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El
Deseado de todas las Gentes
CAPÍTULO 47
"Nada os Será Imposible"
DESPUÉS de haber pasado toda la noche
en el monte, a la salida del sol Jesús y sus discípulos descendieron a
la llanura. Absortos en sus pensamientos, los discípulos marchaban
asombrados y en silencio. Pedro mismo no tenía una palabra que decir.
Gustosamente habrían permanecido en aquel santo lugar que había sido
tocado por la luz del cielo, y donde el Hijo de Dios había manifestado
su gloria; pero había que trabajar para el pueblo, que ya estaba
buscando a Jesús desde lejos y cerca.
Al pie de la montaña se había reunido
una gran compañía conducida allí por los discípulos que habían quedado
atrás pero que sabían adónde se había dirigido Jesús. Al acercarse el
Salvador, encargó a sus tres compañeros que guardasen silencio acerca de
lo que habían presenciado, diciendo: "No digáis a nadie la visión, hasta
que el Hijo del hombre resucite de los muertos." La revelación hecha a
los discípulos había de ser meditada en su corazón y no divulgada. El
relatarla a las multitudes no habría hecho sino excitar el ridículo o la
ociosa admiración. Y ni aun los nueve apóstoles iban a comprender la
escena hasta después que Cristo hubiese resucitado de los muertos. Cuán
lentos de comprensión eran los mismos tres discípulos favorecidos, puede
verse en el hecho de que, a pesar de todo lo que Cristo había dicho
acerca de lo que le esperaba, se preguntaban entre sí lo que
significaría el resucitar de entre los muertos. Sin embargo, no pidieron
explicación a Jesús. Sus palabras acerca del futuro los habían llenado
de tristeza; no buscaron otra revelación concerniente a aquello que
preferían creer que nunca acontecería.
Al divisar a Jesús, la gente que
estaba en la llanura corrió a su encuentro, saludándole con expresiones
de reverencia y gozo. Sin embargo, su ojo avizor discernió que estaban
en gran perplejidad. Los discípulos parecían turbados. Acababa 394 de
ocurrir una circunstancia que les había ocasionado amargo chasco y
humillación.
Mientras estaban esperando al pie de
la montaña, un padre les había traído a su hijo para que lo librasen de
un espíritu mudo que le atormentaba. Cuando Jesús mandó a los doce a
predicar por Galilea, les había conferido autoridad sobre los espíritus
inmundos para poder echarlos. Mientras conservaron firme su fe, los
malos espíritus habían obedecido sus palabras. Ahora, en el nombre de
Cristo, ordenaron al espíritu torturador que dejase a su víctima, pero
el demonio no había hecho sino burlarse de ellos mediante un nuevo
despliegue de su poder. Los discípulos, incapaces de explicarse su
derrota, sentían que estaban atrayendo deshonor sobre sí mismos y su
Maestro. Y en la muchedumbre había escribas que sacaban partido de esa
oportunidad para humillarlos. Agolpándose en derredor de los discípulos,
los acosaban con preguntas, tratando de demostrar que ellos y su Maestro
eran impostores. Allí había un espíritu malo que ni los discípulos ni
Cristo mismo podrían vencer, declararon triunfalmente los rabinos. La
gente se inclinaba a concordar con los escribas, y dominaba a la
muchedumbre un sentimiento de desprecio y burla.
Pero de repente las acusaciones
cesaron. Se vio a Jesús y los tres discípulos que se acercaban, y con
una rápida reversión de sentimientos, la gente se volvió para
recibirlos. La noche de comunión con la gloria celestial había dejado su
rastro sobre el Salvador y sus compañeros. En sus semblantes, había una
luz que infundía reverencia a quienes los miraban. Los escribas se
retiraron temerosos, mientras que la gente daba la bienvenida a Jesús.
Como si hubiese presenciado todo lo
que había ocurrido, el Salvador vino a la escena del conflicto y fijando
su mirada en los escribas preguntó: "¿Qué disputáis con ellos?"
Pero las voces que antes habían sido
tan atrevidas y desafiantes permanecieron ahora calladas. El silencio
embargaba a todo el grupo. Entonces el padre afligido se abrió paso
entre la muchedumbre, y cayendo a los pies de Jesús expresó su angustia
y desaliento:
"Maestro --dijo,-- traje a ti mi
hijo, que tiene un espíritu mudo, el cual, donde quiera que le toma, le
despedaza; . . . 395 y dije a tus discípulos que le echasen fuera, y no
pudieron." Jesús miró en derredor suyo a la multitud despavorida, a los
cavilosos escribas, a los perplejos discípulos. Vio incredulidad en todo
corazón; y con voz llena de tristeza exclamó: "¡Oh generación infiel!
¿hasta cuándo estaré con vosotros? ¿hasta cuándo os tengo de sufrir?"
Luego ordenó al padre angustiado: "Trae tu hijo acá."
Fue traído el muchacho y, al posarse
los ojos del Salvador sobre él, el espíritu malo lo arrojó al suelo en
convulsiones de agonía. Se revolcaba y echaba espuma por la boca,
hendiendo el aire con clamores pavorosos.
El Príncipe de la vida y el príncipe
de las potestades de las tinieblas habían vuelto a encontrarse en el
campo de batalla: Cristo, en cumplimiento de su misión de "pregonar a
los cautivos libertad, y . . . para poner en libertad a los
quebrantados;'* Satanás tratando de retener a su víctima bajo su
dominio. Invisibles, los ángeles de luz y las huestes de los malos
ángeles se cernían cerca del lugar para contemplar el conflicto. Por un
momento, Jesús permitió al mal espíritu que manifestase su poder, a fin
de que los espectadores comprendiesen el libramiento que se iba a
producir.
La muchedumbre miraba con el aliento
en suspenso, el padre con agonía de esperanza y temor. Jesús preguntó:
"¿Cuánto tiempo ha que le aconteció esto?" El padre contó la historia de
los largos años de sufrimiento, y luego, como si no lo pudiese soportar
más, exclamó: "Si puedes algo, ayúdanos, teniendo misericordia de
nosotros." "Si puedes." Hasta el padre dudaba ahora del poder de Cristo.
Jesús respondió: "Si puedes creer, al
que cree todo es posible." No faltaba poder a Cristo; pero la curación
del hijo dependía de la fe del padre. Estallando en lágrimas,
comprendiendo su propia debilidad, el padre se confió completamente a la
misericordia de Cristo, exclamando: "Creo, ayuda mi incredulidad."
Jesús se volvió hacia el enfermo y
dijo: "Espíritu mudo y sordo, yo te mando, sal de él, y no entres más en
él." Se oyó un clamor y se produjo una lucha intensísima. El demonio, al
salir, parecía estar por quitar la vida a su víctima. Luego el mancebo
quedó acostado sin movimiento y aparentemente sin 396 vida. La multitud
murmuró: "Está muerto." Pero Jesús le tomó de la mano y, alzándole, le
presentó en perfecta sanidad mental y corporal a su padre. El padre y el
hijo alabaron el nombre de su libertador. Los espectadores quedaron
"atónitos de la grandeza de Dios," mientras los escribas, derrotados y
abatidos, se apartaron malhumorados.
