decidida una cuestión que los había
estado afligiendo. Desde entonces se aferraron al 555 principio
correcto. Y aunque muchos se fueron desconformes, vieron que el
principio básico de la cuestión había sido presentado claramente, y se
asombraban del discernimiento previsor de Cristo.
No bien fueron
reducidos al silencio los fariseos, llegaron los saduceos con sus
preguntas arteras. Los dos partidos se hacían mutuamente una acerba
oposición. Los fariseos eran rígidos adherentes de la tradición. Eran
rigurosos en las ceremonias externas, diligentes en los lavamientos,
ayunos, largas oraciones y limosnas ostentosas. Pero Cristo declaró que
anulaban la ley de Dios enseñando como doctrinas los mandamientos de los
hombres. Formaban una clase fanática e hipócrita. Sin embargo, había
entre ellos personas de piedad verdadera, que aceptaban las enseñanzas
de Cristo y llegaron a ser sus discípulos. Los saduceos rechazaban las
tradiciones de los fariseos. Profesaban creer la mayor parte de las
Escrituras, y considerarlas como su norma de acción; pero en la práctica
eran escépticos y materialistas.
Los saduceos negaban
la existencia de los ángeles, la resurrección de los muertos y la
doctrina de una vida futura, con sus recompensas y castigos. En todos
estos puntos, diferían de los fariseos. Entre los dos partidos, la
resurrección era un tema especial de controversia. Al principio, los
fariseos creían firmemente en la resurrección, pero, con estas
discusiones, sus opiniones acerca del estado futuro se volvieron
confusas. La muerte llegó a ser para ellos un misterio inexplicable. Su
incapacidad para hacer frente a los argumentos de los saduceos era
ocasión de continua irritación. Las discusiones entre las dos partes
tenían generalmente como resultado airadas disputas que los separaban
siempre más.
Los saduceos eran
mucho menos numerosos que sus oponentes, y no tenían mucho dominio sobre
el pueblo común; pero muchos de ellos eran ricos y ejercían la
influencia que imparte la riqueza. En sus filas figuraba la mayor parte
de los sacerdotes, y de entre ellos se elegía generalmente al sumo
sacerdote. Pero esto se hacía, sin embargo, con la expresa estipulación
de que no fuesen recalcadas sus opiniones escépticas. Debido al número y
la popularidad de los fariseos, era necesario para los saduceos dar su
aquiescencia externa a 556 sus doctrinas mientras ocupaban un cargo
sacerdotal. Pero el hecho mismo de que eran elegibles para tales cargos,
daba influencia a sus errores.
Los saduceos
rechazaban la enseñanza de Jesús. El estaba animado por un espíritu cuya
manifestación en esta forma no querían reconocer; y su enseñanza acerca
de Dios y de la vida futura contradecía sus teorías. Creían en Dios,
como el único ser superior al hombre; pero argüían que una providencia
directora y una previsión divina privarían al hombre del carácter de
agente moral libre y le degradarían a la posición de un esclavo. Creían
que, habiendo creado al hombre, Dios le había abandonado a sí mismo,
independiente de una influencia superior. Sostenían que el hombre estaba
libre para regir su propia vida y amoldar los acontecimientos del mundo;
que su destino estaba en sus propias manos. Negaban que el Espíritu de
Dios obrase por medio de los esfuerzos humanos o medios naturales. Sin
embargo, sostenían que, por el debido empleo de sus facultades
naturales, el hombre podía elevarse e ilustrarse; que por exigencias
rigurosas y austeras podía purificarse su vida.
Sus ideas acerca de
Dios amoldaban su carácter. Como en su opinión no tenía él interés en el
hombre, tenían poca consideración unos para con otros; había poca unión
entre ellos. Rehusando reconocer la influencia del Espíritu Santo sobre
las acciones humanas, carecían de su poder en sus vidas. Como el resto
de los judíos, se jactaban mucho de su derecho de nacimiento como hijos
de Abrahán y de su estricta adhesión a los requerimientos de la ley;
pero estaban desprovistos del verdadero espíritu de la ley, así como de
la fe y benevolencia de Abrahán. Sus simpatías naturales eran muy
estrechas. Creían que era posible para todos los hombres conseguir las
comodidades y bendiciones de la vida; y sus corazones no se conmovían
por las necesidades y los sufrimientos ajenos. Vivían para sí mismos.
Por sus palabras y
obras, Cristo testificaba de un poder divino que produce resultados
sobrenaturales, de una vida futura más allá de la presente, de Dios como
Padre de los hijos de los hombres, que siempre vela por sus intereses
verdaderos. Revelaba la obra del poder divino en la benevolencia y
compasión 557 que reprendía el carácter egoísta y exclusivo de los
saduceos. Enseñaba que para el bien temporal y eterno del hombre, Dios
obra en el corazón por el Espíritu Santo. De mostraba el error de
confiar en el poder humano para aquella transformación del carácter que
puede ser realizada única mente por el Espíritu de Dios.
