El viaje final

Para el 14-20 de Mayo del 2005

Lección 8

 

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Dr Jonathan Gallagher

 

 El Deseado de todas las Gentes

CAPÍTULO 60

La Ley del Nuevo Reino

EL TIEMPO de la Pascua se estaba acercando, y de nuevo Jesús se dirigió hacia Jerusalén. Su corazón tenía la paz de la perfecta unidad con la voluntad del Padre, y con paso ansioso avanzaba hacia el lugar del sacrificio. Pero un sentimiento de misterio, de duda y temor, sobrecogía a los discípulos. El Salvador "iba delante de ellos, y se espantaban, y le seguían con miedo."

Otra vez Jesús llamó a sí a los doce, y con mayor claridad que nunca les explicó su entrega y sufrimientos. "He aquí ---dijo él--- subimos a Jerusalén, y serán cumplidas todas las cosas que fueron escritas por los profetas, del Hijo del hombre. Porque será entregado a las gentes, y será escarnecido, e injuriado y escupido. Y después que le hubieren azotado, le matarán: mas al tercer día resucitará. Pero ellos nada de estas cosas entendían, y esta palabra les era encubierta, y no entendían lo que se decía."

¿No habían proclamado poco antes por doquiera: "¿El reino de los cielos se ha acercado"? ¿No había prometido Cristo mismo que muchos se sentarían con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de Dios? ¿No había prometido a cuantos lo habían dejado todo por su causa cien veces tanto en esta vida y una parte en su reino? ¿Y no había hecho a los doce la promesa especial de que ocuparían puestos de alto honor en su reino, a saber que se sentarían en tronos para juzgar a las doce tribus de Israel? Acababa de decir que debían cumplirse todas las cosas escritas en los profetas concernientes a él. ¿Y no habían predicho los profetas la gloria del reino del Mesías? Frente a estos pensamientos, sus palabras tocante a su entrega, persecución y muerte parecían vagas y confusas. Ellos creían que a pesar de cualesquiera dificultades que pudieran sobrevenir, el reino se establecería pronto.

Juan, hijo de Zebedeo, había sido uno de los dos primeros 502 discípulos que siguieran a Jesús. El y su hermano Santiago habían estado entre el primer grupo que había dejado todo por servirle. Alegremente habían abandonado su familia y sus amigos para poder estar con él; habían caminado y conversado con él; habían estado con él en el retiro del hogar y en las asambleas públicas. El había aquietado sus temores, aliviado sus sufrimientos y confortado sus pesares, los había librado de peligros y con paciencia y ternura les había enseñado, hasta que sus corazones parecían unidos al suyo, y en su ardor y amor anhelaban estar más cerca de él que nadie en su reino. En toda oportunidad posible, Juan se situaba junto al Salvador, y Santiago anhelaba ser honrado con una estrecha relación con él.

La madre de ellos era discípula de Cristo y le había servido generosamente con sus recursos. Con el amor y la ambición de una madre por sus hijos, codiciaba para ellos el lugar más honrado en el nuevo reino. Por esto, los animó a hacer una petición.

La madre y sus hijos vinieron a Jesús para pedirle que les otorgara algo que anhelaban en su corazón.

"¿Qué queréis que os haga?" preguntó él.

La madre pidió: Di que se sienten estos dos hijos míos, el uno a tu mano derecha, y el otro a tu izquierda, en tu reino."

Jesús los trató con ternura y no censuró su egoísmo por buscar preferencia sobre sus hermanos. Leía sus corazones y conocía la profundidad de su cariño hacia él. El amor de ellos no era un afecto meramente humano; aunque fluía a través de la terrenidad de sus conductos humanos, era una emanación de la fuente de su propio amor redentor. El no lo criticó, sino que lo ahondó y purificó. Dijo: "¿Podéis beber el vaso que yo he de beber, y ser bautizados del bautismo de que yo soy bautizado?" Ellos recordaron sus misteriosas palabras, que señalaban la prueba y el sufrimiento, pero contestaron confiadamente: "Podemos." Consideraban que sería el más alto honor demostrar su lealtad compartiendo todo lo que aconteciera a su Señor.

"A la verdad mi vaso beberéis, y del bautismo de que yo soy bautizado, seréis bautizados," dijo él. Delante de él, había una cruz en vez de un trono, y por compañeros suyos, a su derecha 503 y a su izquierda, dos malhechores. Juan y Santiago tuvieron que participar de los sufrimientos con su Maestro; uno fue el primero de los hermanos que pereció a espada; el otro, el que por más tiempo hubo de soportar trabajos, vituperio y persecución.

"Mas el sentaros a mi mano derecha y a mi izquierda --continuó Jesús,-- no es mío darlo, sino a aquellos para quienes está aparejado de mi Padre." En el reino de los cielos, no se alcanza la posición por favoritismo. No se la gana ni se la recibe como un regalo arbitrario. Es el resultado del carácter. La corona y el trono son las prendas de una condición alcanzada; son las arras de la victoria sobre sí mismo por medio de nuestro Señor Jesucristo.

Largo tiempo después, cuando se había unido en simpatía con Cristo por la participación de sus sufrimientos, el Señor le reveló a Juan cuál es la condición de la proximidad en su reino. "Al que venciere --dijo Cristo,-- yo le daré que se siente conmigo en mi trono; así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono." "Al que venciere, yo lo haré columna en el templo de mi Dios, y nunca más saldrá fuera; y escribiré sobre él el nombre de mi Dios, . . . y mi nombre nuevo.'* El apóstol Pablo escribió: "Porque yo ya estoy para ser ofrecido, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día."*

El que estará más cerca de Cristo será el que en la tierra haya bebido más hondamente del espíritu de su amor desinteresado --amor que "no hace sinrazón, no se ensancha; . . . no busca lo suyo, no se irrita, no piensa el mal,"* -- amor que mueve al discípulo como movía al Señor, a dar todo, a vivir, trabajar y sacrificarse, aun hasta la muerte, para la salvación de la humanidad. Este espíritu se puso de manifiesto en la vida de Pablo. El dijo: "Porque para mí el vivir es Cristo," porque su vida revelaba a Cristo ante los hombres; "y el morir es ganancia," ganancia para Cristo; la muerte misma pondría de manifiesto el poder de su gracia y ganaría almas para él. "Será engrandecido Cristo en mi cuerpo -dijo él,- o por vida, o por muerte."* 504

Cuando los diez se enteraron de la petición de Santiago y Juan, se disgustaron mucho. El puesto más alto en el reino era precisamente lo que cada uno estaba buscando para sí mismo, y se enojaron porque los dos discípulos habían obtenido una aparente ventaja sobre ellos.

Otra vez pareció renovarse la contienda en cuanto a cuál sería el mayor, cuando Jesús, llamándolos a sí, dijo a los indignados discípulos: "Sabéis que los que se ven ser príncipes entre las gentes, se enseñorean de ellas, y los que entre ellas son grandes, tienen sobre ellas potestad. Mas no será así entre vosotros."

En los reinos del mundo, la posición significaba engrandecimiento propio. Se obligaba al pueblo a existir para beneficio de las clases gobernantes. La influencia, la riqueza y la educación eran otros tantos medios de dominar al vulgo para que sirviera a los dirigentes. Las clases superiores debían pensar, decidir, gozar y gobernar; las inferiores debían obedecer y servir. La religión, como todas las demás cosas, era asunto de autoridad. Se esperaba que el pueblo creyera y practicara lo que indicaran sus superiores. Se desconocía totalmente el derecho del hombre como hombre, de pensar y obrar por sí mismo.

Cristo estaba estableciendo un reino sobre principios diferentes. El llamaba a los hombres, no a asumir autoridad, sino a servir, a sobrellevar los fuertes las flaquezas de los débiles. El poder, la posición, el talento y la educación, colocaban a su poseedor bajo una obligación mayor de servir a sus semejantes. Aun al menor de los discípulos de Cristo se dice: "Porque todas las cosas son por vuestra causa."*

"El hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos." Entre los discípulos, Cristo era en todo sentido un guardián, un portador de cargas. El compartía su pobreza, practicaba la abnegación personal en beneficio de ellos, iba delante de ellos para allanar los lugares más difíciles, y pronto iba a consumar su obra en la tierra entregando su vida. El principio por el cual Cristo se regía debe regir a los miembros de la iglesia, la cual es su cuerpo. El plan y fundamento de la salvación es el amor. En el reino de Cristo los mayores son los que siguen el ejemplo dado por él y actúan como pastores de su rebaño. 505

Las palabras de Pablo revelan la verdadera dignidad y honra de la vida cristiana: "Por lo cual, siendo libre para con todos, me he hecho siervo de todos," "no procurando mi propio beneficio, sino el de muchos, para que sean salvos."*

En asuntos de conciencia, el alma debe ser dejada libre. Ninguno debe dominar otra mente, juzgar por otro, o prescribirle su deber. Dios da a cada alma libertad para pensar y seguir sus propias convicciones. "De manera que, cada uno de nosotros dará a Dios razón de sí."* Ninguno tiene el derecho de fundir su propia individualidad en la de otro. En todos los asuntos en que hay principios en juego, "cada uno esté asegurado en su ánimo."* En el reino de Cristo no hay opresión señoril ni imposición de costumbres. Los ángeles del cielo no vienen a la tierra para mandar y exigir homenaje, sino como mensajeros de misericordia, para cooperar con los hombres en la elevación de la humanidad.