"Si puedes algo, ayúdanos, teniendo
misericordia de nosotros." ¡Cuántas almas cargadas por el pecado han
repetido esta oración! Y para todas, la respuesta del Salvador compasivo
es: "Si puedes creer, al que cree todo es posible." Es la fe la que nos
une con el Cielo y nos imparte fuerza para luchar con las potestades de
las tinieblas. En Cristo, Dios ha provisto medios para subyugar todo
rasgo pecaminoso y resistir toda tentación, por fuerte que sea. Pero
muchos sienten que les falta la fe, y por lo tanto permanecen lejos de
Cristo. Confíen estas almas desamparadas e indignas en la misericordia
de su Salvador compasivo. No se miren a sí mismas, sino a Cristo. El que
sanó al enfermo y echó a los demonios cuando estaba entre los hombres es
hoy el mismo Redentor poderoso. La fe viene por la palabra de Dios.
Entonces aceptemos la promesa: "Al que a mí viene, no le echo fuera."
Arrojémonos a sus pies clamando: "Creo, ayuda mi incredulidad." Nunca
pereceremos mientras hagamos esto, nunca.
En corto tiempo, los discípulos
favorecidos habían contemplado los extremos de la gloria y de la
humillación. Habían visto a la humanidad transfigurada a la imagen de
Dios y degradada a semejanza de Satanás. De la montaña donde había
conversado con los mensajeros celestiales y había sido proclamado Hijo
de Dios por la voz de la radiante gloria, habían visto a Jesús descender
para hacer frente al espectáculo angustioso y repugnante del joven
endemoniado, con rostro desencajado, que hacía crujir los dientes en
espasmos de una agonía que ningún poder humano podía aliviar. Y este
poderoso Redentor, que tan solo unas horas antes estuvo glorificado
delante de sus discípulos asombrados, se inclinó para levantar a la
víctima de Satanás de la tierra donde se revolcaba y devolverla, sana de
mente y cuerpo, a su padre y a su hogar.
Esta era una lección objetiva de la
redención: el Ser Divino procedente de la gloria del Padre, se detenía
para salvar a los 397 perdidos. Representaba también la misión de los
discípulos. La vida de los siervos de Cristo no ha de pasarse sólo en la
cumbre de la montaña con Jesús, en horas de iluminación espiritual.
Tienen trabajo que hacer en la llanura. Las almas que Satanás ha
esclavizado están esperando la palabra de fe y oración que las liberte.
Los nueve discípulos estaban todavía
pensando en su amargo fracaso; y cuando Jesús estuvo otra vez solo con
ellos, le preguntaron: "¿Por qué nosotros no lo pudimos echar fuera?"
Jesús les contestó: ' Por vuestra incredulidad; porque de cierto os
digo, que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte:
Pásate de aquí allá: y se pasará: y nada os será imposible. Mas este
linaje no sale sino por oración y ayuno." Su incredulidad, que los
privaba de sentir una simpatía más profunda hacia Cristo, y la
negligencia con que habían considerado la obra sagrada a ellos confiada
les habían hecho fracasar en el conflicto con las potestades de las
tinieblas.
Las palabras con que Cristo señalara
su muerte les habían infundido tristeza y duda. Y la elección de los
tres discípulos para que acompañasen a Jesús a la montaña había excitado
los celos de los otros nueve. En vez de fortalecer su fe por la oración
y la meditación en las palabras de Cristo, se habían estado espaciando
en sus desalientos y agravios personales. En este estado de tinieblas,
habían emprendido el conflicto con Satanás.
A fin de tener éxito en un conflicto
tal, debían encarar la obra con un espíritu diferente. Su fe debía ser
fortalecida por la oración ferviente, el ayuno y la humillación del
corazón. Debían despojarse del yo y ser henchidos del espíritu y del
poder de Dios. La súplica ferviente y perseverante dirigida a Dios con
una fe que induce a confiar completamente en él y a consagrarse sin
reservas a su obra, es la única que puede prevalecer para traer a los
hombres la ayuda del Espíritu Santo en la batalla contra los principados
y potestades, los gobernadores de las tinieblas de este mundo y las
huestes espirituales de iniquidad en las regiones celestiales.
"Si tuviereis fe como un grano de
mostaza --dijo Jesús,-- diréis a este monte: Pásate de aquí allá: y se
pasará." Aunque muy pequeña, la semilla de mostaza contiene el mismo 398
principio vital misterioso que produce el crecimiento del árbol más
imponente. Cuando la semilla de mostaza es echada en la tierra, el
germen diminuto se apropia de cada elemento que Dios ha provisto para su
nutrición y emprende prestamente su lozano desarrollo. Si tenemos una fe
tal, nos posesionaremos de la Palabra de Dios y de todos los agentes
útiles que él ha provisto. Así nuestra fe se fortalecerá, y traerá en
nuestra ayuda el poder del Cielo. Los obstáculos que Satanás acumula
sobre nuestra senda, aunque aparentemente tan insuperables como
altísimas montañas, desaparecerán ante el mandato de la fe. "Nada os
será imposible." 399
CAPÍTULO 48
¿Quién es el Mayor?
AL VOLVER a Capernaúm, Jesús no se
dirigió a los lugares bien conocidos donde había enseñado a la gente,
sino que con sus discípulos buscó silenciosamente la casa que había de
ser su hogar provisorio. Durante el resto de su estada en Galilea, se
proponía instruir a los discípulos más bien que trabajar por las
multitudes.
Durante el viaje por Galilea, Cristo
había procurado otra vez preparar el ánimo de sus discípulos para las
escenas que les esperaban. Les había dicho que debía subir a Jerusalén
para morir y resucitar. Y les había anunciado el hecho extraño y
terrible de que iba a ser entregado en manos de sus enemigos. Los
discípulos no comprendían todavía sus palabras. Aunque la sombra de un
gran pesar había caído sobre ellos, el espíritu de rivalidad subsistía
en su corazón. Disputaban entre sí acerca de quién sería el mayor en el
reino. Pensaban ocultar la disensión a Jesús, y no se mantenían como de
costumbre cerca de él, sino que permanecían rezagados, de manera que él
iba adelante de ellos cuando entraron en Capernaúm. Jesús leía sus
pensamientos y anhelaba aconsejarlos e instruirlos. Pero esperó para
ello una hora de tranquilidad, cuando estuviesen con el corazón
dispuesto a recibir sus palabras.
Poco después de llegar a la ciudad,
el cobrador del impuesto para el templo vino a Pedro preguntando:
"¿Vuestro Maestro no paga las dos dracmas?" Este tributo no era un
impuesto civil, sino una contribución religiosa exigida anualmente a
cada judío para el sostén del templo. El negarse a pagar el tributo
sería considerado como deslealtad al templo, lo que era en la estima de
los rabinos un pecado muy grave. La actitud del Salvador hacia las leyes
rabínicas, y sus claras reprensiones a los defensores de la tradición,
ofrecían un pretexto para acusarle de estar tratando de destruir el
servicio del templo. 400 Ahora sus enemigos vieron una oportunidad para
desacreditarle. En el cobrador del tributo encontraron un aliado
dispuesto.
Pedro vio en la pregunta del cobrador
una insinuación de sospecha acerca de la lealtad de Cristo hacia el
templo. Celoso del honor de su Maestro, contestó apresuradamente, sin
consultarle, que Jesús pagaría el tributo.
Pero Pedro había comprendido tan sólo
parcialmente el propósito del indagador. Ciertas clases de personas
estaban exentas de pagar el tributo. En el tiempo de Moisés, cuando los
levitas fueron puestos aparte para el servicio del santuario, no les fue
dada herencia entre el pueblo. El Señor dijo: "Por lo cual Leví no tuvo
parte ni heredad con sus hermanos: Jehová es su heredad."* En el tiempo
de Cristo, los sacerdotes y levitas eran todavía considerados como
dedicados especialmente al templo, y no se requería de ellos que diesen
la contribución anual para su sostén. También los profetas estaban
exentos de ese pago. Al requerir el tributo de Jesús, los rabinos
negaban su derecho como profeta o maestro, y trataban con él como con
una persona común. Si se negaba a pagar el tributo, ello sería
presentado como deslealtad al templo; mientras que por otro lado, el
pago justificaría la actitud que asumían al no reconocerle como profeta.