Los saduceos estaban
resueltos a desacreditar esta enseñanza. Al buscar una controversia con
Jesús, confiaban en que arruinarían su reputación, aun cuando no
pudiesen obtener su condenación. La resurrección fue el tema acerca del
cual decidieron interrogarle. En caso de manifestarse de acuerdo con
ellos, iba a ofender aun más a los fariseos. Si difiriese de su parecer,
se proponían poner su enseñanza en ridículo.
Los saduceos
razonaban que si el cuerpo se ha de componer en su estado inmortal de
las mismas partículas de materia que en su estado mortal, entonces
cuando resucite de los muertos, tendrá que tener carne y sangre, y
reasumir en el mundo eterno la vida interrumpida en la tierra. En tal
caso, concluían que las relaciones terrenales se reanudarían, el esposo
y la es posa volverían a unirse, se consumarían los matrimonios, y todas
las cosas irían como antes de la muerte, perpetuándose en la vida futura
las fragilidades y pasiones de esta vida.
En respuesta a sus
preguntas, Jesús alzó el velo de la vida futura. "En la resurrección
--dijo-- ni los hombres tomarán mujeres, ni las mujeres maridos; mas son
como los ángeles de Dios en el cielo." Demostró que los saduceos estaban
equivocados en su creencia. Sus premisas eran falsas. "Erráis
--añadió,-- ignorando las Escrituras y el poder de Dios." No los acusó,
como había acusado a los fariseos, de hipocresía, sino de error en sus
creencias.
Los saduceos se
habían lisonjeado de que entre todos los hombres eran los que se
adherían más estrictamente a las Escrituras. Pero Jesús demostró que no
conocían su verdadero significado. Este conocimiento debe ser grabado en
el corazón por la iluminación del Espíritu Santo. Su ignorancia de las
Escrituras y del poder de Dios, declaró él, eran causa de la confusión
de su fe y de las tinieblas mentales en que se hallaban. Trataban de
abarcar los misterios de Dios con su raciocinio finito. Cristo los
invitó a abrir sus mentes a las 558 verdades sagradas que ampliarían y
fortalecerían el entendimiento. Millares se vuelven incrédulos porque
sus mentes finitas no pueden comprender los misterios de Dios. No pueden
explicar la maravillosa manifestación del poder divino en sus
providencias, y por lo tanto rechazan las evidencias de un poder tal,
atribuyéndolas a los agentes naturales que les son aun más difíciles de
comprender. La única clave de los misterios que nos rodean consiste en
reconocer en todos ellos la presencia y el poder de Dios. Los hombres
necesitan reconocer a Dios como el Creador del universo, el que ordena y
ejecuta todas las cosas. Necesitan una visión más amplia de su carácter
y del misterio de sus agentes.
Cristo declaró a sus
oyentes que si no hubiese resurrección de los muertos, las Escrituras
que profesaban creer no tendrían utilidad. El dijo: "Y de la
resurrección de los muertos, ¿no habéis leído lo que os es dicho por
Dios, que dice: Yo soy el Dios de Abraham, y el Dios de Isaac, y el Dios
de Jacob?" Dios no es Dios de muertos, sino de vivos. Dios cuenta las
cosas que no son como si fuesen. El ve el fin desde el principio, y
contempla el resultado de su obra como si estuviese ya terminada. Los
preciosos muertos, desde Adán hasta el último santo que muera, oirán la
voz del Hijo de Dios, y saldrán del sepulcro para tener vida inmortal.
Dios será su Dios, y ellos serán su pueblo. Habrá una relación íntima y
tierna entre Dios y los santos resucitados. Esta condición, que se
anticipa en su propósito, es contemplada por él como si ya existiese.
Para él los muertos viven.
Los saduceos fueron
reducidos al silencio por las palabras de Cristo. No le pudieron
contestar. No había dicho una sola palabra de la cual pudiesen
aprovecharse para condenarle. Sus adversarios no habían ganado nada,
sino el desprecio del pueblo.
Sin embargo, los
fariseos no desesperaban de inducirle a decir algo que pudiesen usar
contra él. Persuadieron a cierto sabio escriba a que interrogase a Jesús
acerca de cuál de los diez preceptos de la ley tenía la mayor
importancia.
Los fariseos habían
exaltado los cuatro primeros mandamientos, que señalaban el deber del
hombre para con su Hacedor, como si fuesen de mucho mayor consecuencia
que los 559 otros seis, que definen los deberes del hombre para con sus
semejantes. Como resultado, les faltaba piedad práctica. Jesús había
demostrado a la gente su gran deficiencia y había enseñado la necesidad
de las buenas obras, declarando que se conoce el árbol por sus frutos.
Por esta razón, le habían acusado de exaltar los últimos seis
mandamientos más que los primeros cuatro.