Los principios y las palabras mismas de la enseñanza del Salvador, en su divina hermosura, permanecieron en la memoria del discípulo amado. En sus últimos días, el pensamiento central del testimonio de Juan a las iglesias era: "Porque este es el mensaje que habéis oído desde el principio: Que nos amemos unos a otros." "En esto hemos conocido el amor, porque él puso su vida por nosotros: también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos."*

Tal era el espíritu que animaba a la iglesia primitiva. Después del derramamiento del Espíritu Santo, "la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma: y ninguno decía ser suyo algo de lo que poseía; mas todas las cosas les eran comunes." "Ningún necesitado había entre ellos." "Y los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con gran esfuerzo; y gran gracia era en todos ellos.'*  506

 

CAPÍTULO 63

Tu Rey Viene

"ALÉGRATE mucho, hija de Sión; da voces de júbilo, hija de Jerusalén: he aquí, tu rey vendrá a ti, justo y salvador, humilde, y cabalgando sobre un asno, así sobre un pollino hijo de asna." *

Quinientos años antes del nacimiento de Cristo, el profeta Zacarías predijo así la venida del Rey de Israel. Esta profecía se iba a cumplir ahora. El que siempre había rechazado los honores reales iba a entrar en Jerusalén como el prometido heredero del trono de David.

Fue en el primer día de la semana cuando Cristo hizo su entrada triunfal en Jerusalén. Las multitudes que se habían congregado para verle en Betania le acompañaban ansiosas de presenciar su recepción. Mucha gente que iba en camino a la ciudad para observar la Pascua se unió a la multitud que acompañaba a Jesús. Toda la naturaleza parecía regocijarse. Los árboles estaban vestidos de verdor y sus flores comunicaban delicada fragancia al aire. Nueva vida y gozo animaban al pueblo. La esperanza del nuevo reino estaba resurgiendo.

Como quería entrar cabalgando en Jerusalén, Jesús había enviado a dos de sus discípulos para que le trajesen una asna y su pollino. Al tiempo de su nacimiento, el Salvador dependió de la hospitalidad de los extraños. El pesebre en el cual yaciera era un lugar de descanso prestado. Y ahora, aunque le pertenecían los millares de animales en los collados, dependía de la bondad de un extraño para conseguir un animal en el cual entrar en Jerusalén como su Rey. Pero de nuevo su divinidad se reveló, aun en las detalladas indicaciones dadas a sus discípulos respecto a su diligencia. Según lo predijo, la súplica: "El Señor los ha menester" fue atendida de buena gana. Jesús escogió para su uso un pollino sobre el cual nunca se había sentado nadie. Con alegre entusiasmo, los discípulos extendieron sus vestidos sobre la bestia y sentaron encima a su Maestro. En 524 ocasiones anteriores, Jesús había viajado siempre a pie, y los discípulos se extrañaban al principio de que decidiese ahora ir cabalgando. Pero la esperanza nació en sus corazones al pensar gozosos que estaba por entrar en la capital para proclamarse rey y hacer valer su autoridad real. Mientras cumplían su diligencia, comunicaron sus brillantes esperanzas a los amigos de Jesús y, despertando hasta lo sumo la expectativa del pueblo, la excitación se extendió lejos y cerca.

Cristo seguía la costumbre de los judíos en cuanto a una entrada real. El animal en el cual cabalgaba era el que montaban los reyes de Israel, y la profecía había predicho que así vendría el Mesías a su reino. No bien se hubo sentado sobre el pollino cuando una algazara de triunfo hendió el aire. La multitud le aclamó como Mesías, como su Rey. Jesús aceptaba ahora el homenaje que nunca antes había permitido que se le rindiera, y los discípulos recibieron esto como una prueba de que se realizarían sus gozosas esperanzas y le verían establecerse en el trono. La multitud estaba convencida de que la hora de su emancipación estaba cerca. En su imaginación, veía a los ejércitos romanos expulsados de Jerusalén, y a Israel convertido una vez más en nación independiente. Todos estaban felices y alborozados; competían unos con otros por rendirle homenaje. No podían exhibir pompa y esplendor exteriores, pero le tributaban la adoración de corazones felices. Eran incapaces de; presentarle dones costosos, pero extendían sus mantos como alfombra en su camino, y esparcían también en él ramas de oliva y palmas. No podían encabezar la procesión triunfal con estandartes reales, pero esparcían palmas, emblema natural de victoria, y las agitaban en alto con sonoras aclamaciones y hosannas.

A medida que avanzaba, la multitud aumentaba continuamente con aquellos que habían oído de la venida de Jesús y se apresuraban a unirse a la procesión. Los espectadores se mezclaban continuamente con la muchedumbre, y preguntaban: ¿Quien es éste? ¿Qué significa toda esta conmoción? Todos habían oído hablar de Jesús y esperaban que fuese a Jerusalén;  pero sabían que había desalentado hasta entonces todo esfuerzo que se hiciera para colocarle en el trono, y se asombraban grandemente al saber que realmente era él. Se maravillaban 525 de que se hubiese producido este cambio en Aquel que había declarado que su reino no era de este mundo.

Esas voces son acalladas por un clamor de triunfo. Es muchas veces repetido por la ansiosa muchedumbre; es recogido por el pueblo a gran distancia, y repercute en las colinas y los valles circunvecinos. Y ahora la procesión es engrosada por las muchedumbres de Jerusalén. De las multitudes reunidas para asistir a la Pascua, miles salen para dar la bienvenida a Jesús. Le saludan agitando palmas y prorrumpiendo en cantos sagrados. Los sacerdotes hacen sonar en el templo la trompeta para el servicio de la tarde, pero pocos responden, y los gobernantes se dicen el uno al otro con alarma: "He aquí, el mundo se va tras de él."

Nunca antes en su vida terrenal había permitido Jesús una demostración semejante. Previó claramente el resultado. Le llevaría a la cruz. Pero era su propósito presentarse públicamente de esta manera como el Redentor. Deseaba llamar la atención al sacrificio que había de coronar su misión en favor de un mundo caído. Mientras el pueblo estaba reunido en Jerusalén para celebrar la Pascua, él, el verdadero Cordero de Dios representado por los sacrificios simbólicos, se puso aparte como una oblación. Iba a ser necesario que su iglesia, en todos los siglos subsiguientes, hiciese de su muerte por los pecados del mundo un asunto de profunda meditación y estudio. Cada hecho relacionado con ella debía comprobarse fuera de toda duda. Era necesario, entonces, que los ojos de todo el pueblo se dirigieran ahora a él; los sucesos precedentes a su gran sacrificio debían ser tales que llamasen la atención al sacrificio mismo. Después de una demostración como la que acompañó a su entrada triunfal en Jerusalén, todos los ojos seguirían su rápido avance hacia la escena final.

Los sucesos relacionados con la cabalgata triunfal iban a ser el tema de cada lengua, y pondrían a Jesús en todo pensamiento. Después de su crucifixión, muchos recordarían estos sucesos en relación con su proceso y muerte. Serían inducidos a escudriñar las profecías y se convencerían de que Jesús era el Mesías; y en todos los países los conversos a la fe se multiplicarían.

En esta escena de triunfo de su vida terrenal, el Salvador 526 pudiera haber aparecido escoltado por ángeles celestiales y anunciado por la trompeta de Dios; pero una demostración tal hubiera sido contraria al propósito de su misión, contraria a la ley que había gobernado su vida. El permaneció fiel a la humilde suerte que había aceptado. Debía llevar la carga de la humanidad hasta el momento de dar su vida por la del mundo.

Este día, que parecía a los discípulos el día culminante de su propia existencia, habría sido obscurecido con nubes muy tenebrosas si ellos hubiesen sabido que esta escena de regocijo no era sino un preludio de los sufrimientos y la muerte de su Señor. Aunque repetidas veces les había hablado de su seguro sacrificio, sin embargo, en el alegre triunfo presente, olvidaron sus tristes palabras, y miraron adelante a su próspero reinado sobre el trono de David.

Continuamente se unía más gente a la procesión y, con pocas excepciones, todos se contagiaban del entusiasmo de la hora, para acrecentar los hosannas que repercutían de colina en colina y de valle en valle. El clamor subía continuamente: "¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!"