Tan sólo poco tiempo antes, Pedro
había reconocido a Jesús como el Hijo de Dios; pero ahora perdió la
oportunidad de hacer resaltar el carácter de su Maestro. Por su
respuesta al cobrador, de que Jesús pagaría el tributo, sancionó
virtualmente el falso concepto de él que estaban tratando de difundir
los sacerdotes y gobernantes.
Cuando Pedro entró en la casa, el
Salvador no se refirió a lo que había sucedido, sino que preguntó: "¿Qué
te parece, Simón? Los reyes de la tierra, ¿de quién cobran los tributos
o el censo? ¿de sus hijos o de los extraños? Pedro le dice: De los
extraños." Jesús dijo: "Luego los hijos son francos." Mientras que los
habitantes de un país tienen que pagar impuesto para sostener a su rey,
los hijos del monarca son eximidos. Así también Israel, el profeso
pueblo de Dios, debía sostener su culto; pero Jesús, el Hijo de Dios, no
se hallaba bajo esta obligación. Si los sacerdotes y levitas estaban
exentos por su 401 relación con el templo, con cuánta más razón Aquel
para quien el templo era la casa de su Padre.
Si Jesús hubiese pagado el tributo
sin protesta, habría reconocido virtualmente la justicia del pedido, y
habría negado así su divinidad. Pero aunque consideró propio satisfacer
la demanda, negó la pretensión sobre la cual se basaba. Al proveer para
el pago del tributo, dio evidencia de su carácter divino. Quedó de
manifiesto que él era uno con Dios, y por lo tanto no se hallaba bajo
tributo como mero súbdito del Rey.
"Ve a la mar --indicó a Pedro,-- y
echa el anzuelo, y el primer pez que viniere, tómalo, y abierta su boca,
hallarás un estatero: tómalo, y dáselo por mí y por ti."
Aunque había revestido su divinidad
con la humanidad, en este milagro reveló su gloria. Era evidente que era
Aquel que había declarado por medio de David: "Porque mía es toda bestia
del bosque, y los millares de animales en los collados. Conozco todas
las aves de los montes, y en mi poder están las fieras del campo. Si yo
tuviese hambre, no te lo diría a ti: porque mío es el mundo y su
plenitud."*
Aunque Jesús demostró claramente que
no se hallaba bajo la obligación de pagar tributo, no entró en
controversia alguna con los judíos acerca del asunto; porque ellos
hubieran interpretado mal sus palabras, y las habrían vuelto contra él.
Antes que ofenderlos reteniendo el tributo, hizo aquello que no se le
podía exigir con justicia. Esta lección iba a ser de gran valor para sus
discípulos. Pronto se iban a realizar notables cambios en su relación
con el servicio del templo, y Cristo les enseñó a no colocarse
innecesariamente en antagonismo con el orden establecido. Hasta donde
fuese posible, debían evitar el dar ocasión para que su fe fuese mal
interpretada. Aunque los cristianos no han de sacrificar un solo
principio de la verdad, deben evitar la controversia siempre que sea
posible.
Mientras Cristo y los discípulos
estaban solos en la casa, después que Pedro se fuera al mar, Jesús llamó
a los otros a sí y les preguntó: "¿Qué disputabais entre vosotros en el
camino?" La presencia de Jesús y su pregunta dieron al asunto un cariz
enteramente diferente del que les había parecido que tenía mientras
disputaban por el camino. La vergüenza y un 402 sentimiento de
condenación les indujeron a guardar silencio. Jesús les había dicho que
iba a morir por ellos, y la ambición egoísta de ellos ofrecía un
doloroso contraste con el amor altruista que él manifestaba.
Cuando Jesús les dijo que iba a morir
y resucitar, estaba tratando de entablar una conversación con ellos
acerca de la gran prueba de su fe. Si hubiesen estado listos para
recibir lo que deseaba comunicarles, se habrían ahorrado amarga angustia
y desesperación. Sus palabras les habrían impartido consuelo en la hora
de duelo y desilusión. Pero aunque había hablado muy claramente de lo
que le esperaba, la mención de que pronto iba a ir a Jerusalén reanimó
en ellos la esperanza de que se estuviese por establecer el reino y los
indujo a preguntarse quiénes desempeñarían los cargos más elevados. Al
volver Pedro del mar, los discípulos le hablaron de la pregunta del
Salvador, y al fin uno se atrevió a preguntar a Jesús: "¿Quién es el
mayor en el reino de los cielos?"
El Salvador reunió a sus discípulos
en derredor de sí y les dijo: "Si alguno quiere ser el primero, será el
postrero de todos, y el servidor de todos." Tenían estas palabras una
solemnidad y un carácter impresionante que los discípulos distaban mucho
de comprender. Ellos no podían ver lo que Cristo discernía. No percibían
la naturaleza del reino de Cristo, y esta ignorancia era la causa
aparente de su disputa. Pero la verdadera causa era más profunda.
Explicando la naturaleza del reino, Cristo podría haber apaciguado su
disputa por el momento; pero esto no habría alcanzado la causa
fundamental. Aun después de haber recibido el conocimiento más completo,
cualquier cuestión de preferencia podría renovar la dificultad, y el
desastre podría amenazar a la iglesia después de la partida de Cristo.
La lucha por el puesto más elevado era la manifestación del mismo
espíritu que diera origen a la gran controversia en los mundos
superiores e hiciera bajar a Cristo del cielo para morir. Surgió delante
de él una visión de Lucifer, el hijo del alba, que superaba en gloria a
todos los ángeles que rodean el trono y estaba unido al Hijo de Dios por
los vínculos más íntimos. Lucifer había dicho: "Seré semejante al
Altísimo,"* y su deseo de exaltación había introducido la lucha en los
atrios celestiales y desterrado una multitud de las huestes de Dios. Si
Lucifer 403 hubiese deseado realmente ser como el Altísimo, no habría
abandonado el puesto que le había sido señalado en el cielo; porque el
espíritu del Altísimo se manifiesta sirviendo abnegadamente. Lucifer
deseaba el poder de Dios, pero no su carácter. Buscaba para sí el lugar
más alto, y todo ser impulsado por su espíritu hará lo mismo. Así
resultarán inevitables el enajenamiento, la discordia y la contención.
El dominio viene a ser el premio del más fuerte. El reino de Satanás es
un reino de fuerza; cada uno mira al otro como un obstáculo para su
propio progreso, o como un escalón para poder trepar a un puesto más
elevado.
Mientras Lucifer consideró como presa
deseable el ser igual a Dios, Cristo, el encumbrado, "se anonadó a sí
mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y hallado
en la condición como hombre, se humilló a sí mismo, hecho obediente
hasta la muerte, y muerte de cruz."* En esos momentos, la cruz le
esperaba; y sus propios discípulos estaban tan llenos de egoísmo, es
decir, del mismo principio que regía el reino de Satanás, que no podían
sentir simpatía por su Señor, ni siquiera comprenderle mientras les
hablaba de su humillación por ellos.
Muy tiernamente, aunque con solemne
énfasis, Jesús trató de corregir el mal. Demostró cuál es el principio
que rige el reino de los cielos, y en qué consiste la verdadera
grandeza, según las normas celestiales. Los que eran impulsados por el
orgullo y el amor a la distinción, pensaban en sí mismos y en la
recompensa que habían de recibir, más bien que en cómo podían devolver a
Dios los dones que habían recibido. No tendrían cabida en el reino de
los cielos porque estaban identificados con las filas de Satanás.