El escriba se acercó
a Jesús con una pregunta directa: "¿Cuál es el primer mandamiento de
todos?" La respuesta de Cristo es directa y categórica: "El primer
mandamiento de todos es: Oye, Israel, el Señor nuestro Dios, el Señor
uno es. Amarás pues al Señor tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu
alma, y de toda tu mente, y de todas tus fuerzas; este es el principal
mandamiento." El segundo es semejante al primero, dijo Cristo; porque se
desprende de él: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro
mandamiento mayor que éstos." "De estos dos mandamientos depende toda la
ley y los profetas."
Los primeros cuatro
mandamientos del Decálogo están resumidos en el primer gran precepto:
"Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón." Los últimos seis están
incluidos en el otro: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo." Estos dos
mandamientos son la expresión del principio del amor. No se puede
guardar el primero y violar el segundo, ni se puede guardar el segundo
mientras se viola el primero. Cuando Dios ocupe en el trono del corazón
su lugar legítimo, nuestro prójimo recibirá el lugar que le corresponde.
Le amaremos como a nosotros mismos. Únicamente cuando amemos a Dios en
forma suprema, será posible amar a nuestro prójimo imparcialmente.
Y puesto que todos
los mandamientos están resumidos en el amor a Dios y al prójimo, se
sigue que ningún precepto puede quebrantarse sin violar este principio.
Así enseñó Cristo a sus oyentes que la ley de Dios no consiste en cierto
número de preceptos separados, algunos de los cuales son de gran
importancia, mientras otros tienen poca y pueden ignorarse con
impunidad. Nuestro Señor presenta los primeros cuatro y los últimos seis
mandamientos como un conjunto divino, y enseña que el amor a Dios se
manifestará por la obediencia a todos sus mandamientos. 560
El escriba que había
interrogado a Jesús estaba bien instruido en la ley y se asombró de sus
palabras. No esperaba que manifestase un conocimiento tan profundo y
cabal de las Escrituras. Obtuvo una visión más amplia de los principios
básicos de los preceptos sagrados. Delante de los sacerdotes y
gobernantes congregados, reconoció honradamente que Cristo había dado la
debida interpretación a la ley, diciendo:
"Bien, Maestro,
verdad has dicho, que uno es Dios, y no hay otro fuera de él; y que
amarle de todo corazón, y de todo entendimiento, y de toda el alma, y de
todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo, más es que todos
los holocaustos y sacrificios.
La sabiduría de la
respuesta de Cristo había convencido al escriba. Sabía que la religión
judía consistía en ceremonias externas más bien que en piedad interna.
Sentía en cierta medida la inutilidad de las ofrendas ceremoniales, y
del derramamiento de sangre para la expiación del pecado si no iba
acompañado de fe. El amor y la obediencia a Dios, la consideración
abnegada para con el hombre, le parecían de más valor que todos estos
ritos. La disposición de este hombre a reconocer la corrección del
raciocinio de Cristo y su respuesta decidida y pronta delante de la
gente, manifestaban un espíritu completamente diferente del de los
sacerdotes y gobernantes. El corazón de Jesús se compadeció del honrado
escriba que se había atrevido a afrontar el ceño de los sacerdotes y las
amenazas de los gobernantes al expresar las convicciones de su corazón.
"Jesús entonces, viendo que había respondido sabiamente, le dice: No
estás lejos del reino de Dios."
El escriba estaba
cerca del reino de Dios porque reconocía que las obras de justicia son
más aceptables para Dios que los holocaustos y sacrificios. Pero
necesitaba reconocer el carácter divino de Cristo, y por la fe en él
recibir el poder para hacer las obras de justicia. El servicio ritual no
tenía ningún valor a menos que estuviese relacionado con Cristo por una
fe viva. Aun la ley moral no cumple su propósito a menos que se entienda
en su relación con el Salvador. Cristo había demostrado repetidas veces
que la ley de su Padre contenía algo más profundo que sólo órdenes
autoritarias. En la ley se encarnaba el mismo principio revelado en el
Evangelio. La ley señala su 561 deber al hombre y le muestra su
culpabilidad. Este debe buscar en Cristo perdón y poder para hacer lo
que la ley ordena.
Los fariseos se
habían acercado en derredor de Jesús mientras contestaba la pregunta del
escriba. Ahora él les dirigió una pregunta: "¿Qué os parece del Cristo?
¿de quién es Hijo?" Esta pregunta estaba destinada a probar su fe acerca
del Mesías, a demostrar si le consideraban simplemente como hombre o
como Hijo de Dios. Un coro de voces contestó: "De David." Tal era el
título que la profecía había dado al Mesías. Cuando Jesús revelaba su
divinidad por sus poderosos milagros, cuando sanaba a los enfermos y
resucitaba a los muertos, la gente se había preguntado entre sí: "¿No es
éste el Hijo de David?" La mujer sirofenisa, el ciego Bartimeo y muchos
otros, habían clamado a él por ayuda: "Señor, Hijo de David, ten
misericordia de mí." * Mientras cabalgaba en dirección a Jerusalén,
había sido saludado con la gozosa aclamación: "¡Hosanna al Hijo de
David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!"* Y en el templo
los niñitos se habían hecho eco ese mismo día de este alegre
reconocimiento. Pero muchos de los que llamaban a Jesús Hijo de David,
no reconocían su divinidad. No comprendían que el Hijo de David era
también el Hijo de Dios.