Nunca antes había visto el mundo tal escena de triunfo. No se parecía en nada a la de los famosos conquistadores de la tierra. Ningún séquito de afligidos cautivos la caracterizaba como trofeo del valor real. Pero alrededor del Salvador estaban los gloriosos trofeos de sus obras de amor por los pecadores. Los cautivos que él había rescatado del poder de Satanás alababan a Dios por su liberación. Los ciegos a quienes había restaurado la vista abrían la marcha. Los mudos cuya lengua él había desatado voceaban las más sonoras alabanzas. Los cojos a quienes había sanado saltaban de gozo y eran los más activos en arrancar palmas para hacerlas ondear delante del Salvador. Las viudas y los huérfanos ensalzaban el nombre de Jesús por sus misericordiosas obras para con ellos. Los leprosos a quienes había limpiado extendían a su paso sus inmaculados vestidos y le saludaban Rey de gloria. Aquellos a quienes su voz había despertado del sueño de la muerte estaban en la multitud. Lázaro, cuyo cuerpo se había corrompido en el sepulcro, pero que ahora se gozaba en la fuerza de una gloriosa virilidad, guiaba a la bestia en la cual cabalgaba el Salvador. 527

Muchos fariseos eran testigos de la escena y, ardiendo de envidia y malicia, procuraron cambiar la corriente del sentimiento popular. Con toda su autoridad trataron de imponer silencio al pueblo; pero sus exhortaciones y amenazas no hacían sino acrecentar el entusiasmo. Temían que esa multitud, por la fuerza del número, hiciera rey a Jesús. Como último recurso, se abrieron paso a través del gentío hasta donde estaba el Salvador, y se dirigieron a él con palabras de reprobación y amenazas: "Maestro, reprende a tus discípulos." Declararon que tan ruidosa demostración era contraria a la ley, y que no sería permitida por las autoridades. Pero fueron reducidos al silencio por la respuesta de Jesús: "Os digo que si éstos callaren, las piedras clamarán." Tal escena de triunfo estaba determinada por Dios mismo. Había sido predicha por el profeta, y el hombre era incapaz de desviar el propósito de Dios. Si los hombres no hubiesen cumplido el plan de Dios, él habría dado voz a las piedras inanimadas y ellas habrían saludado a su Hijo con aclamaciones de alabanza. Cuando los fariseos, reducidos al silencio, se apartaron, miles de voces repitieron las palabras de Zacarías: "Alégrate mucho, hija de Sión; da voces de júbilo, hija de Jerusalén: he aquí, tu rey vendrá a ti, justo y salvador, humilde, y cabalgando sobre un asno, así sobre un pollino hijo de asna." *

Cuando la procesión llegó a la cresta de la colina y estaba por descender a la ciudad, Jesús se detuvo, y con él toda la multitud. Delante de él yacía Jerusalén en su gloria, bañada por la luz del sol poniente. El templo atraía todas las miradas. Al destacarse entre todo con majestuosa grandeza, parecía señalar hacia el cielo como si indicara al pueblo quién era el único Dios verdadero y viviente. El templo había sido durante mucho tiempo el orgullo y la gloria de la nación judía. Los romanos también se enorgullecían de su magnificencia. Un rey nombrado por los romanos había unido sus esfuerzos a los de los judíos para reedificarlo y embellecerlo, y el emperador de Roma lo había enriquecido con sus dones. Su solidez, riqueza y magnificencia lo habían convertido en una de las maravillas del mundo.

Mientras el sol poniente teñía de oro los cielos, iluminaba gloriosa y esplendentemente los mármoles de blancura inmaculada 528 de las paredes del templo y hacía fulgurar los dorados capiteles de sus columnas. Desde la colina en que andaban Jesús y sus seguidores, el templo ofrecía la apariencia de una maciza estructura de nieve, con pináculos de oro. A la entrada, había una vid de oro y plata, con hojas verdes y macizos racimos de uvas, ejecutada por los más hábiles artífices. Esta estructura representaba a Israel como una próspera vid. El oro, la plata y el verde vivo estaban combinados con raro gusto y exquisita hechura; al enroscarse graciosamente alrededor de las blancas y refulgentes columnas, adhiriéndose con brillantes zarcillos a sus dorados ornamentos, capturaba el esplendor del sol poniente y refulgía como con gloria prestada por el cielo.

Jesús contempla la escena y la vasta muchedumbre acalla sus gritos, encantada por la repentina visión de belleza. Todas las miradas se dirigen al Salvador, esperando ver en su rostro la admiración que sentían. Pero en vez de esto, observan una nube de tristeza. Se sorprenden y chasquean al ver sus ojos llenos de lágrimas, y su cuerpo estremeciéndose de la cabeza a los pies como un árbol ante la tempestad, mientras sus temblorosos labios prorrumpen en gemidos de angustia, como nacidos de las profundidades de un corazón quebrantado. ¡Qué cuadro ofrecía esto a los ángeles que observaban! !su amado Jefe angustiado hasta las lágrimas! ¡Qué cuadro era para la alegre multitud que con aclamaciones de triunfo y agitando palmas le escoltaba a la gloriosa ciudad, donde esperaba con anhelo que iba a reinar! Jesús había llorado junto a la tumba de Lázaro, pero era con tristeza divina por simpatía con el dolor humano. Pero esta súbita tristeza era como una nota de lamentación en un gran coro triunfal. En medio de una escena de regocijo, cuando todos estaban rindiéndole homenaje, el Rey de Israel lloraba; no silenciosas lágrimas de alegría, sino lágrimas acompañadas de gemidos de irreprimible agonía. La multitud fue herida de repentina lobreguez. sus aclamaciones fueron acalladas. Muchos lloraban por simpatía con un pesar que no comprendían.

Las lágrimas de Jesús no fueron derramadas porque presintiera su sufrimiento. Delante de él estaba el Getsemaní, donde pronto le envolvería el horror de una grande obscuridad. También estaba a la vista la puerta de las ovejas, por la cual habían 529 sido llevados durante siglos los animales destinados a los sacrificios. Esta puerta pronto habría de abrirse para él, el gran Cordero de Dios, hacia cuyo sacrificio por los pecados del mundo habían señalado todas aquellas ofrendas. Estaba cerca el Calvario, el lugar de su inminente agonía. Sin embargo, no era por causa de estas señales de su muerte cruel por lo que el Redentor lloraba y gemía con espíritu angustiado. Su tristeza no era egoísta. El pensamiento de su propia agonía no intimidaba a aquella alma noble y abnegada. Era la visión de Jerusalén la que traspasaba el corazón de Jesús: Jerusalén, que había rechazado al Hijo de Dios y desdeñado su amor, que rehusaba ser convencida por sus poderosos milagros y que estaba por quitarle la vida. El vio lo que era ella bajo la culpabilidad de haber rechazado a su Redentor, y lo que hubiera podido ser si hubiese aceptado a Aquel que era el único que podía curar su herida. Había venido a salvarla; ¿cómo podía abandonarla?

Israel había sido un pueblo favorecido; Dios había hecho del templo su habitación; era "de hermosa perspectiva, el gozo de toda la tierra."* Allí estaba la crónica de más de mil años de custodia protectora y tierno amor de Cristo, como de un padre que soporta a su hijo único. En aquel templo, los profetas habían proferido sus solemnes admoniciones. Allí se habían mecido los incensarios encendidos, de los que el incienso, mezclado con las oraciones de los adoradores, había ascendido a Dios. Allí había fluido la sangre de los animales, símbolo de la sangre de Cristo. Allí Jehová había manifestado su gloria sobre el propiciatorio. Allí los sacerdotes habían oficiado, y había continuado la pompa de los símbolos y las ceremonias durante siglos. Pero todo esto debía terminar.

Jesús levantó la mano-- la mano que a menudo bendecía a los enfermos y dolientes,-- y extendiéndola hacia la ciudad condenada, con palabras entrecortadas de pena exclamó : "¡Oh si también tú conocieses, a lo menos en este tu día, lo que toca a tu paz!" Aquí el Salvador se detuvo, y no expresó que hubiera podido ser la condición de Jerusalén si hubiese aceptado la ayuda que Dios deseaba darle: el don de su amado Hijo. Si Jerusalén hubiese conocido lo que era su privilegio conocer, y hecho caso de la luz que el Cielo le había enviado, podría haberse destacado en la gloria de la prosperidad, como 530 reina de los reinos, libre en la fuerza del poder dado por su Dios. No habría habido soldados armados a sus puertas, ni banderas romanas flameando en sus muros. El glorioso destino que podría haber exaltado a Jerusalén si hubiese aceptado a su Redentor se presentó ante el Hijo de Dios. Vio que hubiera podido ser sanada por él de su grave enfermedad, librada de la servidumbre y establecida como poderosa metrópoli de la tierra. La paloma de la paz hubiera salido de sus muros rumbo a todas las naciones. Hubiera sido la gloriosa diadema del mundo.

Pero el brillante cuadro de lo que Jerusalén podría haber sido se desvanece de la vista del Salvador. El se da cuenta de que ahora está ella bajo el yugo romano, soportando el ceño de Dios, condenada a su juicio retributivo. Reanuda el hilo interrumpido de su lamentación: "Mas ahora está encubierto de tus ojos. Porque vendrán días sobre ti, que tus enemigos te cercarán con baluarte, y te pondrán cerco, y de todas partes te pondrán en estrecho, y te derribarán a tierra, y a tus hijos dentro de ti; y no dejarán sobre ti piedra sobre piedra; por cuanto no conociste el tiempo de tu visitación."