Antes de la honra viene la humildad.
Para ocupar un lugar elevado ante los hombres, el Cielo elige al obrero
que como Juan el Bautista, toma un lugar humilde delante de Dios. El
discípulo que más se asemeja a un niño es el más eficiente en la labor
para Dios. Los seres celestiales pueden cooperar con aquel que no trata
de ensalzarse a sí mismo sino de salvar almas. El que siente más
profundamente su necesidad de la ayuda divina la pedirá; y el Espíritu
Santo le dará vislumbres de Jesús que fortalecerán y elevarán su alma.
Saldrá de la 404 comunión con Cristo para trabajar en favor de aquellos
que perecen en sus pecados. Fue ungido para su misión, y tiene éxito
donde muchos de los sabios e intelectualmente preparados fracasarían.
Pero cuando los hombres se ensalzan a
sí mismos, y se consideran necesarios para el éxito del gran plan de
Dios, el Señor los hace poner a un lado. Queda demostrado que el Señor
no depende de ellos. La obra no se detiene porque ellos sean separados
de ella, sino que sigue adelante con mayor poder.
No era suficiente que los discípulos
de Jesús fuesen instruidos en cuanto a la naturaleza de su reino. Lo que
necesitaban era un cambio de corazón que los pusiese en armonía con sus
principios. Llamando a un niñito a sí, Jesús lo puso en medio de ellos;
y luego rodeándole tiernamente con sus brazos dijo: "De cierto os digo,
que si no os volviereis, y fuereis como niños, no entraréis en el reino
de los cielos." La sencillez, el olvido de sí mismo y el amor confiado
del niñito son los atributos que el Cielo aprecia. Son las
características de la verdadera grandeza.
Jesús volvió a explicar a sus
discípulos que su reino no se caracteriza por la dignidad y ostentación
terrenales. A los pies de Jesús, se olvidan todas estas distinciones. Se
ve a los ricos y a los pobres, a los sabios y a los ignorantes, sin
pensamiento alguno de casta ni de preeminencia mundanal. Todos se
encuentran allí como almas compradas por la sangre de Jesús, y todos por
igual dependen de Aquel que los redimió para Dios.
El alma sincera y contrita es
preciosa a la vista de Dios. El pone su señal sobre los hombres, no
según su jerarquía ni su riqueza, ni por su grandeza intelectual, sino
por su unión con Cristo. El Señor de gloria queda satisfecho con
aquellos que son mansos y humildes de corazón. "Dísteme asimismo --dijo
David-- el escudo de tu salud: . . . y tu benignidad --como elemento del
carácter humano-- me ha acrecentado."*
"El que recibiere en mi nombre uno de
los tales niños --dijo Jesús,-- a mí recibe; y el que a mí recibe, no
recibe a mí, mas al que me envió." "Jehová dijo así: el cielo es mi
solio, y la tierra estrado de mis pies: . . . mas a aquel miraré que es
pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra."* 405
Las palabras del Salvador despertaron
en los discípulos un sentimiento de desconfianza propia. En su
respuesta, él no había indicado a nadie en particular; pero Juan se
sintió inducido a preguntar si en cierto caso su acción había sido
correcta. Con el espíritu de un niño, presentó el asunto a Jesús.
"Maestro --dijo,-- hemos visto a uno que en tu nombre echaba fuera los
demonios, el cual no nos sigue; y se lo prohibimos, porque no nos
sigue."
Santiago y Juan habían pensado que al
reprimir a este hombre buscaban la honra de su Señor; mas empezaban a
ver que habían sido celosos por la propia. Reconocieron su error y
aceptaron la reprensión de Jesús: "No se lo prohibáis; porque ninguno
hay que haga milagro en mi nombre que luego pueda decir mal de mí."
Ninguno de los que en alguna forma se manifestaban amistosos con Cristo
debía ser repelido. Había muchos que estaban profundamente conmovidos
por el carácter y la obra de Cristo y cuyo corazón se estaba abriendo a
él con fe; y los discípulos, que no podían discernir los motivos, debían
tener cuidado de no desalentar a esas almas. Cuando Jesús ya no
estuviese personalmente entre ellos y la obra quedase en sus manos, no
debían participar de un espíritu estrecho y exclusivista, sino
manifestar la misma abarcante simpatía que habían visto en su Maestro.
El hecho de que alguno no obre en
todas las cosas conforme a nuestras ideas y opiniones personales no nos
justifica para prohibirle que trabaje para Dios. Cristo es el gran
Maestro; nosotros no hemos de juzgar ni dar órdenes, sino que cada uno
debe sentarse con humildad a los pies de Jesús y aprender de él. Cada
alma a la cual Dios ha hecho voluntaria es un conducto por medio del
cual Cristo revelará su amor perdonador. ¡Cuán cuidadosos debemos ser
para no desalentar a uno de los que transmiten la luz de Dios, a fin de
no interceptar los rayos que él quiere hacer brillar sobre el mundo!
La dureza y frialdad manifestadas por
un discípulo hacia una persona a la que Cristo estaba atrayendo --un
acto como el de Juan al prohibir a otro que realizase milagros en nombre
de Cristo,-- podía desviar sus pies por la senda del enemigo y causar la
pérdida de un alma. Jesús dijo que antes de hacer una cosa semejante,
"mejor le fuera si se le atase una piedra 406 de molino al cuello, y
fuera echado en la mar." Y añadió: "Y si tu mano te escandalizare,
córtala; mejor te es entrar a la vida manco, que teniendo dos manos ir a
la Gehenna, al fuego que no puede ser apagado. Y si tu pie te fuere
ocasión de caer, córtalo: mejor te es entrar a la vida cojo, que
teniendo dos pies ser echado en la Gehenna."
¿Por qué empleó Jesús este lenguaje
vehemente, que no podría haber sido más enérgico? Porque "el Hijo del
hombre vino a salvar lo que se había perdido." ¿Habrán de tener sus
discípulos menos consideración hacia las almas de sus semejantes que la
manifestada por la Majestad del cielo? Cada alma costó un precio
infinito, y ¡cuán terrible es el pecado de apartar un alma de Cristo de
manera que para ella el amor, la humillación y la agonía del Salvador
hayan sido vanos!
"¡Ay del mundo por los escándalos!
porque necesario es que vengan escándalos." El mundo, inspirado por
Satanás, se opondrá seguramente a los que siguen a Cristo y tratará de
destruir su fe; pero ¡ay de aquel que lleve el nombre de Cristo, y sin
embargo sea hallado haciendo esta obra! Nuestro Señor queda avergonzado
por aquellos que aseveran servirle, pero representan falsamente su
carácter; y multitudes son engañadas, y conducidas por sendas falsas.
Cualquier hábito o práctica que pueda
inducir a pecar y atraer deshonra sobre Cristo, debe ser desechado
cueste lo que costare. Lo que deshonra a Dios no puede beneficiar al
alma. La bendición del Cielo no puede acompañar a un hombre que viole
los eternos principios de la justicia. Y un pecado acariciado es
suficiente para realizar la degradación del carácter y extraviar a
otros. Si para salvar el cuerpo de la muerte uno se cortaría un pie o
una mano, o aun se arrancaría un ojo, ¡con cuánto más fervor deberíamos
desechar el pecado, que trae muerte al alma!