En respuesta a la
declaración de que el Cristo era el Hijo de David, Jesús dijo: "¿Pues
cómo David en Espíritu [el Espíritu de inspiración proveniente de Dios]
le llama Señor, diciendo: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi
diestra, entre tanto que pongo tus enemigos por estrado de tus pies?
Pues si David le llama Señor, ¿cómo es su Hijo? Y nadie le podía
responder palabra; ni osó alguno desde aquel día preguntarle más." 562
CAPÍTULO 67
Ayes Sobre los Fariseos
ERA el último día que
Cristo enseñara en el templo. La atención de todos los que formaban las
vastas muchedumbres que se habían reunido en Jerusalén había sido
atraída a él; el pueblo se había congregado en los atrios del templo, y
atento a la contienda que se había desarrollado, no había perdido una
palabra de las que cayeron de los labios de Jesús. Nunca se había
presenciado una escena tal. Allí estaba el joven galileo, sin honores
terrenales ni insignias reales. En derredor de él estaban los sacerdotes
con sus lujosos atavíos, los gobernantes con sus mantos e insignias que
indicaban su posición exaltada, y los escribas teniendo en las manos los
rollos a los cuales se referían con frecuencia. Jesús estaba serenamente
delante de ellos con la dignidad de un rey. Como investido de la
autoridad celestial, miraba sin vacilación a sus adversarios, que habían
rechazado y despreciado sus enseñanzas, y estaban sedientos de su vida.
Le habían asaltado en gran número, pero sus maquinaciones para
entramparle y condenarle habían sido inútiles. Había hecho frente a un
desafío tras otro, presentando la verdad pura y brillante en contraste
con las tinieblas y los errores de los sacerdotes y fariseos. Había
expuesto a estos dirigentes su verdadera condición, y la retribución que
con seguridad se atraerían si persistían en sus malas acciones. La
amonestación había sido dada fielmente. Sin embargo, Cristo tenía aún
otra obra que hacer. Le quedaba todavía un propósito por cumplir.
El interés del pueblo
en Cristo y su obra había aumentado constantemente. A los circunstantes
les encantaba su enseñanza, pero también los dejaba muy perplejos.
Habían respetado a los sacerdotes y rabinos por su inteligencia y piedad
aparente. En todos los asuntos religiosos, habían prestado siempre
obediencia implícita a su autoridad. Pero ahora veían que estos hombres
trataban de desacreditar a Jesús, maestro 563 cuya virtud y conocimiento
se destacaban con mayor brillo a cada asalto que sufría. Miraban los
semblantes agachados de los sacerdotes y ancianos, y allí veían
confusión y derrota. Se maravillaban de que los sacerdotes no quisieran
creer en Jesús, cuando sus enseñanzas eran tan claras y sencillas. No
sabían ellos mismos qué conducta asumir. Con ávida ansiedad, se fijaban
en los movimientos de aquellos cuyos consejos habían seguido siempre.
En las parábolas que
Cristo había pronunciado, era su propósito amonestar a los sacerdotes e
instruir a la gente que estaba dispuesta a ser enseñada. Pero era
necesario hablar aun más claramente. La gente estaba esclavizada por su
actitud reverente hacia la tradición y por su fe ciega en un sacerdocio
corrompido. Cristo debía romper esas cadenas. El carácter de los
sacerdotes, gobernantes y fariseos debía ser expuesto plenamente.
"Sobre la cátedra de
Moisés --dijo él,-- se sentaron los escribas y los Fariseos: así que
todo lo que os dijeren que guardéis, guardadlo y hacedlo; mas no hagáis
conforme a sus obras: porque dicen y no hacen." Los escribas y los
fariseos aseveraban estar investidos de autoridad divina similar a la de
Moisés. Aseveraban reemplazarle como expositores de la ley y jueces del
pueblo. Como tales, exigían del pueblo absoluto respeto y obediencia.
Jesús invitó a sus oyentes a hacer lo que los rabinos les enseñaban
según la ley, pero no a seguir su ejemplo. Ellos mismos no practicaban
sus propias enseñanzas.
Y, además, enseñaban
muchas cosas contrarias a las Escrituras. Jesús dijo: "Porque atan
cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de
los hombres; mas ni aun con su dedo las quieren mover." Los fariseos
imponían una multitud de reglamentos fundados en la tradición, que
restringían irracionalmente la libertad personal. Y explicaban ciertas
porciones de la ley de tal manera que imponían al pueblo observancias
que ellos mismos pasaban por alto en secreto, y de las cuales, cuando
respondía a su propósito, hasta aseveraban estar exentos.