Cristo vino a salvar a Jerusalén con sus hijos; pero el orgullo, la hipocresía, la malicia y el celo farisaico le habían impedido cumplir su propósito. Jesús conocía la terrible retribución que caería sobre la ciudad condenada. Vio a Jerusalén cercada de ejércitos, a sus sitiados habitantes arrastrados al hambre y la muerte, a las madres alimentándose con los cuerpos muertos de sus propios hijos, y a los padres e hijos arrebatándose unos a otros el último bocado; vio los afectos naturales destruidos por las angustias desgarradoras del hambre. Vio que la testarudez de los judíos, evidenciada por el rechazamiento de la salvación que él les ofrecía, los induciría también a rehusar someterse a los ejércitos invasores. Contempló el Calvario, sobre el cual él había de ser levantado, cuajado de cruces como un bosque de árboles. Vio a sus desventurados habitantes sufriendo torturas sobre el potro y crucificados, los hermosos palacios destruidos, el templo en ruinas, y de sus macizas murallas ni una piedra sobre otra, mientras la ciudad era arada como un campo. Bien podía el Salvador llorar de agonía con esa espantosa escena a la vista. 531

Jerusalén había sido la hija de su cuidado, y como un padre tierno se lamenta sobre un hijo descarriado, así Jesús lloró sobre la ciudad amada. ¿Cómo puedo abandonarte? ¿Cómo puedo verte condenada a la destrucción? ¿Puedo permitirte colmar la copa de tu iniquidad? Un alma es de tanto valor que, en comparación con ella, los mundos se reducen a la insignificancia; pero ahí estaba por perderse una nación entera. Cuando el sol ya en su ocaso desapareciera de la vista, el día de gracia de Jerusalén habría terminado. Mientras la procesión estaba detenida sobre la cresta del monte de las Olivas, no era todavía demasiado tarde para que Jerusalén se arrepintiese. El ángel de la misericordia estaba entonces plegando sus alas para descender por los escalones del trono de oro a fin de dar lugar a la justicia y al juicio inminentes. Pero el gran corazón de amor de Cristo todavía intercedía por Jerusalén, que había despreciado sus misericordias y amonestaciones, y que estaba por empapar sus manos en su sangre. Si quisiera solamente arrepentirse, no era aún demasiado tarde. Mientras los últimos rayos del sol poniente se demoraban sobre el templo, las torres y cúpulas, ¿no la guiaría algún ángel bueno al amor del Salvador y conjuraría su sentencia? ¡Hermosa e impía ciudad, que había apedreado a los profetas, que había rechazado al Hijo de Dios, que se sujetaba ella misma por su impenitencia en grillos de servidumbre: su día de misericordia casi había pasado!

Sin embargo, el Espíritu de Dios habla otra vez a Jerusalén. Antes de pasar el día, recibe Cristo otro testimonio cuya voz se levanta en respuesta al llamamiento de un pasado profético. Si Jerusalén quiere oír el llamamiento, si quiere recibir al Salvador que está entrando por sus puertas, puede salvarse todavía.

Los gobernantes de Jerusalén han recibido informes de que Jesús se aproxima a la ciudad con un gran concurso de gente. Pero no dan la bienvenida al Hijo de Dios. Salen con temor a su encuentro, esperando dispersar la multitud. Cuando la procesión está por descender del monte de las Olivas, los gobernantes la interceptan. Inquieren la causa del tumultuoso regocijo. Cuando preguntan: "¿Quién es éste?" los discípulos, llenos de inspiración, contestan. En elocuentes acordes repiten las profecías concernientes a Cristo: 532

Adán os dirá: Esta es la simiente de la mujer, que herirá la cabeza de la serpiente.

Preguntadle a Abrahán, quien os dirá: Es "Melquisedec, rey de Salem,"* rey de paz.

Jacob os dirá: Es Shiloh, de la tribu de Judá.

Isaías os dirá: "Emmanuel," "Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz."*

Jeremías os dirá: La rama de David, "Jehová, justicia nuestra." *

Daniel os dirá: Es el Mesías.

Oseas os dirá: Es "Jehová" "Dios de los ejércitos: Jehová es su memorial."*

Juan el Bautista os dirá: Es "el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo."*

El gran Jehová ha proclamado desde su trono: "Este es mi Hijo amado." *

Nosotros, sus discípulos, declaramos: Este es Jesús, el Mesías, el Príncipe de la vida, el Redentor del mundo.

Y el príncipe de los poderes de las tinieblas lo reconoce, diciendo: "Sé quien eres, el Santo de Dios."* 533

 

CAPÍTULO 64

Un Pueblo Condenado

LA ENTRADA triunfal de Cristo en Jerusalén era una débil representación de su venida en las nubes del cielo con poder y gloria, entre el triunfo de los ángeles y el regocijo de los santos. Entonces se cumplirán las palabras de Cristo a los sacerdotes y fariseos: "Desde ahora no me veréis, hasta que digáis: Bendito el que viene en el nombre del Señor.'* En visión profética se le mostró a Zacarías ese día de triunfo final; y él contempló también la condenación de aquellos que rechazaron a Cristo en su primer advenimiento: "Mirarán a mí, a quien traspasaron, y harán llanto sobre él, como llanto sobre unigénito, afligiéndose sobre él como quien se aflige sobre primogénito."* Cristo previó esta escena cuando contempló la ciudad y lloró sobre ella. En la ruina temporal de Jerusalén, vio la destrucción final de aquel pueblo culpable de derramar la sangre del Hijo de Dios.

Los discípulos veían el odio de los judíos por Cristo, pero no veían adónde los conduciría. No comprendían todavía la verdadera condición de Israel, ni la retribución que iba a caer sobre Jerusalén. Cristo se lo reveló mediante una significativa lección objetiva.

La última súplica a Jerusalén había sido hecha en vano. Los sacerdotes y gobernantes habían oído la antigua voz profética repercutir en la multitud en respuesta a la pregunta: "¿Quién es éste?" pero no la aceptaban como voz inspirada. Con ira y asombro, trataron de acallar a la gente. Había funcionarios romanos en la muchedumbre, y ante éstos denunciaron sus enemigos a Jesús como el cabecilla de una rebelión. Le acusaron de querer apoderarse del templo y reinar como rey en Jerusalén.

Pero la serena voz de Jesús acalló por un momento la muchedumbre clamorosa al declarar que no había venido para establecer un reino temporal; pronto iba a ascender a su Padre, 534 y sus acusadores no le verían más hasta que volviese en gloria. Entonces, pero demasiado tarde para salvarse, le reconocerían. Estas palabras fueron pronunciadas por Jesús con tristeza y singular poder. Los oficiales romanos callaron subyugados. Su corazón, aunque ajeno a la influencia divina, se conmovió como nunca se había conmovido. En el rostro sereno y solemne de Jesús, vieron amor, benevolencia y dignidad. Sintieron una simpatía que no podían comprender. En vez de arrestar a Jesús, se inclinaron a tributarle homenaje. Volviéndose hacia los sacerdotes y gobernantes, los acusaron de crear disturbios. Estos caudillos, pesarosos y derrotados, se volvieron a la gente con sus quejas y disputaron airadamente entre sí.

Mientras tanto, Jesús entró sin que nadie lo notara, en el templo. Todo estaba tranquilo allí, porque la escena que se había desarrollado en el monte de las Olivas había atraído a la gente. Durante un corto tiempo Jesús permaneció en el templo, mirándolo con tristeza. Luego se apartó con sus discípulos y volvió a Betania. Cuando la gente le buscó para ponerlo sobre el trono, no pudo hallarle.

Toda aquella noche Jesús la pasó en oración, y por la mañana volvió al templo. Mientras iba, pasó al lado de un huerto de higueras. Tenía hambre y, "viendo de lejos una higuera que tenía hojas, se acercó, si quizá hallaría en ella algo; y como vino a ella, nada halló sino hojas; porque no era tiempo de higos."

No era tiempo de higos maduros, excepto en ciertas localidades; y acerca de las tierras altas que rodean a Jerusalén, se podía decir con acierto: "No era tiempo de higos." Pero en el huerto al cual Jesús se acercó había un árbol que parecía más adelantado que los demás. Estaba ya cubierto de hojas. Es natural en la higuera que aparezcan los frutos antes que se abran las hojas. Por lo tanto, este árbol cubierto de hojas prometía frutos bien desarrollados. Pero su apariencia era engañosa. Al revisar sus ramas, desde la más baja hasta la más alta, Jesús no "halló sino hojas." No era sino engañoso follaje, nada más.

Cristo pronunció una maldición agostadora. "Nunca más coma nadie fruto de ti para siempre," dijo. A la mañana siguiente, mientras el Salvador y sus discípulos volvían otra 535 vez a la ciudad, las ramas agostadas y las hojas marchitas llamaron su atención. "Maestro --dijo Pedro,-- he aquí la higuera que maldijiste, se ha secado."

El acto de Cristo, al maldecir la higuera, había asombrado a los discípulos. Les pareció muy diferente de su proceder y sus obras. Con frecuencia le habían oído declarar que no había venido para condenar al mundo, sino para que el mundo pudiese ser salvo por él. Recordaban sus palabras: "El Hijo del hombre no ha venido para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas."*  Había realizado sus obras maravillosas para restaurar, nunca para destruir. Los discípulos le habían conocido solamente como el Restaurador, el Sanador. Este acto era único. ¿Cuál era su propósito? se preguntaban.

Dios "es amador de misericordia." "Vivo yo, dice el Señor Jehová, que no quiero la muerte del impío."* Para él la obra de destrucción y condenación es una "extraña obra."*  Pero, con misericordia y amor, alza el velo de lo futuro y revela a los hombres los resultados de una conducta pecaminosa.

La maldición de la higuera era una parábola llevada a los hechos. Ese árbol estéril, que desplegaba su follaje ostentoso a la vista de Cristo, era un símbolo de la nación judía. El Salvador deseaba presentar claramente a sus discípulos la causa y la certidumbre de la suerte de Israel. Con este propósito invistió al árbol con cualidades morales y lo hizo exponente de la verdad divina. Los judíos se distinguían de todas las demás naciones porque profesaban obedecer a Dios. Habían sido favorecidos especialmente por él, y aseveraban tener más justicia que los demás pueblos. Pero estaban corrompidos por el amor del mundo y la codicia de las ganancias. Se jactaban de su conocimiento, pero ignoraban los requerimientos de Dios y estaban llenos de hipocresía. Como el árbol estéril, extendían sus ramas ostentosas, de apariencia exuberante y hermosas a la vista, pero no daban sino hojas. La religión judía, con su templo magnífico, sus altares sagrados, sus sacerdotes mitrados y ceremonias impresionantes, era hermosa en su apariencia externa, pero carente de humildad, amor y benevolencia.