En el ceremonial del templo, se
añadía sal a todo sacrificio. Esto, como la ofrenda del incienso,
significaba que únicamente la justicia de Cristo podía hacer el culto
aceptable para Dios. Refiriéndose a esta práctica dijo Jesús: "Todo
sacrificio será salado con sal." "Tened sal en vosotros, y paz unos con
otros." Todos los que quieran presentarse "en sacrificio vivo, santo,
agradable a Dios,"* deben recibir la sal que salva, la justicia de 407
nuestro Salvador. Entonces vienen a ser "la sal de la tierra" * que
restringe el mal entre los hombres, como la sal preserva de la
corrupción. Pero si la sal ha perdido su sabor; si no hay más que una
profesión de piedad, sin el amor de Cristo, no hay poder para lo bueno.
La vida no puede ejercer influencia salvadora sobre el mundo. Vuestra
energía y eficiencia en la edificación de mi reino --dice Jesús,--
dependen de que recibáis mi Espíritu. Debéis participar de mi gracia, a
fin de ser sabor de vida para vida. Entonces no habrá rivalidad ni
esfuerzo para complacerse a sí mismo, ni se deseará el puesto más alto.
Poseeréis ese amor que no busca lo suyo, sino que otro se enriquezca.
Fije el pecador arrepentido sus ojos
en "el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo;' y
contemplándolo, se transformará. Su temor se trueca en gozo, sus dudas
en esperanza. Brota la gratitud. El corazón de piedra se quebranta. Una
oleada de amor inunda el alma. Cristo es en él una fuente de agua que
brota para vida eterna. Cuando vemos a Jesús, Varón de dolores y
experimentado en quebrantos, trabajando para salvar a los perdidos,
despreciado, escarnecido, echado de una ciudad a la otra hasta que su
misión fue cumplida; cuando le contemplamos en Getsemaní, sudando
gruesas gotas de sangre, y muriendo en agonía sobre la cruz; cuando
vemos eso, no podemos ya reconocer el clamor del yo. Mirando a Jesús,
nos avergonzaremos de nuestra frialdad, de nuestro letargo, de nuestro
egoísmo. Estaremos dispuestos a ser cualquier cosa o nada, para servir
de todo corazón al Maestro. Nos regocijará el llevar la cruz en pos de
Jesús, el sufrir pruebas, vergüenza o persecución por su amada causa.
"Así que, los que somos más firmes
debemos sobrellevar las flaquezas de los flacos, y no agradarnos a
nosotros mismos."* A nadie que crea en Cristo se le debe tener en poco,
aun cuando su fe sea débil y sus pasos vacilen como los de un niñito.
Todo lo que nos da ventaja sobre otro --sea la educación o el
refinamiento, la nobleza de carácter, la preparación cristiana o la
experiencia religiosa-- nos impone una deuda para con los menos
favorecidos; y debemos servirlos en cuanto esté en nuestro poder. Si
somos fuertes, debemos corroborar las manos de los débiles. Los ángeles
de gloria, que contemplan 408 constantemente el rostro del Padre en el
cielo, se gozan en servir a sus pequeñuelos. Las almas temblorosas, que
tienen tal vez muchos rasgos de carácter censurables, les son
especialmente encargadas. Hay siempre ángeles presentes donde más se
necesitan, con aquellos que tienen que pelear la batalla más dura contra
el yo y cuyo ambiente es más desalentador. Y los verdaderos seguidores
de Cristo cooperarán en ese ministerio.
Si alguno de estos pequeñuelos fuese
vencido y obrase mal contra nosotros, es nuestro deber procurar su
restauración. No esperemos que haga el primer esfuerzo de
reconciliación. "¿Qué os parece?--pregunta Cristo.-- Si tuviese algún
hombre cien ovejas, y se descarriase una de ellas, ¿no iría por los
montes, dejadas las noventa y nueve, a buscar la que se había
descarriado? Y si aconteciese hallarla, de cierto os digo, que más se
goza de aquella, que de las noventa y nueve que no se descarriaron. Así,
no es la voluntad de vuestro Padre que está en los cielos, que se pierda
uno de estos pequeños."
Con espíritu de mansedumbre,
"considerándote a ti mismo, porque tú no seas también tentado,"* ve al
que yerra, y "redargúyele entre ti y él solo." No le avergüences
exponiendo su falta a otros, ni deshonres a Cristo haciendo público el
pecado o error de quien lleva su nombre. Con frecuencia hay que decir
claramente la verdad al que yerra; debe inducírsele a ver su error para
que se reforme. Pero no hemos de juzgarle ni condenarle. No intentemos
justificarnos. Sean todos nuestros esfuerzos para recobrarlo. Para
tratar las heridas del alma se necesita el tacto más delicado, la más
fina sensibilidad. Lo único que puede valernos en esto es el amor que
fluye del que sufrió en el Calvario. Con ternura compasiva, trate el
hermano con el hermano, sabiendo que si tiene éxito "salvará un alma de
muerte" y "cubrirá multitud de pecados."*
Pero aun este esfuerzo puede ser
inútil. Entonces, dijo Jesús, "toma aún contigo uno o dos." Puede ser
que su influencia unida prevalezca donde la del primero no tuvo éxito.
No siendo partes en la dificultad, habrá más probabilidad de que obren
imparcialmente, y este hecho dará a su consejo mayor peso para el que
yerra.
Si no quiere escucharlos, entonces,
pero no antes, se debe 409 presentar el asunto a todo el cuerpo de
creyentes. Únanse los miembros de la iglesia, como representantes de
Cristo, en oración y súplica para que el ofensor sea restaurado. El
Espíritu Santo hablará por medio de sus siervos, suplicando al
descarriado que vuelva a Dios. El apóstol Pablo, hablando por
inspiración, dice: "Como si Dios rogase por medio nuestro; os rogamos en
nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios.'* El que rechaza este esfuerzo
conjunto en su favor, ha roto el vínculo que le une a Cristo, y así se
ha separado de la comunión de la iglesia. Desde entonces, dijo Jesús,
"tenle por étnico y publicano." Pero no se le ha de considerar como
separado de la misericordia de Dios. No lo han de despreciar ni
descuidar los que antes eran sus hermanos, sino que lo han de tratar con
ternura y compasión, como una de las ovejas perdidas a las que Cristo
está procurando todavía traer a su redil.
La instrucción de Cristo en cuanto al
trato con los que yerran repite en forma más específica la enseñanza
dada a Israel por Moisés: "No aborrecerás a tu hermano en tu corazón:
ingenuamente reprenderás a tu prójimo, y no consentirás sobre él
pecado."* Es decir, que si uno descuida el deber que Cristo ordenó en
cuanto a restaurar a quienes están en error y pecado, se hace partícipe
del pecado. Somos tan responsables de los males que podríamos haber
detenido como si los hubiésemos cometido nosotros mismos.
Pero debemos presentar el mal al que
lo hace. No debemos hacer de ello un asunto de comentario y crítica
entre nosotros mismos; ni siquiera después que haya sido expuesto a la
iglesia nos es permitido repetirlo a otros. El conocimiento de las
faltas de los cristianos será tan sólo una piedra de tropiezo para el
mundo incrédulo; y espaciándonos en estas cosas no podemos sino recibir
daño nosotros mismos; porque contemplando es como somos transformados.
Mientras tratamos de corregir los errores de un hermano, el Espíritu de
Cristo nos inducirá a escudarle en lo posible de la crítica aun de sus
propios hermanos, y tanto más de la censura del mundo incrédulo.
Nosotros mismos erramos y necesitamos la compasión y el perdón de
Cristo, y él nos invita a tratarnos mutuamente como deseamos que él nos
trate.
"Todo lo que ligareis en la tierra,
será ligado en el cielo; y 410 todo lo que desatareis en la tierra, será
desatado en el cielo." Obráis como embajadores del cielo, y lo que
resulte de vuestro trabajo es para la eternidad.