Su objeto constante
consistía en hacer ostentación de su piedad. Para ellos, nada era
demasiado sagrado para servir a este fin. Dios había dicho a Moisés
acerca de sus leyes: "Has 564 de atarlas por señal en tu mano, y estarán
por frontales entre tus ojos."* Estas palabras tienen un significado
profundo. A medida que se medite en la Palabra de Dios y se la
practique, el ser entero quedará ennoblecido. Al obrar con justicia y
misericordia, las manos revelarán, como señal, los principios de la ley
de Dios. Se mantendrán libres de cohecho, y de todo lo que sea corrupto
y engañoso. Serán activas en obras de amor y compasión. Los ojos,
dirigidos hacia un propósito noble, serán claros y veraces. El semblante
y los ojos expresivos atestiguarán el carácter inmaculado de aquel que
ama y honra la Palabra de Dios. Pero los judíos del tiempo de Cristo no
discernían todo eso. La orden dada a Moisés había sido torcida en el
sentido de que los preceptos de la Escritura debían llevarse sobre la
persona. Por consiguiente se escribían en tiras de pergamino o
filacterias que se ataban en forma conspicua en derredor de la cabeza y
de las muñecas. Pero esto no daba a la ley de Dios dominio más firme
sobre la mente y el corazón. Se llevaban estos pergaminos simplemente
como insignias para llamar la atención. Se creía que daban a quienes los
llevasen un aire de devoción capaz de inspirar reverencia al pueblo.
Jesús asestó un golpe a esta vana pretensión:
"Antes, todas sus
obras hacen para ser mirados de los hombres; porque ensanchan sus
filacterias, y extienden los flecos de sus mantos; y aman los primeros
asientos en las cenas, y las primeras sillas en las sinagogas; y las
salutaciones en las plazas, y ser llamados de los hombres Rabbí, Rabbí.
Mas vosotros, no queráis ser llamados Rabbí; porque uno es vuestro
Maestro, el Cristo; y todos vosotros sois hermanos. Y vuestro padre no
llaméis a nadie en la tierra; porque uno es vuestro Padre, el cual está
en los cielos. Ni seáis llamados maestros; porque uno es vuestro
Maestro, el Cristo." En estas claras palabras, el Salvador reveló la
ambición egoísta que constantemente procuraba obtener cargos y poder
manifestando una humildad ficticia, mientras el corazón estaba lleno de
avaricia y envidia. Cuando las personas eran invitadas a una fiesta, los
huéspedes se sentaban de acuerdo con su jerarquía, y los que obtenían el
puesto más honorable recibían la primera atención y favores especiales.
Los fariseos estaban siempre maquinando para obtener estos honores.
Jesús reprendió esta práctica. 565
También reprendió la
vanidad manifestada al codiciar el título de rabino o maestro. Declaró
que este título no pertenecía a los hombres, sino a Cristo. Los
sacerdotes, escribas, gobernantes, expositores y administradores de la
ley, eran todos hermanos, hijos de un mismo Padre. Jesús enseñó
enfáticamente a la gente que no debía dar a ningún hombre un título de
honor que indicase su dominio de la conciencia y la fe.
Si Cristo estuviese
en la tierra hoy rodeado por aquellos que llevan el título de
"Reverendo" o "Reverendísimo," ¿no repetiría su aserto: "Ni seáis
llamados maestros; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo"? La
Escritura declara acerca de Dios: "Santo y terrible [reverendo, en
inglés] es su nombre."* ¿A qué ser humano cuadra un título tal ? Cuán
poco revela el hombre de la sabiduría y justicia que indica. Cuántos de
los que asumen este título representan falsamente el nombre y el
carácter de Dios. ¡ Ay, cuántas veces la ambición y el despotismo
mundanales y los pecados más viles han estado ocultos bajo las bordadas
vestiduras de un cargo alto y santo! El Salvador continuó:
"El que es el mayor
de vosotros, sea vuestro siervo. Porque el que se ensalzare, será
humillado; y el que se humillare, será ensalzado." Repetidas veces
Cristo había enseñado que la verdadera grandeza se mide por el valor
moral. En la estima del cielo, la grandeza de carácter consiste en vivir
para el bienestar de nuestros semejantes, en hacer obras de amor y
misericordia. Cristo, el Rey de gloria, fue siervo del hombre caído.
"¡Ay de vosotros,
escribas y Fariseos, hipócritas! --dijo Jesús,-- porque cerráis el reino
de los cielos delante de los hombres; que ni vosotros entráis, ni a los
que están entrando dejáis entrar." Pervirtiendo las Escrituras, los
sacerdotes y doctores de la ley cegaban la mente de aquellos que de otra
manera habrían recibido un conocimiento del reino de Cristo y la vida
interior y divina que es esencial para la verdadera santidad.