Ningún árbol del huerto tenía fruta, pero los árboles que no tenían hojas no despertaban expectativa ni defraudaban esperanzas. Estos árboles representaban a los gentiles. Estaban tan 536 desprovistos de piedad como los judíos; pero no profesaban servir a Dios. No aseveraban jactanciosamente ser buenos. Estaban ciegos respecto de las obras y los caminos de Dios. Para ellos no había llegado aún el tiempo de los frutos. Estaban esperando todavía el día que les había de traer luz y esperanza. Los judíos, que habían recibido mayores bendiciones de Dios, eran responsables por el abuso que habían hecho de esos dones. Los privilegios de los que se habían jactado, no hacían sino aumentar su culpabilidad.

Jesús había acudido a la higuera con hambre, para hallar alimento. Así también había venido a Israel, anhelante de hallar en él los frutos de la justicia. Les había prodigado sus dones, a fin de que pudiesen llevar frutos para beneficiar al mundo. Les había concedido toda oportunidad y privilegio, y en pago buscaba su simpatía y cooperación en su obra de gracia. Anhelaba ver en ellos abnegación y compasión, celo en servir a Dios y una profunda preocupación por la salvación de sus semejantes. Si hubiesen guardado la ley de Dios, habrían hecho la misma obra abnegada que hacía Cristo. Pero el amor hacia Dios y los hombres estaba eclipsado por el orgullo y la suficiencia propia. Se atrajeron la ruina al negarse a servir a otros. No dieron al mundo los tesoros de la verdad que Dios les había confiado. Podrían haber leído tanto su pecado como su castigo en el árbol estéril. Marchitada bajo la maldición del Salvador, allí, de pie, seca hasta la raíz, la higuera representaba lo que sería el pueblo judío cuando la gracia de Dios se apartase de él. Por cuanto se negaba a impartir bendiciones, ya no las recibiría. "Te perdiste, oh Israel,"* dice el Señor.

La amonestación que dio Jesús por medio de la higuera es para todos los tiempos. El acto de Cristo, al maldecir el árbol que con su propio poder había creado, se destaca como amonestación a todas las iglesias y todos los cristianos. Nadie puede vivir la ley de Dios sin servir a otros. Pero son muchos los que no viven la vida misericordiosa y abnegada de Cristo. Algunos de los que se creen excelentes cristianos no comprenden lo que es servir a Dios. Sus planes y sus estudios tienen por objeto agradarse a sí mismos. Obran solamente con referencia a sí mismos. El tiempo tiene para ellos valor únicamente en la medida en que les permite juntar para sí. Este es su objeto en 537 todos los asuntos de la vida. No obran para otros, sino para sí mismos. Dios los creó para vivir en un mundo donde debe cumplirse un servicio abnegado. Los destinó a ayudar a sus semejantes de toda manera posible. Pero el yo asume tan grandes proporciones que no pueden ver otra cosa. No están en contacto con la humanidad. Los que así viven para sí son como la higuera que tenía mucha apariencia, pero no llevaba fruto. Observan la forma de culto, pero sin arrepentimiento ni fe. Profesan honrar la ley de Dios, pero les falta la obediencia. Dicen, pero no hacen. En la sentencia pronunciada sobre la higuera, Cristo demostró cuán abominable es a sus ojos esta vana pretensión. Declaró que el que peca abiertamente es menos culpable que el que profesa servir a Dios pero no lleva fruto para su gloria.

La parábola de la higuera, pronunciada antes de la visita de Cristo a Jerusalén, está en relación directa con la lección que enseñó al maldecir el árbol estéril. En el primer caso, el jardinero de la parábola intercedió así: "Déjala aún este año, hasta que la excave y estercole. Y si hiciere fruto, bien; y si no, la cortarás después."*  Debía aumentarse el cuidado al árbol infructuoso. Debía tener todas las ventajas posibles. Pero si permanecía sin dar fruto, nada podría salvarlo de la destrucción. En la parábola, no se indicó el resultado del trabajo del jardinero. Dependía de aquel pueblo al cual se dirigían las palabras de Cristo. Los judíos estaban representados por el árbol infructuoso, y a ellos les tocaba decidir su propio destino. Se les había concedido toda ventaja que el Cielo podía otorgar les, pero no aprovecharon sus acrecentadas bendiciones. El acto de Cristo, al maldecir la higuera estéril, demostró el resultado. Los judíos habían determinado su propia destrucción.

Durante más de mil años, esa nación había abusado de la misericordia de Dios y atraído sus juicios. Había rechazado sus amonestaciones y muerto a sus profetas. Los judíos contemporáneos de Cristo se hicieron responsables de estos pecados al seguir la misma conducta. La culpa de esa generación estribaba en que había rechazado las misericordias y amonestaciones de que fuera objeto. La gente que vivía en el tiempo de Cristo estaba cerrando sobre sí los hierros que la nación había estado forjando durante siglos. 538

En toda época se otorgó a los hombres su día de luz y privilegios, un tiempo de gracia en el que pueden reconciliarse con Dios. Pero esta gracia tiene un límite. La misericordia puede interceder durante años, ser despreciada y rechazada. Pero llega al fin un momento cuando ella hace su última súplica. El corazón se endurece de tal manera que cesa de responder al Espíritu de Dios. Entonces la voz suave y atrayente ya no suplica más al pecador, y cesan las reprensiones y amonestaciones.

Ese día había llegado para Jerusalén. Jesús lloró con angustia sobre la ciudad condenada, pero no la podía librar. Había agotado todo recurso. Al rechazar las amonestaciones del Espíritu de Dios, Israel había rechazado el único medio de auxilio. No había otro poder por el cual pudiese ser libertado.

La nación judía era un símbolo de las personas que en todo tiempo desprecian las súplicas del amor infinito. Las lágrimas vertidas por Cristo cuando lloró sobre Jerusalén fueron derramadas por los pecados de todos los tiempos. En los juicios pronunciados sobre Israel, los que rechazan las reprensiones y amonestaciones del Espíritu Santo de Dios pueden leer su propia condenación.

En esta generación, muchos están siguiendo el mismo camino que los judíos incrédulos. Han presenciado las manifestaciones del poder de Dios; el Espíritu Santo ha hablado a su corazón; pero se aferran a su incredulidad y resistencia. Dios les manda advertencias y reproches, pero no están dispuestos a confesar sus errores, y rechazan su mensaje y a sus mensajeros. Los mismos medios que él usa para restaurarlos llegan a ser para ellos una piedra de tropiezo.

Los profetas de Dios eran aborrecidos por el apóstata Israel porque por su medio eran revelados los pecados secretos del pueblo. Acab consideraba a Elías como su enemigo porque el profeta reprendía fielmente las iniquidades secretas del rey. Así también hoy los siervos de Cristo, los que reprenden el pecado, encuentran desprecios y repulsas. La verdad bíblica, la religión de Cristo, lucha contra una fuerte corriente de impureza moral. El prejuicio es aun más fuerte en los corazones humanos ahora que en los días de Cristo. Jesús no cumplía las expectativas de los hombres; su vida reprendía sus pecados, y 539 le rechazaron. Así también ahora la verdad de la Palabra de Dios no armoniza con las costumbres e inclinaciones naturales de los hombres, y millares rechazan su luz. Impulsados por Satanás, los hombres ponen en duda la Palabra de Dios y prefieren ejercer su juicio independiente. Eligen las tinieblas antes que la luz, pero lo hacen con peligro de su propia alma. Los que cavilaban acerca de las palabras de Cristo encontraban siempre mayor causa de cavilación hasta que se apartaron de la verdad y la vida. Así sucede ahora. Dios no se propone suprimir toda objeción que el corazón carnal pueda presentar contra la verdad. Para los que rechazan los preciosos rayos de luz que iluminarían las tinieblas, los misterios de la Palabra de Dios lo serán siempre. La verdad se les oculta. Andan ciegamente y no conocen la ruina que les espera.

Cristo contempló el mundo de todos los siglos desde la altura del monte de las Olivas; y sus palabras se aplican a toda alma que desprecia las súplicas de la misericordia divina. Oh, escarnecedor de su amor, él se dirige hoy a ti. A ti, aun a ti, que debieras conocer las cosas que pertenecen a tu paz. Cristo está derramando amargas lágrimas por ti, que no las tienes para ti mismo. Ya se está manifestando en ti aquella fatal dureza de corazón que destruyó a los fariseos. Y toda evidencia de la gracia de Dios, todo rayo de la luz divina, enternece y subyuga el alma, o la confirma en una impenitencia sin esperanza.

Cristo previo que Jerusalén permanecería empedernida e impenitente; pero toda la culpa, todas las consecuencias de la misericordia rechazada, pesaban sobre ella. Así también sucederá con toda alma que está siguiendo la misma conducta. El Señor declara: "Te perdiste, oh Israel."* "Oye, tierra. He aquí yo traigo mal sobre este pueblo, el fruto de sus pensamientos; porque no escucharon a mis palabras, y aborrecieron mi ley."* 540

 

CAPÍTULO 65

Cristo Purifica de Nuevo el Templo

AL COMENZAR SU ministerio, Cristo había echado del templo a los que lo contaminaban con su tráfico profano; y su porte severo y semejante al de Dios había infundido terror al corazón de los maquinadores traficantes. Al final de su misión, vino de nuevo al templo y lo halló tan profanado como antes. El estado de cosas era peor aún que entonces. El atrio exterior del templo parecía un amplio corral de ganado. Con los gritos de los animales y el ruido metálico de las monedas, se mezclaba el clamoreo de los airados altercados de los traficantes, y en medio de ellos se oían las voces de los hombres ocupados en los sagrados oficios. Los mismos dignatarios del templo se ocupaban en comprar y vender y en cambiar dinero. Estaban tan completamente dominados por su afán de lucrar, que a la vista de Dios no eran mejores que los ladrones.