Pero no hemos de llevar esta gran
responsabilidad solos. Cristo mora dondequiera que se obedezca su
palabra con corazón sincero. No sólo está presente en las asambleas de
la iglesia, sino que estará dondequiera que sus discípulos, por pocos
que sean, se reúnan en su nombre. Y dice: "Si dos de vosotros se
convinieren en la tierra, de toda cosa que pidieren, les será hecho por
mi Padre que está en los cielos."
Jesús dice: "Mi Padre que está en los
cielos," como para recordar a sus discípulos que mientras que por su
humanidad está vinculado con ellos, participa de sus pruebas y simpatiza
con ellos en sus sufrimientos, por su divinidad está unido con el trono
del Infinito. ¡Admirable garantía! Los seres celestiales se unen con los
hombres en simpatía y labor para la salvación de lo que se había
perdido. Y todo el poder del cielo se pone en combinación con la
capacidad humana para atraer las almas a Cristo. 411
CAPÍTULO 56
"Dejad los Niños Venir a Mí" *
JESÚS amó siempre a los niños.
Aceptaba su simpatía infantil, y su amor franco y sin afectación. La
agradecida alabanza de sus labios puros era música para sus oídos y
refrigeraba su espíritu cuando estaba oprimido por el trato con hombres
astutos e hipócritas. Dondequiera que fuera el Salvador, la benignidad
de su rostro y sus modales amables y bondadosos le granjeaban el amor y
la confianza de los niños.
Entre los judíos era costumbre llevar
a los niños a algún rabino, a fin de que les impusiese las manos para
bendecirlos; pero los discípulos pensaban que el trabajo del Salvador
era demasiado importante para ser interrumpido de esta manera. Cuando
venían las madres a él con sus pequeñuelos, los discípulos las miraban
con desagrado. Pensaban que esos niños eran demasiado tiernos para
recibir beneficio de una visita a Jesús, y concluían que su presencia le
desagradaba. Pero los discípulos eran quienes incurrían en su desagrado.
El Salvador comprendía los cuidados y la carga de las madres que estaban
tratando de educar a sus hijos de acuerdo con la Palabra de Dios. Había
oído sus oraciones. El mismo las había atraído a su presencia.
Una madre con su hijo había dejado su
casa para hallar a Jesús. En el camino habló de su diligencia a una
vecina, y ésta quiso también que Jesús bendijese a sus hijos. Así se
reunieron varias madres, con sus pequeñuelos. Algunos de los niños ya
habían pasado de la infancia a la niñez y a la adolescencia. Cuando las
madres expresaron su deseo, Jesús oyó con simpatía la tímida petición.
Pero esperó para ver cómo las tratarían los discípulos. Cuando los vio
despedir a las madres pensando hacerle un favor, les mostró su error
diciendo: "Dejad los niños venir a mí, y no los impidáis; porque de
tales es el reino de Dios." Tomó a los niños en sus brazos, puso las
manos sobre ellos y les dio la bendición que habían venido a buscar. 473
Las madres quedaron consoladas.
Volvieron a sus casas fortalecidas y bendecidas por las palabras de
Cristo. Quedaron animadas para reasumir sus cargas con nueva alegría, y
para trabajar con esperanza por sus hijos. Las madres de hoy han de
recibir sus palabras con la misma fe. Cristo es tan ciertamente un
Salvador personal hoy como cuando vivió como hombre entre los hombres.
Es tan ciertamente el ayudador de las madres hoy como cuando reunía a
los pequeñuelos en sus brazos en Judea. Los hijos de nuestros hogares
son tanto la adquisición de su sangre como lo eran los niños de
entonces Jesús conoce la preocupación del corazón de cada madre El que
tuvo una madre que luchó con la pobreza y la privación, simpatiza con
cada madre en sus trabajos. El que hizo un largo viaje para aliviar el
ansioso corazón de una mujer cananea, hará otro tanto por las madres de
hoy. El que devolvió a la viuda de Naín su único hijo, y en su agonía
sobre la cruz se acordó de su propia madre, se conmueve hoy por la
tristeza de una madre. En todo pesar y en toda necesidad, dará consuelo
y ayuda.
Acudan las madres a Jesús con sus
perplejidades. Hallarán gracia suficiente para ayudarles en la dirección
de sus hijos. Las puertas están abiertas para toda madre que quiera
poner sus cargas a los pies del Salvador. El que dijo: "Dejad los niños
venir a mí, y no los impidáis,' sigue invitando a las madres a conducir
a sus pequeñuelos para que sean bendecidos por él. Aun el lactante en
los brazos de su madre, puede morar bajo la sombra del Todopoderoso por
la fe de su madre que ora. Juan el Bautista estuvo lleno del Espíritu
Santo desde su nacimiento. Si queremos vivir en comunión con Dios,
nosotros también podemos esperar que el Espíritu divino amoldará a
nuestros pequeñuelos, aun desde los primeros momentos.
En los niños que eran puestos en
relación con él, Jesús veía a los hombres y mujeres que serían herederos
de su gracia y súbditos de su reino, algunos de los cuales llegarían a
ser mártires por su causa. El sabía que estos niños le escucharían y
aceptarían como su Redentor con mayor facilidad que los adultos, muchos
de los cuales eran sabios en las cosas del mundo y de corazón
endurecido. En su enseñanza, él descendía a su nivel. El, la Majestad
del cielo, no desdeñaba contestar sus 474 preguntas y simplificar sus
importantes lecciones para adaptarlas a su entendimiento infantil.
Implantaba en sus mentes semillas de verdad que en años ulteriores
brotarían y darían fruto para vida eterna.
Es todavía verdad que los niños son
más susceptibles a las enseñanzas del Evangelio; sus corazones están
abiertos a las influencias divinas, y son fuertes para retener las
lecciones recibidas. Los niñitos pueden ser cristianos y tener una
experiencia de acuerdo con sus años. Necesitan ser educados en las cosas
espirituales, y los padres deben darles todas las ventajas a fin de que
adquieran un carácter semejante al de Cristo.
Los padres y las madres deben
considerar a sus hijos como miembros más jóvenes de la familia del
Señor, a ellos confiados para que los eduquen para el cielo. Las
lecciones que nosotros mismos aprendemos de Cristo, debemos darlas a
nuestros hijos a medida que sus mentes jóvenes puedan recibirlas,
revelándoles poco a poco la belleza de los principios del cielo. Así
llega a ser el hogar cristiano una escuela donde los padres sirven como
monitores, mientras que Cristo es el maestro principal.
Al trabajar para la conversión de
nuestros hijos, no debemos esperar que emociones violentas sean la
evidencia esencial de que están convencidos de pecado. Ni tampoco es
necesario saber el momento exacto en que se convierten. Debemos
enseñarles a traer sus pecados a Jesús, a pedirle que los perdone, y a
creer que los perdona y los recibe como recibía a los niños cuando
estaba personalmente en la tierra.
Mientras la madre enseña a sus hijos
a obedecerle porque la aman, les enseña las primeras lecciones de su
vida cristiana. El amor de la madre representa ante el niño el amor de
Cristo, y los pequeñuelos que confían y obedecen a su madre están
aprendiendo a confiar y obedecer al Salvador.
Jesús era el modelo para los niños, y
es también el ejemplo de los padres. El hablaba como quien tenía
autoridad y su palabra tenía poder; sin embargo, en todo su trato con
hombres rudos y violentos no empleó una sola expresión desprovista de
bondad o cortesía. La gracia de Cristo en el corazón impartirá una
dignidad proveniente del cielo y un sentido de lo que es propio.