"¡Ay de vosotros,
escribas y Fariseos, hipócritas! porque coméis las casas de las viudas,
y por pretexto hacéis larga oración: por esto llevaréis más grave
juicio." Los fariseos ejercían gran influencia sobre la gente, y la
aprovechaban para servir sus propios intereses. Conquistaban la
confianza de viudas piadosas, y les indicaban que era su deber dedicar
su propiedad 566 a fines religiosos. Habiendo conseguido el dominio de
su dinero, los astutos maquinadores lo empleaban para su propio
beneficio. Para cubrir su falta de honradez, ofrecían largas oraciones
en público y hacían gran ostentación de piedad. Cristo declaró que esta
hipocresía les atraería mayor condenación. La misma reprensión cae sobre
muchos que en nuestro tiempo hacen alta profesión de piedad. Su vida
está manchada de egoísmo y avaricia, pero arrojan sobre ella un manto de
aparente pureza, y así por un tiempo engañan a sus semejantes. Pero no
pueden engañar a Dios. El lee todo propósito del corazón, y juzgará a
cada uno según sus obras.
Cristo no escatimó la
condenación de los abusos, pero se esmeró en no reducir las
obligaciones. Reprendió el egoísmo que extorsionaba y aplicaba mal los
donativos de la viuda. Al mismo tiempo, alabó a la viuda que había
traído su ofrenda a la tesorería de Dios. El abuso que hacía el hombre
del donativo no podía desviar la bendición que Dios concedía a la
dadora.
Jesús estaba en el
atrio donde se hallaban los cofres del tesoro, y miraba a los que venían
para depositar sus donativos. Muchos de los ricos traían sumas elevadas,
que presentaban con gran ostentación. Jesús los miraba tristemente, pero
sin hacer comentario acerca de sus ingentes ofrendas. Luego su rostro se
iluminó al ver a una pobre viuda acercarse con vacilación, como temerosa
de ser observada. Mientras los ricos y altaneros pasaban para depositar
sus ofrendas, ella vacilaba como si no se atreviese a ir más adelante. Y
sin embargo, anhelaba hacer algo, por poco que fuese, en favor de la
causa que amaba. Miraba el donativo que tenía en la mano. Era muy
pequeño en comparación con los que traían aquellos que la rodeaban, pero
era todo lo que tenía. Aprovechando su oportunidad, echó apresuradamente
sus dos blancas y se dio vuelta para irse. Pero al hacerlo, notó que la
mirada de Jesús se fijaba con fervor en ella.
El1 Salvador llamó a
sí a sus discípulos, y les pidió que notasen la pobreza de la viuda.
Entonces sus palabras de elogio cayeron en los oídos de ella: "De verdad
os digo, que esta pobre viuda echó más que todos." Lágrimas de gozo
llenaron sus ojos al sentir que su acto era comprendido y apreciado.
Muchos le habrían aconsejado que guardase su pitanza para 567 su propio
uso. Puesto en las manos de los bien alimentados sacerdotes, se perdería
de vista entre los muchos y costosos donativos traídos a la tesorería.
Pero Jesús comprendía el motivo de ella. Ella creía que el servicio del
templo era ordenado por Dios, y anhelaba hacer cuanto pudiese para
sostenerlo. Hizo lo que pudo, y su acto había de ser un monumento a su
memoria para todos los tiempos, y su gozo en la eternidad. Su corazón
acompañó a su donativo, cuyo valor se había de estimar, no por el de la
moneda, sino por el amor hacia Dios y el interés en su obra que había
impulsado la acción.
Jesús dijo acerca de
la pobre viuda: "Echó más que todos." Los ricos habían dado de su
abundancia, muchos de ellos para ser vistos y honrados de los hombres.
Sus grandes donativos no los habían privado de ninguna comodidad, ni
siquiera de algún lujo; no habían requerido sacrificio alguno y no
podían compararse en valor con las blancas de la viuda.
Es el motivo lo que
da carácter a nuestros actos, marcándolos con ignominia o con alto valor
moral. No son las cosas grandes que todo ojo ve y que toda lengua alaba
lo que Dios tiene por más precioso. Los pequeños deberes cumplidos
alegremente, los pequeños donativos dados sin ostentación, y que a los
ojos humanos pueden parecer sin valor, se destacan con frecuencia más
altamente a su vista. Un corazón lleno de fe y de amor es más apreciable
para Dios que el don más costoso. La pobre viuda dio lo que necesitaba
para vivir al dar lo poco que dio. Se privó de alimento para entregar
esas dos blancas a la causa que amaba. Y lo hizo con fe, creyendo que su
Padre celestial no pasaría por alto su gran necesidad. Fue este espíritu
abnegado y esta fe infantil lo que mereció el elogio del Salvador.
Entre los pobres hay
muchos que desean demostrar su gratitud a Dios por su gracia y verdad.
Anhelan participar con sus hermanos más prósperos en el sostenimiento de
su servicio. Estas almas no deben ser repelidas. Permítaseles poner sus
blancas en el banco del cielo. Si las dan con corazón lleno de amor por
Dios, estas aparentes bagatelas llegan a ser donativos consagrados,
ofrendas inestimables que Dios aprecia y bendice.