Los sacerdotes y gobernantes consideraban liviana cosa la solemnidad de la obra que debían realizar. En cada Pascua y fiesta de las cabañas, se mataban miles de animales, y los sacerdotes recogían la sangre y la derramaban sobre el altar. Los judíos se habían familiarizado con el ofrecimiento de la sangre hasta perder casi de vista el hecho de que era el pecado el que hacía necesario todo este derramamiento de sangre de animales. No discernían que prefiguraba la sangre del amado Hijo de Dios, que había de ser derramada para la vida del mundo, y que por el ofrecimiento de los sacrificios los hombres habían de ser dirigidos al Redentor crucificado.

Jesús miró las inocentes víctimas de los sacrificios, y vio cómo los judíos habían convertido estas grandes convocaciones en escenas de derramamiento de sangre y crueldad. En lugar de sentir humilde arrepentimiento del pecado, habían multiplicado los sacrificios de animales, como si Dios pudiera ser honrado por un servicio que no nacía del corazón. Los sacerdotes y gobernantes habían endurecido sus corazones con el 541 egoísmo y la avaricia. Habían convertido en medios de ganancia los mismos símbolos que señalaban al Cordero de Dios. Así se había destruido en gran medida a los ojos del pueblo la santidad del ritual de los sacrificios. Esto despertó la indignación de Jesús; él sabía que su sangre, que pronto había de ser derramada por los pecados del mundo, no sería más apreciada por los sacerdotes y ancianos que la sangre de los animales que ellos vertían constantemente.

Cristo había hablado contra estas prácticas mediante los profetas. Samuel había dicho: "¿Tiene Jehová tanto contentamiento con los holocaustos y víctimas, como en obedecer a las palabras de Jehová ? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios; y el prestar atención que el sebo de los carneros." E Isaías, al ver en visión profética la apostasía de los judíos, se dirigió a ellos como si fuesen gobernantes de Sodoma y Gomorra: "Príncipes de Sodoma, oíd la palabra de Jehová; escuchad la ley de nuestro Dios, pueblo de Gomorra. ¿Para qué a mí, dice Jehová, la multitud de vuestros sacrificios? Harto estoy de holocaustos de carneros, y de sebo de animales gruesos: no quiero sangre de bueyes, ni de ovejas, ni de machos cabríos. ¿Quién demandó esto de vuestras manos, cuando vinieseis a presentaros delante de mí, para hollar mis atrios?" "Lavad, limpiaos; quitad la iniquidad de vuestras obras de ante mis ojos; dejad de hacer lo malo: aprended a hacer bien; buscad juicio, restituid al agraviado, oíd en derecho al huérfano, amparad a la viuda."*

E1 mismo que había dado estas profecías repetía ahora por última vez la amonestación. En cumplimiento de la profecía, el pueblo había proclamado rey de Israel a Jesús. E1 había recibido su homenaje y aceptado el título de rey. Debía actuar como tal. Sabía que serían vanos sus esfuerzos por reformar un sacerdocio corrompido; no obstante, su obra debía hacerse; debía darse a un pueblo incrédulo la evidencia de su misión divina.

De nuevo la mirada penetrante de Jesús recorrió los profanados atrios del templo. Todos los ojos se fijaron en él. Los sacerdotes y gobernantes, los fariseos y gentiles, miraron con asombro y temor reverente al que estaba delante de ellos con la majestad del Rey del cielo. La divinidad fulguraba a través de 542 la humanidad, invistiendo a Cristo con una dignidad y gloria que nunca antes había manifestado. Los que estaban más cerca se alejaron de él tanto como el gentío lo permitía. Exceptuando a unos pocos discípulos suyos, el Salvador quedó solo. Se acalló todo sonido. El profundo silencio parecía insoportable. Cristo habló con un poder que influyó en el pueblo como una poderosa tempestad: "Escrito está: Mi casa, casa de oración será llamada, mas vosotros cueva de ladrones la habéis hecho." Su voz repercutió por el templo como trompeta. E1 desagrado de su rostro parecía fuego consumidor. Ordenó con autoridad: "Quitad de aquí esto."

Tres años antes, los gobernantes del templo se habían avergonzado de su fuga ante el mandato de Jesús. Se habían asombrado después de sus propios temores y de su implícita obediencia a un solo hombre humilde. Habían sentido que era imposible que se repitiera su humillante sumisión. Sin embargo, estaban ahora más aterrados que entonces y se apresuraron más aún a obedecer su mandato. No había nadie que osara discutir su autoridad. Los sacerdotes y traficantes huyeron de su presencia arreando su ganado.

Al alejarse del templo se encontraron con una multitud que venía con sus enfermos en busca del gran Médico. El informe dado por la gente que huía indujo a algunos de ellos a volverse. Temieron encontrarse con uno tan poderoso, cuya simple mirada había echado de su presencia a los sacerdotes y gobernantes. Pero muchos de ellos se abrieron paso entre el gentío que se precipitaba, ansiosos de llegar a Aquel que era su única esperanza. Cuando la multitud huyó del templo, muchos quedaron atrás. Estos se unieron ahora a los que acababan de llegar. De nuevo se llenaron los atrios del templo de enfermos e inválidos, y una vez más Jesús los atendió.

Después de un rato, los sacerdotes y gobernantes se atrevieron a volver al templo. Cuando el pánico hubo pasado, los sobrecogió la ansiedad de saber cuál sería el siguiente paso de Jesús. Esperaban que tomara el trono de David. Volviendo quedamente al templo, oyeron las voces de hombres, mujeres y niños que alababan a Dios. Al entrar, quedaron estupefactos ante la maravillosa escena. Vieron sanos a los enfermos, con vista a los ciegos, con oído a los sordos, y a los tullidos saltando 543 de gozo. Los niños eran los primeros en regocijarse. Jesús había sanado sus enfermedades; los había estrechado en sus brazos, había recibido sus besos de agradecido afecto, y algunos de ellos se habían dormido sobre su pecho mientras él enseñaba a la gente. Ahora con alegres voces los niños pregonaban sus alabanzas. Repetían los hosannas del día anterior y agitaban triunfalmente palmas ante el Salvador. En el templo, repercutían repetidas veces sus aclamaciones: "Bendito el que viene en nombre de Jehová." "He aquí, tu rey vendrá a ti, justo y salvador."  * "¡Hosanna al Hijo de David!"

Oír estas voces libres y felices ofendía a los gobernantes del templo, quienes decidieron poner coto a esas demostraciones. Dijeron al pueblo que la casa de Dios era profanada por los pies de los niños y los gritos de regocijo. Al notar que sus palabras no impresionaban al pueblo, los gobernantes recurrieron a Cristo: "¿Oyes lo que éstos dicen? Y Jesús les dice: Sí: ¿nunca leísteis: De la boca de los niños y de los que maman perfeccionaste la alabanza?" La profecía había predicho que Cristo sena proclamado rey, y esa predicción debía cumplirse. Los sacerdotes y gobernantes de Israel rehusaron proclamar su gloria, y Dios indujo a los niños a ser sus testigos. Si las voces de los niños hubiesen sido acalladas, las mismas columnas del templo habrían pregonado las alabanzas del Salvador.

Los fariseos estaban enteramente perplejos y desconcertados. Uno a quien no podían intimidar ejercía el mando. Jesús había señalado su posición como guardián del templo. Nunca antes había asumido esa clase de autoridad. Nunca antes habían tenido sus palabras y obras tan gran poder. E1 había efectuado obras maravillosas en toda Jerusalén, pero nunca antes de una manera tan solemne e impresionante. En presencia del pueblo que había sido testigo de sus obras maravillosas, los sacerdotes y gobernantes no se atrevieron a manifestarle abierta hostilidad. Aunque airados y confundidos por su respuesta, fueron incapaces de realizar cualquier cosa adicional ese día.

A la mañana siguiente, el Sanedrín consideró de nuevo qué conducta debía adoptar para con Jesús. Tres años antes, habían exigido una señal de su carácter mesiánico. Desde aquella ocasión, él había realizado obras poderosas por todo el país. 544  Había sanado a los enfermos, alimentado milagrosamente a miles de personas, caminado sobre las olas y aquietado el mar agitado. Había leído repetidas veces los corazones como un libro abierto; había expulsado a los demonios y resucitado muertos. Antes los gobernantes le habían pedido evidencias de su carácter de Mesías. Ahora decidieron exigirle, no una señal de su autoridad, sino alguna admisión o declaración por la cual pudiera ser condenado.

Yendo al templo donde estaba él enseñando, le preguntaron: "¿Con qué autoridad haces esto? ¿y quién te dio esta autoridad?" Esperaban que afirmase que su autoridad procedía de Dios. Se proponían negar un aserto tal. Pero Jesús les hizo frente con una pregunta que al parecer concernía a otro asunto e hizo depender su respuesta a ellos de que contestaran esa pregunta. "El bautismo de Juan --dijo,-- ¿de dónde era? ¿del cielo, o de los hombres?"