Suavizará cuanto haya de duro, y subyugará todo lo tosco y poco amable.
Inducirá a los padres y las madres 475 a tratar a sus hijos como seres
inteligentes, como quisieran ellos mismos ser tratados.
Padres, al educar a vuestros hijos,
estudiad las lecciones que Dios ha dado en la naturaleza. Si queréis
cultivar un clavel, o una rosa, o un lirio, ¿cómo lo hacéis? Preguntad
al jardinero por medio de qué proceso logra que prosperen gloriosamente
toda rama y hoja y se desarrollen con simetría y hermosura. El os dirá
que no es mediante un trato rudo ni un esfuerzo violento; porque eso no
haría sino romper los delicados tallos. Es por medio de pequeñas
atenciones repetidas con frecuencia. Riega el suelo y protege las
crecientes plantas del viento impetuoso y del sol abrasador, y Dios las
hace prosperar y florecer con hermosura. Al tratar con vuestros hijos,
seguid el método del jardinero. Por toques suaves, por un ministerio
amante, tratad de moldear su carácter según el carácter de Cristo.
Estimulad la expresión del amor hacia
Dios y de unos hacia otros. La razón por la cual hay tantos hombres y
mujeres de corazón duro en el mundo es porque el verdadero afecto ha
sido considerado como debilidad, y ha sido desalentado y reprimido. La
mejor naturaleza de estas personas fue ahogada en la infancia; y a menos
que la luz del amor divino derrita su frío egoísmo, su felicidad quedará
arruinada para siempre. Si queremos que nuestros hijos posean el tierno
espíritu de Jesús y la simpatía que los ángeles manifiestan por
nosotros, debemos estimular los impulsos generosos y amantes de la
infancia.
Enseñad a los niños a ver a Cristo en
la naturaleza. Sacadlos al aire libre, bajo los nobles árboles del
huerto; y en todas las cosas maravillosas de la creación enseñadles a
ver una expresión de su amor. Enseñadles que él hizo las leyes que
gobiernan todas las cosas vivientes, que él ha hecho leyes para
nosotros, y que esas leyes son para nuestra felicidad y nuestro gozo. No
los canséis con largas oraciones y tediosas exhortaciones, sino que por
medio de las lecciones objetivas de la naturaleza, enseñadles a obedecer
la ley de Dios.
A medida que os granjeéis su
confianza en vosotros como discípulos de Cristo, os será fácil
enseñarles el gran amor con que nos amó. Mientras tratéis de hacerles
claras las verdades de la salvación y los conduzcáis a Cristo como
Salvador personal, los ángeles estarán a vuestro lado. El Señor dará
gracia 476 a los padres y las madres para que puedan interesar a sus
pequeñuelos en la preciosa historia del niño de Belén, quien es en
verdad la esperanza del mundo.
Cuando Jesús dijo a sus discípulos
que no impidiesen a los niños que fueran a él, hablaba a los que le
seguirían en todos los siglos, a los dirigentes de la iglesia, a los
ministros y sus ayudantes y a todos los cristianos. Jesús está atrayendo
a los niños y nos ordena: "Dejad los niños venir a mí." Es como si nos
dijese: Vendrán a mí si no los impedís.
No permitamos que nuestro carácter
diferente del de Cristo le represente falsamente. No apartemos a los
pequeñuelos de él por nuestra frialdad y dureza. No les hagamos nunca
sentir que el cielo no sería un lugar agradable para ellos si nosotros
estuviésemos allí. No hablemos de la religión como de algo que los niños
no pueden entender, ni obremos como si no esperásemos que ellos acepten
a Cristo en su infancia. No les demos la falsa impresión de que la
religión de Cristo es una religión lóbrega, y que al venir al Salvador
deben renunciar a todo lo que llena de gozo la vida.
A medida que el Espíritu Santo mueve
los corazones de los niños, cooperemos con su obra. Enseñémosles que el
Salvador los llama, que nada puede darle mayor gozo que el hecho de que
ellos se entreguen a él en la flor y frescura de sus años.
El Salvador considera con infinita
ternura las almas que compró con su propia sangre. Son la adquisición de
su amor. Las mira con anhelo indecible. Su corazón se siente atraído, no
sólo a los niños que mejor se conducen, sino a aquellos que han heredado
rasgos criticables de carácter. Muchos padres no comprenden cuánta
responsabilidad tienen ellos por estos rasgos de sus niños. No tienen
ternura y sabiduría para tratar con los que yerran, a quienes hicieron
lo que son. Jesús considera a estos niños con compasión. El puede seguir
de la causa al efecto.
El que trabaja para Cristo puede ser
su agente para atraer a estos niños al Salvador. Con sabiduría y tacto,
puede ligarlos a su corazón, puede darles valor y esperanza, y por la
gracia de Cristo puede verlos transformados en carácter de manera que se
pueda decir de ellos: "Porque de tales es el reino de Dios." 477
CAPÍTULO 57
"Una Cosa te Falta" *
"Y SALIENDO él para ir su camino,
vino uno corriendo, e hincando la rodilla delante de él, le preguntó:
Maestro bueno, ¿qué haré para poseer la vida eterna?"
El joven que hizo esta pregunta era
uno de los gobernantes. Tenía grandes posesiones y ocupaba un cargo de
responsabilidad. Había visto el amor que Cristo manifestara hacia los
niños que le trajeran; cuán tiernamente los recibiera y alzara en sus
brazos, y su corazón ardía de amor por el Salvador. Sentía deseo de ser
su discípulo. Se había conmovido tan profundamente que mientras Cristo
iba por su camino, corrió tras él y arrodillándose a sus pies, le hizo
con sinceridad y fervor esa pregunta de suma importancia para su alma y
la de todo ser humano: "Maestro bueno, ¿qué haré para poseer la vida
eterna?"
"¿Por qué me llamas bueno? --dijo
Cristo.-- Ninguno es bueno sino uno, es a saber, Dios." Jesús deseaba
probar la sinceridad del joven, y conseguir que expresara la manera en
que lo consideraba bueno. ¿Se daba cuenta de que Aquel a quien hablaba
era el Hijo de Dios? ¿Cuál era el verdadero sentimiento de su corazón?
Este príncipe tenía en alta estima su
propia justicia. No suponía, en realidad, que fuese deficiente en algo,
pero no estaba completamente satisfecho. Sentía la necesidad de algo que
no poseía. ¿Podría Jesús bendecirle como había bendecido a los niñitos y
satisfacer la necesidad de su alma?
En respuesta a su pregunta, Jesús le
dijo que la obediencia a los mandamientos de Dios era necesaria si
quería obtener la vida eterna; y citó varios de los mandamientos que
muestran el deber del hombre para con sus semejantes. La respuesta del
príncipe fue positiva: "Todo esto guardé desde mi juventud: ¿qué más me
falta?"
Cristo miró al rostro del joven como
si leyera su vida y 478 escudriñara su carácter. Le amaba y anhelaba
darle la paz, la gracia y el gozo que cambiarían materialmente su
carácter. "Una cosa te falta --le dijo:-- ve, vende todo lo que tienes,
y da a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme, tomando
tu cruz."
Cristo se sentía atraído a este
joven. Sabía que era sincero en su aserto: "Todo esto guardé desde mi
juventud." El Redentor anhelaba crear en él un discernimiento que le
habilitara para ver la necesidad de una devoción nacida del corazón y de
la bondad cristiana. Anhelaba ver en él un corazón humilde y contrito,
que, consciente del amor supremo que ha de dedicarse a Dios, ocultara su
falta en la perfección de Cristo.