Cuando Jesús dijo
acerca de la viuda: "Echó más que todos" 568 sus palabras expresaron la
verdad no sólo en cuanto al motivo, sino acerca de los resultados de su
don. Las "dos blancas, que son un maravedí," han traído a la tesorería
de Dios una cantidad de dinero mucho mayor que las contribuciones de
aquellos judíos ricos. La influencia de ese pequeño donativo ha sido
como un arroyo, pequeño en su principio, pero que se ensancha y se
profundiza a medida que va fluyendo en el transcurso de los siglos. Ha
contribuido de mil maneras al alivio de los pobres y a la difusión del
Evangelio. El ejemplo de abnegación de esa mujer ha obrado y vuelto a
obrar en miles de corazones en todo país, en toda época. Ha impresionado
tanto a ricos como a pobres, y sus ofrendas han aumentado el valor de su
donativo. La bendición de Dios sobre las blancas de la viuda ha hecho de
ellas una fuente de grandes resultados. Así también sucede con cada don
entregado y todo acto realizado con un sincero deseo de glorificar a
Dios. Está vinculado con los propósitos de la Omnipotencia. Nadie puede
medir sus resultados para el bien.
El Salvador continuó
denunciando a los escribas y fariseos: "¡Ay de vosotros, guías ciegos!
que decís: Cualquiera que jurare por el templo es nada; mas cualquiera
que jurare por el oro del templo, deudor es. ¡Insensatos y ciegos!
porque ¿cuál es mayor, el oro, o el templo que santifica al oro? Y:
Cualquiera que jurare por el altar, es nada; mas cualquiera que jurare
por el presente que está sobre él, deudor es. ¡Necios y ciegos! porque,
¿cuál es mayor, el presente, o el altar que santifica al presente?" Los
sacerdotes interpretaban los requerimientos de Dios según su propia
norma falsa y estrecha. Presumían de hacer delicadas distinciones en
cuanto a la culpa comparativa de diversos pecados, pasando ligeramente
sobre algunos, y tratando a otros, que eran tal vez de menor
consecuencia, como imperdonables. Por cierta consideración pecuniaria,
dispensaban a las personas de sus votos. Y por grandes sumas de dinero,
pasaban a veces por alto crímenes graves. Al mismo tiempo, estos
sacerdotes y gobernantes pronunciaban en otros casos severos juicios por
ofensas triviales.
"¡Ay de vosotros,
escribas y Fariseos, hipócritas! porque diezmáis la menta y el eneldo y
el comino, y dejasteis lo que es lo más grave de la ley, es a saber, el
juicio y la misericordia 569 y la fe: esto era menester hacer, y no
dejar lo otro." En estas palabras Cristo vuelve a condenar el abuso de
la obligación sagrada. No descarta la obligación misma. El sistema del
diezmo era ordenado por Dios y había sido observado desde los tiempos
más remotos. Abrahán, padre de los fieles, pagó diezmo de todo lo que
poseía. Los gobernantes judíos reconocían la obligación de pagar diezmo,
y eso estaba bien; pero no dejaban a la gente libre para ejecutar sus
propias convicciones del deber. Habían trazado reglas arbitrarias para
cada caso. Los requerimientos habían llegado a ser tan complicados que
era imposible cumplirlos. Nadie sabía cuándo sus obligaciones estaban
satisfechas. Como Dios lo dio, el sistema era justo y razonable, pero
los sacerdotes y rabinos habían hecho de él una carga pesada.
Todo lo que Dios
ordena tiene importancia. Cristo reconoció que el pago del diezmo es un
deber; pero demostró que no podía disculpar la negligencia de otros
deberes. Los fariseos eran muy exactos en diezmar las hierbas del jardín
como la menta, el anís y el comino; esto les costaba poco, y les daba
reputación de meticulosos y santos. Al mismo tiempo, sus restricciones
inútiles oprimían a la gente y destruían el respeto por el sistema
sagrado ideado por Dios mismo. Ocupaban la mente de los hombres con
distinciones triviales y apartaban su atención de las verdades
esenciales. Los asuntos más graves de la ley: la justicia, la
misericordia y la verdad, eran descuidados. "Esto --dijo Cristo,-- era
menester hacer, y no dejar lo otro."
Otras leyes habían
sido pervertidas igualmente por los rabinos. En las instrucciones dadas
por medio de Moisés, se prohibía comer cosa inmunda. El consumo de carne
de cerdo y de ciertos otros animales estaba prohibido, porque podían
llenar la sangre de impurezas y acortar la vida. Pero los fariseos no
dejaban estas restricciones como Dios las había dado. Iban a extremos
injustificados. Entre otras cosas, exigían a la gente que colase toda el
agua que bebiese, por si acaso contuviese el menor insecto capaz de ser
clasificado entre los animales inmundos. Jesús, contrastando estas
exigencias triviales con la magnitud de sus pecados reales, dijo a los
fariseos: "¡Guías ciegos, que coláis el mosquito, mas tragáis el
camello!"