Los sacerdotes vieron que estaban en un dilema del cual ningún sofisma los podía sacar. Si decían que el bautismo de Juan era del cielo, se pondría de manifiesto su inconsecuencia. Cristo les diría: ¿Por qué entonces no creísteis en él? Juan había testificado de Cristo: "He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo."* Si los sacerdotes creían el testimonio de Juan, ¿cómo podían negar que Cristo fuese el Mesías? Si declaraban su verdadera creencia, que el ministerio de Juan era de los hombres, iban a provocar una tormenta de indignación, porque el pueblo creía que Juan era profeta.

La multitud esperaba la decisión con intenso interés. Sabían que los sacerdotes habían profesado aceptar el ministerio de Juan, y esperaban que reconocieran sin reservas que era enviado de Dios. Pero después de consultarse secretamente, los sacerdotes decidieron no comprometerse. Simulando ignorancia, dijeron hipócritamente: "No sabemos." "Ni yo os digo con qué autoridad hago esto," dijo Jesús.

Los escribas, sacerdotes y gobernantes fueron reducidos todos al silencio. Desconcertados y chasqueados, permanecieron cabizbajos, sin atreverse a dirigir más preguntas a Jesús. Por su cobardía e indecisión habían perdido en gran medida el respeto del pueblo, que observaba y se divertía al ver derrotados a esos hombres orgullosos y henchidos de justicia propia. 545

Todos los dichos y hechos de Cristo eran importantes, y su influencia había de sentirse con intensidad que iría en aumento después de su crucifixión y ascensión. Muchos de los que habían aguardado ansiosamente el resultado de las preguntas de Jesús, serían finalmente sus discípulos, atraídos a él por sus palabras de aquel día lleno de acontecimientos. Nunca se desvanecería de sus mentes la escena ocurrida en el atrio del templo. El contraste entre Jesús y el sumo sacerdote mientras hablaron juntos era notable. El orgulloso dignatario del templo estaba vestido con ricas y costosas vestimentas. Sobre la cabeza tenía una tiara reluciente. Su porte era majestuoso; su cabello y su larga barba flotante estaban plateados por los años. Su apariencia infundía terror a los espectadores. Ante este augusto personaje estaba la Majestad del cielo, sin adornos ni ostentación. En sus vestiduras había manchas del viaje; su rostro estaba pálido y expresaba una paciente tristeza; pero se notaban allí una dignidad y benevolencia que contrastaban extrañamente con el orgullo, la confianza propia y el semblante airado del sumo sacerdote. Muchos de los que oyeron las palabras y vieron los hechos de Jesús en el templo, le tuvieron desde entonces por profeta de Dios. Pero mientras el sentimiento popular se inclinaba a Jesús, el odio de los sacerdotes hacia él aumentaba. La sabiduría por la cual había rehuido las trampas que le tendieran era una nueva evidencia de su divinidad y añadía pábulo a su ira.

En su debate con los rabinos, no era el propósito de Cristo humillar a sus contrincantes. No se alegraba de verlos en apuros. Tenía una importante lección que enseñar. Había mortificado a sus enemigos permitiéndoles caer en la red que le habían tendido. Al reconocer ellos su ignorancia en cuanto al carácter de Juan el Bautista, dieron a Jesús oportunidad de hablar, y él la aprovechó presentándoles su verdadera condición y añadiendo otras amonestaciones a las muchas ya dadas. 

"¿Qué os parece? --dijo:-- Un hombre tenía dos hijos, y llegando al primero, le dijo: Hijo, ve hoy a trabajar en mi viña Y respondiendo él, dijo: No quiero; mas después arrepentido, fue. Y llegando al otro, le dijo de la misma manera; y respondiendo él, dijo: Yo, Señor, voy. Y no fue ¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre?" 546

Esta abrupta pregunta sorprendió a sus oyentes. Habían seguido de cerca la parábola, y respondieron inmediatamente: "El primero." Fijando en ellos firmemente sus ojos, Jesús respondió con acento severo y solemne: "De cierto os digo, que los publicanos y las rameras os van delante al reino de Dios. Porque vino a vosotros Juan en camino de justicia, y no le creísteis; y los publicanos y las rameras le creyeron; y vosotros, viendo esto, no os arrepentisteis después para creerle."

Los sacerdotes y gobernantes no podían dar sino una respuesta correcta a la pregunta de Cristo, y así obtuvo él su opinión en favor del primer hijo. Este representaba a los publicanos, que eran despreciados y odiados por los fariseos. Los publicanos habían sido groseramente inmorales. Habían sido en verdad transgresores de la ley de Dios y mostrado en sus vidas una resistencia absoluta a sus requerimientos. Habían sido ingratos y profanos; cuando se les pidió que fueran a trabajar en la viña del Señor, habían dado una negativa desdeñosa. Pero cuando vino Juan, predicando el arrepentimiento y el bautismo, los publicanos recibieron su mensaje y fueron bautizados.

El segundo hijo representaba a los dirigentes de la nación judía. Algunos de los fariseos se habían arrepentido y recibido el bautismo de Juan; pero los dirigentes no quisieron reconocer que él había venido de Dios. Sus amonestaciones y denuncias no los habían inducido a reformarse. Ellos "desecharon el consejo de Dios contra sí mismos, no siendo bautizados de él." Trataron su mensaje con desdén. Como el segundo hijo, que cuando fue llamado dijo: "Yo, señor, voy" pero no fue, los sacerdotes y gobernantes profesaban obediencia pero desobedecían. Hacían gran profesión de piedad, aseveraban acatar la ley de Dios, pero prestaban solamente una falsa obediencia. Los publicanos eran denunciados y anatematizados por tos fariseos como infieles; pero demostraban por su fe y sus obras que iban al reino de los cielos delante de aquellos hombres llenos de justicia propia, a los cuales se les había dado gran luz, pero cuyas obras no correspondían a su profesión de piedad.

Los sacerdotes y gobernantes no estaban dispuestos a soportar estas verdades escudriñadoras. Sin embargo, guardaron 547 silencio, esperando que Jesús dijese algo que pudieran usar contra él; pero habían de soportar aun más.

"Oíd otra parábola --dijo Cristo:-- Fue un hombre, padre de familia, el cual plantó una viña; y la cercó de vallado, y cavó en ella un lagar, y edificó una torre, y la dio a renta a labradores, y se partió lejos. Y cuando se acercó el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los labradores, para que recibiesen sus frutos. Mas los labradores, tomando a los siervos, al uno hirieron, y al otro mataron, y al otro apedrearon. Envió de nuevo otros siervos, más que los primeros; e hicieron con ellos de la misma manera. Y a la postre les envió su hijo, diciendo: Tendrán respeto a mi hijo. Mas los labradores, viendo al hijo, dijeron entre sí: Este es el heredero; venid, matémosle, y tomemos su heredad. Y tomando, le echaron fuera de la viña, y le mataron. Pues cuando viniere el señor de la viña, ¿qué hará a aquellos labradores?"

Jesús se dirigió a todos los presentes; pero los sacerdotes y gobernantes respondieron. "A los malos destruirá miserablemente --dijeron,--  y su viña dará a renta a otros labradores, que le paguen el fruto a sus tiempos." Los que hablaban no habían percibido al principio la aplicación de la parábola, mas ahora vieron que habían pronunciado su propia condenación. En la parábola, el señor de la viña representaba a Dios, la viña a la nación judía, el vallado la ley divina que la protegía. La torre era un símbolo del templo. El señor de la viña había hecho todo lo necesario para su prosperidad. "¿Qué más se había de hacer a mi viña, que yo no haya hecho en ella ?"* Así se representaba el infatigable cuidado de Dios por Israel. Y como los labradores debían devolver al dueño una debida proporción de los frutos de la viña, así el pueblo de Dios debía honrarle mediante una vida que correspondiese a sus sagrados privilegios. Pero como los labradores habían matado a los siervos que el señor les envió en busca de fruto, así los judíos habían dado muerte a los profetas a quienes Dios les enviara para llamarlos al arrepentimiento. Mensajero tras mensajero había sido muerto. Hasta aquí la aplicación de la parábola no podía confundirse, y en lo que siguiera no sería menos evidente. En el amado hijo a quien el señor de la viña envió finalmente a sus desobedientes siervos, a quien ellos habían prendido y matado, 548 los sacerdotes y gobernantes vieron un cuadro claro de Jesús y su suerte inminente. Ya estaban ellos maquinando la muerte de Aquel a quien el Padre les había enviado como último llamamiento. En la retribución infligida a los ingratos labradores, estaba pintada la sentencia de los que matarían a Cristo.

Mirándolos con piedad, el Salvador continuó: "¿Nunca leísteis en las Escrituras: La piedra que desecharon los que edificaban, ésta fue hecha por cabeza de esquina: por el Señor es hecho esto, y es cosa maravillosa en nuestros ojos? Por tanto os digo, que el reino de Dios será quitado de vosotros, y será dado a gente que haga los frutos de él. Y el que cayere sobre esta piedra, será quebrantado; y sobre quien ella cayere, le desmenuzara."

Los judíos habían repetido a menudo esta profecía en las sinagogas aplicándola al Mesías venidero. Cristo era la piedra del ángulo de la dispensación judaica y de todo el plan de la salvación. Los edificadores judíos, los sacerdotes y gobernantes de Israel, estaban rechazando ahora esta piedra fundamental. El Salvador les llamó la atención a las profecías que debían mostrarles su peligro. Por todos los medios a su alcance procuró exponerles la naturaleza de la acción que estaban por realizar.