Jesús vio en este príncipe
precisamente la persona cuya ayuda necesitaba si el joven quería llegar
a ser colaborador con él en la obra de la salvación. Con tal que
quisiera ponerse bajo la dirección de Cristo, sería un poder para el
bien. En un grado notable, el príncipe podría haber representado a
Cristo; porque poseía cualidades que, si se unía con el Salvador, le
habilitarían para llegar a ser una fuerza divina entre los hombres.
Cristo, leyendo su carácter, le amó. El amor hacia Cristo estaba
despertándose en el corazón del príncipe; porque el amor engendra amor.
Jesús anhelaba verle colaborar con él. Anhelaba hacerle como él, un
espejo en el cual se reflejase la semejanza de Dios. Anhelaba
desarrollar la excelencia de su carácter, y santificarle para uso del
Maestro. Si el príncipe se hubiese entregado a Cristo, habría crecido en
la atmósfera de su presencia. Si hubiese hecho esa elección, cuán
diferente hubiera sido su futuro.
"Una cosa te falta," dijo Jesús. "Si
quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y
tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme." Cristo leyó el corazón del
príncipe. Una sola cosa le faltaba, pero ésta era un principio vital.
Necesitaba el amor de Dios en el alma. Esta sola falta, si no era
suplida, le resultaría fatal; corrompería toda su naturaleza.
Tolerándola, el egoísmo se fortalecería. A fin de que pudiese recibir el
amor de Dios, debía renunciar a su supremo amor a sí mismo.
Cristo dio a este hombre una prueba.
Le invitó a elegir entre el tesoro celestial y la grandeza mundanal. El
tesoro 479 celestial le era asegurado si quería seguir a Cristo. Pero
debía renunciar al yo; debía confiar su voluntad al dominio de Cristo.
La santidad misma de Dios le fue ofrecida al joven príncipe. Tuvo el
privilegio de llegar a ser hijo de Dios y coheredero con Cristo del
tesoro celestial. Pero debía tomar la cruz y seguir al Salvador con
verdadera abnegación.
Las palabras de Cristo fueron en
verdad para el príncipe la invitación: "Escogeos hoy a quién sirváis.'*
Le fue dejada a él la decisión. Jesús anhelaba que se convirtiera. Le
había mostrado la llaga de su carácter, y con profundo interés vigilaba
el resultado mientras el joven pesaba la cuestión. Si decidía seguir a
Cristo, debía obedecer sus palabras en todo. Debía apartarse de sus
proyectos ambiciosos. Con qué anhelo ferviente, con qué ansia del alma,
miró el Salvador al joven, esperando que cediese a la invitación del
Espíritu de Dios.
Cristo presentó las únicas
condiciones que pondrían al príncipe donde desarrollaría un carácter
cristiano. Sus palabras eran palabras de sabiduría, aunque parecían
severas y exigentes. En su aceptación y obediencia estaba la única
esperanza de salvación del príncipe. Su posición exaltada y sus bienes
ejercían sobre su carácter una sutil influencia para el mal. Si los
prefiriese, suplantarían a Dios en sus afectos. El guardar poco o mucho
sin entregarlo a Dios sería retener aquello que reduciría su fuerza
moral y eficiencia; porque si se aprecian las cosas de este mundo, por
inciertas e indignas que sean, llegan a absorberlo todo.
El príncipe discernió prestamente
todo lo que entrañaban las palabras de Cristo, y se entristeció. Si
hubiese comprendido el valor del don ofrecido, se habría alistado
prestamente como uno de los discípulos de Cristo. Era miembro del
honorable concilio de los judíos, y Satanás le estaba tentando con
lisonjeras perspectivas de lo futuro. Quería el tesoro celestial, pero
también quería las ventajas temporales que sus riquezas le
proporcionarían. Lamentaba que existiesen tales condiciones; deseaba la
vida eterna, pero no estaba dispuesto a hacer el sacrificio necesario.
El costo de la vida eterna le parecía demasiado grande, y se fue triste
"porque tenía muchas posesiones.
Su aserto de que había guardado la
ley de Dios era falso. 480 Demostró que las riquezas eran su ídolo. No
podía guardar los mandamientos de Dios mientras el mundo ocupaba el
primer lugar en sus afectos. Amaba los dones de Dios más que al Dador.
Cristo había ofrecido su comunión al joven. "Sígueme," le dijo. El
Salvador no significaba tanto para él como sus bienes o su propia fama
entre los hombres. Renunciar al visible tesoro terrenal por el invisible
y celestial era un riesgo demasiado grande. Rechazó el ofrecimiento de
la vida eterna y se fue, y desde entonces el mundo había de recibir su
culto.
Millares están pasando por esta
prueba y pesan a Cristo contra el mundo; y muchos eligen el mundo. Como
el joven príncipe, se apartan del Salvador diciendo en su corazón: No
quiero que este hombre me dirija.
Se nos presenta el trato de Cristo
con el joven como una lección objetiva. Dios nos dio la regla de
conducta que debe seguir cada uno de sus siervos. Es la obediencia a su
ley, no sólo una obediencia legal, sino una obediencia que penetra en la
vida y se ejemplifica en el carácter. Dios fijó su propia norma de
carácter para todos los que quieren llegar a ser súbditos de su reino.
Únicamente aquellos que lleguen a ser colaboradores con Cristo,
únicamente aquellos que digan: Señor, todo lo que tengo y soy te
pertenece, serán reconocidos como hijos e hijas de Dios. Todos deben
considerar lo que significa desear el cielo, y sin embargo apartarse de
él por causa de las condiciones impuestas. Pensemos en lo que significa
decir no a Cristo. El príncipe dijo: No, yo no puedo darte todo.
¿Decimos nosotros lo mismo? El Salvador ofrece compartir con nosotros la
obra que Dios nos ha dado. Nos ofrece emplear los recursos que Dios nos
ha dado, para llevar a cabo su obra en el mundo. Únicamente así puede
salvarnos.
Los bienes del príncipe le habían
sido confiados para que se demostrase fiel mayordomo; tenía que
administrar estos bienes para beneficio de los menesterosos. También
ahora confía Dios recursos a los hombres, así como talentos y
oportunidades, a fin de que sean sus agentes para ayudar a los pobres y
dolientes. El que emplea como Dios quiere los bienes que le han sido
confiados llega a ser colaborador con el Salvador; Gana almas para
Cristo, porque es representante de su carácter. 481
A los que, como el joven príncipe,
ocupan altos puestos de confianza y tienen grandes posesiones, puede
parecer un sacrificio demasiado grande el renunciar a todo a fin de
seguir a Cristo. Pero ésta es la regla de conducta para todos los que
quieran llegar a ser sus discípulos. No puede aceptarse algo que sea
menos que la obediencia. La entrega del yo es la substancia de las
enseñanzas de Cristo. Con frecuencia es presentada y ordenada en un
lenguaje que parece autoritario porque no hay otra manera de salvar al
hombre que separándolo de aquellas cosas que, si las conservase,
desmoralizarían todo el ser.
Cuando los discípulos de Cristo
devuelven lo suyo al Señor, acumulan tesoros que se les darán cuando
oigan las palabras: "Bien, buen siervo y fiel; . . . entra en el gozo de
tu señor." "El cual, habiéndole sido propuesto gozo, sufrió la cruz,
menospreciando la vergüenza, y sentóse a la diestra del trono de
Dios."* El gozo de ver almas redimidas, almas eternamente salvadas, es
la recompensa de todos aquellos que ponen los pies en las pisadas de
Aquel que dijo: "Sígueme." 482
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