"¡Ay de vosotros,
escribas y Fariseos, hipócritas! porque 570 sois semejantes a sepulcros
blanqueados, que de fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas de
dentro están llenos de huesos de muertos y de toda suciedad." Como la
tumba blanqueada y hermosamente decorada ocultaba en su interior restos
putrefactos, la santidad externa de los sacerdotes y gobernantes
ocultaba iniquidad. Jesús continuó:
"¡Ay de vosotros,
escribas y Fariseos, hipócritas! porque edificáis los sepulcros de los
profetas, y adornáis los monumentos de los justos, y decís: Si fuéramos
en los días de nuestros padres, no hubiéramos sido sus compañeros en la
sangre de los profetas. Así que, testimonio dais a vosotros mismos, que
sois hijos de aquellos que mataron a los profetas." A fin de manifestar
su estima por los profetas muertos, los judíos eran muy celosos en
hermosear sus tumbas; pero no aprovechaban sus enseñanzas, ni prestaban
atención a sus reprensiones.
En los días de
Cristo, se manifestaba consideración supersticiosa hacia los lugares de
descanso de los muertos, y se prodigaban grandes sumas de dinero para
adornarlos. A la vista de Dios, esto era idolatría. En su indebida
consideración por los muertos, los hombres demostraban que no amaban a
Dios sobre todas las cosas ni a su prójimo como a sí mismos. La misma
idolatría se lleva a grados extremos hoy. Muchos son culpables de
descuidar a la viuda y a los huérfanos, a los enfermos y a los pobres,
para edificar costosos monumentos en honor a los muertos. Gastan
pródigamente el tiempo, el dinero y el trabajo con este fin, mientras
que no cumplen sus deberes para con los vivos, deberes que Cristo ordenó
claramente.
Los fariseos
construían las tumbas de los profetas, adornaban sus sepulcros y se
decían unos a otros: Si hubiésemos vivido en los días de nuestros padres
no habríamos participado con ellos en el derramamiento de la sangre de
los siervos de Dios. Al mismo tiempo, se proponían quitar la vida de su
Hijo. Esto debiera ser una lección para nosotros. Debiera abrir nuestros
ojos acerca del poder que tiene Satanás para engañar el intelecto que se
aparta de la luz de la verdad. Muchos siguen en las huellas de los
fariseos. Reverencian a aquellos que murieron por su fe. Se admiran de
la ceguera de los judíos al rechazar a Cristo. Declaran: Si hubiésemos
vivido en su tiempo, habríamos recibido gozosamente sus enseñanzas;
nunca habríamos 571 participado en la culpa de aquellos que rechazaron
al Salvador. Pero cuando la obediencia a Dios requiere abnegación y
humillación, estas mismas personas ahogan sus convicciones y se niegan a
obedecer. Así manifiestan el mismo espíritu que los fariseos a quienes
Cristo condenó.
Poco comprendían los
judíos la terrible responsabilidad que entrañaba el rechazar a Cristo.
Desde el tiempo en que fue derramada la primera sangre inocente, cuando
el justo Abel cayó a manos de Caín, se ha repetido la misma historia,
con culpabilidad cada vez mayor. En cada época, los profetas levantaron
su voz contra los pecados de reyes, gobernantes y pueblo, pronunciando
las palabras que Dios les daba y obedeciendo su voluntad a riesgo de su
vida. De generación en generación, se fue acumulando un terrible
castigo para los que rechazaban la luz y la verdad. Los enemigos de
Cristo estaban ahora atrayendo ese castigo sobre sus cabezas. El pecado
de los sacerdotes y gobernantes era mayor que el de cualquier generación
precedente. Al rechazar al Salvador se estaban haciendo responsables de
la sangre de todos los justos muertos desde Abel hasta Cristo. Estaban
por hacer rebosar la copa de su iniquidad. Y pronto sería derramada
sobre sus cabezas en justicia retributiva. Jesús se lo advirtió:
"Para que venga sobre
vosotros toda la sangre justa que se ha derramado sobre la tierra, desde
la sangre de Abel el justo, hasta la sangre de Zacarías, hijo de
Barachías, al cual matasteis entre el templo y el altar. De cierto os
digo que todo esto vendrá sobre esta generación."
Los escribas y
fariseos que escuchaban a Jesús sabían que sus palabras eran la verdad.
Sabían cómo había sido muerto el profeta Zacarías. Mientras las
palabras de amonestación de Dios estaban sobre sus labios, una furia
satánica se apoderó del rey apóstata, y a su orden se dio muerte al
profeta. Su sangre manchó las mismas piedras del atrio del templo, y no
pudo ser borrada; permaneció como testimonio contra el Israel apóstata.
Mientras subsistiese el templo, allí estaría la mancha de aquella sangre
justa, clamando por venganza a Dios. Cuando Jesús se refirió a estos
terribles pecados, una conmoción de horror sacudió a la multitud.
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