Y sus palabras tenían otro propósito. Al hacer la pregunta: "Cuando viniere el Señor de la viña, ¿qué hará a aquellos labradores?" Cristo se proponía que los fariseos contestaran como lo hicieron. Quería que ellos mismos se condenaran. Al no inducirlos al arrepentimiento, sus amonestaciones sellarían su sentencia, y él deseaba que ellos vieran que se habían acarreado su propia ruina. El quería mostrarles cuán justo era Dios al privarlos de sus privilegios nacionales, cosa que ya había empezado, y terminaría no solamente con la destrucción de su templo y ciudad, sino con la dispersión de la nación.

Los oyentes comprendieron la amonestación. Pero a pesar de la sentencia que habían pronunciado sobre sí mismos, los sacerdotes y gobernantes estaban dispuestos a completar el cuadro diciendo: "Este es el heredero; venid, matémosle." "Y buscando cómo echarle mano, temieron al pueblo," porque el sentimiento popular estaba en favor de Cristo.

Al citar la profecía de la piedra rechazada, Cristo se refirió 549 a un acontecimiento verídico de la historia de Israel. El incidente estaba relacionado con la edificación del primer templo. Si bien es cierto que tuvo una aplicación especial en ocasión del primer advenimiento de Cristo, y debiera haber impresionado con una fuerza especial a los judíos, tiene también una lección para nosotros. Cuando se levantó el templo de Salomón, las inmensas piedras usadas para los muros y el fundamento habían sido preparadas por completo en la cantera. De allí se las traía al lugar de la edificación, y no había necesidad de usar herramientas con ellas; lo único que tenían que hacer los obreros era colocarlas en su lugar. Se había traído una piedra de un tamaño poco común y de una forma peculiar para ser usada en el fundamento; pero los obreros no podían encontrar lugar para ella, y no querían aceptarla. Era una molestia para ellos mientras quedaba abandonada en el camino. Por mucho tiempo, permaneció rechazada. Pero cuando los edificadores llegaron al fundamento de la esquina, buscaron mucho tiempo una piedra de suficiente tamaño y fortaleza, y de la forma apropiada para ocupar ese lugar y soportar el gran peso que había de descansar sobre ella. Si hubiesen escogido erróneamente la piedra de ese lugar, hubiera estado en peligro todo el edificio. Debían encontrar una piedra capaz de resistir la influencia del sol, de las heladas y la tempestad. Se habían escogido diversas piedras en diferentes oportunidades, pero habían quedado desmenuzadas bajo la presión del inmenso peso. Otras no podían soportar el efecto de los bruscos cambios atmosféricos. Pero al fin la atención de los edificadores se dirigió a la piedra por tanto tiempo rechazada. Había quedado expuesta al aire, al sol y a la tormenta, sin revelar la más leve rajadura. Los edificadores la examinaron. Había soportado todas las pruebas menos una. Si podía soportar la prueba de una gran presión, la aceptarían como piedra de esquina. Se hizo la prueba. La piedra fue aceptada, se la llevó a la posición asignada y se encontró que ocupaba exactamente el lugar. En visión profética, se le mostró a Isaías que esta piedra era un símbolo de Cristo. El dice:

"A Jehová de los ejércitos, a él santificad: sea él vuestro temor, y él sea vuestro miedo. Entonces él será por santuario; mas a las dos casas de Israel por piedra para tropezar, y por 550 tropezadero para caer, y por lazo y por red al morador de Jerusalén. Y muchos tropezarán entre ellos, y caerán, y serán quebrantados: enredaránse, y serán presos." Conduciéndoselo en visión profética al primer advenimiento, se le mostró al profeta que Cristo había de soportar aflicciones y pruebas de las cuales era un símbolo el trato dado a la piedra principal del ángulo del templo de Salomón. "Por tanto, el Señor Jehová dice así: He aquí que yo fundo en Sión una piedra, piedra de fortaleza, de esquina, de precio, de cimiento estable: el que creyere, no se apresure."*

En su sabiduría infinita, Dios escogió la piedra fundamental, y la colocó él mismo. La llamó "cimiento estable." El mundo entero puede colocar sobre él sus cargas y pesares; puede soportarlos todos. Con perfecta seguridad, pueden todos edificar sobre él. Cristo es una "piedra probada." Nunca chasquea a los que confían en él. El ha soportado la carga de la culpa de Adán y de su posteridad, y ha salido más que vencedor de los poderes del mal. Ha llevado las cargas arrojadas sobre él por cada pecador arrepentido. En Cristo ha hallado alivio el corazón culpable. El es el fundamento estable. Todo el que deposita en él su confianza, descansa perfectamente seguro.

En la profecía de Isaías se declara que Cristo es un fundamento seguro y a la vez una piedra de tropiezo. El apóstol Pedro, escribiendo bajo la inspiración del Espíritu Santo, muestra claramente para quiénes es Cristo una piedra fundamental, y para quiénes una roca de escándalo "Si empero habéis gustado que el Señor es benigno; al cual allegándoos, piedra viva, reprobada cierto de los hombres, empero elegida de Dios, preciosa, vosotros también, como piedras vivas, sed edificados una casa espiritual, y un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por Jesucristo. Por lo cual también contiene la Escritura: He aquí, pongo en Sión la principal piedra del ángulo, escogida, preciosa; y el que creyere en ella, no será confundido. Ella es pues honor a vosotros que creéis: mas para los desobedientes, la piedra que los edificadores reprobaron, ésta fue hecha la cabeza del ángulo; y piedra de tropiezo, y roca de escándalo a aquellos que tropiezan en la palabra, siendo desobedientes."* 551

Para todos los que creen, Cristo es el fundamento seguro. Estos son los que caen sobre la Roca y son quebrantados. Así se representan la sumisión a Cristo y la fe en él. Caer sobre la Roca y ser quebrantado es abandonar nuestra justicia propia e ir a Cristo con la humildad de un niño, arrepentidos de nuestras transgresiones y creyendo en su amor perdonador. Y es asimismo por la fe y la obediencia cómo edificamos sobre Cristo como nuestro fundamento.

Sobre esta piedra viviente pueden edificar por igual los judíos y los gentiles. Es el único fundamento sobre el cual podemos edificar con seguridad. Es bastante ancho para todos y bastante fuerte para soportar el peso y la carga del mundo entero. Y por la comunión con Cristo, la piedra viviente, todos los que edifican sobre este fundamento llegan a ser piedras vivas. Muchas personas se modelan, pulen y hermosean por sus propios esfuerzos, pero no pueden llegar a ser "piedras vivas," porque no están en comunión con Cristo. Sin esta comunión, el hombre no puede salvarse. Sin la vida de Cristo en nosotros, no podemos resistir los embates de la tentación. Nuestra seguridad eterna depende de nuestra edificación sobre el fundamento seguro. Multitudes están edificando hoy sobre fundamentos que no han sido probados. Cuando caiga la lluvia, brame la tempestad y vengan las crecientes, su casa caerá porque no está fundada sobre la Roca eterna, la principal piedra del ángulo, Cristo Jesús.

"A aquellos que tropiezan en la palabra, siendo desobedientes," Cristo es una roca de escándalo. Pero "la piedra que desecharon los que edificaban, ésta fue hecha por cabeza de esquina." Como la piedra rechazada, Cristo soportó en su misión terrenal el desdén y el ultraje. Fue "despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto: . . . fue menospreciado, y no lo estimamos."* Pero estaba cerca el tiempo en que había de ser glorificado. Por su resurrección, había de ser "declarado Hijo de Dios con potencia." * En su segunda venida, habría de revelarse como Señor del cielo y de la tierra. Aquellos que estaban ahora por crucificarle, tendrían que reconocer su grandeza. Ante el universo, la piedra rechazada vendría a ser cabeza del ángulo.

"Y sobre quien ella cayere, le desmenuzará." El pueblo que 552 rechazó a Cristo, iba a ver pronto su ciudad y su nación destruidas. Su gloria había de ser deshecha y disipada como el polvo delante del viento. ¿Y qué destruyó a los judíos? Fue la roca que hubiera constituido su seguridad si hubiesen edificado sobre ella. Fue la bondad de Dios que habían despreciado, la justicia que habían menospreciado, la misericordia que habían descuidado. Los hombres se opusieron resueltamente a Dios, y todo lo que hubiera sido su salvación fue su ruina. Todo lo que Dios ordenó para que vivieran, les resultó causa de muerte. En la crucifixión de Cristo por los judíos, estaba envuelta la destrucción de Jerusalén. La sangre vertida en el Calvario fue el peso que los hundió en la ruina para este mundo y el venidero. Así será en el gran día final, cuando se pronuncie sentencia sobre los que rechazan la gracia de Dios. Cristo, su roca de escándalo, les parecerá entonces una montaña vengadora. La gloria de su rostro, que es vida para los justos, será fuego consumidor para los impíos. Por causa del amor rechazado, la gracia menospreciada, el pecador será destruido.

Mediante muchas ilustraciones y repetidas amonestaciones, Jesús mostró cuál sería para los judíos el resultado de rechazar al Hijo de Dios. Por estas palabras, él se estaba dirigiendo a todos los que en cada siglo rehusan recibirle como su Redentor. Cada amonestación es para ellos. El templo profanado, el hijo desobediente, los falsos labradores, los edificadores insensatos, tienen  su contraparte en la experiencia de cada pecador. A menos que el pecador se arrepienta, la sentencia que aquellos anunciaron será suya. 553

 

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Compilador:  Dr. Pedro Martínez.   Proyecto Especial de Ministerios PM©

 

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